The Walking Conurban, o cómo fotografiar el cascarón vacío de la antigua Argentina industrial

 

Por Santiago Mayor (1) y Ana Clara Azcurra Mariani (2)

Desde el año 2018, existe una cuenta de Instagram que se ocupa de compartir imágenes del conurbano bonaerense con una estética post apocalíptica. Actualmente, la cuenta posee casi 30  mil seguidores e interpela directamente a quienes habitamos en algún barrio del conurbano, sobre todo cuando logramos reconocer en las fotos aquello «nuestro». O al menos, aquello que se parece bastante a lo nuestro. En esta entrevista, conversamos con los administradores de @thewalkingconurban y les compartimos algunas de las imágenes que ellos seleccionaron para Épocas.

 

¿Quiénes integran The Walking Conurban?

TWC es un colectivo formado por cuatro amigos, compañeros desde la escuela primaria. Artístico y multidisciplinario hasta donde nuestras limitaciones lo permiten.  Donde cada uno de nosotros va haciendo aportes desde donde se focalizan sus inquietudes. Esto nos da cierta heterogeneidad en los contribuciones que individualmente le podemos ir haciendo al contenido de la cuenta. Imaginate que quienes lo integramos tenemos  estudios en sociales, en bellas artes, un poco de derecho, de economía, de literatura, de diseño de imagen y sonido, de música, de bienes raíces. Yo creo que ese patiche que fue nuestro periplo errante respecto a nuestra trayectoria educativa nos permite contar con herramientas fluctuantes que son de gran ayuda a la hora de pensar y conformar el discurso y la gramática que hoy tiene la cuenta.

Además y sobre todo, TWC es una cuenta colaborativa. Esto siempre lo destacamos porque sin el aporte de quienes nos siguen sería dificultoso poder acceder a algunos lugares por cuestiones de tiempo, distancias y momentos. Ir de Berazategui a Tigre o incluso a Avellaneda conlleva una logística y una puesta en marcha que demanda más que tiempo y voluntad. Por eso creemos siempre importante destacar el sentido colaborativo de la cuenta.  

Todo proyecto comienza con una idea sobre la materia de la que se trate. ¿Qué han constatado y qué han refutado desde que se inició  el proyecto?

La idea original nace a partir de un chiste interno luego de una sudestada fuertísima que tiró paredes, techos, árboles y dejó a media zona sur sin luz. Por aquel momento, tres de nosotros teníamos una banda y al día siguiente de la tormenta ensayábamos en Quilmes. Esa noche, un viaje que en condiciones normales nos hubiera llevado 10 minutos en línea recta, se convirtió en una odisea serpenteante por todos los barrios entre nuestra casa y la sala de ensayo. Había un corte de calle por esquina y su respectiva fogata. El corte de luz fue muy extenso y Edesur no daba muchas respuestas, así que la gente salió a protestar como pudo. Efectivamente esa escena parecía sacada de una historia post apocaliptica. De ahí surge el nombre The Walking Conurban, relacionando la serie The Walking Dead con ese mundo abandonado a su suerte que parecía esta parte del conurbano. Cada vez que encontrábamos un paisaje semejante, en estado avanzado de deterioro o directamente abandonado, si podíamos le sacábamos fotos y hacíamos alusión a aquel incidente. La cuenta de instagram fue pensada como eso: un lugar donde acumular esas fotos de zonas que ya sea por desidia estatal o porque el modelo productivo se desplomó, fueron convirtiéndose en el cascarón vacío de la antigua Argentina industrial.

Si bien la llegada a una interpretación más socio política de la mirada de la cuenta fue posterior a la idea original, la propuesta siempre fue interpelar la naturalización que se hace del espacio urbano en decadencia. Si bien no se trata del apocalipsis zombie, el neoliberalismo tuvo el mismo efecto en la zona más densamente poblada de nuestro país. A raíz de eso podemos ver todo tipo de interacciones en el territorio. En una sociedad capitalista solemos entender casi todo en términos de propiedad. Pues bien, el abandono es un límite muy perverso del modelo capitalista. Fábricas, no inactivas por una mala temporada, sino abandonadas directamente, en momentos en los que el desempleo es un problema grave. Casas abandonadas mientras hay gente que duerme en la calle. Ni siquiera fue negocio tirar abajo esos edificios y hacer un estacionamiento. Se los dejó a su suerte para que se los coma la naturaleza.

Es difícil pensar la dualidad constatar/refutar dentro del proyecto porque nunca hubo una hipótesis sobre qué se iba a buscar. Lo más parecido puede ser uno de los conceptos fuertes que utiliza la cuenta y es pensar al conurbano como una unidad, atravesada por los mismos conflictos y contradicciones. Justamente a raíz de esto es que preferimos no dar georeferencias sobre las locaciones donde sacamos las fotos. Cuando hablamos de «unidad» no lo pensamos en términos identitarios. Verdaderamente no sabríamos si existe una «identidad conurbana» diferenciada de otra. Justamente lo contrario: hay una atomización de identidades delimitadas por barrios, calles, colores, cordones. Parecería todo lo contrario, sin embargo una forma lúdica que se da en la interacción con los seguidores es que ellos intenten adivinar el lugar donde la foto fue tomada. Efectivamente los locales la descubren, pero en el medio hay un sin fin de respuestas que ven ese mismo paisaje en zonas absolutamente distantes. Y tiene sentido. Una fábrica abandonada es parte del mismo paisaje en San Martín o Avellaneda, un arroyo desbordante de basura se cruza en Solano o en el fondo de La Matanza. La opulencia medianera de por medio de una casilla precaria es parte del entorno común de cualquier municipio, porque básicamente el conurbano está hecho de contradicciones y en ese terreno contradictorio es que se establecen estrategias de vida.

Por ejemplo, para no hablar de la desigualdad económica: llegar en transporte público desde San Isidro al centro es tan tortuoso como hacerlo desde Florencio Varela. ¿La realidad socioeconómica es la misma? Posiblemente no, pero los problemas prácticos son los mismos. La relación con el tiempo en el conurbano es muy particular. La premisa principal es que aún en las peores condiciones de abandono, la gente continúa su vida e intenta ser feliz. Creo que de eso estamos 100% seguros: en el conurbano se puede ser feliz, a pesar de la imagen que el discurso hegemónico tiene de él.

En general, el conurbano suele ser carnada de exotización, y en esto el tema de la estetización de ciertos espacios en apariencia absurdos, bizarros o abandonados podría contribuir. ¿Lo tienen pensado, sienten que lo manejan?

Más que exótico, peligroso. Igualmente es cierto, para la mirada mainstream el conurbano es terra inhóspita. Se elaboran algunos discursos sobre el conurbano que tienen distintos grados de complejidad, más allá de que puedan estar equivocados o no. Efectivamente en el conurbano hay lugar para lo bizarro y lo cómico y creo que tiene que ver con estas estrategias de vida de las que hablábamos antes. Por ejemplo la apropiación de la cultura popular para hacer atractivo un negocio. Hay gente que estudia años la forma de hacer que la gente le ponga atención por cinco segundos al producto que intenta vender. Nosotros hemos visto carteleras de carnicerías y pizzerías hechas con memes. Eso es una apropiación muy interesante del entorno, del significado y del humor popular. Nos parece bizarro o divertido, sí. El problema es nuestro, que estamos acostumbrados a determinados formalismos en las transacciones. La forma de expresar emociones es otro caso. La pintada amenazante al que tira basura en la vereda, el pasacalles en agradecimiento o para pedir perdón. La religiosidad popular que se profesa al ras del suelo, lejos de las naves de una catedral, en santuarios hechos con lo que se pudo. Ofrendas que se parecen más a los productos que suelen denunciar como vicios las religiones oficiales, pero que tienen un significado muy profundo para la feligresía de los santos populares. Hacer énfasis en eso, siempre desde el respeto y, sobre todo, sabiendo que uno no es un observador no participante, creo que ayuda a construir una relato mucho más pulido de qué se entiende por conurbano.

 

Por otra parte, sí hay una narrativa peligrosa sobre el conurbano que es reducirlo a su forma pauperizada, a un archipiélago de pequeños aguantes o al escenario de Policías en acción. El conurbano no es, de ninguna manera, el lugar donde la gente solamente es pobre, o se pelea en la calle porque en la esquina hay que tener aguante o el lugar en el que las balas son la banda de sonido de la noche. Sí hay gente muy humilde, sí hay gente que cree que al barrio se lo defiende a las piñas y sí hay delincuentes, víctimas y victimarios. ¿Hay precariedad en muchos sentidos? Sí y esa precariedad a veces se manifiesta en las relaciones sociales. Así como no hay que romantizar la pobreza, y es un límite que tenemos a diario y nos ayuda a repensar la forma de presentar el contenido de la cuenta, tampoco hay que criminalizarla. Siempre hay que tener presente que décadas de políticas económicas tendientes a transferir recursos de los sectores más bajos a los más altos deriva en situaciones sociales muy complejas. Al mismo tiempo, el conurbano está lleno de estudiantes, profesionales, artistas, muchos con formación y proyección internacional.

 

Creemos que la estetización de la marginalidad o de esas zonas tendientes a lo exótico es un problema en la medida en que sea usado para dar mensaje intencionalmente equivocado sobre qué es lo que se está mostrando. Es decir, partiendo de la base de que estamos realizando una actividad «artística» eso la enmarca dentro de ciertas pautas estéticas que tiene el lenguaje interno de esa forma de arte. En el caso de las fotos, encuadrar, intentar componer con los elementos del plano, que la foto no salga fuera de foto, movida, con un dedo en el medio. Es decir, desde el inicio hay un lenguaje estético y al mismo tiempo hay un recorte. El límite de ese recorte también es una decisión de quien dispara la foto. Se eligen ciertos elementos por sobre otros, Ahora bien, todo ese trabajo está hecho ¿para qué? ¿Para ridiculizar a alguien? ¿Para denunciar inequidades? Creo que en la cuenta se maneja, o por lo menos se intenta hacerlo, bien el hecho de no estigmatizar a nadie, aún teniendo como nombre la referencia a una serie de catástrofe

Hace poco la escritora Mariana Komiseroff dijo que el conurbano tiene escenas de “realismo mágico”. ¿Qué cosas han visto y recuerdan que entren en esta categoría?

Nosotros solemos definir al conurbano como «El Macondo post soviético», así que sí. Estamos de acuerdo con la vinculación al realismo mágico. Primero porque en el conurbano no existe espacio inverosímil. Podemos hablar de un evento de lo más disparatado, que ocurrió en el conurbano. Puede ser falso, pero es verosímil. Hay una especie de imaginario social, posiblemente vinculado con esa construcción de terra inhóspita, que hace que uno dé por posible cualquier cosa. Por otra parte, y derivado de lo anterior, uno también imagina que cualquier situación, transpolada al conurbano podría resultar en un caos o en un evento muy disruptivo para una persona ajena a la realidad del conurbano. Desde algo tonto como imaginarse a un contingente de suizos esperando para tomar el tren roca, hasta cosas mucho más serias, como tomar el tren roca y naturalizar que el tren no tiene ventanas ni asientos.

Como recurso narrativo el conurbano otorga posibilidades infinitas. Capusotto y Pedro Saborido lo utilizan todo el tiempo. Jesús de Laferrere es un ejemplo. La pizzeria de los hijos de Puta es otro. Un mesías rolinga que multiplica los panchos y las birras, una pizzería que te revolea un sifón… son verosímiles. La escena más repetida es la de los animales en la calle. Gente domando caballos al lado de una autopista, vecinos paseando cabras o gallinas , viajar al lado del hombre araña pueden ser escenas propias del realismo mágico que uno ve con frecuencia. Hace poco en el arroyo «Las Conchitas», en Plátanos, encalló una ballena. ¿Es inverosímil? A esta altura no.

Desde otro lugar también podríamos pensar que un carro tirado por un caballo parado en un semáforo al lado de un auto de dos millones de dólares es una escena del realismo mágico. Gente viviendo en la ribera del curso de agua más contaminado del mundo es una escena de realismo mágico.

¿Tienen alguna zona o barrio preferido? ¿Qué diferencias  encuentran entre oeste y sur? ¿Qué lugar ocupa el norte, que pareciera no reconocerse como conurbano?

La ribera del riachuelo es un lugar que nos gusta mucho. Quizá es donde más se puede advertir y encontrar el paisaje que solemos fotografiar. Además ahí en la ribera encontramos una huella muy marcada de lo que fuimos comprendiendo y entendiendo a medida que íbamos avanzando con TWC, que es que en ese abandono, en ese desdén, en ese movimiento de huir y dejar todo para recomenzar en otro lado o no recomenzar nunca hay una especie de compendio de la historia argentina y sus modelos de desarrollo económico, el puerto y el modelo agro exportador luego las fábricas y el proceso de sustitución de importaciones… en esos movimientos que se marcan en las construcciones y proyecciones a mitad de camino tenés las huellas cardinales para explicar parte de la argentina, del modelo de nación que fuiste o que intentaste ser.

 

Con respecto a las diferencias, al contrario, nosotros decimos que Zona Norte también es conurbano. Incluso creemos que ahí se activa una serie de juicios y preconceptos que tienen que ver en cómo los discursos hegemónicos delimitan los imaginarios y así asociamos el norte a caserones suburbanos. Acá pasa lo que decíamos antes: pensamos el conurbano como un lugar precarizado. ¿Zona norte Olivos, Martínez, San Isidro? ¿o La Zona Norte de Villa la Cava, de Las Tunas, de Villa las Ranas?. Es curioso, zona norte parece que no es conurbano pero la cumbia villera tiene su cuna en San Fernando y Tigre. Vicente López y San Isidro son tan conurbano como Florencio Varela o Morón. De hecho Zona norte es la parte del conurbano en la que esas contradicciones se llevan al extremo, pues es la parte más desigual del conurbano, si medimos la relación de ingresos entre el decíl más bajo y el más alto.

 

 

(1)  Nacido y criado en la República de Quilmes (en los parajes de Ezpeleta para ser más preciso) soy un periodista que alguna vez intentó estudiar Sociología en la UBA. Fui tres años corresponsal de RT en Español en Buenos Aires. En 2014 fundé (y escribo desde entonces) el portal autogestivo Notas – Periodismo Popular y colaboro con medio como El Salto (España); Dínamo Press (Italia) y Sur Capitalino. No podría vivir nunca fuera de la ciudad pero necesito el barrio, la birra en la vereda y conocer el nombre de la persona que atiende el almacén.

(2) Para este dossier, lo primero que voy a decir es que soy quilmeña. Luego de un breve paso por el diseño de indumentaria, estudié y me titulé en Ciencias de la Comunicación (UBA). Actualmente tengo una beca doctoral en Ciencias Sociales y soy docente en el Seminario de Cultura Popular que dirige el Dr. Pablo Alabarces. Soy co conductora de un podcast que se llama Recalculando (@podlabmedia) junto al economista (y amigo) Martín Kalos (@martinkalos). Como sujeta de este siglo, me gusta viajar como mayor inversión. Empecé a escribir tres libros. Todos ellos duermen en mi computadora a la espera de que supere mis problemas de inconstancia.

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