El Eros virtual: la estetización de la vida cotidiana

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Por Leda Martyniuk[1]

 

La estetización de la vida cotidiana en las redes sociales plantea nuevas formas de encuentro bajo ciertas premisas que interpelan subjetividades constituidas a través de imágenes y relatos mostrando fragmentos de una vida, fragmentos de lo íntimo en lo público. En este sentido, Paula Sibilia (2008) hace un particular hincapié sobre este movimiento en la cultura y la sociedad posmoderna, que avanzó desde el correo electrónico como una poderosa síntesis entre el teléfono y la vieja correspondencia cuya fuerza supera las ventajas del fax difundiéndose a toda velocidad, multiplicando la cantidad y celeridad de contactos, conformando una especie de red. Rápidamente surgieron los chats, convirtiendo las pantallas de las computadoras y los celulares en canales comunicacionales que acortan distancias.  Miles de jóvenes hablando al mismo tiempo, en un mismo chat, sin conocerse más que por la pantalla donde la imagen es lo único que tiene relevancia. Hoy, las redes sociales como Facebook, Instagram, Twitter, Tinder, etc., se han convertido en espacios para el encuentro (o desencuentro). Esto da lugar a la labilidad de los lazos sociales, volviéndose el Otro totalmente prescindible e intercambiable.

Se han perdido por completo las intensidades de la vida. Han cedido paso al consumo y a la in-comunicación. Incluso el Eros ha cedido paso a la pornografía. Lo que antes cobraba un valor erótico por permanecer sensible y velado, hoy se transforma en obsceno, pornográfico y transparente. El encubrimiento forma parte esencial de lo erótico. El lugar más erótico es aquel donde la vestimenta se abre, aquella zona que se encuentra entre dos bordes (la camisa entreabierta, el guante y la manga), el entre.

Hoy las cosas sólo tienen valor si son vistas y expuestas, si acaparan la atención. Nos exponemos convirtiéndonos en mercancía. Originalmente, la palabra producción no significa fabricación sino exhibir, hacer visible. Este nivel semántico aún sigue vigente en francés. Se produire   significa   presentarse, dejarse ver.  Las redes sociales se han convertido en un gran confesionario de imágenes donde los cuerpos se enredan entre sí pero no se encuentran, están inhibidos, a un click de distancia. Nos conformamos con un simple like, con un stalkeo. Ocultar, retardar y distraer son estrategias espacio temporales de lo bello. Ser bello es, básicamente, estar velado, apartado silenciosamente.  Ya la intimidad del amor elimina esa distancia secreta que es esencial para la seducción. Finalmente, la pornografía la hace desaparecer por completo. Esto conduce a que lo público y lo privado se mezclen. La comunicación digital fomenta esta exposición pornográfica de la intimidad. El medio digital es un medio de presencia permanente siendo su temporalidad el presente inmediato. Exigimos que el Otro nos vea pero al mismo tiempo nos angustiamos cuando la doble tilde azul del Whatsapp indica que el mensaje fue entregado, leído pero no contestado. ¿Por qué necesitamos esa respuesta? Hoy no nos comunicamos sino que nos conectamos, nos relacionamos a través de redes donde estamos todos entrelazados pero sin mirarnos a los ojos, sin hablarnos, ensimismados en un goce autoerótico difícil de percibir. La excesiva visibilidad del objeto destruye la mirada. Lo único que mantiene despierta la mirada es la alternancia rítmica de presencia y ausencia, de encubrimiento y desvelamiento. El cuerpo se ha transformado en una red y el touch es su principal herramienta. Los dispositivos móviles van adquiriendo nuestras formas a tal punto que llegan a ser extensiones de nuestros propios cuerpos. ¿Quién no ha sentido un enorme vacío al perder el celular?

Byung-Chul Han (2014) sostiene que nos encontramos ante una sociedad sin respeto que conduce hacia el escándalo (o hacia el espectáculo, si seguimos los estudios realizados por la antropóloga Paula Sibilia). El respeto y el distanciamiento es fundamental para que lo público pueda darse. Hoy en cambio, reina una total falta de distancia en donde la intimidad es expuesta públicamente y lo privado se hace público de esta manera. La comunicación digital deshace las distancias y las redes sociales se transforman en aquel no-lugar donde todos se conectan. Las amistades y los amores en aquel espectro cambiaron de roles y comenzaron a adquirir la función de incrementar el sentimiento narcisista constituyendo una muchedumbre que aplaude y que presta atención a un ego que se expone para venderse ante la mirada de quien sea, de cualquiera.

En definitiva, presenciamos una época en donde se configura la existencia a partir de la mirada del Otro y es justamente esa mirada particular la que produce una transformación en los cuerpos y los ideales donde se imprimen las nuevas subjetividades. Los individuos se relacionan entre imágenes, de acuerdo a prácticas de consumo establecidas. Es por esto que toda relación social es imaginal, según sostiene el sociólogo Esteban Dipaola.

“Las producciones imaginales se especifican en prácticas de consumos, circuito de las modas, publicidades y diseños, prácticas y eventos artísticos, gustos y preferencias, vestimentas y objetos portados, redes virtuales y formas de aparición en los vínculos públicos”

(Dipaola: 2018, 18/19)

El sujeto del capitalismo posmoderno disemina el lazo social entre múltiples pertenencias identitarias posibles, una diversidad de relatos, y hace del goce del Otro un devenir estético, produce al Otro como un sujeto siempre nuevo y al mismo tiempo se imprimen dentro de sí las particularidades de aquellos que lo rodean. Convendría, entonces, pensar al sujeto como un devenir constante que se anuda en el lazo social para retornar siempre como un sujeto del Otro. Por otra parte, el “malestar en la cultura” indica que las lógicas del consumo actual desplazan el encuentro con un otro real para encontrarse con un  gadget,  una pantalla que nos dice cómo se goza, que estamos pensando, que sentimos, dónde estamos y hasta qué comemos produciéndose así una cultura de la inmediatez de los lazos. Un falso-enlace, una falsa-cara que hay que mostrar o simular pero ¿ante quién?

Las prácticas de consumos, las maneras de vestirse, las modas, los diseños, etc., se constituyen como modalidad identitaria que organizan y flexibilizan. Estos mecanismos forjan el ser del sujeto.  La cena está servida, tenemos hambre pero sin embargo antes de probar bocado, antes de desarmar la estética de la comida hay que capturarlo y exponerlo.

Mostrar lo que comemos y dónde lo comemos se transformó en una práctica habitual de la generación nacida en épocas ya digitales. Las necesidades cambiaron y el tiempo se detiene. Ya no son dos en la mesa, sino que comparten la comida con los 5.000 amigos que espían tras la pantalla. Por otra parte, hay que decir que un juicio estético presupone una distancia contemplativa que el arte de lo transparente elimina. Lo bello digital se agota en el like. La estetización demuestra tener el efecto de anestesia. La permanente presencia pornográfica de lo visible destruye lo imaginario. La vita contemplativa presupone un mirar especial:

    “Aprender  a mirar significa acostumbrar el ojo a mirar con calma y con paciencia, a dejar que las cosas se acerquen al ojo, es decir, educar el ojo para una profunda y contemplativa atención, para una mirada larga y pausada”

(Byung-Chul Han: 2017,  49)

Del otro lado del arte contemplativo se encuentra la selfie. La estética del primer plano refleja una sociedad que se ha convertido ella misma en una sociedad del primer plano, amante de sí misma. Gracias a la digitalización total se alcanza una absoluta subjetividad en la que el ser humano se vuelve autorreferencial y narcisista. Ya los gestos son vagos,  el fin no consiste en comunicar sino en mostrarse, exhibirse y gozar con cada cuota de ego que se vierte. Esto tiene que ver con la misma inconsistencia que el yo dispone, es inestable y frágil como el mismo material que contiene la pantalla. En el primer plano, al rostro se lo satina hasta convertirlo en una llanura, una faz, face. La intencionalidad de la exposición destruye toda interioridad.

Byung-Chul Han (2014) contrapone lo bello natural con lo  bello digital. En este último, dice, la negatividad de lo distinto se ha eliminado. Su signo es la complacencia sin negatividad. A lo bello natural le es inherente una lejanía mientras que la retina digital transforma el mundo en una pantalla de imagen y control. En este espacio autoerótico de visión, en esa interioridad digital no es posible ningún asombro. La transparencia se lleva mal con la belleza. El misterio, el enigma y lo secreto son propios de la naturalidad.

“La creciente estetización de la  cotidianeidad  es justamente lo que hace imposible la experiencia de lo bello como experiencia de lo vinculante. Lo único que engendra dicha estetización son objetos de agrado pasajero”

(Byung-Chul Han. 2015, 109)

Hay un intervalo entre lo que vemos y lo que nos mira, hay una dialéctica visual y   justamente es aquel entre tiempo lo que lo torna espec(tacu)lar. El espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes.[2] En “La sociedad del espectáculo”, Guy Debord aborda la temática con un epígrafe de Ludwig Feuerbach publicado en 1841 pero que caracteriza netamente a la sociedad actual. Cito: “Y sin duda nuestro tiempo prefiere la imagen a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad, la apariencia al ser. Lo que es sagrado para él no es sino la ilusión, pero aquello que es profano es la verdad. Más aún, lo sagrado se engrandece  a sus ojos a medida que decrece la verdad y que la ilusión crece, tanto y tan bien que el colmo de la ilusión es también para él el colmo de lo sagrado.”[3]

Gilles Deleuze (1996) desarrolla esta idea aludiendo a que todas las imágenes poseen un momento virtual y un momento actual. Las imágenes virtuales reaccionan por sobre la actual. Hay un desplazamiento en la imagen, una superposición entre la virtualidad y la realidad de una imagen. Claro es el ejemplo del espejo donde ésta imagen cobra actualidad a su vez que virtualiza esa posición. La clave es lo que está en el medio, en esa dialéctica está el lenguaje, la representación de la imagen.

La sociedad del espectáculo

Roland Barthes en su texto “La cámara lúcida” (1990) relata su proceso de duelo a partir de una fotografía de su madre y así enlaza con la fotografía analógica una forma de vida para la que es constitutiva la negatividad del tiempo en contraposición a la imagen digital que se halla en total conexión con el devenir estético y el envejecimiento. Para ese entonces, ya había definido a la esfera privada como esa zona del espacio y del tiempo en la que no se es una imagen o un objeto. Hoy esa definición de lo privado quedó atrasada, arrasamos con lo privado.

Como la fotografía es contingencia pura (y no puede ser otra cosa ya que siempre hay algo representado) -contrariamente al texto- revela enseguida el detalle. A veces, las fotos analógicas se ven cargadas de nostalgias, de recuerdos, de olores y dolores. Se guardan en cajones, en álbumes, se recortan, los enojos, las tristezas, los que ya no están y los que nunca estuvieron. Permanece inmóvil como si el tiempo se hubiera detenido en aquella imagen. La fotografía digital cuestiona esa verdad de la foto. Pone fin al tiempo de la representación marcando el final de lo real. En ella no está contenida ninguna indicación del referente real. Así, la foto digital se acerca  a la pintura ceci n` est pas un pipe (esto no es una pipa) a la cual hace referencia, claramente, Barthes cuando dice que en la fotografía una pipa es siempre una pipa.[4] 

Este cuadro, pertenece a la serie de imágenes de René Magritte conocida como “la traición de las imágenes”. Aquí vemos claramente lo que la inscripción nos está negando. Vemos una pipa mientras el rótulo nos dice que no es tal cosa porque no es una pipa, es una representación de una pipa. El propio artista sostenía que si hubiera escrito “esto es una pipa” habría mentido. La idea era la de provocar una sensación en el espectador de incredulidad y negación de la imagen. Otra cuestión es la importancia de la subjetividad del espectador en la interpretación del cuadro. ¿Qué pasaría con cada uno de nosotros si el cuadro no tuviera dicha inscripción?

 

 

Referencias Bibliográficas:      

BARTHES, Roland (1990) La cámara lúcida. Editorial Paidós

DEBORD, Guy (1967) La sociedad del espectáculo. Ediciones Naufragio.

DIPAOLA, Esteban (2018). Producciones imaginales. Cultura visual y socialidad contemporánea. Buenos Aires: La cebra.

HAN Byung-Chul ( 2015) La salvación de lo bello. Editorial Herder

HAN Byung-Chul ( 2014) En el enjambre. Editorial Herder

 

[1] Licenciada en Psicología con orientación psicoanalítica.  Integrante del Equipo Interdisciplinario de Intervención en Cárceles del Ministerio Público de la Defensa de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Intervención psico-social de población vulnerable. Co-autora del libro consumos problemáticos. Del fenómeno social a la operación singular publicado por la editorial Letra Viva. Algunos de sus artículos publicados son “La erosión del Otro en la era digital”, “Intimidad(es) Lecturas psicoanalíticas sobre lo íntimo”, “Intimidades de cristal ¿un síntoma de la época?”, “La mujer y la escritura”.

[2] Guy, Debord. La sociedad del espectáculo, Ediciones Naufragio, 1967, p. 9.

[3] Ibíd., p.7.

[4] Roland, barthes. La cámara lúcida, Editorial Paidós, 1990, p.30.

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