Javier Bundio – Cantos, aliento e hinchadas en el fútbol

Soy antropólogo social y he estudiado cantitos de fútbol durante los últimos cinco años. Podría resumir mi trabajo de esta manera y no estaría faltando a la verdad. Sin embargo, la banalidad del objeto de estudio y el desprestigio que sufrimos aquellos que trabajamos con culturas populares, llevan a que una afirmación así despierte por lo menos asombro. De allí la necesidad de explicar no sólo el “qué” de mi investigación, sino también el “por qué”.

Los cantitos son la pieza central del “aliento”, al cual considero una performance cultural de índole agonística, que se desenvuelve mediante un duelo verbal y corporal que busca poner en escena una imagen idealizada del propio grupo, a la par que se busca injuriar y burlar al grupo rival. Esta práctica constituye un proceso de inclusión y exclusión, que delimita las fronteras entre la propia hinchada y el resto de los actores. A la vez estas categorías están atravesadas por valoraciones. Por eso el canto es uno de los rasgos significativos de la autoadscripción y uno de los soportes de la identidad grupal.

Las personas cuando alientan son capaces de comunicar con sus cantos, en esta arena pública que es el fútbol, unas representaciones y orientaciones valorativas que en otros espacios sociales serían censuradas. Y estas expresiones están atravesadas por un conflicto entre un conjunto de actores -el Estado entre ellos- que conciben al alentar como una práctica discriminatoria, y otros actores que lo conciben como “folklore”, es decir, como una performance cultural.

Si pensamos que la violencia no existe sin cultura, sino que es el resultado de procesos socioculturales, toda esta agresividad verbal que se expresa en los cantos, se diluye dentro del aliento. Porque es interpretada desde claves culturales, o campos metafóricos, que ven en los cantos ofensivos una práctica lúdica, inserta en una performance cultural. Esto incluso es reforzado por el carácter cómico que contribuye a consolidar un espacio para la expresión legítima de estigmas sociales, prejuicios y estereotipos.  

La particularidad de los cantitos es que en ellos se exhibe con claridad, crudamente, una serie de representaciones y valoraciones sobre la realidad social y sobre aquello que los actores consideran la alteridad. Estos “otros” que se escenifican en el aliento constituyen representaciones sociales que se fundamentan en estereotipos y prejuicios que circulan ampliamente en la sociedad y que exceden al campo futbolístico.

Las representaciones acerca del “nosotros” y los “otros” se construyen a partir de una lógica de la representación dicotómica, excluyente y polar. De esta manera el otro es siempre representado como una alteridad radical ubicada en el polo negativo de las distintas escalas valorativas. Por intermedio de la metáfora se asocian categorías sociales a grupos de hinchas. Se enfatizan ciertos rasgos, se suprimen otros y se organizan los distintos aspectos del sujeto.

Las representaciones se organizan en al menos tres niveles: el existencial, el cultural (o histórico) y el social. A nivel existencial estamos hablando de la individualidad, fundamentalmente el género y la edad. A nivel cultural e histórico las representaciones se vinculan con la construcción de sentidos asociados a tribalismos, en este caso la cultura del aguante y del aliento. A nivel social las representaciones se relacionan con la categorización del individuo como miembro de distintos grupos sociales.

Un hallazgo importante de mi investigación es que estas representaciones dicotómicas aparecen en los setentas y los ochentas. Esta época nos permite hablar de un pasaje de lo cómico a lo trágico, del aguante-aliento al aguante-enfrentamiento, y de un pasaje de los cantos como arengas y ovaciones, a los insultos, las burlas, las amenazas y los auto-elogios. A partir de este quiebre va a ser notable la aparición de un léxico que da cuenta de nuevas concepciones acerca de lo masculino, del aguante, la identidad y las representaciones acerca del otro.

Y a la par de esta radicalización de las relaciones con el otro, vamos a tener una celebración de la propia pertenencia. Es decir, a la par que surge el “otro”, se consolida el “nosotros” en el discurso, como parejas indisolubles de las identidades del hinchismo.  Y no es de extrañar, estamos hablando de una década donde se consolida ese núcleo duro de la hinchada militante que los medios van a comenzar a llamar las “barras bravas”. Estos grupos se van a establecer como actores del aliento e incorporar el resto de los elementos que van a definir a esta performace cultural como la conocemos hoy en día.

En estas décadas aparecen las figuras del “negro” y del “villero”. El aliento escenifica una serie de categorías, imágenes, sentimientos y moralidades que parten del supuesto de la superioridad racial del hombre blanco en relación con el mestizo. Estas representaciones construyen a un “otro lejano”, o sea el “extranjero” latinoamericano, y a un “otro cercano”, o sea el mestizo pobre.  El aliento construye al otro identificándolo y haciéndolo visible mediante el lenguaje.

La oposición entre un enunciador que se imagina europeo y blanco y un sujeto representado como latinoamericano y mestizo está atravesada por todo un conjunto de evaluaciones y valoraciones que conforman un cuadro en donde se manifiesta claramente que las costumbres, los modales, la vestimenta, el lenguaje, la higiene, las comidas, los pasatiempos y hasta los gustos musicales están asociados a ciertos tipos de cuerpos y clases sociales.

Creo que en los grandes dramas sociales de las sociedades modernas -y el fútbol es uno de ellos- es posible analizar y comprender aspectos cognitivos y valorativos de la realidad social. Ellos nos permiten acercarnos a problemáticas complejas como la violencia y la discriminación, y las distintas maneras en que son legitimadas y naturalizadas en la sociedad. La cultura no sólo legitima las desigualdades, sino que también las construye y de-construye. Quizás la tarea más importante respecto a los cantos discriminatorios sea de-construir el campo metafórico que le da un sentido, e intentar recuperar las metáforas futbolísticas que, por suerte, siguen constituyendo gran parte del aliento argentino.

Entonces ¿por qué estudiar cantitos de fútbol? Porque analizarlos nos permite tener algo para decir acerca de la cultura, la sociedad y la historia. Y a la vez, instalar desde la antropología y la sociología de las culturas populares, una reflexión crítica sobre temas tan presentes como la violencia y la discriminación. Este es el primer paso en la erradicación de la homofobia, el racismo, el sexismo y otros “ismos” de los estadios de fútbol.

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