“Universidad conservadora, ¿de qué?”

Entrevista con Marcelo Ruiz [1]

Por Adrián Pulleiro[2]

Marcelo Ruiz es profesor de la Universidad Nacional de Río Cuarto (UNRC). Doctor en Ciencias Matemáticas, investiga temas vinculados con la probabilidad y la estadística y a las problemáticas de la Ciencia, la Tecnología y la Cultura. Entre 2011 y 2014 se desempeñó como Rector de la UNRC. Su llegada a ese cargo se produjo luego de la profunda crisis provocada por la explosión sucedida poco antes en los laboratorios de la UNRC que se cobró la vida de varios docentes e investigadores. A su vez, implicó la puesta en marcha de un proyecto político-académico que se caracterizó por una preocupación constante por generar espacios de reflexión y debate acerca del papel de la propia institución universitaria y de las relaciones con la comunidad local. En este sentido, la mirada de Ruiz sobre el momento de la universidad pública en nuestro país resulta más que provechosa. Está lejos de cualquier valoración acotada a describir los límites que impone la crisis crónica de dicho espacio y de proponer una perspectiva que se resigne a una administración eficaz de un conjunto de recursos escasos o a la implementación prolija de una serie de políticas bien intencionadas pero de alcance módico. Su reflexión se enmarca en una experiencia concreta no sólo de gestión, sino también en una prolongada trayectoria en la actividad sindical. En este plano, la figura de Ruiz aporta asimismo la particularidad de haber sido Secretario General del Sindicato Docente de la UNRC e integrante de la conducción nacional de CONADU entre el 2004 y el 2008.
En esta entrevista concedida a Épocas, el ex Rector de la Universidad Nacional de Río Cuarto, repasa algunos de los aspectos que permiten conformar una caracterización del sistema universitario nacional actual desprendida de lugares comunes. Ofrece un balance de su propia experiencia reciente, del que se pueden derivar enseñanzas que van mucho más allá del caso puntual. Y se refiere a los modelos que, con distinta capacidad de acción, disputan la orientación de ese sistema universitario, incluyendo la evaluación de algunos de los cambios que pueden preverse ante el nuevo escenario político

É: Desde una mirada panorámica, ¿cómo evalúas el derrotero de las universidades nacionales en la última década? Si bien se trata de un sistema nacional históricamente diverso, ¿qué cambios se pueden valorar y qué elementos son los más cuestionables?

MR: De entrada, sabemos que estamos frente a un problema práctico y teórico de envergadura que hace más difícil explicar o dar respuestas a preguntas como éstas luego del triunfo de la derecha en Argentina. Me refiero al resultado electoral que en 2015 le dio el timón del Estado Nacional a Cambiemos. Creo que transitamos momentos bisagra y sin saber muy bien cuáles han sido las coordenadas que permitieron construir el mapa socio-político y cultural que provocó la llegada al Estado Nacional de esta derecha y cómo fue posible construir un nuevo tipo de hegemonía que no supimos, al menos yo, anticiparla.

De este modo, las relaciones entre ciertos términos como “cambio”, “conservador”, “reaccionario” etc., parecieran ya no hablar de lo mismo. Estamos urgidos de generar otros significados que den cuenta posiblemente de una semántica más compleja. De todos modos, para mí, conservador y reaccionario, para poner ejemplos, son indicadores del pensamiento político que se puede ubicar en las antípodas de las denominadas teorías críticas.

Lo que propongo es establecer líneas de quiebre o de ruptura político-temporal para comprender este derrotero y, entonces, menciono como punto de discontinuidad la crisis del 2001 o lo que abre la rebelión de ese año. Ésta constituye una instancia de reconfiguración de los sujetos políticos; se produce una mutación en la relación sujeto, Estado y territorios en Argentina. De ahí que me interese pensar la “universidad” en este contexto más general.

El quiebre de la hegemonía neoliberal habilita el cuestionamiento al eje “eficacia-calidad-equidad” de la perspectiva de la mercantilización de la educación superior que emerge con fuerza a nivel mundial en los ‘80 y ‘90 y que en Argentina se expresa en las políticas estatales del gobierno de Menem (aunque hay que remontarse bastante tiempo atrás para encontrar las “marcas de origen” de esa embestida privatizadora).

En la década del ‘90 esta triple hélice “eficacia-calidad-equidad” fue parte de dispositivos (discursivos) que tuvieron como objetivo general subsumir el conocimiento bajo la superficie del valor de cambio, dicho de otro modo, pensar al conocimiento como mercancía. Aunque sabemos que esta operación no es posible realizarla conceptualmente, sí es factible en el plano de la ideología, concibiendo a ésta no como fantasía, como aclara Zizek, sino como síntoma. En esta “lógica” si el conocimiento es transable, a la educación es posible pensarla como negocio y la relación pedagógica se transforma en una relación clientelar, constituye una operación de doble cosificación. El objetivo de este programa de gobierno lejos estuvo de completarse debido tanto a la resistencia impuesta por el movimiento de trabajadores como por el movimiento estudiantil. No obstante, dicho “protocolo de acción neoliberal” dejó profundas huellas.

En las antípodas de la ideología mercantilista en educación, a mediados de la primera década del siglo XXI, el discurso estatal enuncia a la Educación como derecho y a la Ciencia y a la Tecnología como “pilar del desarrollo soberano de una nación”. Los gobiernos que lideran Néstor Kirchner en Argentina, Lula en Brasil, y Chávez en Venezuela impulsan este giro en las políticas de Estado. Una tercera nueva enunciación común es la del carácter no neutral de la educación. En términos freirianos, el énfasis está puesto en “la naturaleza política del proceso educativo” muy vinculada a esta idea de la “recuperación de la política como herramienta de transformación” que atraviesa a todo el discurso del bloque regional de los gobiernos del Alba, Unasur, etc.

É: ¿Cuáles fueron o siguen siendo los limitantes y los límites que enfrentaron y enfrentan las universidades nacionales en estos contextos políticos que enumeraste?

MR: Hubo varios limitantes y límites. Por un lado, la restricción al proceso de democratización de la vida universitaria debido a la alta precarización laboral en el conjunto del sistema en el sector docente, herencia del menemismo y también de etapas anteriores; las dificultades para democratizar el ingreso de niños y jóvenes en el conjunto del sistema educativo, y lo que denominaría una perspectiva “neo-desarrollista” en Ciencia y Tecnología, cuestión a la que ya me referiré. Un punto no menos importante y que constituyó también una limitante importante, fue la no derogación de la arquitectura jurídica principal de los ‘90 en Educación Superior, me refiero a la LES. Nos preguntamos, ¿cuáles fueron los obstáculos en el imaginario y en las prácticas de tal modo que no fuera factible derogar la LES?

Pongo el acento en la idea de los límites, de los horizontes de época para pensar la imposibilidad de las rupturas radicales con el neoconservadurismo. Por supuesto que no puedo dejar de mencionar logros importantes, modificaciones a estos cercos como lo han sido los convenios colectivos de trabajo (que en el caso docente es el primero en la historia universitaria argentina), posibilitando tanto mejoras en las condiciones laborales y también permitiendo habilitar otros caminos de trasformaciones democráticas intramuros que están vinculados a los derechos laborales. También enfatizo las diferentes modificaciones de la normativa en el sistema educativo; la concepción de la educación formal como sistema; la visibilización, con fuerte respaldo presupuestario, de una política estatal en relación a la ciencia y la técnica, etc.

É: ¿Se puede hablar de un modelo de educación superior preponderante o se terminó imponiendo un formato que combinó aspectos de modelos previos?

MR: Siempre es posible identificar “preponderantes”, aunque también siempre hay modelos diferentes, que coexisten y están en tensión. Nuestra universidad, si es que se puede identificar “una”, proviene de abruptas rupturas en los órdenes impuestos por los bloques de poder hegemónicos. Norma Paviglianitti lo dice en forma muy inteligente en otros términos cuando sostiene que la historia en materia educativa se puede relatar en términos de la controversia o la polémica acerca de a quiénes le corresponde educar a las mayorías, educar al “soberano” diría José Tamarit.

Podemos revisar algunos ejemplos de rupturas en el ámbito de la “universidad”. Una es la que lidera Deodoro Roca, la Reforma del ‘18, que resquebraja el carácter medieval que todavía seguía persistiendo “intramuros”, aunque parezca exagerado decirlo. Se le suma un hecho de gran fuerza simbólica y es que la proclama se lanza desde la Universidad Nacional de Córdoba, desde “la docta”, lo que ayuda a la propagación a velocidades insospechadas del proceso de la reforma en todo nuestro país y en América.

La Reforma se vincula a otro proceso de profundas transformaciones en la cultura institucional que va a ocurrir en los años ‘60 e inicios de los ‘70. Me refiero, por un lado, al tramo de la historia institucional que está marcada por una corriente intelectual que está preocupada por la relación emancipación-política-ciencia, con representantes como Oscar Varsavsky, Rolando García, Sara Rietti, sólo por mencionar algunas voces. En cierta forma vinculada, por otro lado están las experiencias de las cátedras nacionales -con la participación de intelectuales como Roberto Carri, Alcira Argumedo, Horacio González, entre tantos- que impulsa un fuerte debate no sólo en la UBA sino en todo el país sobre las corrientes del pensamiento en las Ciencias Sociales y en Filosofía. Estas experiencias se producen en contextos más generales de críticas al orden social y económico de la América dependiente.

Sin este tipo de acontecimientos no se explica la resistencia interna en las universidades nacionales tanto a las diferentes interrupciones de la democracia por gobiernos de facto, en particular la ofensiva de la última dictadura cívico-militar, como a la del mercantilismo en la etapa del menemismo.

Judith Naidorf y Fernanda Juarros tienen un excelente artículo sobre los modelos en pugna en el sistema universitario público de la Argentina. Ellas sostienen que en las universidades (entiéndase por ello instituciones y sujetos) se entrecruzan de manera contradictoria los intereses privados, los de la Academia (el habitus) y los de las políticas públicas o estatales (que no son homologables, por supuesto). Se produce una fuerte disputa entre intereses democratizantes a favor del bien común, y otros que pugnan por la mercantilización del conocimiento y de la educación.

Ahora bien, pese a las modificaciones de carácter emancipatorio introducidas por los diferentes modos del pensamiento crítico pienso que en las universidades del país lo que prevalece es el carácter conservador de la institución universidad. Hablo de la tendencia general, sin desconocer que existen experiencias disruptivas con dicho carácter. En educación, así como no adscribo a ningún tipo de funcionalismo, tampoco lo hago a ninguna corriente reproductivista de tipo reduccionista. No obstante, comparto plenamente los análisis críticos sobre el carácter reproductor en el plano material y simbólico de la educación planteado por Bourdieu, Bowles, Gintis, etc.

Universidad ¿conservadora de qué? De la pretensión de ser “torre de marfil” o “faro de la cultura”, y la más preocupante para algunas unidades académicas, que es la de ser “el lugar de las corporaciones de las profesiones”.

É: ¿Cuáles fueron los actores (institucionales, empresariales, comunitarios, políticos) qué jugaron un rol más destacado en el cuadro que quedó planteado en el último período?

MR: El Estado en los últimos años (antes de Cambiemos), en la etapa del kirchnerismo, abandona el carácter subsidiario otorgado por el neoconservadurismo de los ‘90 y asume un rol de centralidad en relación a la definición de las políticas públicas. De este modo, el gobierno concibe al Estado como un actor decisivo tanto en lo presupuestario como en las redefiniciones de las agendas institucionales, recortándole presencia al sector privado.

No menos fuerte ha sido el rol de las corporaciones económicas vinculadas a las universidades a través de diversos grupos al interior de ciertas profesiones. Un ejemplo es lo que denominamos el modelo del agro negocio, o de la amalgama farmacia-laboratorio. Menciono también “Ymad” y el fondo para las UUNN, que algunas instituciones rechazaron, aunque la relación universidad y corporación aquí es de otro tipo. Aclaro, ya que la misma está legitimada por la legislación nacional, la que si bien es anterior a Onganía, la modificación del articulado que ha permitido el carácter anti-soberano de la norma proviene de la dictadura que dicho general encabezó y a propuesta de Krieger Vasena.

De este modo, el papel que desempeñan ciertas sectores de profesiones en la consolidación del extractivismo (en la definición de Harvey) es decisivo para su éxito ya sea por los aportes técnicos que realizan como así también en la creación de una “atmósfera de sentido común” que pretende otorgar a la técnica la característica de neutralidad ocultando el carácter depredatorio que sobre las poblaciones y los bienes comunes el extractivismo provoca y promueve. Y esto no constituye una crítica a “la profesión” como tal, sino al modo corporativo que asume y a su relación con el mundo del negocio y del poder. Llomovatte junto a otros investigadores han realizado estudios muy importantes y minuciosos, indagando la relación universidad-empresa develando prácticas que lejos están de perseguir el interés público.

No menor es la influencia de diferentes “actores” de lo que se denomina internacionalización de la educación, lo que es altamente contradictorio ya que se inserta en una tensión más general que Sousa Santos denomina los antagonismos existentes entre la globalización neoliberal y la globalización alternativa. Son las contradicciones de la dinámica de la mundialización capitalista que atraviesan Educación, Ciencia y Producción Tecnológica, y que en absoluto las deja desvinculadas de la cuestión del poder asociado, por ejemplo, a la división en centros y periferias, en países centrales y países periféricos.

En una perspectiva de globalización solidaria, el proceso de vinculación entre universidades es asumido como parte de un proceso más amplio de democratización del conocimiento. De este modo, la producción científica se asume como ejercicio de un derecho, se concibe al conocimiento científico como un bien común y por lo tanto se piensa a la comunidad científica como universal. Aquí el adjetivo de “universal” no lo pienso como contrapuesto al de “situado” o “en contexto” sino que hace alusión a que es la humanidad la portadora, en relación dialéctica con el mundo, de la verdad. No es una verdad ni por fuera del sujeto ni por fuera de la historia, no obstante, quiero reivindicar mi adscripción a una noción de sujeto y de verdad que está muy lejos del lugar en que los sitúa el posmodernismo, en general.

Coexistiendo y en antagonismo con toda perspectiva de democratización, también se sostuvo la internacionalización con pretensión mercantilizadora, o globalización neoliberal en la denominación de Sousa Santos que mencioné hace instantes. Esta disuelve, incluso, la idea misma de verdad, ya que concibe al conocimiento como una relación pragmática con el mundo y en tanto “cosa transable”.

É: ¿Qué ocurre, en términos de hacedores de la política, con los trabajadores y estudiantes en las universidades? ¿Y con los movimientos sociales “extra-muros”?

MR: Desde las organizaciones (sindicatos) de los trabajadores y de los estudiantes en términos generales hubo y hay una puja por democratizar la educación, con sentidos muy diversos.

El sentido que prevalece en la institución universitaria es conservador. La idea de organización sindical o de movimiento estudiantil es rechazada por los sectores más reaccionarios de la vida universitaria. No obstante sigo pensando que es sólo desde las organizaciones de los trabajadores, las que incluyen las de la educación, desde los movimientos sociales, que es posible construir una nueva universidad, que forme parte de los procesos de liberación en sentido amplio. Aquí el movimiento estudiantil tiene un rol fundamental, decisivo, hay razones históricas y políticas que lo confirman.

É: ¿Por qué creés que permaneció vigente la Ley de Educación Superior? ¿Cuáles han sido las consecuencias de esa continuidad?

MR: Creo que aquí han jugado un rol muy decisivo las corporaciones internas a las universidades. La ley de Educación Superior había logrado cerrar jurídicamente un tipo de subjetividad ya instalada en las instituciones, un tipo de meritocracia pre-existente. La ley y las políticas que la misma favorece van a fortalecer dicha subjetividad, creando además un nuevo escenario de legitimación interna. La arquitectura jurídica de la ley está construida para habitar una universidad autoritaria y en donde, paradojalmente, el intervencionismo de la norma favoreció un tipo de autonomía que es una suerte de alta heteronomía ejercida desde adentro.

Verónica Gago realiza un brillante aporte pensando las mutaciones en el arte de gobernar. Piensa al neoliberalismo como una trama de tecnologías, saberes y prácticas que ya no puede ser pensada sólo como desde “arriba”. Es una racionalidad que no es sólo macro-política, sino que también pone en juego las (en plural) subjetividades y la vida cotidiana.

Esto no exime al gobierno central de la última etapa de no haberlo impulsado con decisión más clara. Reconozco sí esfuerzos importantes para impulsar la reforma de la LES como los que promovió desde un sector del gobierno Adriana Puiggrós, pero que sin embargo fueron rechazados tanto por sectores internos al partido como por múltiples universidades argumentando la intromisión del Poder Legislativo sobre los “asuntos internos”, de vuelta la corporación interna. Un verdadero absurdo, cuando precisamente la Les vulnera la autonomía porque sigue abriendo la puerta a la injerencia de los intereses privatistas.

É: ¿Cómo ponderás la apertura de numerosas universidades nacionales?

MR: Fue una buena decisión. Fue tomada con el objetivo de generar un nuevo tipo de territorialidad en Educación Superior, permitiendo que sectores con bajos ingresos pudiesen acceder a las universidades, entre otros numerosos beneficios. Aclaro que, además, las nuevas Universidades se aprueban con el consentimiento de las Universidades pre-existentes, a través de la intervención del Consejo Interuniversitario Nacional (conocido como CIN). Menciono esto porque hay sectores políticos que actualmente están muy interesados en profundizar el ajuste en las universidades que hacen una crítica a la creación de las nuevas universidades, argumentando que fue una decisión exclusiva del PEN cuando no ha sido así, desconociendo que además del Poder Legislativo, el CIN interviene.

Chiroleu, en el libro que lleva el título Política Universitaria en la Argentina, analiza las coincidencias y diferencias en relación a los procesos de democratización e inclusión en las UUNN.

É: ¿Qué balance hacés de tu experiencia al frente de la UNRC?

MR: Muy positiva, siempre considerando la perspectiva de límites y posibilidades. Destaco que el grupo que condujo el rectorado de UNRC, del cual formé parte, proviene de múltiples experiencias en los territorios; y la Universidad para nosotros es concebida como experiencia territorial. Esta enunciación a veces nos trajo algunos inconvenientes ya que al mencionar la palabra territorio se nos interrogaba acerca del debilitamiento o no de términos clásicos como el de Institución, Ciencia, etc.

A nuestro proyecto lo denominamos “Universidad pública en tránsito a una Universidad Popular, Democrática y Emancipadora”. Intentamos que cada uno de estos términos y el sentido completo que la denominación tiene se tradujera en programas bien explícitos de acciones.

Hay un texto muy minucioso de “balance y prospectivas” que dan cuenta de la agenda de acciones enmarcada en definiciones que le dan sentido a las mismas. El texto está en web, así que pueden acceder al mismo públicamente. Hay también Tesis de Posgrado sobre la etapa del rectorado que nos han permitido objetivar nuestra perspectiva sobre la misma. Y de manera permanente a través de intercambios como éste, volvemos a re-totalizar la experiencia, en particular y especialmente las instancias de debate colectivas.

É: ¿Qué panorama se abre para las universidades nacionales con el cambio de etapa política? ¿En qué terrenos se pueden jugar las disputas más importantes?

MR: Gran desafío ya que el programa de acción de Cambiemos es antagónico a toda perspectiva pública, con lo cual nos obliga a revisar críticamente toda la agenda. Siempre hay que hacerla de este modo, esto es, revisar de modo minucioso y crítico el programa de transformaciones pero la etapa nos pone en un horizonte casi único en la historia argentina y lo digo no sólo para la Educación Superior.

É: Tal como ha ocurrido en otros períodos ¿considerás que la comunidad universitaria puede jugar un papel como actor progresivo? O en todo caso ¿qué sectores están en condiciones para hacerlo?

MR: Siempre la educación y la investigación científica juegan un papel decisivo en toda transformación, por ende las universidades jugarán un rol importante. La pregunta es si se profundizará el conservadurismo inherente a las instituciones o si puede pensarse que de las universidades nacionales puede realizarse un aporte con fuerte perspectiva emancipadora. Creo que la clave está en pensar el proceso de democratización, de emancipación, de tal modo que las relaciones universidad y movimientos sociales salten el cerco de su mera enunciación.

Las transformaciones revolucionarias en los últimos dos siglos han sido posibles con la amalgama entre práctica y teoría, no pensaría que eso no vaya a ocurrir en cualquier propuesta o programa de transformaciones de cualquier izquierda popular. Creo que conocimiento y agenda de transformación de lo real no pueden pensarse disociados, ya que todo conocer es un acto de subversión de lo real.

[1]  Marcelo Ruiz es Magister en Estadística Aplicada, Doctor en Ciencias Matemáticas, desempeñándose actualmente como Profesor Adjunto en la Universidad Nacional de Río Cuarto (UNRC). Sus intereses principales en investigación están vinculados en las Ciencias Matemáticas a la probabilidad y estadística y en el de las Ciencias Sociales y Humanidades a las problemáticas de la Ciencia, la Tecnología y la Cultura. Se desempeñó como Rector de la UNRC en el período 2011-2014; fue Secretario General del Sindicato Docente de la UNRC e integrante de la conducción nacional de CONADU entre el 2004 y el 2008.

[2] Adrián Pulleiro es Licenciado en Ciencias de la Comunicación (UBA) y se desempeña como docente en dicha carrera y en la Universidad Nacional de La Pampa (UNLPam). Es Doctor en Ciencias Sociales (UBA) y becario posdoctoral del CONICET. Investiga sobre formaciones intelectuales en la Argentina contemporánea e historia de los estudios en comunicación.

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