¿Qué hay detrás de un match? Reflexiones sobre la afectividad en la virtualidad posmoderna

Por Mariana Palumbo[1]

En el marco capitalista actual (posmoderno, tardío) hay un corrimiento de los modelos tradicionales de aquello que fue la sociedad industrial respecto al saber hacer, las creencias y las normas orientativas. Esta definición retomada del alemán Ulrich Beck (1998) puede ser llevada al campo de los estudios de las sexualidades para pensar las formas de vincularnos erótica y/o afectivamente[2], en la actualidad. Los avances del neoliberalismo y de la virtualidad operan como condiciones de posibilidad para que existan reestructuraciones en las formas eróticas. En las siguientes líneas propongo un ejercicio reflexivo de análisis crítico de dichas cuestiones teniendo en cuenta la macro estructura y el nivel intersubjetivo.[3]

Las soluciones de mercado tienen para las clases medias y altas un lugar central en sus vidas, en todas sus dimensiones. Dentro de estas “soluciones” se encuentra la mercantilización de lo afectivo a partir de la existencia de servicios que vienen a resolver en la inmediatez los aspectos emocionales de nuestra vida, podemos buscar relaciones sexuales, consejos y hasta elegir semen u óvulos. Uno de los servicios más utilizados son las apps. de citas y de encuentros sexuales.

Las aplicaciones de citas les facilitan a sus usuarios/as la accesibilidad y multiplicidad de personas a ser conocidas. Bajo una lógica hiperracionalizada de selección de perfiles basada en idearios respecto a la hexis corporal, en términos del sociológo frances Pierre Bourdieu, y las capacidades de consumo que ese otro u esa otra detenta, se elige o descarta. Esta decisión, dentro de un discurso de los afectos, lleva a que se marque con un corazón a la persona deseada y se tilde con una cruz a quien, en tanto “diferente”, se torna indeseable. La elección o rechazo están dados por imágenes, sentidos, consumos, proyecciones y deseos que median entre quien observa y el perfil-persona que es observado.

Las apps. nacen en un contexto de avance de políticas neoliberales, a nivel global, basadas en reformas legales que flexibilizan las relaciones laborales, el aumento del desempleo, la pérdida del poder adquisitivo de sectores medios y bajos y la privatización y encarecimiento de la vida. Estos fenómenos abonan a que las apps. sean el “boliche” siempre abierto y accesible, en términos económicos, para buscar aquello que se desea. Sin con esto desconocer que el acceso a un smartphone que tenga los estandáres tecnológicos acordes para poder usar las distintas aplicaciones implica un gasto –ya naturalizado en tanto ha pasado a ser una prótesis de nuestra propia existencia–, en el uso cotidiano los sujetos consideran que el celular les habilita una accesibilidad plena para poder sociabilizar con quien sea, cuando sea.

Veamos por ejemplo el caso de la app. de citas y encuentros Tinder. Para el año 2017, a nivel global existían más de 50 millones de perfiles activos y 1.6 billones eran vistos por día. Según entrevistas a Andrea Iorio, director de Tinder para América Latina, la aplicación se encuentra disponible en 191 países y en 10 idiomas. Respecto a Latinoamérica, Brasil es el país que más utiliza la aplicación en la región y es el segundo a nivel global, luego de Estados Unidos. México y Argentina son los otros dos países de Latinoamérica donde más se usa la aplicación y ambos están en el top 10 a nivel mundial[4]. Esta aplicación es elegida masivamente como un medio para generar vínculos eróticos y/o afectivos que pueden desarrollarse sólo en el ámbito virtual como así también continuarse en el cara a cara.

El formato de las aplicaciones es exitoso en tanto que es congruente con la temporalidad y los niveles de concentración que manejamos las personas en la posmodernidad. Para Michel Maffesoli (2009), las nuevas formas de sociabilidad que establecen los sujetos están signadas por la intensidad propia de la religiosidad. Por más efímeras que éstas sean hay, lo que el autor denomina, “socialidad” dado que existen imágenes, sentires y emociones compartidas en esos intercambios. El autor define a la socialidad como “un ser-juntos primordial, arquetípico, que pone en escena todos los parámetros de lo humano, incluidos los más frívolos, o los que son reputados como tales, a fin de celebrar la vida, aunque sea teatralizando la muerte” (Maffesoli, 2001:122).

En el contexto de modernidad tardía los lazos sociales y las identidades que se establecen se dan bajo una lógica en la cual prima una ética de la instantaneidad, en términos de Maffesoli. El ciberespacio es el lugar por excelencia donde, tal como se indicó, se elige y rechaza rápidamente, se dialoga y olvida en igual magnitud. Explica Brea (2007) que en la red prima el tiempo-ahora de la sincronía, el presente y la efímera actualidad. En el flujo permanente de fotografías y mensajes, quienes las usan pasan del papel de observar a ser observados/as, y debido a la saturación de fotos en las aplicaciones de citas, el tiempo que se le dedica a observar imágenes es efímero.

No obstante la fugacidad, cuando los sujetos navegan en el ciberespacio sociabilizan porque entran en contacto con otros sujetos con quienes realizan intercambios intersubjetivos (Machado, 2009). Esos intercambios son posibles porque la sociabilidad es un fenómeno colectivo en el cual los sujetos comparten un estilo y una reflexividad particular que impregna su práctica social. Esto produce intercambios de imágenes, sentires y emociones compartidas donde se generan vinculaciones afectivas que tienen efectos materiales sobre las personas, positivos como negativos. Es decir, si bien la virtualidad –desde su nacimiento hasta su extensión– tiene lugar en un contexto de fragmentación social y de privatización de la vida íntima, en relación con lo que fue la etapa moderna, hoy es un terreno fértil en la generación de lazo social por las agencias e intercambios que habilita.

Frente a la catastrófica liquidez pregonada por Zygmunt Bauman, desde una lectura ciberfeminista se observa que en el mundo virtual hay sociabilidad y continuidad de experiencias y sensaciones, de las buenas como de las malas, con el mundo no virtual. Los individuos se relacionan entre sí a través de medios virtuales para posteriormente encontrarse cara a cara, y viceversa (Rodríguez Salazar y Rodríguez Morales, 2016). Hay una pendulación interrelacionada entre las vinculaciones online y offline, la cual es definida por Briones Medina (2017) y Floridi (2015) como un onlife.

Desde una perspectiva onlife del habitar, si ponemos el foco en el nivel intersubjetivo e interaccionista podemos encontrar vinculaciones afectivas que discuten con visiones holisticamente pesimistas en torno a la virtualidad. Las mexicanas Adriana García Andrade y Olga Sabido Ramos (2014), desde una una lectura de Norbert Elias, analizan las vinculaciones humanas a través de las emociones. Los vínculos afectivos suponen valencias positivas y negativas, desde las cuales se genera un nosotros. Sin negar la hiperracionalización y las dinámicas consumistas, que desarrolla Illouz en sus obras, basadas en el hecho de que las personas en las apps. son examinadas y elegidas (o no) tal como se hace con cualquier otro producto, me pregunto en esta instancia de la reflexión por los efectos materiales en la afectividad de las personas. ¿Cómo impacta el uso de Happen en una mujer de casi 50 años divorciada con hijos/as a cargo, luego de más de veinte años de pareja? ¿Qué le permite Tinder a una mujer de 38 años soltera y con deseos de ser madre? O ¿cómo puede ser leída Grindr en el estadio de gaycidad, ampliamente analizado por Ernesto Meccia?

 

La última película de Mercedes Morán y Ricardo Darín, “El amor menos pensado” (2018), se trata de cómo una mujer y un varón, que rondan los cincuenta años de edad, gestionan el no estar en pareja, la soledad y cómo se reinsertan en el mercado erótico-afectivo, luego de separarse después de más de veinte años juntos. Las personas casadas o que cohabitan tienden cada vez más a separarse o divorciarse. Si tomamos el dato de la relación entre divorcios vinculares y matrimonios de la Dirección General de Estadística y Censos de la Ciudad de Buenos Aires, cada 100 matrimonios, en el año 2017, hubo 78,2 divorcios. Mientras que, por ejemplo, en 1990 luego de que se hubiera normalizado el aumento de los divorcios posterior a la sanción de la ley de divorcio vincular (ley 23.515), aprobada en 1987, la relación era de 36,9 divorcios cada 100 matrimonios. Las trayectorias eróticas y afectivas de las mujeres y los varones cis heterosexuales se tornan, cada vez más, heterogéneas y zigzagueantes. Hay una mayor reflexión sobre los modelos de pareja deseables (aunque principalmente dentro de un marco heteronormado) y cuáles son los perfiles de las personas con quienes vincularse.

Las mujeres divorciadas o separadas que son madres son quienes quedan al cuidado de sus hijos e hijas la mayor parte del tiempo, tanto afectiva como económicamente. Cuando se divorcian, debido a la doble y triple jornada de trabajo que realizan, el tiempo que poseen para sociabilizar en espacios cara a cara se vuelve escaso. Las aplicaciones aparecen como medios para entablar conversaciones, tramitar la angustia, divertirse y erotizarse cuándo y cómo quieran. Estas vinculaciones no implican necesariamente un encuentro cara a cara pero los diálogos, el envío de fotografías a través de redes sociales o tener sexo virtual les habilita una re-erotización, en términos subjetivos, y un modo de sociabilidad erótica que de otro modo, debido a la carga de responsabilidad que afrontan, sería impensado.

Además del aumento de las separaciones y los divorcios, el poder de las mujeres posee cada vez un mayor peso y puja dentro de los modelos de masculinidad hegemónica establecidos (así de fuerte es también la reacción contra ellas). Hay mujeres de sectores medios y altos que batallan contra el techo de cristal que se les impone y priorizan fuertemente sus carreras profesionales por sobre tener pareja estable e hijas/os. No obstante, el “umbral” de la edad reproductiva genera que algunas mujeres heterosexuales cuando se acercan a los cuarenta años de edad comiencen a buscar una pareja, en términos monógamos, con la cual consolidar el proyecto de familia nuclear. Las aplicaciones son utilizadas por ellas en sus tiempos “muertos” para sociabilizar e ir matcheando con posibles candidatos. Dentro de los guiones de la heterosexualidad, el público masculino cercano a los cuarenta años y que no quiere tener hijos/as en lo inmediato circunscribe sus búsquedas hacia mujeres más jóvenes y descarta a aquellas sin hijos/as de edades similares a las de ellos.

Por último, en Grindr, a diferencia de lo que sucede con las apps. Tinder o Happn en las cuales ambas personas deben marcar con un corazón el perfil del otro/a usuario/a para que se produzca el match y puedan comenzar a chatear, el contacto es directo. Las descripciones en los perfiles hacen referencia a deseos y prácticas sexuales de manera explícita. Hipotetizo que en un contexto de privatización y mercantilización de la vida íntima, donde la práctica del sexo casual en lugares públicos resulta cada vez más impensado, Grindr puede ser pensada como una “tetera virtual”.

En síntesis, las aplicaciones dada su gratuidad[5] habilitan resistencias contra las lógicas de mercado y, en el caso de los/as usuarios/as heterosexuales, cortejos más directos y flexibles. Asimismo, las apps. modifican la forma de vinculación social en distintos aspectos, dentro de los cuales sobresalen: una mayor accesibilidad, la instantaneidad, la hiperracionalización y una modificación de los escenarios de interacción. Las miradas “tête à tête”, los olores, los decorados, los marcos temporales, los sonidos y las corporalidades (de quienes interactúan y de terceros que intervienen en la escena), en términos tradicionales, pierden lugar. No obstante, los criterios de clase al momento de evaluar a quien tenemos frente (ya sea 2D o 3D) persisten y se acentúan.

Por último, propongo a la luz de tanto pesimismo ante el levante, el amor virtual y los babies apps. (hijas e hijos que nacieron de parejas que se conocieron a través de aplicaciones) reflexionar sobre el romanticismo de que todo pasado fue mejor, y mirar cómo este fenómeno habilita y multiplica los modos de sociabilizar, entrar en contacto con otras personas y generar lazo social de todo tipo. Sin desconocer el contexto negativo a nivel macro en el cual emerge y prolifera la virtualidad, veamos cómo hay allí amorosidad en múltiples formas.

 

Referencias

Beck, Ulrich (1998) La sociedad de riesgo. Hacia una nueva modernidad. Barcelona: Paidós

Brea, José Luis (2007). Cultura_RAM. Mutaciones de la cultura en la era de su distribución electrónica. Barcelona: Gedisa.

Briones Medina, Patricia Fernanda (2016). Hagámoslo Juntas (DIT): apuntes para reflexionar en torno al hackfeminismo. En I. Soria Guzmán (Coord.), Ética haker, seguridad y vigilancia (pp. 217-247). México D.F.: Universidad del Claustro de Sor Juana.

Floridi, Luciano (Ed.) (2015). The onlife manifesto. Being human in an hyperconnected era. Nueva York: Springer Open.

García Andrade, Adriana y Sabido Ramos, Olga (coords.) Cuerpo y afectividad en la sociedad contemporánea. Algunas rutas del amor y la experiencia sensible en ciencias sociales. Ciudad de México: Biblioteca de Ciencias Sociales y Humanidades, UAM- Azcapotzalco.

Illouz, Eva (2009). El consumo de la utopía romántica. El amor y las contradicciones culturales del capitalismo. Buenos Aires: Katz.

Haraway, Donna (1991). Ciencia, cyborgs y mujeres. La reivindicación de la naturaleza. Madrid: Cátedra.

Machado, Arlindo (2009). Nuevas figuras de la subjetividad. El sujeto en la pantalla. La aventura del espectador, del deseo a la acción. Barcelona: Gedisa.

Maffesoli, Michel (2009). El reencantamiento del mundo. Una ética para nuestro tiempo. Buenos Aires: Dedalus.

Maffesoli, Michel (2001). El instante eterno. El retorno de lo trágico en las sociedades posmodernas. Buenos Aires: Paidós.

Meccia, Ernesto (2016). El tiempo no para. Los últimos homosexuales. Santa Fé y Buenos Aires: Ediciones UNL. Eudeba.

Rodríguez Salazar, Tania y Rodríguez Morales, Zeyda (2016). El amor y las nuevas tecnologías: experiencias de comunicación y conflicto. Nueva época, 25, 15-41.

 

[1] Licenciada en Sociología (UBA). Magíster en Investigación Social. Doctoranda en Ciencias Sociales (UBA).

[2] Mi planteo de “encuentros eróticos y/o afectivos” tiene como finalidad dar cuenta de la multiplicidad de búsquedas de vínculos que aparecen cuando las personas acceden a los espacios de sociabilidad, tanto cara a cara como virtuales. Las personas entrevistadas pueden buscar desde encuentros eróticos a pareja, pasando por mera compañía o flirteo, sin relaciones sexuales.

[3] Las reflexiones que se presentan en esta nota se desprenden de mi tesis de doctorado titulada “Solas y solas: búsquedas de encuentros eróticos y afectivos en mujeres y varones heterosexuales (Área Metropolitana de Buenos Aires, 2015-2017)”.

[4] Entrevista en Diario La Nación, 13 de febrero de 2016; entrevista en Radio Latina FM 101.1, 11 de febrero de 2016; entrevista en Imagen Radio, 14 de junio de 2016; entrevista Más Milenio, 17 de junio de 2016.

[5] Las aplicaciones Grindr, Tinder y Happn poseen opciones Premium, que son pagas. Pero las personas que fueron entrevistadas utilizan la modalidad gratuita en sus búsquedas eróticas y/o afectivas.

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