Mario Pecheny – Política, salud, sexualidad y género

Mi formación es en ciencia política. Me dedico a investigar cuestiones de política y derechos en relación con la salud, la sexualidad y el género. Se trata de una actividad colectiva, con colegas en diversos estados formativos, disciplinas, proyectos y miradas.

Por un lado, trabajamos en qué medida y cómo las diferencias en materia de salud, sexualidad y género tienen consecuencias en cuáles derechos reconocen la sociedad y el Estado, y en las condiciones para ejercerlos (ejemplo sencillo de cómo influye la salud en los derechos: un empleador puede negarse a contratar a una persona que vive con VIH, y la ley puede ampararlo o no; ejemplo sencillo de cómo influye la sexualidad en los derechos: hasta 2010 en Argentina sólo las mujeres y varones heterosexuales accedían al matrimonio y sus derechos asociados, mientras que hoy las personas homosexuales también;  ejemplo sencillo de cómo influye el género en los derechos: en una época votaban solamente los varones –de tal edad, luego también pudieron hacerlo las mujeres).

Por otro lado, trabajamos en qué medida y cómo la política y las políticas públicas construyen los procesos que hacen a la salud, la sexualidad y el género, cómo los determinan, qué consecuencias traen para una variedad de individuos y grupos (aquí un solo ejemplo, también sencillo: las políticas que criminalizan el aborto traen consecuencias para la salud, la vida y los derechos de las mujeres).

La relevancia pública de lo que hacemos no es aquello que nos motiva en primer lugar a investigar.

La motivación primera suele ser alguna inquietud que “nos calienta” (esta expresión la tomo del politólogo Guillermo O’Donnell, cuya frase en mis tiempos de estudiantes se me grabó: “si a vos te calienta Kant y Hegel, tenés que trabajar sobre Kant y Hegel”), suele ser alguna perplejidad que – en mi caso personal – pasa por entrarle a los problemas por ventanas y puertas menos o nada transitadas: por ejemplo, en los noventa empecé a trabajar sobre sida y aborto como cuestiones de derechos humanos, o más ampliamente la sexualidad y la salud como cuestiones de derechos humanos. No se estilaba mucho, entonces.

Otra motivación es la demanda desde fuera: algún actor social (un movimiento social, un sindicato, una organización no gubernamental) se acerca con un pedido concreto, o publica algún llamado o convocatoria, o el propio CONICET o la Agencia, o algún Ministerio u organismo internacional, y ahí vemos si estamos en condiciones y con ganas de responder a esa demanda. Porque, para quien lea estas páginas y venga de algún otro planeta, hay que avisarle que la investigación no es gratis. Cuesta dinero, tiempo, insumos. Y el sistema científico argentino no se caracteriza por considerar esto del financiamiento de manera realista. Se habla cada vez más de impacto tecnológico y de temas estratégicos, pero las convocatorias para financiar las investigaciones brindan recursos suficientes para… una computadora y un viaje, por año por equipo de investigación, para dar (de nuevo) un solo ejemplo. Entonces cuando algún interesado pide que algún equipo de investigación investigue algo, ofrece fondos para ello, y nosotros estamos en la línea, trabajamos para responder a esas demandas.

Ahora voy al tema de la relevancia pública. La información (datos, descripciones, relatos) que recogemos e interpretamos, los argumentos que proveemos o intentamos clarificar, han constituido parte de la “evidencia” que reclaman hoy las llamadas “políticas basadas en evidencia”. Quienes hacen política pública necesitan saber “cómo está la cosa”, cómo intervenir mejor, y si aquello que hacen impacta, cómo, cuánto y en quiénes. (Por economía de espacio, simplemente menciono: no es neutral la investigación).

La relevancia pública pasa además y sobre todo por contribuir a dar recursos a los sujetos: esos datos y argumentos robustecen las luchas, inscriben experiencias individuales en sentidos colectivos, y se integran a los debates democráticos que se dan, a veces, en el espacio público.

Tópicos sobre los que hemos trabajado: el VIH y otras enfermedades crónicas, métodos anticonceptivos, salud reproductiva, aborto, derechos reproductivos y sexuales, la situación de derechos y salud de gays y lesbianas, de las trabajadoras sexuales, de las y los usuarios de drogas, de las personas que se encuentran al final de sus vidas; sobre esperar y hacer esperar; sobre democracia y derechos humanos; sobre cómo se investiga, piensa y enseña todo eso en Argentina, América Latina, el Sur global y en el Norte.

La relevancia de nuestro trabajo ha sido reconocida con Premios, que usamos aquí a modo de “indicadores de reconocimiento de relevancia”. Uno, muy científico, fue el Houssay. Pero también nos han dado un premio desde el sector salud, por una investigación acerca de la anticoncepción hormonal de emergencia (cuyos resultados, “relevantes”, pudieron ser de utilidad al diseño de políticas que faciliten el acceso a este método anticonceptivo), un premio desde el Senado por la contribución académica al Matrimonio Igualitario, otro desde una red de personas que viven con VIH y otro desde una organización sindical de trabajadoras sexuales, por considerar que nuestras investigaciones acompañaban sus luchas. Y, sin premio, una vez, una mujer que vivía con hepatitis C, nos dijo públicamente, muy emocionada: “Gracias: acaban de contar, por primera vez, mi vida”.

La relevancia pública no se determina de manera unívoca, no es la motivación primera de nuestro trabajo, y sólo puede encontrarse de manera dispersa, cuando actores diversos (en el Estado, en la sociedad, individuos y grupos) le encuentran un sentido, se lo apropian, “les llega” a menudo a través de múltiples mediaciones, y “les sirve”. Pero la pregunta “¿es útil tu investigación?” no es públicamente relevante, porque falsea el papel que de hecho, y en el mundo ideal, tiene la actividad científica, en la rama que sea.

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