“La utilidad no es una política del sentido”, por Alexandre Roig y Catalina Arango

Por Alexandre Roig[1] y Catalina Arango[2]

Y si un día nos despertáramos sin libros, sin artículos ni opiniones en los medios, sin las circulaciones contradictorias y cacofónicas de voces públicas que denuncian, enuncian o provocan, sin las palabras de todos aquellos que conservan o desmiembran los cuerpos de los poderes. Y si un día nos despertáramos con una sociedad dónde las formas de las escrituras se pensaran transparentes, neutras, abrazadas a sus axiomáticas de mármol, dónde la Historia escaparía a los grafismos para tener la intemporalidad de los dominantes. Si un día solo pensáramos lo que sirve sin margen a lo imprevisto, si todo fuera un control sobre la interpretación, si no fuera necesario indagar apasionadamente en lo desconocido. Si todo esto viniera a ocurrir, no habría ni experimento ni experiencia posible. No habría, entonces, Ciencia.

Alcanzaríamos la quietud utilitarista, la inmovilidad de los que respiran la atmósfera de lo ya sabido de un mundo que ya iluminó una caverna oscura sin humedad ni recovecos. En ese mundo ya se sabe lo que es ser feliz, ya se sabe cómo hay que comprar, representar, intercambiar, hablar, votar, producir, pensar, actuar. Ya se sabe lo que son un individuo y una sociedad. No tienen pliegues, son lisos y llanos como la pastilla que pueden tomar para no angustiarse en lo estrecho de lo ya resuelto. La utilidad tiene la gramática del status quo, propone un sin sentido. Hace de los medios un fin conocido, confunde la etapa del viaje con su devenir, ignora así lo propio de la modernidad: su carácter inmanentemente paradojal. Chateaubriand, unos de los primeros autores en caracterizar los cambios de era, en los albores de la revolución francesa, describía así nuestra vivencia en sus Memorias de ultra-tumba: “me encontré entre dos siglos, como en el confluente de dos ríos; me tiré en sus aguas perturbadas, alejándome con pesar de la vieja orilla dónde nací, nadando con esperanza hacia una orilla desconocida”. Para la inquietud del observador de esos tiempos modernos, nunca alcanzará el otro lado. Para los que vivimos la contemporaneidad tampoco llegaremos a vencer lo desconocido. Su frontera se desplaza en cada roce, cada vez que pensamos alcanzarla. Es lo propio del saber: un flujo constante.

Entonces qué hacer con la pregunta de la utilidad de la ciencia y en particular de las ciencias sociales a la que tantas veces como ahora se nos invita a responder, como si tuviéramos que justificar nuestra existencia. Proponemos una respuesta simple: no contestarla. Encierra en sí misma una acusación que nos aleja de todo lo que hace a la producción de saber en su forma científica, plantea una dialéctica incomunicable, nos obliga a defender lo “inútil” en una sociedad que lo fustiga, aunque lo practique cotidianamente. Preferiríamos proponer la pregunta siguiente: ¿cómo las ciencias sociales producen sentidos?

Esta pregunta no es una forma de escabullirse a las interpelaciones sociales sobre el para qué de las ciencias sociales. Es deseable que un saber no esté exento de cuestionamientos. Evita el riesgo inherente a toda comunidad científica de aislarse o peor aún de sustituirse al debate público y a la decisión política. Es una manera de plantear un verdadero diálogo y no forzar a científicos a iniciar sus tránsitos ni con un pie culposo, ni con alas soberbias. Es también una manera de invitar al lector que no proviene de las ciencias sociales a asumir que hay siglos acumulados en los anaqueles de nuestras bibliotecas sobre cuestiones que el debate cotidiano dirime en una simplicidad tan arrolladora como efímera. La complejidad tiene sus tiempos y tiene sus lógicas y en general se encuentran lejos del sentido común y cerca de la coherencia teórica y de la densidad empírica.

Al contrario, defenderemos aquí la posición de que la principal función (y no utilidad) de las ciencias sociales es ampliar los posibles, multiplicar los sentidos y no cerrarlos. Tal vez sea difícil entender esta posición para aquellos que piensan que el saber va hacía lo único, que viene a suturar lo que no cuadra. Tal vez se decepcionen los que piensa que atrás del desvelamiento del misterio esta la verdad y no un misterio más profundo. Es que a nuestros contemporáneos, como a nuestros antepasados, les gusta estabilizar las respuestas, encontrar soluciones definitivas, manuales de acción y de pensamiento.

Pero por el momento el planteo está siendo muy abstracto. Vamos a tratar de sostener nuestro argumento haciendo los que hacemos los cientistas sociales, pensar desde nuestras experiencias de investigación. Seguramente tomemos algunos atajos y simplificaciones que el lector erudito sabrá criticar. Pero la gravedad de la situación amerita que seamos lo más sistemáticos posibles para que, por lo menos entendamos nuestros propios debates.

1. Las ciencias sociales amplían los sentidos…

Como bien lo recuerda Bruno Karsenti, las ciencias sociales nacen con la democracia moderna (Karsenti, 2013) cuando en el siglo XIX estallan los lazos religiosos y las formas tradicionales de organizar el poder. Cuando los pueblos, las naciones, las partes de la sociedad que no tenían parte en la representación política (Rancière, 1996) exigen que el poder no este fundado en la pura transcendencia. Cuando dios ya no alcanza, o simplemente no está, para justificar el sentido de la dominación es cuando los poderes hacen visibles sus inmanencias, muestran y organizan sus fuentes. Crean constituciones, organizan elecciones, a veces partidos, gobiernan desde las leyes aunque sean – y lo son – contradictorias. Reprimen los conflictos con el monopolio de la violencia legítima dirá Weber, con el gasto y la captación fiscal ampliará Elias. Organizan las nuevas moralidades, que a veces siguen pareciéndose tanto a las viejas, con la coerción y la incorporación de las reglas subrayará Durkheim. No olvidan ahondar en las formas laicas de lo sagrado proseguirá Mauss, aunque más no sea para disimular las formas de explotación que ya había analizado Marx unas décadas antes.

En la red de relaciones sociales, en la trama de las instituciones, o en el tejido de las fuerzas estructurales, la sociedad fue teniendo sus teorías, los dominados sus críticas y los dominantes las claves para sus gobiernos. Para decirlo de alguna manera no puede haber democracia sin ciencias sociales, y no puede haber ciencias sociales sin democracia. No vamos a entrar en las múltiples definiciones de lo que son las democracias, nos limitaremos a decir que implica la co-existencia conflictiva de varios sentidos posibles del devenir común de una sociedad. Cuando hablamos de conflicto es en el sentido más neutro de la palabra. La democracia se funda sobre el desacuerdo, la disidencia, la diferencia. Eso es justamente lo que está cuestionado en lo que se llamaba en los años 90 el “pensamiento único” tan caro a los defensores del fin de la historia, justamente grandes profesores del utilitarismo (Fukuyama, 1992). Por eso el neo-liberalismo es anti-democrático porqué justamente piensa que todo ya está “resuelto”. No habría conflictos sobre cómo ordenar la economía y después de ella la sociedad. Es por eso que el neo-liberalismo está en contra de las ciencias sociales en particular si son críticas.

Como lo decía Estanislao Zuleta en su elogio a la dificultad (2007), “Deseamos mal. En lugar de desear una relación humana inquietante, compleja y perdible, que estimule nuestra capacidad de luchar y nos obligue a cambiar, deseamos un idilio sin sombras y sin peligros, un nido de amor y por lo tanto, en última instancia un retorno al huevo. En vez de desear una sociedad en la que sea realizable y necesario trabajar arduamente para hacer efectivas nuestras posibilidades, deseamos un mundo de satisfacción, una monstruosa salacuna de abundancia pasivamente recibida. En lugar de desear una filosofía llena de incógnitas y preguntas abiertas, queremos poseer una doctrina global, capaz de dar cuenta de todo, revelada por espíritus que nunca han existido o por caudillos que desgraciadamente sí han existido”. Así la cosas y las ciencias sociales son justamente este saber que elogia permanentemente la dificultad, no para hacer la realidad más opaca, sino para aclarar que la opacidad implica la prudencia de una discusión colectiva en el seno y entre las comunidades de saber.

Las ciencias sociales contribuyen así a la ampliación de los sentidos en contra de todo proceso de reducción de posibles. Esto es visible cuando nos interesamos por investigar procesos sociales como la puja de poder entre las organizaciones de mujeres con la Iglesia para defender la soberanía sobre sus cuerpos y hacer de la ley un mecanismo de lucha por la defensa de sus derechos sexuales (Arango, 2016). Este mismo proceso se ve en lo monetario cuando ya en plena crisis del 2001 nos sorprendíamos escuchar que era “imposible” salir de la convertibilidad cuando todos los datos indicaban su fin. Fue un largo proceso de construcción de esta opción única en los cuáles se enfrentaron saberes amasados con intereses durante todo el siglo XX (Roig, 2016).  Como se puede apreciar, las disputadas por los sentidos no son solamente una discusión de academia. De ellas depende que una mujer pueda o no abortar, que una sociedad pueda o no salir de un régimen monetario que lo asfixia.

Ahora bien, ¿cómo se organiza la diferencia en sociedades complejas? ¿ Cómo se define quién está en condición de pugnar por un sentido o por el otro? El proceso de democratización estuvo siempre acompañado por un proceso de autorización de la palabra lo que justamente pareciera criticar cierto fervor por la post-verdad o presidentes electos como Donald Trump que hacen, ellos, un “elogio de la ignorancia” (Raquel de San Martin, 2017).

2. … autorizando los saberes …

Cuando hablamos de comunidades de cientistas sociales asumimos un punto de vista pragmatista sobre la ciencia. Parafraseando a la perspectiva pragmatista de Charles Peirce “ es científico lo que dicen los científico que es científico”. La auto-organización de los saberes académicos permitió y permite entre otras cosas que la dinámica de los objetos y de las agendas investigativas no sean definidas burocráticamente justamente en nombre de la utilidad. Sabemos que todos los grandes descubrimientos y desarrollos de las ciencias han sido posible confiando en las propias dinámicas de colectivos de científicos relativamente autónomos. La definición desde el Estado de supuestas prioridades de investigación constituye en este sentido un proceso de esterilización. Distinto sería si el Estado dialogara con las comunidades académicas (y vice-versa) para saber cuáles son las prioridades posibles y deseables y no substituirse autoritariamente a este encuentro. La definición de los objetos, sus diversidades y los procesos de elaboración de la investigación requieren de esta autonomía. Es desde esta misma autonomía que se producen lógicas de autorización de saberes es decir la definición de la reglas que permiten saber quién puede y que se puede decir sobre una realidad particular.

Ahora bien, hoy en día en la Argentina hay una crisis de las lógicas de autorización de los saberes provenientes de las ciencias sociales.  La pregunta sobre la utilidad es su principal síntoma y su autonomía está claramente cuestionada. Podemos esgrimir algunas hipótesis para explicar este proceso, seguramente insuficientes pero que nos permitan ahondar en el diagnóstico. Una posible explicación de esta crisis de autorización se encuentra en el confluente de tres procesos. El primero abreva en la crisis de la aceptación de los números públicos en particular desde el descreimiento en los datos del INDEC y con ellos de los “números públicos” en general (Daniel, 2013). El segundo proceso proviene de las críticas desde la política al periodismo. No porqué no pensemos que haya claramente opiniones “interesadas” en la mayoría de los medios y que sería necesario refundar la ética periodística, sino porqué nos parece necesario atender a los efectos del slogan “Clarín miente” que tuvo la capacidad, creemos, de ampliar la desconfianza a los medios en general. Reforzaron estas sospechas la multiplicación de casos de periodistas que efectivamente han promulgado afirmaciones infundadas sin que la comunidad periodística los sancionara, por lo menos no en los principales medios. Las disfunciones de los sistemas de autoregulación de la prensa no permitió contrarrestar una desconfianza producida desde los aparatos estatales. A lo sumo se “respeta” y lee tal o cual autor pero lejos de los procesos colectivos que garantizaban cierta autoridad de los medios. Es importante para entender la crisis del concepto de tribuna, interfase fundamental entre las ciencias sociales y los ciudadanos. Un tercer afluente se suma a los dos anteriores: un proceso de individualización de la opinión expresada en redes sociales o como comentario a artículo en los medios.  Esta modalidad de libre expresión permite una manifestación inmediata e irresponsable que potencia el sentido común como bien lo sostienen muchos estudios recientes sobre lo que se ha nombrado post-verdad (Quattrociocchi, 2017). Crisis de las referencialidades públicas, descreimiento en las tribunas públicas, y creencia cada vez más fuerte en el sentido común, son algunos de los elementos que contribuyen a la puesta en crisis de la autorización académica.

Frente a este estado de cosas que no puede ser revertido con una voluntad nostálgica que propicie el regreso al intelectual incuestionado, implica asumir que la autonomía de las comunidades científicas solo puede ser productiva (es decir que puede producir sentidos) si es relacional. Los saberes académicos, por lo menos en ciencias sociales deben asumir el carácter incompleto de su propio proceso de construcción de conocimiento. Se constituyen sobre una autonomía relacional el diálogo con otra disciplina, otros actores sociales, otras lógicas cognitivas. Es justamente en esta incompletud que las ciencias sociales encuentran el punto de diálogo con los otros en la academia y de la academia pero que a su vez pueden hallar los ejes de una legitimación más amplia y de una efectividad más profunda. Es decir que el proceso de autorización no pareciera ser exclusivamente asunto de una evaluación por pares. Los científicos que alertaron sobre el calentamiento global advirtieron tempranamente de la necesidad de hacer converger disputas en el plano científico con actores concretos de la economía y de la política.

Vinculada a este necesidad de repensar la relación de las ciencias sociales con sus alteridades para construir su autorización es importante que el campo intelectual pueda explicitar sus propias reglas de autorización para que las mismas no sean naturalizadas o sacralizadas, olvidando su origen convencional. Es lo que Bourdieu llamaba la “ilusio”, fenómeno contra el que justamente se erigen los que promueven unas ciencias sociales reflexivas. Desde esta reflexividad se pueden desplegar las formas múltiples de producción de saber sobre lo social que participan entonces de regímenes de autorización más hibridos que permitan pensar múltiples criterios de evaluación y valorización

Casi siempre la jerarquización de los científicos desborda las fronteras del mundo académico, aunque no siempre haya cabal conciencia de ello. En las ciencias sociales, la relación con el Estado, con los medios de comunicación, con la circulación internacional en otros campos u organismos, en algunas disciplinas un paso por el sector privado, intervendrán en la jerarquización entre las personas (Arango, 2016; Roig, 2016).  Estos espacios sociales articulados entre sí no son homogéneos. Componen un mundo plural y agonístico, donde conviven hoy las evaluaciones hechas por los pares, el prestigio intra o extra-académico, las disputas entre los disciplinariamente puros y los inter-disciplinariamente impuros, las formas y los modos de producción de saberes y sus circulaciones. En fin, un crisol de modos de autorización que de manera muy situacional producen autorizaciones variables, lectores y escuchas a veces antagónicos. Un economista de Harvard podrá lucir credenciales en un banco central con políticas monetaristas. Se verá cuestionado si defiende la centralización y la unicidad monetaria en un club del trueque.

Dicho en otros términos, si las ciencias sociales quieren hacer sentidos, si quieren tener una política del sentido, deben ser reflexivas sobre sus propias lógicas de autorización y a su vez construir una autonomía relacional que pone el diálogo con los otros en el centro de su práctica. Es justamente lo que supo proponer en su momento el sociólogo colombiano, Orlando Fals Borda cuando invitaba al “compromiso”, es decir a tener una promesa compartida.

3. …y con el compromiso.

Orlando Fals Borda se convirtió en un referente de lo que se llama la Investigación Acción Participativa a raíz de su vocación por ampliar los ámbitos de investigación de la sociología de su tiempo acercándose a aquellas dinámicas populares que estuvieron por fuera de los intereses académicos de la Colombia de aquel entonces. Su modo de pensamiento nos permite pensar un modelo de compromiso; si bien aborda la cuestión de la relación entre el campo académico y los saberes populares se trata de un modelo de relación comprometida que podría perfectamente ampliarse metodológicamente a la relación con cualquier alteridad a la academia. Y como tal lo tomaremos a continuación, focalizándonos en la relación entre ciencias sociales y saberes populares pero con el convencimiento que esta propuesta tiene un estatus que permita su generalización a otras relaciones.

Desde su mirada, la historia escrita en Colombia hasta los años 60´s fue la historia sobre las elites que dejaba de lado la de los pueblos marginados por desinterés de parte de la academia o porque estos se habrían negado a darles información a raíz de la desconfianza hacia el ámbito académico. Las luchas campesinas, indígenas y sindicales fueron observadas con interés por Fals Borda y su equipo de académicos quienes se acercaron a las regiones menos estudiadas del país con el fin de visibilizar procesos históricos no narrados que lograsen poner en jaque los poderes hegemónicos: “El propósito de casi todos mis trabajos ha sido claramente político en el buen sentido del concepto: quería informar y enseñar sobre las realidades encontradas a través de investigaciones interdisciplinarias en el terreno, con el fin de llevar a los lectores, a las masas y a sus dirigentes a actitudes y actividades capaces de cambiar la injusta estructura social existente, especialmente en los campos”. (Fals Borda, 2013: 19)

Su definición de la ciencia como un conocimiento que resuelve necesidades concretas y que se declina en un conocimiento práctico, táctico y estratégico, nos permite comprender que más allá de la necesidad que el autor veía en dar a conocer los relatos y las vivencias de los pueblos con los cuales intercambió, existía en él un interés profundo en la transformación social en el que la noción de compromiso trataba justamente de producir sentido. Fals Borda entendía el compromiso como una acción o actitud del intelectual a partir de su pertenencia a la sociedad y al mundo de su tiempo caracterizada por la renuncia a una posición de simple espectador poniendo su conocimiento a disposición de los sectores populares. Para ello se inspiró en el aporte de Jean Paul Sartre y su reflexión sobre la noción de compromiso “La idea sartriana de “engagement”, como se sabe, es la que más se acerca al concepto de “compromiso” que queremos definir para la sociología de la crisis: es la acción o la actitud del intelectual que, al tomar conciencia de su pertenencia a la sociedad y al mundo de su tiempo, renuncia a una posición de simple espectador y coloca su pensamiento o su arte al servicio de una causa”. (Fals Borda, 2013:188)

Recordar la fuerza social y académica que despertó esta perspectiva de trabajo a partir de la década de los años 60´s es importante ya que muchos intelectuales se sintieron convocados por esta premisa al sentir que tenían una función activa en la sociedad. Esta forma de entender la ciencia contrasta con la neutralidad axiológica que pareciera ser el único camino a la objetividad científica.

Queda claro en su obra el interés por rescatar los relatos de los conocimientos ancestrales en expresiones como el folclor, la historia, la narración oral, los mitos y la música. A su vez Fals Borda reconocía la importancia de la creatividad del investigador puesta en escena a la hora de realizar la devolución a las comunidades a través de diferentes métodos como los comics diseñados por campesinos para aquellos que no sabían leer. Se escribieron textos en los cuales se presentaba la investigación científica sociológica en la mitad de las páginas del texto y en la otra mitad materiales gráficos para las personas que no hacían parte de la academia o no sabían leer. En su parte más descriptiva y literaria los textos estaban compuestos por poemas, fotografías, mapas, dibujos, pinturas y canciones populares y del otro lado se desplegaba toda la complejidad teórica. Se trató de una apuesta por tender un puente entre la investigación y la sociedad.

El trabajo popular se realizó mediante audiovisuales, filminas, transparencias, grabaciones, conjuntos musicales y dramáticos y a la par la transmisión del conocimiento científico se generó con la formación de cuadros políticos partiendo de aquellos que tenían más experiencia y habilidades para este tipo de trabajo para que a su vez se encargaran de terminar el proceso de formación en el resto de la población.

Para Fals Borda el quehacer científico y cultural debía contener animación, creación e innovación para alcanzar una conexión con el lenguaje popular. Ante la pregunta que alguna vez le hicieran sobre el mayor hallazgo en su propuesta investigativa Fals Borda respondió: “La insistencia en que teoría y práctica debían ser juntas, no separadas como etapas o dos momentos separados, distintos, sino que se hicieran en un ritmo interpretativo, pero de un proceso común, un proceso único. Que ese ritmo fue lo que llamamos ritmo reflexión y acción. Fue como un semillero que después se desarrolló en la práctica y en los efectos concretos, en la aplicación del conocimiento. Fue la diferencia radical con la academia. Porque la pregunta básica era: ¿Para qué el conocimiento y para quiénes va el conocimiento? Esas preguntas no se las hacía la academia”. (Fals Borda, 2013: 38

Las ciencias sociales ganarían en legitimidad si abandonase fines y métodos extractivistas en que la sociedad se siente usada y abandonada cuando el investigador consigue sus objetivos. La noción de compromiso y de escucha debe primar y orientar el trabajo con comunidades sin ser vista como filantropía o solidaridad ya que se trata de una relación de reciprocidad en que la academia renuncia a su cómoda representación de lugar autorizado por sobre los demás y produce respeto en esa relación.

Las ciencias sociales tienen todos los elementos en potencia para tener una política del sentido, no caer en las trampas utilitaristas y relegitimar su rol en la vida social. Tener una postura reflexiva sobre sus propias lógicas de autorización, articulando con otras comunidades de saber. Pensar el compromiso desde una autonomía relacional que produzca sentido en la ampliación de los posibles que circulan en la vida social, permitiría, creemos, reforzar este vínculo profundo entre las ciencias sociales y la democracia en tiempos dónde pareciera prevalecer el desasosiego.

Referencias bibliográficas

Arango, Catalina (2016), Régimen de saber-poder en el cuerpo de las mujeres: discursos y agenda política en torno a la vida reproductiva en Colombia 1960-2015, Tesis Maestría en Sociología Económica, IDAES-UNSAM.

Daniel, Claudia (2013), Números públicos. Las estadísticas en la Argentina (1990-2010), Fondo de Cutura Económica, Buenos Aires.

De San Martin, Raquel, (2017), “ Elogio de la ignorancia. Los riesgos del antiintelectualismo” en diario La Nación, domingo 28 de mayo de 2017 http://www.lanacion.com.ar/2027176-elogio-de-la-ignorancialos-riesgos-del-antiintelectualismo

Fukuyama, Francis (1992), The end of History and the Last Man, New York Free Press, New York.

Karsenti, Bruno (2013), D’une philosophie à l’autre. Les sciences sociales et la politique des modernes, NRF, Gallimard, Paris.

Quattrociocchi, Walter, (2017) “Désinformation sur les réseaux sociaux”, en Pour la Science, nº472, Paris.

Rancière, Jacques (1996), El desacuerdo. Política y filosofía, Buenos Aires, Ediciones Nueva Visión

Roig, Alexandre (2016), La moneda imposible. La convertibilidad argentina de 1991, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires.

Zuleta, Estanislao (2007), Elogio de la dificultad y otros ensayos, Hombre Nuevo Editores, Medellín

 

[1] Investigador del Centro de Estudios Sociales de la Economía IDAES-UNSAM / CONICET

[2] Doctoranda en sociología IDAES-UNSAM

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