Rafael Blanco – Géneros y sexualidad en el espacio universitario

La escena es doméstica. En  una conversación familiar alguien se dirige hacia mí y dice: “me da vergüenza el tema y no entiendo cómo el CONICET financia eso”. Es mediados del 2007; yo transitaba los primeros meses como becario doctoral de ese organismo y comenzaba un trabajo de investigación que articulaba “cosas” aparentemente sin relación: las regulaciones de los géneros y la producción de discursos sobre la sexualidad con el espacio universitario[1]. El comentario no se fundaba sólo en un desconocimiento de las reglas de la investigación social, de sus lenguajes, formas de comunicación y construcción de problemas propios. La aseveración proferida, con el sintomático “vergüenza”, contenía dos afirmaciones explicitas pero otras podían inferirse: hay temas que a priori valen la pena ser investigados y otros que no, “la ciencia” es algo que estudia cosas bien distintas a esas, deben haber fallado los mecanismos de evaluación: se está financiando la escritura de un diario íntimo, un trabajo con esas características parece no ser más que una actividad terapéutica para la tramitación de cuestiones personales.

Casi diez años después aquellas palabras resonaron nuevamente familiares. Cuando en diciembre de 2016 en el marco del proceso de ajuste iniciado en el Ministerio de Ciencia y Tecnología de Argentina se produjeron distintos ataques a investigaciones, investigadores e investigadoras del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) en las redes sociales y medios de comunicación, el blanco privilegiado fueron las ciencias sociales. Como una deriva específica, un énfasis especial lo tuvieron aquellas publicaciones abocadas al análisis de procesos y problemas que atendían a la educación sexual, las sexualidades disidentes, las transformaciones en las experiencias erótico-afectivas entre jóvenes, los nuevos lenguajes y prácticas de los colectivos de mujeres, entre otras.  Muchas de estas investigaciones fueron motivadas por las transformaciones aceleradas que desde el 2002 y por espacio de una década se produjeron en los órdenes público, privado e íntimo y que dieron lugar a un nuevo entramado normativo respecto de “cuestiones personales” (salud sexual y reproductiva, educación sexual, matrimonio igualitario, muerte digna, fertilización asistida, identidad de género, entre otras).

Estos cambios, las discusiones que se sucedían, las demandas que fueron surgiendo, dieron lugar a indagaciones situadas -entre las que inscribía mi propio trabajo y el de los equipos en los que me desempeño- como así también a numerosas tesis doctorales y artículos en revistas en el heterogéneo espectro de las ciencias sociales. Estas buscaron interrogar de qué modo las transformaciones jurídicas se encarnaban en los espacios de trabajo y de estudio, en las interacciones cotidianas, en los lazos afectivos, en los productos de la industria cultural, como así también dar cuenta de los procesos de politización de aspectos de la vida social antes considerados domésticos, íntimos, individuales[2].

Vergüenza, asco, la desautorización desde alguna superioridad moral que el chiste, la ridiculización o la ironía suelen arropar, tramaron las opiniones que afloraron en los febriles días de diciembre para impugnar una variedad de investigaciones y –en un desplazamiento sin mediación-  despreciar a las personas que las llevaban a cabo. Si los ataques fueron dirigidos en gran parte por trolls desde call-centers paraestatales es algo que no tiene importancia. Al menos no para el contenido de lo que se sostenía y que merece ser retomado, ya que posiblemente ese desprecio no se trate de una aventura cibernética sin pregnancia alguna en la opinión corriente, sino de una posición que goza de un relativo consenso, dentro y fuera de la comunidad científica y universitaria.

Con una diferencia en los tonos y registros, entre colegas de disciplinas más cercanas o más lejanas, entre quienes compartimos la creencia respecto de la importancia del financiamiento público de la labor de investigación, existen también opiniones y posiciones cercanas a aquellas otras con las que convergen en señalar el carácter inútil y/o inaplicable de estas investigaciones, algo que a veces le es endilgado a las ciencias sociales en general. El debate más amplio sobre la utilidad y la aplicabilidad estructura las discusiones como una dicotomía que separa de manera tajante dos conjuntos. Por un lado, las investigaciones que contribuyen a la generación de riqueza y empleo, que posibilitan la aplicación práctica de sus resultados y “le cambian la vida a la gente”, y que por tanto sus temas y objetos de estudio merecen ser considerados. Por otro, están las que son hechas por mera curiosidad (o sin más, por una mezcla de voyeurismo y despilfarro estatal de recursos), aparentemente sin controles de calidad ni idoneidad, guiadas más por el capricho, el gusto, la arbitrariedad desvergonzada de quién la lleva adelante que por criterios científicos, equipos de trabajo, tradiciones o conocimiento acumulado.

Sin embargo, muchas de las investigaciones que versan sobre los temas desacreditados analizan o incluso se proponen incidir sobre inventos, tecnologías, dispositivos y técnicas varias.  La sexualidad es uno de esos inventos modernos: como analizó Michel Foucault (2002) es un dispositivo que surge en el siglo XVIII (antes, el discurso sobre “la carne” refería sólo una parte de lo que sexualidad nombra) y que atraviesa las prácticas pedagógicas, médicas, jurídicas, lo considerado normal y lo perverso o patológico, el deseo, la procreación o la familia. El modo de actuar de este dispositivo es regulando nuestro estar en el mundo tanto en la esfera pública como en la intimidad, y no como una fuerza “exterior”, extraña, que proviene de un lugar otro sino de un modo encarnado, propio, que el habla cotidiana llama “normal”. Frente a ese modo naturalizado de funcionamiento, las ciencias sociales buscan desentrañar las modalidades de producción de normalidad en las instituciones educativas, en los textos mediáticos, en los andamiajes legales. Por caso, en la dificultad actual para debatir –algo que empobrece nuestra vida democrática- la regulación del trabajo sexual, el aborto o la implementación efectiva de la Educación Sexual Integral se encuentran pistas certeras del funcionamiento de la sexualidad como tecnología de poder, es decir, como producción de un régimen específico, de un estado de las cosas (que es uno, pero que podría ser otro). Como un desvío y una crítica a los desarrollos de Foucault, Teresa de Lauretis (1996) conceptualizó lo que denominó como tecnologías del género para dar cuenta de las estrategias discursivas mediante las que se construye no sólo el dispositivo de la sexualidad sino también el devenir diferencial y múltiple de sujetos femeninos y masculinos. Cuestión crucial esta para comprender y buscar revertir en nuestro presente los feminicidios, los crímenes de odio y las situaciones cotidianas de hostigamiento, en días en los que los cuerpos de jóvenes de sectores populares parecen valer menos que otros ante la brutalidad policial o la violencia del patriarcado. Finalmente, la investigación social se ocupa de ese otro invento, de esa tecnología compleja que es el lenguaje, y no como un mero instrumento de comunicación, inocente, neutro, sino como una facultad para conceptualizar y organizar el mundo. Una de las formas que este adopta, con diversos contenidos, es la que Roland Barthes llama la doxa, es decir, “la Opinión pública, el Espíritu mayoritario, el Consenso pequeño- burgués, la Voz de lo Natural, la Violencia del Prejuicio” (2004:65). En los usos del lenguaje, las ciencias sociales atienden al funcionamiento del poder como producción de asimetría, como violencia simbólica, como construcción de otredad, operaciones estas con efectos prácticos concretos: no es sin discursos estigmatizadores, sin la producción de verdades acerca de los “cuerpos que importan” y los que no -al decir de Butler (2009)- sin la habilitación diferencial de formas de vivir el propio deseo, que se producen algunas de las injusticias que caracterizan nuestro presente como así también de las apuestas políticas más vigorosas, como son las inéditas movilizaciones de mujeres que se vienen produciendo.

El arbitrio, la curiosidad, las implicaciones biográficas y diversas contingencias forman parte de cualquier proceso de investigación, y eso no las vuelve objetables. Luego, hay investigaciones mejores y peores, más o menos logradas, pero eso nunca estuvo en discusión. El punto de los embates hacia las ciencias sociales, desde la escena doméstica del inicio al discurso estatal pasando por los comentarios de lectores o usuarios de redes sociales parece ser otro. Como nuevo sentido común, la investigación para la fabricación de productos -como vacunas o satélites- por parte de las llamadas “ciencias aplicadas” trazan la legitimidad de la labor científica toda. Hay en este fulgor por lo visible y lo tangible un olvido fundamental: el lugar que ocupan otros inventos, tecnologías y dispositivos como los acá mencionados, sociales e históricos, incluso inacabados o siempre en proceso. Pero vale la pena recordarlo, estos participan de un asunto muy caro a los mecanismos de funcionamiento del poder, de los distintos poderes, a menudo invisibilizado: el complejo ensamble fabril que envuelve la fabricación de sujetos y la producción de subjetividades.

Referencias bibliográficas

Barrancos, Dora. 2013. “Estudios de género y renovación de las Ciencias Sociales en Argentina”.  Asociación Argentina de Sociología. Revistas Horizontes Sociológicos 1(6): 224-237.

Barthes, Roland (2004), Roland Barthes por Roland Barthes. Barcelona: Paidós.

Butler, Judith (2009). Vida precaria. Buenos Aires: Paidós.

De Lauretis, Teresa (1996). “La tecnología del género”, en revista Mora Nº 2, IIEG, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires.

Foucault, M. (2002). Historia de la sexualidad: el uso de los placeres. México: Siglo XXI.

[1] Los resultados de esa investigación dieron lugar a mi tesis doctoral y fueron publicados en el libro Universidad íntima y sexualidades públicas. La gestión de la identidad en la experiencia estudiantil (Miño y Dávila, 2014). Es a partir de este trabajo que fui invitado a escribir en el presente dossier. Agradezco a mis compañeros/as del Grupo de Estudios sobre Sexualidades (IIGG/UBA) por los comentarios y aportes.

[2] La producción de tesis de posgrado relacionadas con mujeres, géneros y sexualidades ha tenido un crecimiento ascendente y sostenido en Argentina, y en particular a partir del crecimiento de las becas doctorales, posdoctorales y el crecimiento de la Carrera de Investigador de CONICET desde 2004 como señala Dora Barrancos (2013) en un balance realizado.

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