Vicente López, la excepción del conurbano

Por Marina Wertheimer (1)

El espacio, soporte y a la vez producto de las acciones humanas, puede ser pensado como una metáfora para hablar de las diferencias constitutivas de una sociedad. Marcas cardinales como “norte” o “sur”; “arriba” o “abajo” constituyen –como señala Alejandro Grimson (2009)– clasificaciones espaciales con un origen y un significado social, las cuales expresan formas peculiares de tipificar la vida social que transcurre en la ciudad. En Buenos Aires, los porteños parecen tener incorporado un mapa mental –que no siempre coincide con coordenadas espaciales claramente definidas– para referir a las divisiones sociales presentes en el Área Metropolitana de Buenos Aires (en adelante, AMBA). En ella, según el autor, conviven superpuestos dos sistemas espaciales, a los cuales añadiremos un tercero.

El primer sistema espacial se basa en los tres círculos concéntricos que conforman las coronas de conurbación en torno a la Capital Federal, los cuales son pensados como un degradé desde áreas más ricas –concentradas en la capital, el distrito con mayores niveles de ingreso per cápita del país– hacia la periferia del tercer cordón. El segundo sistema espacial contrasta un norte rico y moderno, delineado por la avenida Rivadavia, a un sur más pobre y “tradicional”. A estos dos sistemas espaciales podría agregársele un tercero, que se verifica en casi toda la metrópolis: un gradiente que va de oeste a este, desde las zonas altas hasta las barrancas del Río de la Plata. Salvo excepciones, en las zonas más cercanas al Río de la Plata se han asentado los sectores de mayor poder adquisitivo. En los polos de prosperidad de estos tres sistemas se ubica Vicente López: un distrito del primer cordón de conurbación; al norte del epicentro que representa la ciudad de Buenos Aires; cuyas viviendas más grandes y lujosas se emplazan en la barranca que desciende hacia el Río de la Plata, más conocida como “El Bajo”.

Vicente López es el municipio más pequeño de la provincia de Buenos Aires, con 33 kilómetros cuadrados de superficie. Es, también, aquel que cuenta con mayor densidad habitacional (7.978,1 personas por kilómetro cuadrado), después de Lanús (DINREP, 2011) y el que presenta los mejores indicadores sociales en cuanto a acceso a la salud, ingreso promedio de los hogares; niveles de escolaridad y hacinamiento (Censo 2010). Si bien el partido está compuesto por ocho barrios con disimiles niveles socioeconómicos, la imagen vigente en el imaginario asocia a Vicente López –particularmente las zonas más prósperas del distrito, como Olivos y El Bajo de Vicente López– como “la excepción del conurbano”, vale decir, como la continuación –tanto geográfica como social– de barrios acomodados de la zona norte de la ciudad de Buenos Aires, como Belgrano, Palermo y Núñez. Centrándonos en la zona costera del municipio, en las páginas que siguen buscamos caracterizar algunos rasgos culturales sobresalientes de Vicente López, así como el lento pero incesante proceso de valorización inmobiliaria que se cierne sobre el área ribereña, el cual se acelera a principios del nuevo milenio. Por ultimo, buscamos dar cuenta de cómo el gobierno local que asume en 2011 viene implementando políticas de embellecimiento y “puesta en valor” del espacio público costero, replicando políticas vigentes en la ciudad de Buenos Aires desde 2007, las cuales apuntan, según Landau (2016), a la rápida resolución de ciertos aspectos ligados con la comodidad de la vida urbana y a una máxima visibilidad. En la búsqueda de apuntalar la imagen de Vicente López como un distrito rico exento de conflictividad (Campos, 2016), existen situaciones recurrentes que, no obstante los esfuerzos dedicados a mantenerlas bajo control, revelan la condición de conurbanidad inherente de este municipio del norte del AMBA.

Un poco de historia

Desde sus orígenes, Vicente López se integró a la dinámica metropolitana como zona de producción hortícola, ladrillera, y como lugar de residencia vacacional de la élite porteña, con quintas de grandes extensiones en la zona de El Bajo. Su ribera estuvo tempranamente ocupada por clubes deportivos y sociales que se instalaron en terrenos “ganados al río”, disfrutando los beneficios de su cercanía a la Capital Federal y la belleza bucólica de su paisaje fluvial. A fines del siglo XIX, en paralelo a la instalación de los primeros balnearios en Capital Federal y la constitución de Tigre como destino estival preferido (a partir de la llegada del tren, en 1826), Vicente López también comenzó a imponerse como localidad balnearia. Sus playas abiertas, cubiertas de yuyales, piedras y arena barrosa atraían tanto a vicentelopenses como porteños por igual para calmar el calor los días de verano. Paulatinamente, se fueron instalando balnearios como El Indio, La Playita, Las Escaleritas y Playa Dorada, los cuales adaptaron la morfología preexistente cubriendo los bordes costeros con arena e incorporando instalaciones como baños, duchas, restaurants y pasarelas para ingresar al río. Hacia mediados del siglo XX, Vicente López se constituyó como destino recreativo, balneario y para practicar deportes. Sin embargo, hacia 1960 comenzó a hacerse manifiesta la alta contaminación del Río de la Plata –derivada del aporte de efluentes cloacales e industriales de toda la cuenca del Plata– lo cual tornó el nadar en sus aguas una hazaña cada vez más difícil. A raíz de ello, en 1978, la municipalidad sancionó una ordenanza prohibiendo bañarse en las aguas del río (Wertheimer, 2018).

Tras una década con el acceso vedado al río, en los años 80 la gestión municipal implementó una serie de iniciativas contradictorias para “recuperar” la ribera. Si bien en discursos de políticos y urbanistas predominaba la voluntad de “recuperación” de las costas para el uso ciudadano, en la práctica la reapertura de la costanera debió aguardar un largo plazo y siguió un derrotero de marchas y contramarchas. Desde 1987 hasta 1994, las otrora playas de arena fueron depositarias de la descarga diaria de basura, escombros, restos de demolición y residuos de todo tipo, los cuales constituirían una base de rellenos con la cual el municipio sumaría 200 hectáreas a su superficie para el desarrollo futuro de emprendimientos inmobiliarios.

Entre la costa y la avenida Libertador, a medida que se iban añadiendo terrenos a la superficie del municipio por medio de continuos rellenos, se establecieron pequeños comercios familiares y viviendas de un perfil socioeconómico más bajo que las residencias de la élite que se multiplican del otro lado de la avenida Libertador. No obstante, buena parte de estos terrenos quedó baldía, y con el correr del tiempo se fueron instalando allí talleres mecánicos y numerosos depósitos.

Entre las décadas del 80 y 90, la zona costera era percibida por sus vecinos como un espacio peligroso y obscuro. Entre talleres, depósitos, tapias y alambrados que impedían el ingreso a la costa, la zona costera se fue transformando en un espacio de “nocturnidad”, donde se corrían picadas y predominaba la presencia de hoteles transitorios, además de boliches bailables. Algunos de sus discotecas más conocidas fueron Sunset, Xai-Xai, Kika y el trágicamente recordado Kheyvis. Este último fue el antecedente más inmediato de la masacre de Cromañón: en 1993, un incendio en el club causó la muerte de 17 adolescentes​ en una fiesta de graduación del Colegio La Salle. Otro establecimiento ampliamente conocido era Sunset (llamado así por la avenida Sunset Boulevard de Miami), una de las discotecas más antiguas de la zona. Construida en los años 50, Sunset funcionó como restaurant, pileta diurna y complejo nocturno bailable. Fue refugio de famosos, mediáticos y estrellas fugaces y por sus “reservados” pasaron personajes de la talla de Susana Giménez y Diego Maradona. Síntoma de las nuevas épocas que se avecinaban, en 2011 el complejo cerró para dar lugar a la construcción de un complejo de oficinas y viviendas de lujo.

La valorización inmobiliaria y el embellecimiento estratégico de la zona costera

A partir de 1994, los depósitos de escombros y rellenos varios fueron parquizados para construir el Paseo de la Costa: un parque con 45 hectáreas a lo largo de 1.600 metros lineales paralelos al río, el cual habría de constituirse en el espacio verde más grande de todo el municipio. En 2010, tras un conflictivo proceso de sanción de nuevas normativas urbanas plagado de denuncias de corrupción, se construyó una gran avenida bordeando el parque costero. La aprobación de dichas normativas acompañó una gran valorización económica e inmobiliaria del área y permitió la construcción de torres de lujo de más de veinte pisos y grandes complejos de oficinas, viviendas y shoppings.

Los amplios espacios verdes y vistas al río se erigieron como un plusvalor para la comercialización de estos emprendimientos. La presencia de áreas verdes como propuesta de alta gama es una constante en muchos desarrollos inmobiliarios que apelan al deseo de sus habitantes de encuentro con la naturaleza y a una superación del estrés de la vida urbana. Pero, a diferencia de las urbanizaciones cerradas, las cuales remiten al imaginario de una ciudad asociada a valores negativos como el caos y el estrés, estos emprendimientos buscan reconciliar los principios de placer, goce de la naturaleza y seguridad en medio de la densidad del tejido urbano.

A medida que la zona costera de Vicente López fue convirtiéndose en objeto de valorización inmobiliaria fue perdiendo un poco de su vida nocturna, asociada al descontrol y a la “peligrosidad”. En su lugar, se fue delineando un paisaje imbuido de una “gigantesca retórica del exceso en el gasto” (De Certeau, 2000: 103). Los nuevos edificios “fálicos” y “arrogantes” (Lefebvre, 1991: 98) constituyen objetos positivos que procuran naturalizar el status quo. Si, siguiendo a Sharon Zukin (1996), los símbolos culturales inscriptos en la forma urbana sirven para demarcar y controlar los espacios urbanos, podemos suponer que los modernos edificios de vidrio, hormigón y diseño vanguardista componen un paisaje donde se proyecta una multiplicidad de poderes presentes en la sociedad, que rebasan la esfera estatal e incluyen, en este caso, al sector corporativo y, particularmente, al real estate.

Desde el triunfo de Jorge Macri como intendente, en 2011, esta área viene siendo, además, destinataria de un conjunto de medidas de intervención en el espacio público, a través de las cuales el gobierno local apuntó a embellecer la imagen del espacio ribereño, como parte de un proceso de regeneración urbana. Estas medidas aspiraron a recomponer el espacio público interpelando la necesidad de sus vecinos de espacios verdes, así como sus deseos de entretenimiento y consumo, a la vez que impusieron nuevas formas de control y vigilancia.

La gestión municipal implementó numerosas políticas de embellecimiento y “puesta en valor” del espacio público costero, el cual constituyó un ámbito por excelencia donde desplegar acciones de gobierno de alta visibilidad. En este sentido, consideramos que el accionar de la gestión del PRO en Vicente López replica las políticas vigentes en la ciudad de Buenos Aires desde 2007, las cuales apuntan, según Landau (2016), a la rápida resolución de ciertos aspectos ligados con la comodidad de la vida urbana y a una máxima visibilidad, tales como el Metrobus, las ciclovías, los túneles bajo nivel, el arreglo de plazas y veredas, la iluminación, entre otras.

Intervenciones “cool” en el espacio público

En esta línea, la gestión municipal de Jorge Macri desplegó una serie de actividades de alta visibilidad en el espacio público costero, tales como fiestas, ferias gastronómicas, eventos musicales y deportivos, entre otros, además de una gran presencia de vigilancia y seguridad. Un denominador común a todas ellas es la interpelación de los deseos de los usuarios del espacio público de experimentar nuevas sensaciones y formar parte de un circuito de hábitos de consumo y de entretenimiento relacionadas a lo cool (Ginga & Brizuela, 2017) similares a los que se llevan a cabo en las principales ciudades del mundo.

Un tipo de intervención destacable son las ferias gastronómicas: Buenos Aires Market, Feria de alimentos saludables, Festival Carne, Pizza Fest, Burger Fest, Festival Choripan!, entre otras. Ellas ofrecen stands y food trucks con menúes gourmet, de autor, muchos de ellos saludables y orgánicos. A diferencia de los populares “carritos” de comidas rápidas, estos puestos están auspiciados por chefs famosos o restaurantes gourmet, y sus precios apuntan a un público de mayor nivel de ingresos que aquel que consume en los carritos de comidas rápidas. Sus alimentos orgánicos, artesanales y fuera del circuito comercial de grandes cadenas apuntan a un consumo saludable y se presentan como en un estadio anterior a la mercantilización, apelando al deseo de los consumidores de diferenciarse del consumo de masas (Arizaga, 2017).

Una vez al mes, además, Vicente López hospeda en su costa una feria de emprendedores y, hasta la fecha, se han realizado distintos eventos orientados hacia la “vida sana” (América Medita; ConVIDArte, Wanderlust 108) con clases de yoga, meditaciones colectivas, técnicas de respiración, charlas informativas sobre medicina ayurveda y alimentación consciente, entre otras actividades.  

El verde, la seguridad, la accesibilidad, el cuidado del entorno, la posibilidad de hacer actividades físicas al aire libre y de que el ocio transcurra en un ambiente “familiar” –en términos de pertenencia de clase– figuran como elementos centrales para que crecientemente asistan al río de Vicente López personas de múltiples puntos del AMBA.

La tensión disfrazada de consenso

A esta renovada centralidad y aumento de la afluencia de visitantes se añaden nuevas prácticas y formas de ocupar la calle. Los casi dos kilómetros de hormigón liso de la nueva avenida que los fines de semana se vuelve peatonal determinaron la llegada de una gran cantidad de personas circulando en rollers, en bicicletas, patinetas y practicando running. Esta última disciplina, muy común en los bosques y lagos de Palermo, se fue ampliando hacia Vicente López a partir de la apertura de la nueva avenida costanera, la cual se erigió en un nuevo circuito para los corredores. Allí, además, los días de semana, antes o después del horario de oficina, acuden grupos de personas a hacer gimnasia al aire libre, a tomar clases grupales de rollers o asistir a entrenamientos colectivos de running.

Si la readaptación del Vial Costero para prácticas deportivas fue, en principio, algo espontáneo, no es menos cierto que la gestión pública buscó “fijar” estas prácticas a través de la instalación de canchas de fútbol, fútbol tenis, vóley, pistas de patinaje, juegos de gimnasia al aire libre y, la coorganización (junto a sponsors como Gatorade, Powerade, Nike y hasta la marca de pan Bimbo) de eventos deportivos como carreras, maratones y concursos de skate. Estos eventos deportivos se suman a las intervenciones públicas arriba mencionadas, como las ferias gastronómicas, con las que comparten su perfil cosmopolita, joven, saludable y, como indican Ginga y Brizuela para el caso de Rosario (2017), cierta actitud relacionada a la subjetividad empresarial que se convierte tanto en una forma de dominación –más cercana a la persuasión que a la imposición–, como en una entrega voluntaria. Esta actitud apunta a la productividad de los sujetos, no solo en sus horas de trabajo, sino también en el goce del tiempo libre. Si, bajo la lógica neoliberal, el buen trabajador es aquel que emprende y genera ingresos a su propia cuenta y riesgo, el buen ciudadano en el espacio público se resume en la figura del runner, quien “aprovecha” el tiempo libre, autodisciplinándose, en una “apuesta productiva del ocio” (De la Cruz, 2016).

Ahora bien, los días de verano en los cuales las temperaturas superan los 30 grados, al río asiste un público que no reside en los vecinos barrios acomodados. Familias enteras que llegan en el tren Mitre ramal Tigre, descienden en la estación Vicente López preparadas para pasar el día con carpas, parrillas y heladeras conservadoras, además de toallas y ojotas para meterse al río. Su modo más “popular” de usar el espacio público viene siendo objeto de las miradas de otros usuarios, así como de la atención, vigilancia y control de agentes municipales.

Por medio de prácticas contradictorias que implicaron el cierre del acceso público al río por largos años, la costanera de Vicente López representa hoy en día una excepción a la norma presente en municipios como San Isidro, San Fernando y buena parte de Tigre (sin olvidar la propia ciudad capital), donde la urbanización parece haberse erigido “de espaldas al río”. Esta excepcionalidad se traduce en un aumento continuo de la cantidad de usuarios del paseo costero, algo que la gestión municipal ostenta como un logro propio, derivado de las múltiples actividades que organiza.

Ahora bien, el acceso al espacio público para muchos de estos usuarios no se da de manera pacífica ni armónica. Policías en moto o cuatriciclos rastrillan la costanera persiguiendo a grupos que se bañan en el río, mientras que empleados de la municipalidad bajo sombrillas de colores controlan, en las barreras de acceso, a quienes ingresan con heladeras y parrillas, a veces por medio de requisas ilegales de bolsos y mochilas. Policiando los usos non sanctos del espacio público y fomentando el deporte y consumos saludables –vale decir, usos propios de las clases medias–, Vicente López busca reforzar el olvido temprano de una característica estructurante de su condición de existencia: ser, a fin de cuentas, un partido más del conurbano.

(1) Marina Werheimer es licenciada en Ciencia Política (Universidad de Buenos Aires), Magister en Periodismo (Universidad de San Andrés) y becaria doctoral UBACyT. Investiga los conflictos territoriales suscitados a partir de proyectos de renovación urbana en la ribera rioplatense metropolitana. 

Bibliografía citada

Arizaga, C. (2017). Sociología de la felicidad. Autenticidad, bienestar y management del yo. Buenos Aires: Biblos.

Campos, A. (2016). Lo (con)urbano. Recuperado 24 de mayo de 2019, de http://andendigital.com.ar/2016/09/lo-conurbano-anden-85/

De Certeau, M. (2000). La invención de lo cotidiano I. México DF: ITESO.

DINREP (2011). Resumen Ejecutivo de la Provincia de Buenos Aires. Buenos Aires.

Ginga, L. N., & Brizuela, F. (2017). Iniciativas escenográficas en Rosario: lo cool como tecnología de gobierno. INVI, 32(91), 163-187.

Grimson, A. (2009). Introducción: clasificaciones espaciales y territorialización de la política en Buenos Aires. En A. Grimson, M. C. Ferraudi Curto, & R. Segura (Eds.), La vida política en los barrios populares de Buenos Aires (pp. 423-430). Buenos Aires: Prometeo.

Landau, M. (2016). No sólo de globos vive el PRO : el macrismo en la larga tradición del gobierno de la Ciudad, 75-77.

Lefebvre, H. (1991). La produccion del espacio.

Wertheimer, M. C. (2018). Renovación urbana y conflictos territoriales en las costas metropolitanas del Río de la Plata: los casos de Quilmes, Avellaneda y Vicente López. Estudios del hábitat, 16(2), e049. https://doi.org/10.24215/24226483e049

Zukin, S. (1996). Paisagens urbanas pós-modernas: mapeando cultura e poder. Revista do Patrimonio Historico e Artistico Nacional, (24).

 

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