Néstor Cohen – Diversidad étnica y desigualdad social

Una nueva categoría ha surgido en estos tiempos participando del debate científico, y por fuera de él también, que algunos pretenden ubicar en un lugar de privilegio. Me refiero a la llamada “inutilidad de las Ciencias Sociales”. Las primeras preguntas y reflexiones que podemos formularnos ante su presencia son ¿en qué consiste la utilidad de una ciencia? ¿Cómo se la evalúa? ¿Quiénes son los destinatarios, beneficiarios, de su utilidad? ¿Las otras ciencias, siempre, producen resultados útiles? Podremos debatir, discutir, criticar cómo se produce conocimiento, la pertinencia teórica o metodológica, la oportunidad de esa producción, para quién se lo produce, las fuentes de financiamiento, etcétera, pero en tanto es el fin primero de la ciencia, toda vez que se ha producido conocimiento se vacía cualquier comentario acerca de su nivel de utilidad. En otras palabras, si el conocimiento es científico significa que ha respetado los estándares de la ciencia. Para ello, todo proceso de producción de conocimiento es sometido a diferentes evaluaciones, referatos, tribunales. En tales evaluaciones no se aplica como indicador el nivel de utilidad, porque aportar al conocimiento de un fenómeno es útil en sí mismo. Negar esta afirmación, oponerse a ella, podría llevar a preguntarse qué es más útil ¿aportar conocimiento al fenómeno de la pobreza o al desarrollo de un nuevo antibiótico? Formularse esta pregunta implica reflexionar sobre qué muerte es más importante ¿aquella causada por la pobreza o la causada por una bacteria? De quién se tendría que ocupar la ciencia, ¿de los pobres o de los enfermos? En la misma línea de pensamiento podríamos preguntarnos qué es más útil ¿investigar sobre la discriminación étnica, de género, el bullying escolar o el desarrollo de un nuevo agroquímico? De quién se tendría que ocupar la ciencia ¿de las grupos estigmatizados, marginados, inferiorizados o de la calidad de la producción agropecuaria? Qué es más útil ¿evaluar los resultados de una política social en el ámbito público de la educación o evaluar la tasa de absorción específica de los teléfonos celulares? De quién se tendría que ocupar la ciencia ¿de contribuir a una mejor educación pública o contribuir a mejorar la calidad de los celulares? Infinitas preguntas similares a éstas surgen cuando el debate acerca de la ciencia, se concentra en torno a la utilidad de su producción. Para responderlas sólo puede hacerse desde la defensa de los intereses de los grupos dominantes o desde el mundo de la estupidez, pero jamás podrá darse respuesta desde la ciencia misma.

Las Ciencias Sociales han sido señaladas (con intencionalidad acusatoria), desde algunos lugares, como ciencias abstractas y productoras de un conocimiento inútil. Estas ciencias están integradas por varias disciplinas, la sociología es una de ellas. Entre quienes producimos conocimiento sociológico, algunos nos dedicamos a trabajar sobre las migraciones externas. En mi caso lo hago desde hace 20 años y mis problemas de investigación han estado vinculados a la diversidad étnica. Me involucré en esa temática para tratar de responder a preguntas que me formulaba, y nos formulábamos, respecto a la realidad en la que participábamos en la calle, en las instituciones, en el ámbito de la vida privada, en relación a las colectividades migrantes de los países limítrofes y de aquellas de origen asiático. Desde diferentes espacios públicos y privados, desde la prensa, desde el poder político, desde los ámbitos empresario y sindical, desde las fuerzas de seguridad, a lo largo de la década de 1990, se instaló un discurso estigmatizante y persecutorio de estas colectividades. Sólo desde las ciencias sociales se podía aportar conocimiento que visibilizara, denunciara y, por lo tanto, contribuyera a confrontar con un discurso que se había naturalizado y culpabilizaba a estos migrantes del crecimiento sostenido de los índices de desocupación, del delito, de la presencia del cólera, del uso abusivo de los servicios públicos, entre otras acusaciones que se formulaban día a día.

Nuestra preocupación ha sido y sigue siendo, hacer visible lo invisible de la diversidad étnica. En otras palabras, significa hacer visible la mutación de la diversidad en desigualdad social y económica, hacer visible que en nuestro país contamos con un muy buen marco normativo que regula la presencia de los migrantes, pero esto no garantiza un fluido acceso a derechos, hacer visible que la combinación de desigualdad con dificultades en el acceso a derechos son condiciones necesarias y suficientes para generar escenarios de vulnerabilidad, de relaciones sociales de dominación, con obstáculos a la participación social, económica y política. Nos ha preocupado y nos preocupa hacer visibles las fronteras simbólicas que fragmentan el espacio urbano, pero también los microespacios en las escuelas, los hospitales, el ámbito laboral, la justicia, etcétera. Nos ha preocupado y nos preocupa esta falsa clasificación que da cuenta de buenas migraciones y malas migraciones, ejemplificando con las migraciones ultramarinas de fines del siglo XIX y parte del siglo XX y las migraciones recientes, principalmente las provenientes de los países limítrofes y Perú. Nunca nos hemos preguntado acerca de la utilidad de lo que investigamos, siempre nos hemos ocupado en producir conocimiento que contribuya a mejorar las condiciones de vida, el acceso a derecho, de las poblaciones migrantes.

Esta muy breve presentación que he hecho de nuestro trabajo como investigadores, es un ejemplo entre muchos más que resultan de la tarea que investigadores e investigadoras de las ciencias sociales realizamos cotidianamente a lo largo de nuestro país en universidades, CONICET, centros de investigación y otras instituciones públicas y privadas. La salud, el medio ambiente, la educación, el género, los partidos políticos, las migraciones externas e internas, los pueblos originarios, el trabajo, la comunicación, el espacio urbano y el rural, el delito, la cultura, entre otros ámbitos o manifestaciones de la sociedad civil y política, cuentan con insumos que contribuyen a su desarrollo provenientes de las ciencias sociales.

Cabe preguntarse, entonces, por qué esta descalificación, esta estigmatización. Es posible que surjan diferentes respuestas, algunas estarán más cerca y otras más alejadas de las verdaderas motivaciones. Considero que una de las respuestas posible expresa que en este conflicto hay una disputa por los recursos escasos. En este sentido, asociar las ciencias sociales a la inutilidad, intenta legitimar cualquier decisión que se tome respecto a limitar, coartar, el acceso de estas ciencias al financiamiento. Pero debemos entender, también, a estas actitudes como la expresión del temor a la producción de un conocimiento crítico que cuestiona las relaciones de dominación existentes, que visibiliza a los sectores vulnerables y que se pregunta por una sociedad más justa. Ciencia sin financiamiento es ciencia silenciada: doble beneficio para quienes están detrás de este objetivo.

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