Mariana Heredia – Sociología de las elites

Pareciera que, por estas latitudes, la ciencia es un lujo. Las sociedades del sur reclaman teléfonos celulares, tratamientos médicos de alta complejidad, instituciones liberales pero deberían renunciar no solo a producirlos sino también a desarrollar cierta conciencia de las oportunidades y desafíos que representan. Olvidando el tiempo de maduración que exigieron en los países del Norte y la convulsionada historia universitaria argentina, la escueta participación científica en los presupuestos públicos se presenta hoy apenas justificable si garantiza resultados expeditivos y útiles. Dos fórmulas y dos destinatarios definen esas demandas. Por un lado, la investigación se subsume en la ecuación “I + D” y se espera de ella productos innovadores susceptibles de medirse en patentes y regalías. Por el otro, ante un Estado que vacila entre la planificación y la asistencia, los estudios científicos lograrían cierto interés al elaborar diagnósticos capaces de intervenir en situaciones críticas.

Bajo este doble imperativo, nada pareciera a simple vista justificar la sociología de las elites. Su estudio no promete resultados capaces de ofrecer réditos económicos inmediatos (sino más bien de incomodar a quienes los producen), tampoco captar grupos merecedores de la atención y la injerencia pública (desviando fondos que podrían ser mejor utilizados). Otras particularidades de las elites las harían también refractarias a criterios de relevancia evocados para otros objetos. Al tratarse de grupos minoritarios, con condiciones y oportunidades de vida excepcionales, que detentan ya suficiente visibilidad pública y política, las elites resultan irrelevantes demográficamente, atípicas en sus atributos y trayectorias, capaces de presentarse al mundo sin intermediarios.

        Pareciera más fácil justificar la pertinencia de la ciencia pública y de la sociología de las elites ante un auditorio más desconfiado de las virtudes de la economía de mercado y de los poderes instituidos. Desde posiciones más afines a la necesidad de contar con bienes públicos, orientados a velar por el interés general, se defiende a la ciencia como una empresa humana donde las capacidades de transformación técnica no ocluyen la cautela y la consideración meditada de si los beneficios prometidos podrán democratizarse y sostenerse en el tiempo. La desconfianza en el automatismo de las instituciones así como la pregunta por la capacidad de los hombres de intervenir en la historia predisponen mejor al estudio de quienes concentran recursos valorados, ocupan posiciones destacadas o participan de manera protagónica de las grandes decisiones.

La suspicacia, no obstante, amenaza con conducir a un nuevo callejón sin salida. La atención en las elites puede deslizarse de la irrelevancia a la omnipotencia: que la ciencia las desatendiera poco se diferenciaría de que les atribuyese el origen de todas las explicaciones. Con este deslizamiento, más que a comprender, la sociología de las elites serviría para movilizar el resentimiento, reafirmar prejuicios que no requieren demostración alguna y hermanar al fin, sin distinciones, a la masa de ciudadanos de clase media con la que tanto gustan identificarse los argentinos. Sería suficiente entonces concluir que toda jerarquía se corresponde con un privilegio, que los privilegios y privilegiados son siempre los mismos y que la única novedad es que estos grupos agudizaron su concentración y su distancia con respecto al resto.

Entre los desfiladeros del orden y de la crítica, la ciencia y en particular la sociología de las elites merecen atención y esfuerzo por su capacidad de responder, de un modo específico, a los grandes interrogantes que enfrenta la humanidad. En este sentido, alcanza con recorrer las páginas de los diarios o las conversaciones cotidianas para constatar que, con diversos ropajes de coyuntura, las desigualdades socioeconómicas y la concentración de poder son dos heridas abiertas para la sociedad moderna. En una cultura donde se exalta la libertad y la igualdad entre los hombres, resulta por lo menos inconveniente la obstinación de las asimetrías. En un orden que proclama su mesurada racionalidad, incomoda constatar tanto el peso de la rutina como el de las pasiones y sus excesos. Pero no se trata solo de evidenciar olvidos sino también de enfatizar contradicciones. Mientras un impulso socava las barreras de clase, género, edad, otro profundiza las diferencias materiales y las dota de una legitimidad incuestionada. Al tiempo que se generalizan los regímenes democráticos, la autoridad se torna revulsiva y caprichoso el lazo de representación.

Además de hacerlas más evidentes, ¿responde el estudio de las elites a estas inquietudes? Sí y no. Lo hace en tanto visibiliza el polo en el que tienden a concentrarse las ventajas, de manera más o menos constante. No lo hace si se toma a las minorías como esencias aisladas sin consideración de los mecanismos de diferenciación, acaparamiento y dominación que atraviesan a la sociedad en su conjunto. En este sentido, las elites son una vía de acceso a la comprensión de la riqueza y el poder, no un punto de llegada. Y esa vía de acceso permite precisar y redefinir interrogantes que, desde el sentido común, suelen girar en redondo, sin conducir a ninguna parte.

Por un lado, contradiciendo la reprobación cristiana, hace tiempo que en las sociedades capitalistas y no solo para las elites, la acumulación de riqueza se volvió la principal medida del éxito personal y una fuente de reconocimiento público. En lugar de conformarse con condenar la correspondencia entre jerarquías materiales y simbólicas, otras preguntas pueden avanzar en la comprensión de este fenómeno: ¿Qué formas de jerarquización y reconocimiento se afirman y se debilitan en nuestras sociedades? ¿Hasta qué punto las ventajas materiales se transmiten de generación en generación o se reasignan como resultado de las crisis, las innovaciones técnicas, las transformaciones económicas y políticas? ¿Son méritos destacables o prácticas ilegales e ilegítimas los que suelen respaldar los procesos de acumulación extraordinaria? ¿Cuáles son los canales más usuales de la producción, el acaparamiento y distribución de la riqueza?; ¿Hasta qué punto esta riqueza, definida hoy mayoritariamente como potestad inajenable de tenedores privados, se reinvierte en bienes y servicios que propician el crecimiento, generan puestos de trabajo, auguran un avance en el bienestar general? ¿Sigue siendo el conflicto entre capital-trabajo el principal clivaje de concentración o derrame de la fortuna? Y más allá del origen, la magnitud y el destino de la riqueza adquirida, ¿cuánto pueden esos recursos reconvertirse en otros -políticos, judiciales, habitacionales, educativos, sanitarios- que acrecientan las distancias entre personas más y menos dotadas económicamente?

Por otro lado, una segunda constatación maquiavélica -que las decisiones fundamentales tienden a concentrarse en manos de las minorías- también constituye una invitación para interrogantes de gran significación. En situaciones de relativa normalidad, ¿qué dimensiones de la vida social y personal están abiertas a la intervención de los poderes instituidos y qué otras no están politizadas y se repliegan en la privacidad de quienes padecen sus fallas y gozan de sus beneficios?; ¿Cuáles son los grandes desafíos y dónde tienden a ubicarse los espacios donde se elaboran y adoptan los cursos de acción que marcan el pulso de la historia?; ¿Cuánto se trastocan estos límites estrechos de problematización e injerencia pública en casos de movilización social o de crisis? Y en caso de requerir una intervención mentada, ¿quién decide qué, con qué márgenes de acción y responsabilidad? Y en esos casos, ¿hasta qué punto la trayectoria y los valores de esos hombres determinan las opciones que escogen y en qué medida son los desafíos mismos los que contienen ya, en gran medida, el germen de su resolución?

La información sobre las elites es un recurso apreciado por las diversas formas del espionaje. Con vínculos y datos pertinentes se amasan fortunas, se propulsan carreras, se protegen amigos, se destruyen adversarios. Mientras es privado y coyuntural, este conocimiento puede ser estratégico, en manos del estratega de turno. En la medida en que los aportes de la sociología de las elites se vuelven menos coyunturales y más públicos, pueden plantear una relación menos ingenua y encantada con la sociedad moderna y sus miembros, pero pueden permitir también profundizar nuestra conciencia y, eventualmente, nuestro control sobre los mecanismos de acumulación, distribución y uso de la riqueza y poder.

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