“La base política de Barbieri quiere tener un vínculo aceitado con Macri”

Entrevista con Federico Schuster[1]

Por Andrés Scharager[1] y Ana Clara Azcurra Mariani[2]

En esta entrevista con Épocas, Federico Schuster, graduado de la UBA y doctor por la Universidad de Essex, analiza los cambios recientes en el sistema universitario nacional y se focaliza en los desafíos que, a su juicio, enfrenta la Universidad de Buenos Aires en la actualidad.

Ex decano de la Facultad de Ciencias Sociales de esa casa de estudios, Schuster es representante del claustro de profesores por la minoría en el Consejo Superior de la UBA. En 2013 fue candidato a Rector y hoy es referente del espacio de oposición “Otra UBA es posible”.

É: La primera pregunta que te queríamos hacer tiene que ver con la nueva coyuntura política, un nuevo ciclo que se abre a nivel nacional y que trae a colación la cuestión de la relativa autonomía o no que tiene el mundo universitario con respecto al mundo político extra universitario. En ese marco, en cuanto a lo que ha pasado en los últimos doce años a nivel nacional, ¿cómo evaluás las políticas que se dieron para la educación superior en general?

FS: En general, considerando los ciclos históricos argentinos, yo creo que el balance general es bueno porque me parece que la Universidad tuvo sentido en estos años. Después uno podrá discutir siempre ese sentido, pero hasta ahora, la verdad que desde el ’83 para acá no se había sabido cuál era el sentido que el Estado Nacional le asignaba a la Universidad. El sentido que se le asignó en estos años ha sido doble. Por un lado, motor del desarrollo desde el punto de vista de la producción del conocimiento unido al sistema científico tecnológico, y por otra parte, motor de inclusión sobre la base de la ampliación del derecho a la educación superior. Yo creo que esas dos cosas son muy importantes, son muy buenas y muy valiosas. No las había habido incluso en la gestión de Alfonsín que fue una gestión que en principio tuvo una buena voluntad hacia la Universidad pública, pero de alguna manera en la idea de la autonomía universitaria no incluyó a la Universidad en el proyecto de país. Luego vino el modelo playa de estacionamiento, con pretensiones privatistas que nunca se llegaron a concretar del todo aunque el daño fue grande en el tejido de la vida universitaria. Terminó siendo una playa de estacionamiento por la enorme cantidad de jóvenes desocupados que, frente a la situación de que no tenían trabajo, encontraron en la Universidad un espacio donde por lo menos tener cierta contención. De eso hay estudios, que en su momento había hecho la Secretaría de Planificación de la UBA, que mostraban que la curva de crecimiento de la matrícula de la UBA era proporcional a la curva de crecimiento del desempleo. Me parece que ese es el valor más grande que tuvo la política en estos años.

Después, me parece que ha habido un desencuentro entre Universidad y Estado. Por ahí es todavía temprano para saber por culpa de quién. Probablemente, como suele suceder en las relaciones, por culpa de ambos. El Estado nunca supo bien cómo vincularse con la Universidad, y era mucho más fácil con las universidades creadas directamente por el Estado -que entonces tenían un vínculo político más directo-, y mucho más implícito en las universidades más tradicionales, con su propia historia, y particularmente con la UBA. Me parece que dentro de ese marco de sentido establecido, lo que faltó es un potenciamiento de la oportunidad que la Universidad podía dar.

El Estado nunca supo cómo manejarse con la autonomía. El peronismo tiene una tradicional relación conflictiva con la autonomía universitaria. La relación política que en general conciben los gobiernos peronistas es un vínculo político directo, y con la autonomía hay que tener un vínculo político mucho más mediado e indirecto. La verdad es que lo que se tendría que haber hecho es una mesa de rectores y que hubiera un espacio donde estuviera el Ministerio de Educación y otros ministerios, dialogando y negociando de manera que las universidades pudieran mantener su autonomía y decidieran qué cosas aportaban y qué cosas no, pero al mismo tiempo que efectivamente el Estado pudiera tener proyectos. Y la Universidad también se retrajo en ese punto y esperó todo del Estado, curiosamente, y la Universidad Pública tiene también una deuda con este tiempo respecto de la falta de aportes en un debate sustantivo, crítico, que hubiera sido muy relevante. La idea de que las universidades deben ser consultoras privilegiadas del Estado está muy bien, pero eso es una cuestión técnica de base. La Universidad tiene que poder aportar análisis y debates críticos sustantivos, y ahí hay una deuda de la Universidad.

Después ha habido en general, en ese contexto de darle sentido a la Universidad, un buen aumento del presupuesto universitario. Siempre podría haber sido mayor, tenemos que llegar al 1% del PBI. Ahora probablemente el PBI empiece a decrecer, pero digamos que en términos de un proyecto de desarrollo me parece que habría que pensar en que la Universidad tuviera -así como se habla de un 8% y hasta un 10% del PBI para la educación en general- que pensar en un proyecto interesante en un plazo razonable, para llegar al 1% del PBI por lo menos como piso. Eso todavía es una deuda. Mejoraron mucho los salarios pero luego se estancaron, en 2015 de alguna manera se mantuvieron, no volvieron a caer, pero en 2013/2014 la curva del salario docente se frenó y eso siempre tiene un costo y es pagar menos. El balance es positivo pero por supuesto hay muchas cosas que se podrían revisar.

É: Ya que hablás de algunos aspectos cuantitativos de las políticas de educación superior, quizás una de las políticas más resonantes fue la apertura de muchas más universidades. ¿Cómo ponderás la apertura de estas nuevas universidades? ¿Creés que acaso la UBA se vio tensionada por la apertura de estas universidades, particularmente en el conurbano?

FS: Yo creo que la UBA se vio tensionada por la apertura de las universidades de los años ’70, y todavía no se acostumbró a eso. Así que mucho menos a éstas. La UBA tiene un problema serio porque aún vive como si estuviera en el sistema de siete universidades nacionales y hoy hay más de cincuenta. La UBA imagina un mundo que ya no existe, en el que hay grandes universidades nacionales que conviven e interactúan: Córdoba, Litoral, Buenos Aires, La Plata, Cuyo, Tucumán. Ese mundo de universidades nacionales, que de alguna manera abarcan el territorio argentino, no existe más. La universidad hoy está regionalizada, y la UBA tiene que pensar cuál es su lugar en esa regionalización y tiene que adaptarse. Efectivamente, no ha podido procesar tener tantas universidades cerca, justo por los lugares del conurbano bonaerense donde tiene impacto directo la UBA.

Eso ha sido malo para todos, porque si bien uno puede tener una mirada crítica respecto de en qué medida existe la base de profesores formados para abrir universidades, al mismo tiempo lo que se ve como resultado es que muchos jóvenes que no tenían destino universitario, porque no venían de familias universitarias y probablemente no hubieran ido a la universidad, están yendo, y eso es un punto muy importante y muy valioso. Es un elemento muy a favor de la creación de universidades. En ese contexto, lo mejor que podría haber hecho la UBA era ayudar a esas nuevas universidades, sentarse en la mesa del Área Metropolitana de universidades. Las universidades del Conurbano tienen una doble mirada con eso, por un lado se quejan de que la UBA los ningunea pero por otro lado les da miedo que la UBA se siente con ellos porque es un monstruo que tienen miedo de que se los devore, especialmente las más nuevas, muy chiquitas. Pero yo creo que con una buena actitud, es posible. La UBA debiera sentarse a la mesa y ayudar a las universidades del Conurbano en términos de que hoy hay que pensar un complejo universitario, como ha retomado recientemente Judith Naidorf, para no usar la palabra sistema que es tan tecnocrática.

Me parece que la UBA debiera ser un actor positivo del complejo universitario, que ayudara al resto a crecer, a desarrollarse, a mejorar y que se pudiera llegar a acuerdos conjuntos en términos de pensar entre todos cómo garantizar el derecho a la educación superior. Por ahí hoy las cosas son más complejas, pero me parece que el escenario, por lo menos hasta el final de 2015 era éste, había condiciones con una actitud proactiva del complejo universitario para avanzar en la garantía del derecho a la educación superior para crecientes números de personas. Ese es un elemento que hay que pensar en conjunto, no lo puede pensar una universidad sola y la UBA todavía no se acostumbró a pensar con las demás, piensa sola y eso ha sido muy negativo para la UBA y para el resto.

É: Pasando de los debates intra universitarios a los debates entre Universidad y sociedad. ¿Qué papel social le cupo a la UBA en los debates públicos en general? ¿Qué limitaciones tuvo? ¿Cuáles fueron las potencialidades? 

FS: Tendiente a cero. Me parece que la UBA en eso tiene una deuda inmensa. La Argentina tuvo en estos años grandes debates, probablemente ahora arranquen otros. Siempre hay grandes temas. En los años anteriores, por ejemplo un tema de base, fundamental, era el del conflicto entre desarrollo y medio ambiente. Ese tema es crucial, me parece que nosotros podemos demandar a los gobiernos que se ocupen de ese tema pero me parece que las universidades no pueden mirar para otro lado. La Universidad debería haber elaborado documentos sustantivos, abiertos al debate general, aportados al Estado. Después, si el Estado los toma o no los toma, es algo que probablemente se haga más difícil de decidir, pero no podés no elaborar esos documentos.

En Argentina tenemos un atraso en el proyecto educativo. Con todo lo que se ha avanzado en los años anteriores, no se avanzó en el debate sobre qué educación. Seguimos con el positivismo emparchado del siglo XIX, a veces para bien, a veces para mal, a lo largo del siglo XX. Pero, ¿cuál es la educación del siglo XXI? ¿Qué proyecto educativo vamos a tener? Ese es un debate que me parece que la Universidad debiera dar. Tenemos problemas en el sistema de salud. La inversión en salud en Argentina en términos globales es muy grande, tanto público como privado, y el sistema no está a la altura de las garantías y los derechos que da a las personas respecto de esa inversión. El tema de la reforma del sistema jurídico, un tema fundamental del Poder Judicial, un tema de enorme importancia. Hay que ser muy conservador y seguramente los que tienen intereses directos en el Poder Judicial no quieran una reforma pero toda la sociedad debe demandar una reforma. Es un tema crucial. Y debiera haber sido la Universidad la que llevara adelante un proyecto interesante, complejo, valioso. Como eso, muchísimos temas sobre los que se podrían llevar adelante discusiones que podrían ser de la Universidad de Buenos Aires e incluso hacer algunos ejercicios de trabajar con otras Universidades en red, pensando en esos aportes. Todo eso, que la Universidad se plantara con aportes interesantes y valiosos, no se ha hecho, no se está haciendo y lamentablemente por el momento no se va a hacer.  He hablado con rectores y rectoras de otras universidades y ellos mismos decían que sentían que tenían una deuda, así que mucho más la UBA.

Los aportes que ha hecho la UBA han venido por el lado de las investigaciones particulares, de algunos avances en extensión pero también en términos de cuestiones fragmentadas. Pero además la Universidad, particularmente la UBA, tiene condiciones para producir documentos muy importantes para favorecer debates que si se hubiesen dado -tampoco quiero ser un iluminista extremo porque no se puede llegar a un extremo de confianza en la producción de ideas y de conocimiento-, pero no cabe duda que sí se hubiesen enriquecido muchos debates y me parece que se hubiera aportado en el campo del conocimiento social, a pensar cuestiones que son críticas y que están atravesando a buena parte de lo que han sido los gobiernos con alguna vocación transformadora en América Latina y que tienen esos conflictos. En muchos casos se ha avanzado menos de lo que se debiera o de lo que se podría si uno hace un análisis de estructura. Pero me parece que la Universidad tiene condiciones que no tienen los gobiernos: la posibilidad de tener tiempo y de no tener, en principio, conflictos de intereses para desarrollar ese tipo de productos.

É: A fines del año pasado se anunció que el actual Rector de la UBA, Barbieri, sería Ministro de Educación de un eventual gabinete de Daniel Scioli. ¿Qué tipo de relación evaluarías que se forjó durante estos últimos años entre la dirigencia de la UBA y el poder político en general?

FS: Muy por debajo de la mesa. La UBA siempre ha tenido compromisos políticos, miembros, y eso está bien. Lo importante es que sea claro y transparente. La gente que llega a los niveles altos de la Universidad se supone que tiene alguna formación política y por lo tanto interés en algún compromiso político. Lo que sí me preocupa es que eso no sea claro y transparente y que comprometa al conjunto sin que eso se abra a un debate, y además que la Universidad mantenga su autonomía.

Me parece que no ha habido situaciones demasiado graves en ese punto, más bien lo que ha habido son cuestiones puntuales. La UBA ha tenido una circunstancia en estos años que es que en general el gobierno kirchnerista no la consideró demasiado. Me da la impresión de que para la idea que ellos tenían de Universidad, la UBA estaba perdida. De lo que se trataba era de mantenerla tranquila, la UBA marchando contra el recorte presupuestario de López Murphy es una imagen que ha quedado muy grabada en la retina de mucha gente y entonces un poco la idea era tratar de tener una relación con los rectores, que se pueda hablar, y no nos metamos, hablemos con otras universidades. No sé si eso está incentivado por el hecho de que tanto los dos presidentes del período kirchnerista, Néstor Kirchner y Cristina Fernández, eran egresados de la Universidad de La Plata. Es el clásico de barrio. La Universidad de La Plata tuvo un vínculo muy directo con el gobierno y hubo proyectos muy importantes vinculados a ella y no los hubo tanto con la Universidad de Buenos Aires. No sé si eso está bien o está mal, no tengo juicio en eso, pero sí me parece que la vinculación, si bien Hallú se dice peronista y yo sé que participaba de reuniones con funcionarios del gobierno, no se avanzó mucho más que eso.

La situación de Barbieri, que en ese sentido es un tipo con mucho más vínculo político que el que tenía Hallú -a quien centralmente le interesaba no su proyecto personal sino tratar de poder llevar adelante su tarea como Rector de la UBA-, Barbieri sí tiene un proyecto político personal. Terminó siendo una especie de paso de baile poco afortunado el que da, le salió caro a Scioli anunciar el gabinete antes de tiempo y le salió caro a Barbieri porque quedó pegado a un proyecto político que termina derrotado, que ahora está en una posición, para decirlo suavemente, incómoda.

É: ¿Y qué hay de la relación de la UBA con el llamado poder económico? Sea el mercado en general o algunos sectores empresariales: mineras, exportadoras de granos, laboratorios. ¿Qué tipo de relación guardó la UBA con estos sectores de poder?

La UBA no tiene en general, por suerte, una relación estrecha con los sectores de poder. Eso no quiere decir que no haya núcleos específicos que sí la tengan. De hecho, lo que estamos viendo ahora es que los sectores de poder están llevando adelante, hace algún tiempo, una fuerte campaña en contra de la Universidad pública en general y de la UBA en particular, y a favor de las universidades privadas. Las grandes empresas, las grandes corporaciones y los sectores de poder económico sienten hacia las universidades privadas un poco lo mismo que el kirchnerismo sentía hacia las universidades que crearon durante su gestión. La sensación de confianza, de cercanía, de poder hablar el mismo idioma. Eso con la UBA en general no se ha dado.

Eso no quiere decir que no haya relaciones discutibles. Hay una manera de meterse en la autonomía que es retacear los fondos. Te doy menos. Es jugar con un recurso, como hacen los presidentes con los gobernadores, por el cual de alguna manera me meto en tu vida universitaria. Otra de las cuestiones que se objetaba mucho es que todas las obras pasaban por el Ministerio de Educación y en último término por el Ministerio de Planificación del gobierno anterior. Algún rector por ahí decía que eso afectaba la autonomía porque en realidad el Estado tenía que darle  la plata a la UBA y la UBA decide en qué la usa. Considerando lo poco acertado de algunas decisiones políticas de la UBA, a veces me alegraba de que al menos uno supiera que tal dinero era para tal obra. Después habría que ver si efectivamente ahí hay un abuso de poder. Si yo decido si la obra te la doy o no en lugar de discutir el presupuesto general, entonces obviamente me estoy metiendo. Esas son cuestiones que se pueden considerar pero me parece que no ha habido una afectación importante o central de la autonomía en esos años.

Lo que nunca se ha planteado debidamente es la otra autonomía: la autonomía del mercado. Porque la universidad tiene que ser autónoma del mercado y del Estado. Y eso es algo que nunca se ha planteado claramente en las autoridades universitarias y a veces lleva a traspiés. No me parece mal que uno pueda tener diálogo con las grandes asociaciones empresarias, discutirles desde tu posición, pero lo que nunca podés hacer son convenios que te pongan preso de proyectos ajenos. Especialmente proyectos de grandes corporaciones que suelen ser contrarios a los intereses universitarios. Y la UBA tiene a través de algunas de sus facultades convenios con Monsanto, por ejemplo. Monsanto es una trasnacional que afecta enormemente a los pequeños productores y afecta en general al propio interés mayoritario de los trabajadores argentinos. Ese tipo de cosas, que no son generalizadas, son peligrosas. Lo que veo es que eso, en lugar de reducirse, me da la impresión de que está aumentando. Hoy la participación de la UBA en proyectos vinculados al Banco Santander me parece que debe llamar la atención. El Banco Santander tiene los intereses de un banco trasnacional, no tiene los intereses puros del conocimiento. Hasta ahora no habíamos visto cuáles eran las consecuencias efectivas pero ahora empezaron a aparecer. El manejo de los sueldos de la UBA es un negocio monumental. Inmediatamente una vez que un banco tiene el control del pago de sueldos, da créditos personales, tarjetas de crédito, es un movimiento de dinero inmenso y en el caso de la UBA, muy grande por la cantidad de trabajadores docentes y no docentes que tienen las universidades.

Ahora ha aparecido una nueva etapa, a través de la red de universidades que auspicia, financia y sostiene el Banco Santander, la UNAM, la Universidad de San Pablo, la UBA y varias universidades españolas, ahora se ha hecho un consorcio en relación con el Instituto Cervantes de España que es una trasnacional del lenguaje. Es un caso muy interesante. Se habla del poder simbólico y del poder material, entonces cuando vos encontrás un caso, como son los medios de comunicación o el Instituto Cervantes, da para análisis en las ciencias sociales inmensos. La UBA firmó en un convenio un memorándum de entendimiento donde participa la UNAM, la UBA, la Universidad de Salamanca y el Instituto Cervantes, y parece que está Telefónica dando vueltas por ahí. Detrás del Instituto Cervantes está la corona de España, la Real Academia y las empresas españolas trasnacionales. Y el Instituto Cervantes es por un lado un generador de dinero porque enseña y hasta dicta el idioma español en todo el mundo y por otro lado es un generador de control simbólico de España sobre el español. A lo que hoy es América nadie le preguntó si quería hablar español, vinieron los colonizadores y decidieron que acá se hablaba español, y lo decidieron con la espada y con la sangre. Bueno, muy bien, hablamos español. Una vez que hablamos español, tenemos el derecho de hablar nuestro español, de controlar nuestro español. Hay lingüistas que dicen que ni siquiera hay que hablar de español, que hablamos un dialecto del castellano. El Instituto hoy barre con todo lo que se ha venido haciendo en Argentina hace varios años en la construcción de un consorcio argentino con vocación latinoamericana para la acreditación y la enseñanza de la lengua española para extranjeros, pensando en apropiársela de algún modo, de una manera de hablar, de escribir y también para alimentar el gran negocio del Instituto Cervantes a nivel mundial. La UBA se sienta con el Instituto Cervantes y al hacerlo abre el juego de la convalidación de esos intereses. Ahí hay un problema. Eso, Monsanto, etc., no son situaciones generalizadas, que toda la UBA esté entregada al gran capital. Pero son situaciones complejas, esta última además involucra no sólo a una facultad sino a toda la UBA. La Facultad de Filosofía y Letras rechazó ese memorándum de entendimiento por unanimidad de su Consejo Directivo.

Tenemos un problema de acceso de los trabajadores, de los sectores populares, es una Universidad que se ha consolidado más bien como de clase media. En la otra punta las élites sociales y económicas han abandonado la UBA. Y tiene consecuencias. En parte te evita el tema de que esas élites quieran controlar la Universidad pero al mismo tiempo tiene el tema de que evidentemente la Universidad deja de tener interés para esos sectores y también es algo que uno debe considerar y analizar. Las grandes corporaciones nos han concedido la gracia de no ocuparse tanto de nosotros, con lo cual evitan que algunos funcionarios desesperados por conseguir dinero, con buena intención algunos, para hacer gestión, etc., terminen firmando cualquier convenio con cualquiera. Y sin embargo, aun en ese contexto, la Universidad no asume una posición clara y definida de autonomía respecto del mercado y enfrenta los temas en los que está.

Respecto de las mineras, ha sido una cuestión más ideológica que material, porque la verdad que más allá de ese famoso dinero que el Estado aportó distribuyendo los fondos que le correspondían a la Universidad de Tucumán, no ha habido grandes dineros para la UBA en vinculación con las mineras. Incluso así, ¿cuál es el sentido de no poder poner una posición clara respecto de la explotación de las trasnacionales mineras? La UBA sacó una declaración criticando cuando fue el tema del vuelco de cianuro de la Barrick Gold, pero fue una cosa puramente declarativa y light. Una de las cuestiones por las que una universidad tiene que ser autónoma del mercado, de las corporaciones, es porque cuando corresponde, tiene que poder salir a poner en cuestión eso. Si la Facultad de Farmacia tiene convenios con los grandes laboratorios, y los grandes laboratorios ponen en peligro la salud pública, ¿cómo hace la Facultad que depende  de esos dineros para mantenerse, para salir a decir esto está mal? Es un punto en que la Universidad, como en estos años hubo más dinero, eso se aquietó un poco. Lo que no hay es una conciencia clara de ese punto.

É: Decías que es esperable y hasta natural que los sectores más altos dentro de la dirigencia de la UBA tengan vínculos con la política extra universitaria. Es sabido que el Rectorado se sostiene por una red de acuerdos entre sectores referenciados en el socialismo, en el radicalismo, en el peronismo, en el Pro. ¿Cómo describirías esta alianza que se sostiene hace varios años en la conducción de la Universidad? ¿Creés que existieron vaivenes en la vida política intra universitaria con respecto a los movimientos políticos exteriores a la UBA?

FS: No cabe duda que por más que la UBA sea un monstruo, sea inmenso, tenga su propia vida y su propia fuerza, los acontecimientos externos impactan. Los cambios políticos generales tienen impacto directo, y los actuales los tienen.

En general, la Universidad de Buenos Aires ha sido históricamente vinculada a un sector del radicalismo que con el tiempo, en algunos casos, se ha mantenido dentro del partido, pero en muchos casos directamente en general lo que se han armado son grupos de intereses. Es decir, grupos que han consolidado cierto interés de control político de la universidad y lo quieren reproducir y mantener. Esos sectores siguen gobernando la universidad. En estos años siempre prefirieron tener un rector peronista, para tener un buen vínculo con el gobierno porque lo que ellos plantean es que los principios políticos no son tan importantes como para poner en riesgo el ingreso de fondos. Ahora eso ha generado alguna situación de conflicto, porque la base política directa del rector Barbieri quiere tener un vínculo aceitado y directo con el gobierno de Macri.

É: ¿Pensás que pueden venir cimbronazos a partir del nuevo escenario nacional?

FS: Hay tensiones. En la universidad nunca podés decir si hay cimbronazos o no porque el temor al cambio es muy grande, porque en general quien llega a un nivel de poder alto, como decano, consejero, etc., genera conservadurismo. El gran temor es que cualquier movimiento que cambie la base de la organización universitaria, te va a dejar sin el lugar al que accediste. Esto vale tanto para las personas pero especialmente para los grupos que tienen el control en las facultades y que después hacen alianzas para controlar la Universidad.

Hoy hay tensiones porque hay decanos que son herederos de la tradición del período anterior y se sienten identificados con un horizonte político que alentó su llegada en lo que tenía que ver con el kirchnerismo y siguen siendo decanos. Algunos tendrán más facilidad de aggiornarse al nuevo escenario, hay gente que por ahí es más marxista en eso, marxista de Groucho Marx, puede decir “estos eran mis principios pero también tengo estos otros”, y hay gente que no, hay gente que por más que por ahí tenga perfil bajo y trate de no andar a los gritos, no se sienten cómodos en el nuevo escenario. Hay tensión entre decanos kirchneristas, peronistas y los que quieren vincularse rápidamente al nuevo gobierno. Con un rector que quedó pegado al candidato que perdió, por lo cual es una figura incómoda para el Ministerio y para los propios colaboradores. La gente que está con él quisiera poder tener un vínculo de afinidad con el Gobierno que con el rector allí no pueden tener. Van a ser dos años de tensiones.

En la Universidad, los períodos de gobiernos son de cuatro años, en los primeros dos años nadie sale a decir nada, no pasa nada. Son los años de acumulación. El tercer año empieza el movimiento político; el cuarto año ya es totalmente a flor de piel. Sumado a que este año empieza el movimiento político de la sucesión, a que el cambio político general ha generado tensiones. ¿Cuál sería el escenario más normal en principio? Y, que el rector, en el nuevo escenario, dijera “salió mal, se tiraron los dados, no salió el número que yo quería, termino mi gestión lo más dignamente que pueda y me voy a mi casa”. Pero este no es un rector con esas características, tiene vocación de mando, vocación personal, entonces no se va a querer ir tan sencillamente. Va a tratar de en estos dos años de gestionar, recuperar terreno. Y adentro tiene un bloque con enormes tensiones y conflictos internos. Gente que quedó de alguna manera todavía más afín al kirchnerismo, gente que se siente que ha llegado su momento, que este es el gobierno que les gusta. Notablemente, los gobiernos radicales en general han sido, por principio, respetuosos de la autonomía.  Siempre va a haber intromisiones de algún tipo o de otro. Cuando Schuberoff es electo rector de la Universidad es porque el radicalismo tenía la mayoría en aquel momento y quiere controlar, entonces deciden ponerlo a él. Es lo que hubiera sido esperable, deseable, saludable en aquel momento, en un momento de refundación universitaria. Seguramente iba a ganar uno de ellos, pero alguien universitario, que tuviera un proyecto universitario. Hubiera cambiado mucho la Universidad con un rector con un proyecto universitario en aquel momento, independientemente de sus ideas políticas. ¿Cuál es la mejor universidad que recordamos de la UBA? La del ’57, ’58, hasta el ’66. Entonces ¿reformamos el Estatuto, como si no hubiese pasado nada, como si la Universidad fuese la misma que se terminó con la Noche de los Bastones Largos? Y todavía tenemos el Estatuto del ’58. Todo el mundo sabe que ese Estatuto no tiene nada que ver con nuestra Universidad, pero nadie se anima a tocar nada porque cualquier cambio puede significar que se muevan las estructuras y se queden sin lo que tenían. Ese temor termina siendo terriblemente conservador, y no permite pensar cualquier transformación o cambio. Todos los proyectos de cambio han sido más bien de acumulación de intereses individuales y por amigos. Las facultades se convierten en corporaciones, y los grupos de interés también tiran para su lado. No cabe duda que el CBC hay que reformarlo, pero hay que hacerlo en un proyecto que integre a sus protagonistas, es la oportunidad para iniciar un proyecto de reforma abierto, con un gran debate, un año entero de debate sobre el CBC, con ateneos, etc. El cambio del CBC termina siendo quién se apropia de una parte y defender lo que está termina siendo mejor que los proyectos de cambio que son de apropiación particular.

El escenario del kirchnerismo con el que empezamos nuestro diálogo era un escenario que exigía una revisión crítica de muchos factores que me parece que la universidad tenía que alentar: el modelo de desarrollo del kirchnerismo, el modelo de construcción política, y también el modelo universitario. Hoy estamos en una situación en que ese debate es mucho más preocupante. Estamos pensando qué Universidad va a sobrevivir.

É: Vos sos uno de los mayores referentes de la oposición a la gestión de la UBA. En esta nueva etapa, ¿qué desafíos se abren para la construcción de una alternativa política?

FS: El momento es difícil. Nosotros tenemos un sueño, una expectativa, que hasta ahora no hemos podido cumplir debidamente. Hemos tenidos dos años muy buenos de crecimiento, de llegada a distintas facultades, pero no hemos podido dar el salto a pensar un movimiento universitario que trascienda cierto nivel acotado. Por un lado es muy difícil entrar a algunas facultades; por otra parte, es complicado también porque hay situaciones de coyuntura que afectan a un grupo u a otro, y también dentro nuestro hay personas que piensan distinto o que incluso tienen obligaciones de administración y tienen que afrontarlas del mejor modo que pueden y en ese sentido a veces no coinciden las  demandas que cada uno de ellos tienen. No es sencillo el escenario y estamos en un contexto en el que, la verdad, hoy hay una mayoría que puede gobernar completamente sin nuestra presencia.

Un ejemplo. El memorándum de entendimiento sobre el Instituto Cervantes todavía no se había discutido en el Consejo Superior y ya había salido en los diarios. La Comisión de Convenios sesionaba a las 14 hs y a las 12.50 hs había salido en el La Nación online la noticia de que la UBA se integraba a ese consorcio. Entonces, ¿para qué estamos acá? ¿Es un chiste? Una ficción. Le pedíamos a los oficialistas que por favor escucharan nuestras razones, que aunque sea demoraran el tratamiento para poder discutir un tema muy trascendente que es el dominio universal, mundial, del idioma español y no lo podían hacer, porque ya estaba eso, ya había salido en el diario. La semana anterior lo había anunciado el presidente de la Real Academia Española en el Congreso de la Lengua en Puerto Rico. Lo doy como un ejemplo de decir que en realidad lo que hay es una mayoría que gobierna sin necesidad de escuchar razones, de abrir el debate, ni siquiera en el Consejo Superior. En algún momento la discusión era cómo se sacaba al Consejo Superior y se abría una gran Asamblea Universitaria, un espacio abierto, que aumentara la participación para discutir las cuestiones universitarias. Hoy el tema es que en realidad el Consejo Superior en muchas cosas es casi una ficción porque muchas cosas ya están definidas de antemano, los votos ya están.

Cuando hago política y en este caso política universitaria, que es la única que sé hacer, uno la hace siendo optimista. El optimismo de la voluntad. Tenes que ser optimista porque sino directamente no vamos a poder hacer nada. Pero necesitamos que en algún momento se quiebre el silencio sobre la Universidad y toda la gente que piensa que la Universidad necesita reformarse, necesita transformarse, nos podamos sentar y compartir. Primero hay que saber en grandes líneas qué Universidad queremos, asumiendo que va a haber grandes diferencias, porque eso es parte de la vida universitaria. Una construcción política que sea monolítica no existe, eso lleva inexorablemente a que nos dividamos en múltiples células. Hay que pensar una cuestión política con diversidad interna aunque con ciertos límites, claro. ¿Pero qué cosas no aceptaríamos? Una universidad entregada a las grandes corporaciones, que no valora la producción de conocimiento. Pero asumiendo esos límites tenemos que asumir también que puede haber una diversidad de ideas, y hacer una formación política que pueda procesar esa diversidad y convertirla en algo positivo. En algo que favorezca un debate mejor y en algún momento habrá que hacer acuerdos operativos, ver qué es lo mejor que podemos hacer en este punto y hacerlo.

Yo creo que hay dos posibilidades para que haya una expectativa en la Universidad. Uno es una crisis del modelo dominante. No lo descarto totalmente, porque esta Universidad objetivamente no va más. Es una universidad que vive en un tiempo que no corresponde a su situación. Tiene un Estatuto que habla de auxiliares docentes, ni siquiera de docentes auxiliares y hoy los llamados auxiliares docentes tienen una responsabilidad inmensa, están a cargo de cursos, cuando antes eran personas que se estaban formando. En el ’58, cuando se aprueba el Estatuto, el auxiliar era un colaborador del profesor, la clase la daba el profesor. Pero claro, eran cursos chicos. La universidad masiva vino después. A veces se piensa que la Universidad del ’58 era ésta. No, la masividad universitaria la introdujo el peronismo en el ’73.  Esta Universidad está atravesada por esa dimensión, hay que vivir con la dimensión de la masividad.

Una de las cosas que imagino que queremos es una universidad abierta. Y por lo tanto, potencialmente masiva. Entonces, tenemos que pensar cómo hacemos una universidad abierta y al mismo tiempo masiva. Rinesi dice que oponer esos dos conceptos, masividad y calidad, es un error, una universidad que no garantiza el acceso a la educación superior ya tiene un indicador menos de calidad. Entonces, esa Universidad ya no va.

Tenemos un serio problema. Parte de lo que está mal y lo que nos cuesta transformar es que esta Universidad tiene muchísima gente con dedicaciones simples. Eso es un problema porque la gente que tiene dedicación simple vive de otra cosa y, por tanto, no tiene un compromiso permanente con la Universidad. No está enterada ni le interesa tanto. El docente que tiene dedicación exclusiva o el estudiante que está mucho tiempo en la Universidad por ahí podría tener más interés, pero al profesor con dedicación simple lo que le interesa es dar su clase y se vuelve. Eso complica la transformación, tenes menos base para la transformación. Menos gente que esté notando el problema. Al mismo tiempo, eso es un problema para la Universidad. Es absurda una Universidad donde casi todos tienen dedicación simple. En seguida lo primero que surge es de dónde vas a sacar la plata para pagar tantos cargos con dedicación exclusiva. Bueno, pero al menos pensamos que está mal.

Alguno me podrá decir que en cierta materia técnica quieren una persona con experiencia profesional, porque está formando gente que se va a dedicar al campo profesional y quiero que ese alguien le transmita a los estudiantes un conocimiento muy actualizado sobre qué pasa en el mundo profesional. Muy bien, pero eso es una selección específica de materias.  Bueno, pero no toda la Universidad. Cualquier universidad más o menos decente tiene un 75% de profesores con dedicación exclusiva. Hay que cambiar esa idea de profesor y auxiliar, no va más, hay que unificar categorías. El gremio docente hablaba de claustro único, pero además hay que repensar las categorías. Hay que garantizar cierta formación, nosotros tenemos una cantidad de ayudantes de primera, algunos ni rentados, que son doctores. Alguien con la formación de doctor ya podría aspirar a un concurso para ser profesor. Es cierto que con el sistema de cátedras es complejo y a lo mejor hay que pensar en algo más de tipo departamental.  Hay muchas cosas que hablar, pero esta Universidad no va más.

¿Cómo se cambia ese no va más? Una posibilidad es que ese no va más estalle, explote. Y se vea la grieta, la ruptura. La otra posibilidad es que aquellos que pensamos que esto no va más, aunque la estructura se mantenga funcionando, logremos generar un movimiento universitario. El gran desafío es ese. Si es un buen movimiento te pasa por encima, y si es un movimiento menos desarrollado termina siendo frenado, destruido o anulado por intereses particulares.

[1] Federico Schuster es un docente y filósofo, ex decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires durante los períodos 2002-2006 y 2006-2010.  Es licenciado en filosofía por la UBA y PhD en Teoría Política y Social por la Universidad de EssexGran Bretaña. Actualmente es Profesor Titular de la materia “Filosofía y métodos de las Ciencias Sociales” en la carrera de Ciencia política de la Facultad de Ciencias Sociales (Universidad de Buenos Aires). Sus temas de trabajo e investigación son la filosofía de las Ciencias Sociales y el estudio de las protestas y los movimientos sociales, desde la perspectiva de la Sociología Política.

[1] Andrés Scharager es Licenciado en Sociología (UBA), donde se desempeña como docente en la materia “Historia del Conocimiento Sociológico II”. Maestrando en Antropología Social (IDAES-UNSAM/IDES), becario del Conicet y Doctorando en Ciencias Sociales (UBA). Investiga sobre Estado, políticas públicas y sectores populares.

[2] Ana Clara Azcurra Mariani es Licenciada en Ciencias de la Comunicación (UBA), donde se desempeña como docente adscripta en el Seminario de Cultura Popular y Masiva. Maestranda en Ciencias Sociales y Humanidades (UNQui). Investiga sobre producciones audiovisuales populares.

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