Todes se sienten en déficit por no alcanzar un valor: nociones sobre Mark Fisher

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Por Colectivo de Filosofía, Literatura y Política “El Loco Rodríguez”

Conspiraciones.

No hablamos en “representación de” la “Clase”, el “Pueblo”, las “multitudes”, los “pibes”, o la “juventud”. Nuestro gesto es más insignificante. Simplemente realizamos una crítica a los imaginarios de época a partir de reflexionar sobre nuestra breve biografía política. No usamos megáfonos, grabadores ni banquitos. No vamos a ningún lugar a buscar un saber más “genuino” o “autentico”. Pensamos la época a partir de nosotros mismos. ¿Solipsismo? ¿Comodidad? ¿Vicio academicista? Puede ser. ¿Universalizamos nuestra singularidad? Es posible. Pero al menos no tenemos la tentación de hablar “por” otros. Compusimos El Loco Rodríguez por la necesidad que cada uno de nosotros tenía de revisar lo que nos pasó en la última década y media Por eso pensamos al Loco como un vector, desde donde elaborar inteligencia colectiva y mapear la época. Captar líneas de vitalidad desde donde producir fuerzas reales para frenar el ataque que estamos viviendo, y sobre todo para hacernos de una vida vivible, cogible (Federico Moura), donde no soñemos siempre las mismas cosas (Daniel Melero), donde poder ser creativos y ganar una moneda (Luca Prodan). Fuimos un grupo de lectura, primero, y luego una invitación colectiva. Donde el nombre mismo, El Loco Rodríguez, personaje del cuento El Fiord de Osvaldo Lamborghini, adquirió consistencia explicativa posteriormente. Al principio, fue una excusa, un gusto literario, una metáfora política mezclada con un deseo de crear precursores. Un audio de wasap.

Pero, ¿por qué “pegamos onda”? Entre otras cosas, por la sensación de que compartíamos ciertas marcas. Entre ellas, cierto hartazgo respecto de las imágenes políticas que teníamos a la mano. Un malestar respecto del tutelaje moral y conceptual en relación a las generaciones previas. La mayoría de nosotros no vivimos el 2001 de forma activa. Sin embargo, en las conversaciones y debates del colectivo, volvemos una y otra vez allí, buscando sus restos en el presente. Y en la exploración de esos restos hallamos como mínimo dos direcciones: por un lado, creemos que es posible indagar en las zonas opacas donde la subjetivación política (post 2003, 2008, 2011 y 2015) se nos revela como sujeción; y por otro lado, ubicamos la posibilidad de indagar en los restos de insumisión que recorren las diferentes esferas de la vida social luego de las jornadas del 19 y 20 de Diciembre de 2001. Nos quedamos, por capricho quizás, con el primer aspecto. Nos interesa pensar el vínculo (no necesario) entre subjetivación política y sujeción política.

Es por ello que exploramos, precariamente, los puntos ciegos de la imaginación política a partir de reflexionar sobre nuestros consumos culturales, activismos dispersos, militancias fallidas, aspiraciones profesionales y sentimentalidades ideológicas. Porque casi todo lo que pensamos parte de una intuición: luego de las experiencias de 1996–2002, los activos politizados vivimos una decadencia en la imaginación política. Empobrecimiento que no es producto de una “falta de saber”. No denunciamos que las militancias y activismo tenemos una ignorancia sobre “los intereses de la clase”, “lo que realmente desea el pueblo”, “la vida en los nuevos barrios”, “los ciclos de lucha”, “el saber-hacer que producen los cuerpos en los territorios”. No “vemos” nada que otros no hayan percibido o experimentado. No somos mejores que nadie. Sólo intuimos que la cosa no pasa por la ausencia de algún tipo de saber táctico-estratégico. O por falta de “territorio”, “calle”, “compromiso social”, “responsabilidad intelectual”, o “investigación militante”. No faltó más peronismo ni más troskismo, ni más barro. Al contrario, señalamos un “exceso” de saber. Una saturación. Donde las imágenes (de lucha, de cambio, de vidas deseables) y los legados simbólicos (kirchneristas, autonomistas, troskos), a los cuales apelamos en el último tiempo inhiben el poder colectivo que pretenden invocar. En el reconocimiento de los propios límites hay una potencia. Por todo esto, necesitamos crear un vacío. Olvidar, aunque sea por un momento, esas respuestas, para poder formular nuevas preguntas. El Loco Rodriguez, es más que nada eso: una invitación a revisar la propia biografía para abrir interrogantes que si no fuera por lo colectivo jamás nos hubiéramos hecho. ¿Una conspiración acaso?

 

Intuiciones para no olvidar a Mark

Allí donde se dice “Lo personal es político”, Mark lee: lo personal es impersonal. Su búsqueda de las condiciones políticas, culturales y estructurales de la “subjetividad”, consiste en un ejercicio de extrañamiento respecto de lo considerado más familiar, más propio, más íntimo y más personal: una subjetividad que se inventa.

Mi vida

Mis fantasmas

Mark Fisher

No se trata, en Mark Fisher, de un exhibicionismo impúdico, ni de una espectacularización del yo, ni de un golpe bajo. Los Fantasmas de mi vida es un ejercicio para dar cuenta que esos fantasmas, no le pertenecen, reconociendo una complicidad con ellos. ¿Conócete a ti mismo? No. Artificio para que haga su aparición eso que gobierna nuestras vidas. Suspensión que precipita las voces que constituyen nuestros deseos y temores, para poder decidir algo en medio de una vida casi toda decidida (Marcelo Percia), agregamos, por el mentado “realismo capitalista”. Si lo personal es político, es porque la dominación es impersonal.

No propone el ejercicio de la impotencia reflexiva, no denuncia una falta de saber, no se trata de adquirir mayor conocimiento del estado de cosas existente. Propone una autoconciencia productiva que permita transitar de lo que ya está decidido, a lo que puede ser transformado. Fisher llama impotencia reflexiva a esa forma de conocimiento que no es el resultado de una observación pasiva de un estado de cosas previamente existente, sino una profecía autocumplida, una visión tácita de “las cosas como son” que, lejos de permitir una distancia crítica respecto de ellas, confirma una posición subordinada que lleva al autocumplimiento de sus premisas. La dominación es impersonal e hiperabstracta, pero no se ejerce sobre una cosa pasiva, el poder se disuelve en el consentimiento (Byung-Chul Han)

El desafío es mostrar que aquello que el Realismo Capitalista nos hace ver, al funcionar de punto ciego y mirada, como necesario e inevitable, es en verdad contingente, pero que la decisión, la posibilidad de optar por otra cosa, depende enteramente de nosotros y de nuestra capacidad de politizar los malestares que el capitalismo produce. Romper con esa identificación, condición necesaria para una destitución subjetiva en actos, nunca definitiva, en una elección siempre a rehacer, que permita transitar del estado de desafección privatizada a la ira politizada. El síntoma tiene que adquirir el estatus de secreto público ¿Yendo al analista? No solamente. Bastaría con que dos o más personas se reúnan para poder comenzar a colectivizar las tensiones que el capitalismo privatiza.

No nos detendremos en un análisis exhaustivo de los libros de Mark Fisher, editados en argentina por Caja Negra Editora. Nos referimos a “Realismo Capitalista ¿No hay alternativa?” y a “Los fantasmas de mi vida: escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos”. Este escrito propone un recorrido no sistemático a través de algunas de las ideas allí esbozadas, que ofrecen coordenadas para habitar las preguntas que conforman este colectivo y que constelan alrededor del malestar existencial, vivido a nivel psico-subjetivo.  Entendemos que el malestar es ambivalente, que puede potenciar o reactualizar impotencias, que puede dar cuenta de la eficacia del terror hecho carne, como pedagogía política del capital, en su poder atomizante y pasivizante, pero también puede ser el punto de inscripción de una “razón sensitiva” (L.Rozitchner) en una “disputa abierta por el materialismo de las subjetividades” (Sztulwark), que sea capaz de interferir los mecanismos de negación y des-sensibilización mediante los cuales opera la dominación.

Por todo esto, nos centraremos en el concepto de realismo capitalista, por un lado, y en la llamada a politizar el malestar, por el otro, sabiendo que existen otras formas de abordar estos escritos. Recibimos a Fisher desde nuestras preguntas e inquietudes políticas.  La razón por la que Fisher interesa puntualmente es bien simple: en la coyuntura asfixiante que nos toca vivir, entendemos que el ajuste se vive también en el plano subjetivo, acentuando los efectos del “Terror hecho carne” como matriz constitutiva de nuestra subjetividad. Mientras observamos cómo el futuro que imaginábamos se desmembra gradualmente, el costo que pagamos subjetivamente para que todo esto funcione, es altísimo. Frente a esta situación y los malestares que suscita, la tentación de entrar en modo “realismo”, es grande, incluso, en  casos puntuales,  promovida.

Ontología depresiva. “El realismo es análogo a la perspectiva desesperanzada de un depresivo que cree que cualquier creencia en una mejora, cualquier esperanza, no es más que una ilusión provisoria”.

Yo te voy a explicar cómo es la vida. Realismo capitalista es el Tano de la GNC alertandote que no te ilusiones, que no hay pastafrola y que argentina es mentira. Mansplaineandote que la “realidad argentina” no va a cambiar nunca porque estamos todos mal de la cabeza.

Se las sabe todas. Fisher caracteriza al depresivo como alguien que ha alcanzado La Verdad, una saturación de saber típica de aquel que “ha visto todo” y justamente se encuentra debilitado por un exceso de “conciencia”.

Las  cosas como son. Puesto en los términos en los que Bourdieu trabaja la violencia simbólica, en tanto que pensarla necesariamente implica pensar el fenómeno de la dominación en las relaciones sociales, y en su eficacia, el realismo capitalista es un intento de poner nombre al sistema actual y la ideología que lo fundamenta, y su importancia reside en que “El análisis de la aceptación dóxica del mundo que resulta del acuerdo inmediato de las estructuras objetivas con las estructuras cognoscitivas, es el verdadero fundamento de una teoría realista de la dominación y de la política. De todas las formas de “persuasión clandestina”, la más implacable es la ejercida simplemente por el orden de las cosas.”

 

El realismo capitalista bascula entre dos formas.

La progre-derrotista. Cierto “anticapitalismo” cuyo único eje político consiste en la denuncia y en hacer hincapié en el sufrimiento que el capitalismo produce, traducido a un conjunto de demandas histéricas cuya resolución es imposible de entrada. Se trata de un modo de subjetivación, que al producirse en el contexto del derrumbe de las expectativas emancipatorias tal como se formularon en el siglo XX,  abandona la estrategia y se refugia en la moral. En la medida que percibe que el neoliberalismo se nos impone no sólo por medio de dictaduras, sino a su vez, porque nos es deseable, el progre-derrotismo se retira del campo del deseo como un modo de dejar intactas sus convicciones, pero al precio de condenarse a la impotencia y mantener el realismo capitalista tal como está. Al abandonar el campo del deseo, y al hacerlo pasar por un anhelo melancólico, renuncia al campo donde se reelaboran las categorías estratégicas confirmando el lugar de derrota en el que se haya instalada. Los recursos epistémicos que enhebran la lengua política de las izquierdas, sin las estrategias que le dieron origen, se vuelven yugos omnipotentes de supervivencia, es decir la derrota, no se vive como derrota, sino como superioridad moral.

No hace falta ir más lejos que la atmósfera de noticias de Facebook para palpar el modo de funcionamiento de este “Realismo” que no hace más que engordar la atmósfera de cinismo difuso de la que el capitalismo se alimenta. Ya que si bien las discursividades varían en tonalidades de las más radicalizadas a las más socialdemócratas, en su apego formal al pasado hace síntoma su incapacidad para enfrentarse al tiempo en el que se vive y el abandono del desafío modernista “de crear formas innovadoras adecuadas a la experiencia contemporánea”, relegando el campo de la innovación a las facciones neoliberales más desarrolladas.

La Alejandro Rozitchner.  Una identificación con el capital en su versión más despiadada y un diagnóstico acertado. Alejandro personifica la versión que llevó hasta las últimas consecuencias el modo de elaborar, en clave de ruptura, la herencia del progresismo-derrotista. Pero en dicha elaboración deja intacta la matriz de la que supone despegarse. También su singularidad revela un modo de subjetivación incubado en el derrumbe de las expectativas, cuyo acierto se basa en haber sabido diagnosticar los problemitas que hemos tenido las izquierdas, en estos últimos años, con el deseo y su vínculo con lo político: solemnidad, aburrimiento, refugio identitario, superioridad moral.  El punto es que al momento de dar su respuesta cae en lo mismo que crítica, es decir, le contesta a sus Padres de izquierda también desde un apego formal al pasado: el rock de los setenta, con todos los lastres heteropatriarcales y románticos que éste arrastra. Si el disfrute en las izquierdas se confunden con cierto “hedonismo depresivo” (Fisher), Alejandro confunde deseo con un mero hedonismo adaptativo. Disfrutar es “no críticar” y adaptarse a las inercias del capital.

Compartir. Todo parece jugarse una economía virtual que goza querellantemente de denunciar las venalidades de la clase dominante, dirigiéndose a un “sujeto que se supone que no sabe”, incauto y a la espera de que el progresismo lo ilumine, pues “ha sido engañado”. Esa suerte de progre-colonialismo-condescendiente descansa sobre la premisa de que “el pueblo” es ingenuo y ha sido engañado, pero no bien lo adviertan y se den cuenta de la verdad, estarán listos para producir el cambio.

Consumir mercancías que confirmen tu identidad de oposición. Más allá del supuesto de base (El sujeto que se supone no sabe), el “empleo fundamental” de esta fantasía progre-derrotista se da en el plano  de la identidad (para que no pase nada). Esto lo sabe hasta un incauto community manager: las personas comparten contenidos para mostrar a los otros y construir su identidad, y ya. Su empleo es meramente imaginario y tiene más que ver con el sostenimiento de la fantasía (realidad) que es necesaria mantener un equilibrio si lo que se quiere es quedar libre de toda incomodidad, manteniendo una economía libidinal equilibrada, una imagen yoica entera y libre de perturbaciones, más que con un deseo genuino de transformar algo. Se lo ensueña, como mucho.

Hacer de la sujeción un emblema. Lo que hay entre la fantasía y el acto, siempre es un proceso de desidentificación que engendre las condiciones para una destitución subjetiva. Entretanto el “empleo fundamental” de la fantasía progre-populista se sostiene, permanecen sujetos de ella. La mayoría de las acciones de los sujetos “involucrados políticamente” sólo sirven reactivamente y a los fines de la confirmación de la propia identidad. Yo soy un capo, ustedes unos giles, that’s the question. Ser y ser. El malestar producido por la dominación de clase se imaginariza, al pasar por el tamiz de la identidad y, por lo tanto, correlato necesario, pasa por la identificación de “enemigos” y “amigos” y, por supuesto, en la identificación de un líder conductor en quien se proyecta “la” solución o “el” problema. Mandar boludo, groso. Y esperar las próximas elecciones. Mientras tanto, en mientras tanto, mientras tanto.

Olvidar el cuerpo en lo imaginario. Al imaginarizarse el malestar pierde toda posible inserción real en el cuerpo (aunque insista, y actúe, insidiosa y silenciosamente). La carne, el domingo.

El goce es silencioso, hay que hacerlo hablar, no monologar. Dicho en palabras de Freud, lo que no se elabora, se repite y, si entendemos que el capitalismo es un sistema de producción de mercancías y sujetos, se trata de una postura insostenible si lo que se desea realmente es una transformación.

Impotencia reflexiva. Para Fisher, el problema no sería tanto que las personas no sepan como funcionan las cosas. Al contrario, lo que Fisher señala es que es justamente esa saturación de saber acerca “cómo funciona el mundo”, la que lleva al estado de impotencia reflexiva sobre el cual reposa en gran parte el poder de clase.

Servidumbres voluntarias. En el plano cognitivo, es la creencia de la clase subordinada sobre su propia incapacidad de actuar frente a un estado de cosas la que refuerza su condición, pues su “reflexividad” no es más que una precondición irreflexiva de la experiencia. En el plano de la subjetivación operaría una identificación a un lugar de inferioridad respecto de la clase dominante que funciona como una hipótesis ontológica y que lleva al autocumplimiento de sus premisas.

Casettear. Un resentimiento de clase no elaborado que lleva a una afirmación de la propia inferioridad, que a lo sumo, cuando intenta rebelarse, solo consigue una “trasgresión ritual, social y políticamente ineficaz”, reconocible en toda la cultura y los consumos de las identidades políticas disponibles en la góndola de la subalternidad gozosa.

El sistema somos todxs. Para Fisher, la culpa del esclavo tiene que ver con su mala elaboración del resentimiento. Siguiendo a León Rozitchner, para comprender la política desde otro lugar, es necesario hacer visible el modo en que los elementos últimos del poder social – nosotres- son movilizados por la representación del poder que vive en ellos de manera invertida, organizado y dirigido contra sí mismos. En palabras de Fisher: “Esto significa que las “clases bajas” llevan en la cabeza convicciones inconscientes acerca de la superioridad de las expresiones y los valores de las clases dirigentes, que al mismo tiempo trasgreden y repudian de formas ritualistas (social y políticamente ineficaces). A menos que el resentimiento sea confrontado, cualquier afirmación corre el peligro de volverse una afirmación inconsciente de la propia posición subordinada. La afirmación acabará precisamente como una “trasgresión ritual, social y políticamente ineficaz”, como una puesta en escena, que deja intacta la estructura de clase”.

Saber, pero de Eso. De esta manera, el desafío no es tanto seguir aportando evidencia que de cuenta de los males de la clase dominante, sino que la clase subordinada se de cuenta de que lo que piensa o dice, importa, de que ellos son los únicos agentes efectivos del cambio. Pero solo realizando ese movimiento que permita advertir que el poder vive en ellos dirigido contra sí mismos, esto será posible. La inacción quejosa, no sólo es una pasión inútil que redunda en la impotencia, sino que además, inhibe el poder colectivo que pretende invocar interpelando al sujeto que se supone que no sabe, de cuya iluminación dependería toda transformación.  Tal vez un primer paso a dar consista en pasar del “sujeto que se supone no sabe” de las fantasías populistas a aquel que “no quiere saber nada de la cosa”, que transforma a la culpa en signo de una deuda con el propio deseo.

Sin purismos. Ahora bien ¿cómo se hace para sostener una posición “anticapitalista” que no termine por ser absorbida al interior del capitalismo como una reproducción en serie de consumos reconfortantes que confirman la identidad de oposición? ¿Cómo se da una lucha en el plano material de las vidas que no recaiga en el facilismo de declarar, a priori, ciertos consumos como radicales o conservadores a priori, y su reproducción el lugar en donde se juegan las purezas?   Creemos que el gesto poscapitalista más potente que tenemos a la mano es empezar por aceptar “nuestra propia inserción en el nivel del deseo en la picadora de carne del capitalismo”. Existe la tentación, siempre a la mano, demasiado a la mano, a unos tippeos de distancia,  de rechazar el mal. Postear ad infinitum que Macri es malo mientras el futuro se desvanece con nuestra complicidad. Nuestra lúcida, consciente, informada y sabelotodo complicidad. Otra tentación es explicar el presente vía la fantasmatización de Otro, también radicalmente malvado y, por sobre todo, estúpido, que a causa de estas dos cualidades nos ha arruinado el futuro.

Para Fisher, la posición a asumir está llena de impurezas:  “Lo que debemos tener en mente es tanto que el capitalismo es una estructura impersonal hiperabstracta como que no seria nada sin nuestra cooperación”. La idea de una dominación impersonal e hiperabstracta previene contra el equilibrio – eficaz imaginariamente, ineficaz políticamente- dispensado por la construcción de una identidad pura, que, para depurarse, necesita servirse de la exterioridad del mal (o del bien) según convenga. Obliga a examinar el propio “nido de víboras” en el que se verifica la verdad del sistema que nos atraviesa y por el cual estamos constituidos a cabo y rabo: “El capital es un parásito abstracto, un gigantesco vampiro, un hacedor de zombies; pero la carne fresca que convierte en trabajo muerto es la nuestra y los zombies que genera somos nosotros mismos”

Bueno para nada. Está claro que para Fisher lo que hay es lucha de clases en la subjetividad de cada uno, y que lo que busca dar cuenta cuando examina los textos de su malestar es que nuestros cuerpos están marcados por las contradicciones sociales, que lejos mantenerse en el plano de “las ideas”, se inscriben corporalmente, en lo real. Tal forma de entender el malestar lo lleva a concebir a la depresión como una disposición “neuro-filosófica” cuyo combate es imposible de reducir a una terapia de la sustitución de unos enunciados “negativos” por otros más “positivos”. Afirmamos que lo que se escucha en las voces que habitan el padecimiento de Mark Fisher, confirma la eficacia del realismo capitalista, en especial, la de  la operatoria del valor. El punto es cómo escucharlas para poder tomar una posición respecto de ellas y resistir a la sustracción de nuestros índices vitales.

El sujeto es el capital.  Lo personal es político, porque la dominación es impersonal e hiperabstracta. Estar advertido de ello es el primer paso para la búsqueda de posibilidades reales de acción política.  Implica correrse de ciertos lugares comunes a la hora de ubicar la incidencia del mentado “Realismo capitalista”. Entre las salidas fáciles se encuentra la de señalar su operatoria en el mundo de la publicidad y los medios de comunicación. Siempre podemos encontrar a alguien bien dispuesto a mainsplenearnos estas obviedades. Es por ello que hacemos de lo que no es tan obvio nuestro problema: porque opera invisiblemente. Y esto es así porque la identificación es tal que no podemos ver desde dónde estamos mirando. En este sentido es que Fisher afirma que el realismo capitalista es “una atmósfera general que condiciona no solo la producción de la cultura, sino también la regulación del trabajo y la educación, y que actúa como una barrera invisible que impide el pensamiento y la acción genuinos”.

Yo te conozco. Hay en el concepto de “Realismo Capitalista” una distinción entre real y realidad, introducimos, nosotros, una distinción correlativa entre visión y mirada. El realismo capitalista se realiza como dominio de una mirada.

Porque vos lo valés: LoReal Capitalista. La mirada del capital, en cuanto okupa la figura de sujeto, habla las lenguas del valor. Déficit, merecimiento y  competencia necesitan referencias para medirse. “Ser académico”, “Ser trabajador”, capturas imaginarias respecto de las cuales Mark Fisher sentía no dar la talla. Bueno para nada da cuenta de qué forma “La obsesión del poder declara inválido y confuso lo incapturable.” Aún incluso cuando había conseguido una inserción en esos dos roles “carecía de la calma confianza de quien ha nacido para ocupar un rol”.

Todes nos sentimos en déficit por no alcanzar un valor. Cuando se pregunta por el origen de esas creencias, Fisher ubica la causa aquel sentimiento de déficit en el “poder social”. Somos cuidadosos a la hora de adherir a posiciones que afirman de modo absoluto que “La culpa es del sistema”. Puede que aquello sea cierto dentro del plano de la sujeción económica, pero las cosas son menos lineales en el plano de la sujeción subjetiva. Aquí es donde también decidimos tomar distancia con cierta canallada Freudo-lacaniana que afirma que el sujeto, con el síntoma, goza. Entendemos que es solo en cierto sentido común psi que la categoría “sujeto” se confunde groseramente con la de “persona”. Si el sujeto es el capital, el goce y la ganancia, también lo son. “El” sujeto, no gana nada, al contrario, pierde. El síntoma no le conviene.

Si gozás de más es porque querés. Allí donde Fisher dice que “Una de las tácticas más exitosas de la clase dominante ha sido la responsabilización. Ubicado el mal como “interior”, la clase subordinada no tiene más que culpabilizarse a sí misma por la pobreza, la falta de oportunidades y el desempleo. Hasta aquí no nos salimos de cierto sentido común progresista acerca de las formas en que se ejerce la dominación. Creemos que esta forma de comprender la dominación elude un segundo momento sin el cual es imposible salirse de la “lógica de las culpas”. No dudamos del hecho de que el capitalismo distribuye desigualmente las oportunidades, en el plano económico. Pero lo que se lee en el texto ¿depresivo? de Fisher, lo que se escucha es otra cosa: una implicación tan grande en ese malestar al punto de que el “fantasma de la inferioridad” lo perseguía incluso en momentos que “objetivamente” se podían considerar como de una realización en el plano laboral/académico, al menos objetivamente en términos de lo que vale en el mundo del valor.  “La sombra del objeto cae sobre el yo” es la fórmula freudiana que indica el pasaje a la identificación con  el resto, una mierda del capital, que no vale, un bueno para nada.  Pero, en Bueno para nada, hay un ejercicio y un esfuerzo en el que se logra ubicar que la lógica del poder es algo más que una simple relación lineal causa efecto, en la que el padecimiento depresivo sería un efecto directo de aquella causa ubicada en las estructuras sociales. Sí, son las estructuras sociales, pero en él y contra sí mismo. Allí opera una identificación a esa mirada, que va labrando malestar a lo largo de toda una vida adolescente y adulta.

 

Punto ciego, fantasma, realidad

Si el realismo capitalista es capaz de operar eficazmente, no es porque se violente burdamente sobre las personas, sino porque hay una operatoria de identificación a esa mirada, en la que no es posible otra cosa que ver y verse desde ahí, sin identificar que es desde ahí que se está mirando.  Es por ello que una coordenada poco desarrollada, pero muy potente a la hora de pensar las coordenadas de la acción política en Fisher, es la de la destitución subjetiva.

Este punto, entendemos, es uno de los más importantes en el planteo de Mark Fisher. Ante el fantasma del futuro perdido, entendemos que existen, al menos, dos posiciones claras bien definidas. Dos tomas de posición que trazan horizontes posibles: la defensa vía la identificación a instancias ideales que ocupan la figura de sujeto (sujeciones: más o menos cínicas, más o menos “bien pensantes”) y la destitución subjetiva en actos que requieren,  una y otra vez, desidentificaciones.

Libros de Farmacity (no tienen eslogan, qué desmitificados). El voluntarismo mágico es la contracara de la culpabilización ya que, si tu condición y posición en la estructura de clases es tu culpa, es sólo fuerza de voluntad lo que se necesita para sortear esa condición.

 

Interrumpirte, Alejandro

Si bien adherimos  a algunas declaraciones de Alejandro Rozitchner en lo relativo a ciertas formas de “la crítica” en cuanto espectros melancólicos que retornan inhibiendo el poder que pretenden invocar, consideramos que el dispositivo que propone como sustituto para esta actitud, fundado en el entusiasmo, se alinea perfectamente con la conceptualización del realismo capitalista en tanto ideología del capital: una actitud positiva que no cree que la realidad deba ser cuestionada, sino aceptada sin reservas. El mundo está bien así como está y ésta “realidad”, la única alternativa posible. Así planteado el escenario, lo que resta es asumir una actitud “positiva”, abandonar melancolías “patológicas” y posiciones críticas. Tal es la adecuación actitudinal que propone Alejandro Rozitchner para desplegar proyectos de vida en este escenario. Creemos que no hay que subestimarlo ni ser condescendiente con estos planteos porque entendemos que en su “Programa existencial” lo que hay es una “disputa abierta por el materialismo de las subjetividades”. Y es por ello que consideramos que Alejandro Rozitchner es un interlocutor válido en tanto que encarna y se hace portavoz del supuestamente desideologizado, desmitificado y limpio de toda ilusión “realismo”, que intenta conducirnos hacia una aceptación acrítica de la realidad y, al mismo tiempo, reducir los flujos deseantes a una especie de “hedonia” que consistiría en el presentismo de la búsqueda del placer y el disfrute. Básicamente, la invitación es a anclarnos al mortificante “principio de no hacer nada” (Lacan).

¿Cómo resistir a la sustracción de los índices vitales, a la muerte que nos quieren dar en vida?

Nos interesa generar las condiciones de demora y mediación necesarias para que, en una vida que parece estar transformándose en un estado permanente de urgencia en el cual el desastre no solo es inminente si no que ya forma parte de una cotidianidad que obliga a vivir tapando agujeros, los efectos de esa crisis en el plano subjetivo no se normalicen. Entre la adaptación cínica y la mediaciones necesarias para no normalizar los efectos de la crisis, se dirime la posibilidad de imaginar e inventarse otros futuros y modos de vida.

Cuando pensamos en interrumpir la disertación de Alejandro Rozitchner en el Centro Cultural Kirchner, no antepusimos una finalidad, meta u objetivo. Una madrugada, en una cocina de una casa, alguien dijo: ¿Y si…? No faltó oportunidad para quien quisiera negar esa intensidad. Un mensaje de whatsapp, un texto editado entre varios, un infiltrado laburante de la noche de la filosofía, tres camarógrafos silenciosos, un micrófono infiltrado, aliados para conseguir entradas, una edición de un video de dos minutos que duró cinco horas, pero igual nos cagamos, sobre en todo en nosotros mismos.

Derrumbe. Arrastramos esa carga de drama en enlaces y desenlaces imprevistos. No pensamos por qué. No pensamos para qué. La normalidad que queríamos interrumpir era la propia. Si no logramos advertir que en el mismo movimiento que una coyuntura hiperviolenta a escala social, se hace crisis en una inercia personal, la única salida que se nos armaba era poner en juego esa inercia que condensa la coyuntura que nos habita. ¿Y si la creación que ponemos al servicio del trabajo la pusiéramos a inventarnos otra vida? Cada vez que alguien dice: “Estás loco”, se mata esa posibilidad. No nos sentimos especiales. Nos sabemos genéricos, repetidos. Nos inventamos dispositivos para ver si nos pasa otra cosa. Fuimos con dudas. Salimos con más dudas. Esperabamos otro desenlace. Tras el evento, sentimos que fracasamos. Tras la edición, el desenlace pareció perfecto. Pensamos cosas que no habíamos pensado antes. Una ganancia de saber: actuar es hacerlo en la intemperie, sin saber qué va a pasar después. La eficacia no se puede medir a priori, se evalúa a posteriori por sus efectos en el cuerpo. Como saberes, a veces inasibles, que decantan y forman parte de inteligencias tácitas que precipitan potencias como destellos que después se apagan. Terror, miedo, angustia, inhibición. Todo junto en un mismo plato. No es mucho más que eso lo que podemos decir. No queremos fetichizar el recurso. Fue espontáneo. Tampoco queremos fetichizar la espontaneidad. Aunque no la descartamos. Una experiencia así descomprime cualquier ficción de unidad: de sí mismo, con les otres. Perfora el cuerpo imaginario y la realidad. Imaginamos un colectivo capaz de soportar y alojar la inquietud, lo extraño, “el golpe inesperado en lo que se está viviendo”.

Una salida seria no consiste en poner el énfasis en el sufrimiento que el capitalismo produce, ya que aquello únicamente reforzaría el dominio del realismo capitalista. Tampoco lo es proponer un horizonte utópico en el que se acabarían para siempre esas formas de sufrimiento. El desafío es mostrar que el ostensible realismo del capitalismo es todo lo contrario de lo que dice: “La política emancipatoria nos pide que destruyamos la apariencia de todo “orden natural”, que revelemos que lo que se presenta como necesario e inevitable no es más que mera contingencia y, al mismo tiempo, que lo que se presenta como imposible se revele accesible”.  Y un área de nuestro especial interés para hacerlo es la salud mental. Fisher se detiene en el fenómeno de depresión colectiva, nos gustaría extender en este punto hacia todas las formas de afectación, de manera que el proceso de politización no se limite al extenso campo de malestares que  hemos  normalizado sino que también alcance las posibilidades de pensar una politización del disfrute: ¿Cómo inventar circuitos de consumos cuyos efectos se den en otro plano, distinto de la compensación imaginaria dispensada por el consumo de mercancías que confirman nuestra identidad de oposición? ¿Cómo inventarnos formas de consumo que no sirvan a la satisfacción de una hedonia depresiva, más allá del “principio del placer”? Creemos que  dándonos políticas de perforación de la realidad en las intimidades breves late la potencia de otra vida. Y que en esa búsqueda reside la diferencia entre la hedonia depresiva y la politización del malestar y del disfrute.

Somos un colectivo. No somos un grupo de autoayuda. Pensamos al colectivo como un laboratorio de politización de malestares, a partir de las dinámicas que se juegan al interior y exterior del colectivo conforme nos proponemos hacer cosas. Ponemos todas nuestras miserias y mezquindades sobre la mesa, cuando las podemos ubicar. No nos damos apoyo. Tampoco queremos ser versiones “mejoradas” de nosotros. Entendemos que cuando se va ganando intimidad los síntomas más pesados, los fantasmas más inconfesables y las transferencias más avasalladoras se reactualizan entre nosotrxs. Muchas veces generando partidas. Nos damos el permiso para que estas cosas sucedan, y no somos autoindulgentes cuando las consecuencias tensionan justo en los puntos que deseamos combatir. Intentamos, más allá de las voluntades (inconscientes), no edipizar el colectivo, porque entendemos que si reproducimos triangulaciones edípicas hacemos regresar la política a la dependencia individual. No nos interesa “solucionar” nuestras vidas individuales en el colectivo. Lo que pasa acá es otra cosa y lo defenderemos con uñas y dientes, así haya que bascular entre proximidades y distancias para que esto se sostenga. Ni buscamos retraernos en el familiarismo para disolver lo histórico y social, aunque a veces eso suceda más allá de nuestras voluntades conscientes. Intentamos, no por fanatismo horizontalista, no depender unilateralmente de alguien que “conduzca”. Entendemos que el poder colectivo corre riesgo de disolverse cuando las cosas funcionan de este modo, pero que dejar las cosas planteadas en términos de metáforas geométricas “arriba/abajo”, deja intocado el problema del verdadero funcionamiento del poder. Nunca falta quien proyecte liderazgos que no existen así como tampoco falta quien momentáneamente los ocupe, aunque “no quiera saber nada de la cosa”, aunque no sin la ayuda de la representación del poder que vive en algunxs la que los lleva a asumir posiciones subordinadas. A nuestro entender, estas dinámicas obturan la dimensión del campo social en la que cualquier cura puede debatirse, una cura que es “de punta a punta política” (León Rozitchner). Persisten figuras del poder reducido a un esquema infantil y familiar. Y Creemos que apelar a lo que queda de las instituciones del siglo 20 para oponernos al neoliberalismo tiene problemitas, elegantemente decimos que donde la izquierda no piensa, la derecha muerde. No podemos evitar la reproducción inconsciente a la hora de organizarnos, pero al menos intentamos poner en juego  los malestares como materia para poder pensar y elegir actuar de otro modo. Entre nosotros, cuando estamos ensimismados en la propia familia ideológica, no advertimos la decadencia. La vida que queremos defender, también está hecha de esa historicidad que hoy está amenazada, de esas esquirlas de estado de bienestar. En nuestra sociabilidad, incluso en nuestro ocio, todavía queda un stock simbólico y material de la Argentina peronista, aún en todo lo que en ella hay de decadente. Hay que arriesgar otra vida. Y eso implica poder destituirse en actos, disolver, aunque sea momentáneamente y, cada vez, esos lugares de identificación. El costo es una incomodidad rasposa sin la cual no podemos pensar. Necesitamos luchar contra esa inercia gozosa ligada a la forma en la que estamos metabolizando la cancelación del futuro: apelando a formas de institucionalidad fordistas. Muchas formas colectivas encubren dinámicas inconscientes que inhiben el poder político, despolitizan, privatizan y tercerizan los conflictos. Nosotros no estamos a salvo. Pero intentamos darnos por advertidos cuando las relaciones sociales responden a lógicas propias de las instituciones del capital .

Intelectual pero no académico, popular pero no populista ¿Cómo lograr que el ejercicio de politización del malestar no redunde en una forma de “autoconciencia”, en un goce escópico del “ver verse”, paja e intelectualizante?  ¿Cómo evitar esa defensa que consiste en darle una forma abstracta a nuestros afectos para tomar distancia de ellos y aislarlos? Entendemos la necesidad de hacerlo en un paper. Pero ¿qué apuesta de vida hay cuando esto se prolonga en las demás áreas? ¿Hay vida allí? ¿Qué vida propone Puan, Psico, Económicas, Sociales? ¿De qué otro modo podemos apropiarnos de las formas de neurosis elucidadas por Freud para repolitizar los campos libidinales, y lograr una intimidad cuerpo a cuerpo con una inserción más real que imaginaria? Algunas de estas preguntas nos llevaron a desgranar con la analítica institucional desplegada por León Rozitchner en La Sangre y El Tiempo, el enunciado general de Fisher que expresa que no podemos responder al neoliberalismo apelando sin más a las instituciones fordistas. Porque entendemos que, de no hacerlo, seríamos un falso colectivo: masa freudiana, relación uno a uno con el líder. La forma masa, no es un colectivo. Tenemos que lograr interrogarla y perforarla.

Nachocentrismo. El sentido del yo frente al futuro que ha desaparecido. Perviven en los filamentos eróticos de toda experiencia grupal imágenes detenidas. Afectos coagulados. Calenturas. Celos. Demandas de amor no correspondidas. Componen el límite de un colectivo.

Papá nos abandonó. Marcas de abandonos institucionales y existenciales. Plus dramático del saldo que dejó el quiebre de las expectativas culturales de aquella civilización moderna, en torno a la familia, el estado y la política. Aún no hemos podido salir de él. Lo que se presentaba como una contingencia propia de la vida, fue asimilado como un derrumbe. Arrastramos esa carga dramática como una tierra helada.  A los tres años, mi papá “nos dejó”. Mi mamá, hundida en su dolor, inllevable, me metió en un espiral de culpas, miedos, inhibiciones y soberbias, de los que aún no he podido salir ¿Qué tiene que ver esto con la vida grupal? Un centro de estudiantes, una agrupación, un colectivo filosófico, fueron los soportes de una vida personal social: actúo el padre que quise tener. Una experiencia grupal te expone. Ya que su vida se sostiene en los fantasmas de nuestra vida. Aprender a lidiar con ellos y eventualmente dejarlos ir, quizás sea el camino para politizar aquellos malestares que eventualmente terminan por desintegrar todo proyecto de colectivo. Las dinámicas de liderazgo en las que me vi envuelto operaron como redenciones breves. Alojar a lxs otrxs y sus dramas. Me siento “Bueno”, cuando doy de más. Ser bueno para que no me dejen. Ha sido el mantra silencioso en los juegos de identificación. En posición de líder y en posición de reconocimiento de un líder.

Sufrimos el sufrimiento callado de otros ¿Que lugar hay para los problemas propios en los proyectos colectivos de transformación? ¿Cómo se abordan para que no funcione como un grupo de autoayuda?

Despedidas de whatsapp. En vez de ver a un compañero como alguien que puede compartir las tensiones impuestas por un campo social extremadamente competitivo, ver en las relaciones una fuente adicional de stress.

Hay que dejar de desplazar representación de afecto por diez años. Los logros grupales movilizan, a su vez, conflictos silenciosos y malestares interpersonales, que circulan dentro de los mismos filamentos eróticos que operan de sostén de la vida grupal. Al ser percibidos estos malestares como un problema personal, se calla y se privatiza. O se lo politiza tarde y mal. El goce del capital, no habla con nadie. Es silencioso. Habla solo y, además, no dice nada. A lo sumo, racionaliza, intelectualiza, miente, desplaza.  Se enuncia, a través de un problema que no existe, un problema innombrable. “El problema es que sos autoritario”, dice el autoritario, que desea que la autoridad, lo reconozca.

 

 

Referencias Bibliográficas

BOURDIEU, Pierre y WACQUANT , Löic, Respuestas. Por una Antropología Reflexiva, Ed. Grijalbo, 1995.

  1. Lacan. Seminario El saber del psicoanalista. Inédito. Clase del 2 de diciembre de 1971

Freud, S. (1925). “Inhibición, síntoma y angustia”. Obras completas (Amorrortu, Buenos Aires), vol. 20

Fisher, Mark (2009). “Realismo Capitalista. ¿No hay alternativa?. Caja Negra Editora.

Fisher, Mark (2018). “Los Fantasmas de mi vida”. Caja Negra Editora.

Rozitchner, León (2012). “Perón, entre la sangre y el tiempo”. Ed.Biblioteca Nacional.

Soler, C. (1990). “Trois fins”. Retour à la passe. FCL. Paris. 2000.

Lombardi, G. (2002) “El empleo fundamental de la fantasía en la neurosis”. Hojas Clínicas (JVE ediciones, Buenos Aires), vol. 5

 

 

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