UNA REFLEXIÓN URGENTE PARA LAS TAREAS ACTUALES

El presente texto, escrito por Martín Ogando, constituye la presentación al libro Neoliberalismo, neodesarrollismo, socialismo del economista e investigador Claudio Katz. Se trata de un título de próxima aparición por el sello editorial Batalla de Ideas, emprendimiento que se propone la difusión del pensamiento crítico y de izquierdas, en estrecha vinculación con las experiencias y necesidades de movimientos populares, organizaciones sociales y sindicales, así como con las producciones de investigadores, investigadoras, docentes e intelectuales que puedan aportar a comprensión de los grandes problemas contemporáneos. Durante el años 2015 Batalla de Ideas publicó sus dos primeros libros: Economía y política en la Argentina kirchnerista, del investigador y profesor universitario Adrián Piva, y Claves feministas para mis socias de la vida de la antropóloga mexicana Marcela Lagarde.

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Por Martín Ogando[1]

El trabajo del editor es siempre un acto de fe, más aún en los tiempos que corren. Es poner a disposición una herramienta, creyendo en la posibilidad de interpelar, de encontrar del otro lado una mirada atenta, una cabeza dispuesta a hacer algo con ella. Qué correlación hay entre deseo y realidad una vez que el libro está en las calles, es algo que no puede saberse de antemano. Una vez que autor y editor la dejan ir, la productividad de una obra es impredecible y se forja en los combates en que cada lector elija ponerla en juego. Cuando la vocación editorial tiene pretensiones de intervención político-cultural, de crítica social y de apuesta militante, las cosas son aún más vertiginosas e inciertas. Hecha a pulmón, esta tarea está teñida del entusiasmo que genera sentirse parte de un movimiento más vasto, que comenzó mucho antes que nosotros y nosotras, y que tendrá destino y necesidad mientras persistan la explotación y la injusticia en el mundo. Dicho así, suena grandilocuente y puede que lo sea. Pero, en todo caso, se trata de una grandilocuencia colectiva, ajena a grandes personalidades o liderazgos mesiánicos. Por el contrario, sus raíces se encuentra en la memoria de millones de héroes y heroínas anónimos que creyeron y creen que otro mundo es posible. Batalla de Ideas se propone ser un pequeñísimo, pero entusiasta aporte en esa epopeya colectiva.

Este libro inaugura la colección Estudios Latinoamericanos, reflexiones que deseamos nos permitan acercarnos a la compleja y multiforme realidad de nuestro continente, azotado como pocos por la explotación y la dominación capitalistas, pero, al mismo tiempo, laboratorio político y social de las más radicales experiencias populares de nuestra época. La obra que presentamos es por demás sintomática del momento político que nos toca vivir. Neoliberalismo, neodesarrollismo, socialismo reúne una serie de muy valiosos aportes que Claudio Katz nos ofrece para comprender la dinámica de América Latina en la última década.

Atravesada por las crisis económicas, políticas y sociales del cambio de siglo y signada por la emergencia de tres grandes proyectos en disputa, la región se enfrenta hoy al avance de formaciones políticas de derecha. Sin embargo, esta coyuntura demanda ser puesta en perspectiva, evitando tanto el impresionismo sobre una aparente “restauración conservadora”, como la subestimación del carácter excepcionalmente rico en experimentos políticos que nos deja la última década.

La aparición de numerosas producciones políticas y académicas que tematizan los últimos años es condensación del camino que hemos recorrido desde que nos encontráramos sumidos en la más cruenta ofensiva neoliberal. Es por esto que no naturalizamos estar editando hoy este tipo de obras, que buscan de manera abierta una intervención política desde una perspectiva socialista y emancipatoria.

Hace exactamente cuarenta años, se abría un período de derrotas del cual la clase trabajadora argentina todavía no se ha recuperado, aún a pesar de la rebelión de diciembre de 2001. El 24 de marzo de 1976, las Fuerzas Armadas -como ariete de la violencia genocida del capital- se abocaban a la tarea de quebrar decisivamente el ascenso de luchas obreras y populares más importante del siglo XX. El exterminio físico del activismo político y social era el escarmiento necesario frente a semejante desafío de los de abajo. Argentina no era un caso aislado: desde mediados de los años setenta, el capital desplegó una ofensiva global contra el trabajo, que adquirió contornos aún más definitorios en las dos décadas siguientes, dando lugar a una etapa de deterioro en las condiciones de vida de las clases subalternas y de retroceso político, social y cultural de las organizaciones populares en general y de las ideas socialistas en particular. Esta etapa defensiva para el movimiento popular -cuyo inicio suele datarse entre la crisis del petróleo, la ruptura de la arquitectura monetario-financiera de la segunda posguerra y el ascenso de los gobiernos de Margaret Thatcher (1979) y Ronald Reagan (1982) en Gran Bretaña y Estados Unidos, respectivamente- supuso un salto en el proceso de mundialización, internacionalización y concentración del capital; un mayor disciplinamiento de las clases trabajadoras; la crisis del llamado “Estado de bienestar”, con su consiguiente pérdida de conquistas sociales y democráticas, que se condensó en la metamorfosis hacia una nueva forma de Estado; y el aumento de la subordinación y expoliación de los países dependientes. La crisis y posterior desaparición de la Unión Soviética y del llamado “bloque socialista”, con su enorme impacto político y cultural, terminó de coronar el triunfalismo irrefrenable del capital. No sólo había “fracasado el socialismo”, y ya no había alternativas civilizatorias frente al capitalismo, sino que las propias nociones de izquierda y derecha parecían relegadas al museo de la historia. En América Latina, luego de las sangrientas dictaduras militares, gobiernos democráticos terminaron de doblegar la resistencia popular e impusieron dramáticamente los lineamientos del “Consenso de Washington”.

Sin embargo, de las entrañas de esa noche neoliberal emergió la resistencia. Los portavoces del capital, los intelectuales “críticos” y hasta buena parte de la militancia política adoptaron las hipótesis del “fin de la historia”. Aun a pesar de ellos, nuestros pueblos no entendieron razones. Multiplicados en el cerro y en la selva; en la calle y en la ruta; en las escuelas, en los lugares de trabajo, en las villas, en las ciudades; mujeres y hombres mostraron tozudamente que la lucha de clases estaba allí, lejos de cualquier clausura. En estas resistencias al neoliberalismo y en el inicio de su crisis, los trabajadores, indígenas y campesinos empezaron a gestar las condiciones para una etapa de avances populares. En cada uno de nuestros países los ciclos de movilización de masas tuvieron lógicas y temporalidades propias, que van desde el temprano empantanamiento de las recetas neoliberales en la Venezuela del “Caracazo” y el alzamiento zapatista hasta los levantamientos populares de inicios del siglo XXI. Pero poco a poco estos procesos se fueron entrelazando y enriqueciendo, poniendo en movimiento un nuevo clima de época. Esta “década larga” fue alumbrada por el ascenso de Hugo Chávez al gobierno a fines de los noventa, la rebelión popular del 2001 en Argentina y el ciclo insurreccional boliviano de 2000-2003. La derrota del ALCA en 2005 constituye, sin dudas, el epicentro continental y baluarte máximo de este periodo. En América Latina, la primera década del siglo XXI estuvo signada por la obtención de mayores márgenes de autonomía por parte de los Estados nacionales con respecto a los pensables en los noventa; por el repliegue de las políticas más abiertamente neoliberales, aunque no así por la superación de sus consecuencias estructurales; por la mejoría relativa de las condiciones de vida de los sectores populares; por una recuperación parcial de la organización social y política de los explotados; y por el desarrollo de experiencias estatales que incorporaron demandas populares postergadas. En algunos países, estas experiencias asumieron un curso muy radical, reivindicando transformaciones revolucionarias e incluso, por primera vez en décadas, la perspectiva del socialismo.

Desde hace algunos años, este ciclo de avances populares vive bajo asedio. Algunas de las condiciones que marcaron esta década larga -a sus bloques y proyectos- están mutando y posiblemente generando una nueva etapa política. El cambio de las condiciones económicas internacionales y una clara contraofensiva del imperialismo, se conjugan con diversos grados de agotamiento de las experiencias políticas que marcaron a fuego la década. El reconocimiento de este diagnóstico no supone adherir a la tesis del “fin del ciclo progresista”, últimamente tan propagada.

En primer lugar, porque este leitmotiv, ideológicamente tan potente, expresa principalmente los deseos de sus propios difusores. Pero fundamentalmente porque, a pesar de las innegables tendencias conservadoras, el destino de los procesos políticos y sociales en curso será definido en los próximos años en el terreno de la lucha de clases, escenario en el cual el resultado no está escrito de antemano y en el que, sobre todo, no nos pensamos como espectadores sino como protagonistas.

Sin derrotismo alguno, es preciso identificar agotamientos y contradicciones fuertes en los procesos políticos que más expectativas generaron en nuestro continente. Brasil presenta el caso paradigmático de aquellos procesos que asumieron un rumbo más moderado. El gobierno de Dilma Rousseff afronta una situación sin salida aparente: su propia subordinación a las recetas de ajuste ortodoxo, le ha enajenado simpatías populares, mientras que la oposición política de derecha y un sector de la burguesía sólo aceptan una claudicación completa o la imposición del impeachment. La acusación al propio Lula por el escándalo de corrupción de Petrobras, apenas horas después de anunciar su intención de ser candidato en 2018, parece marcar un nuevo salto en la crisis política.

En Venezuela -el proceso más avanzado-, las dificultades estructurales para superar la ineficiencia estatal, la corrupción y el burocratismo, junto a los años de guerra económica y hostigamiento imperial, han puesto a la revolución en una situación crítica que preanuncia eventos definitorios en los próximos meses. El desabastecimiento, la inflación y el paramilitarismo ayudaron a construir una grave derrota electoral del chavismo en las últimas elecciones legislativas. Bolivia parecía el proceso más estable y consolidado, pero la derrota en el referéndum que impide una nueva postulación de Evo Morales siembra incertidumbre en el horizonte, en tanto el movimiento deberá prescindir del líder indígena y campesino en el Palacio Quemado.

Ninguno de estos procesos se encuentra hoy derrotado. Incluso donde se han producido o pueden producirse cambios reaccionarios en el gobierno, no puede subestimarse la respuesta del movimiento popular en las calles y en sus comunidades. Sin embargo, es evidente que una fase se encuentra agotada y que los procesos necesitan reinventarse, revolucionar su curso, y, probablemente, experimentar un nuevo ciclo de lucha de masas para afrontar los desafíos por venir.

La locación concreta de nuestro proyecto editorial y el rutilante triunfo de la alianza Cambiemos demandan algunas palabras sobre Argentina, más aún en una colección que aspira a circular más allá de sus fronteras. En momentos en que este libro entra a imprenta, los sectores populares comienzan a sufrir las primeras medidas del gobierno de Mauricio Macri, fiel expresión de una ofensiva descarnada del capital contra los trabajadores y el pueblo. Al mismo tiempo, presenta una novedad cuyos alcances todavía no podemos conmensurar: Macri no es la expresión de ninguna vertiente o derivación de los partidos históricos que supieron representar al menos la memoria de grandes epopeyas populares. Es un producto nuevo, típico emergente del siglo XXI y de sus crisis de representación, nutrido del debilitamiento de las identidades y lealtades políticas populares históricas.

A la hora de dar definiciones y hacer pronósticos sobre el devenir del gobierno de Cambiemos, debe primar la prudencia. Esto recién empieza, van apenas un par de meses y es necesario evitar la impaciencia y el impresionismo. El futuro cercano será escenario de episodios relevantes -como las paritarias 2016, el manejo del tipo de cambio, el control de la inflación y el mayor o menor éxito en la salida a los mercados financieros internacionales y la búsqueda de nuevas inversiones- que delinearán las características de la nueva situación política. La historia dicta que la trayectoria de ningún gobierno es predecible, sino que su capacidad de construir consenso será constantemente puesta a prueba, desnudando sus debilidades.

Atrás han quedado doce años de gobiernos kirchneristas. El balance de esta experiencia seguirá debatiéndose y será objeto de múltiples polémicas, al igual que los motivos que llevaron a la derrota del Frente para la Victoria (FPV).

Elementos de la coyuntura, así como errores tácticos de la conducción, quizás especialmente agudizados en la campaña, pueden bastar para comentar el resultado estrictamente electoral. Sin embargo, no es este el tipo de balance que reviste más relevancia para la izquierda y el campo popular. Lo más rico, en todo caso, es tratar de extraer algunas conclusiones estratégicas de esta década y de su desenlace. Conclusiones que hacen no sólo a límites, potencialidades, errores y decisiones del kirchnerismo y sus gobiernos, sino también a los del conjunto de las organizaciones populares que confrontaron con la estrategia política del FPV, pero fueron incapaces de generar alternativas de peso.

El kirchnerismo resulta inexplicable sin aquellas convulsivas jornadas del 2001 y el ciclo de movilización precedente. Entre los años 2001 y 2002, el proceso de luchas populares alcanzó su auge y las condiciones para el ejercicio del gobierno se tornaron tan inestables que es posible hablar del desarrollo de una verdadera crisis orgánica, tal como explicaba Antonio Gramsci: una crisis no sólo económica, sino también política y social, del Estado en su conjunto, es decir, del consenso con que cuenta la clase dirigente para seguir conduciendo los destinos de la nación mediante los mecanismos de legitimidad habituales. Por supuesto que se mantuvieron en pie pilares fuertes del Estado, como el Partido Justicialista (PJ) en tanto partido del orden (aunque cuestionado) y el aparato represivo. Sin embargo, lo decisivo para que esa crisis no haya configurado una situación revolucionaria en la Argentina fue el retraso del factor subjetivo organizado, consciente y preparado para articular el momento insurreccional, de impugnación y movilización callejera, con la conformación de una alternativa política popular. La ausencia de esa articulación entre la lucha social defensiva, el momento del levantamiento popular y la emergencia de una alternativa política por fuera del sistema tradicional de partidos es el rasgo que singulariza a la Argentina, diferenciándola de Bolivia y Venezuela.

La forma particular en la cual se había desarrollado la crisis de legitimidad de la “clase política” -en medio de la debacle social y económica, pero luego de un ciclo de repliegue de las representaciones populares históricas- dio un tono genéricamente “antipolítico” a las movilizaciones, expresado en el característico “que se vayan todos”. Esta fue una debilidad suplementaria del proceso, ya que el saludable cuestionamiento a la dirigencia política tradicional apareció confundido con un sentimiento antipolítico general, que limitó la potencialidad de la organización popular, reduciéndola a una dinámica meramente impugnatoria. En esta situación “catastrófica”, ante la incapacidad desde abajo para gestar una resolución progresiva de la crisis, emergió una sutura desde arriba, un proceso de “revolución-restauración”, si se nos permite citar nuevamente a Gramsci.

El kirchnerismo es producto de aquella relación de fuerzas paradójica en la cual las clases subalternas pudieron bloquear una salida deflacionaria a la crisis, pero no poner en pie una alternativa propia. Esta marca de origen ha acompañado a los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández, dotándolos de una dualidad característica: factor de la recomposición del consenso y del ciclo de acumulación de capital, pero sobre la base de viabilizar la ampliación de derechos y la satisfacción de algunas demandas populares postergadas. Es decir, el kirchnerismo no pretendió una refundación radical del régimen político, sino su relegitimación; no se propuso afectar negativamente la ganancia empresaria, sino aportar a su recomposición; pero sobre la base de las nuevas condiciones que eran necesarias para el ejercicio de la hegemonía. Esas condiciones demandaban incorporar demandas democráticas y distribuir hacia la clase trabajadora parte de la bonanza económica por venir.

Sobre esa base, y en un contexto económico especialmente favorable, el kirchnerismo logró tres mandatos presidenciales consecutivos y, al menos entre 2003 y 2011, consiguió compatibilizar un fuerte crecimiento promedio del PBI y altas tasas de rentabilidad empresaria con una recuperación importante del nivel de empleo y el aumento relativo del poder de compra del salario. Al mismo tiempo, sus gobiernos no estuvieron exentos de fuertes conflictos con grupos y fracciones del capital que, más allá de los vaivenes de su rentabilidad, mantuvieron fuertes dosis de hostilidad. Por otro lado, el kirchnerismo volvió a poner a la orden del día la narrativa nacional y popular, y el objetivo de consolidar un “capitalismo nacional con inclusión” y recuperar un modesto entramado industrial para el mercado interno, fue acompañado por un llamado a la militancia que no dejó de producir huellas profundas en la sociedad.

Dada la correlación de fuerzas que se vio obligado a conjurar, el kirchnerismo debió encarnar una gestión progresista del Estado capitalista que, sin embargo, dejó incólume los fundamentos estructurales de la acumulación de capital, la concentración de la riqueza y la dependencia nacional, y que, en consecuencia, no cuestionó los pilares de una institucionalidad política formal-procedimental y limitada. Sobre esta base, tuvo una gran productividad política durante un largo periodo, ayudado por un contexto internacional favorable, usufructuado con una notable audacia táctica.

Cuando el antagonismo entre capital y trabajo, así como las condiciones del mercado mundial, angostaron los márgenes de maniobra entre la vieja estructura estatal y las demandas democráticas, la posibilidad de la derrota política del kirchnerismo tomó cuerpo. Por limitaciones estructurales, de clase, pero también por vocación y opción de proyecto político, el kirchnerismo no privilegió la satisfacción de los reclamos populares en la medida en que ello suponía una confrontación abierta con las clases dominantes en su conjunto. Por supuesto, esto acarreaba enormes riesgos. Suponía abrir una dinámica de confrontación en la cual se pusieran en discusión los fundamentos del capitalismo dependiente argentino y de su antidemocrática institucionalidad, abriendo un proceso de movilización popular y un antagonismo social radical e impredecible.

Aun con las incertidumbres que entraña, no hay otro camino si el objetivo es ensanchar el horizonte de posibilidades de un pueblo. Opciones presuntamente más “realistas” conducen, en su zénit, a la gestión “virtuosa” del capitalismo, sinónimo irremediable de explotación, miseria y opresión.

A partir de estas reflexiones, asumimos el punto de vista de Álvaro García Linera: profundizar los procesos o retroceder frente a la derecha, ésta es la encrucijada latinoamericana. Entendemos que esta conclusión general es válida, más allá de que asuma en cada país un contenido distinto. No sostenemos ésto desde el punto de vista ingenuo o retóricamente izquierdista, ni suponemos que la radicalización de un proceso garantiza victorias, aleja crisis y previene derrotas. En uno y en otro terreno, derrota y triunfo no están jugados de antemano, sino que se definen en el terreno de la lucha.

El legado de esta década seguramente será mejor valorado con el paso del tiempo, al calor de las luchas por venir. El kirchnerismo deja el poder con una mejoría real en una serie de indicadores objetivos para las clases trabajadoras y populares. El más notable de ellos es una cierta recuperación del salario y, fundamentalmente, una baja tasa de desocupación. También contamos con una serie de derechos democráticos y sociales conquistados, tanto por la lucha incansable de nuestro pueblo como por el sentido de oportunidad y la convicción del gobierno saliente. La experiencia kirchnerista deja, asimismo, una militancia más numerosa, distribuida entre diversas organizaciones políticas, sociales, sindicales y culturales de todo el campo popular.

La dispersión del campo popular, dividido en función de las divergentes orientaciones que se desarrollaron durante el kirchnerismo, opera sobre la fractura más profunda de una clase trabajadora subjetivamente desorganizada tras la ofensiva neoliberal. Después de años de reflujo en la movilización, ambos datos desafían nuestra capacidad para enfrentar articuladamente una nueva embestida del capital. Dicha dispersión se expresa tanto en la coexistencia de distintas estrategias políticas, cuyas divergencias se agudizaron en la última década, como también en la tendencia latente hacia la desorientación y la desmoralización. En una parte de la militancia organizada, en su mayoría valiosa, estos años han consolidado rasgos estatalistas, pragmáticos y verticalistas, como resultado lógico de una experiencia política que se insertó exitosamente en el Estado e implementó desde allí medidas progresivas. Estas orientaciones, que parecen el reverso de las miradas basistas y localistas de la década del noventa, deben ser discutidas y superadas colectivamente en la lucha.

Nuestra hipótesis es que el resultado electoral que llevó a Mauricio Macri a la presidencia no expresa una derrota popular de magnitud. No está claro que la correlación de fuerzas sobre la que se asentó el kirchnerismo -aquella que permitió avances populares durante estos años- haya sufrido una reversión cualitativa. El gobierno de Cambiemos está trabajando desde el primer día para construir esa derrota popular. Esta hipótesis tendrá que afrontar, claro está, la prueba de la lucha de clases, del conflicto real y actuante.

Frente a este escenario, plagado de incertidumbres y desafíos, una obra como la que aquí presentamos constituye un aporte fundamental. La reflexión sobre los limites y potencialidades de los procesos sociales y políticos de la última década constituye hoy una tarea de primer orden. Comprender nuestras realidades para estar en mejores condiciones de transformarlas, esa es la máxima de nuestra acción. Esta es la tarea de la militancia social y política en el periodo que se abre, ya sea para construir las resistencias y hacer fracasar los planes del capital, así como para forjar trabajosamente nuevas perspectivas de liberación junto a nuestros pueblos, recuperando el horizonte del socialismo en el siglo XXI. Neoliberalismo, neodesarrollismo, socialismo de Claudio Katz, y con ella la íntegra colección de Estudios Latinoamericanos, se proponen aportar en esa perspectiva.

[1] Martín Ogando es Licenciado en Sociología y becario de investigación doctoral por la Universidad de Buenos Aires. Desde el año 2006 se desempeña como docente de la materia “Historia Social Argentina” en la Facultad de Ciencias Sociales (UBA). Es miembro del CECS (Centro de Estudios para el Cambio Social) y del Departamento de Estudios Políticos del Centro Cultural de la Cooperación (CCC), donde coordinó el proyecto “Estado y participación popular en Venezuela. La experiencia de las comunas y consejos comunales (2006-2014)”. Es activista político y sindical.

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