Hasta que la felicidad nos separe: algunas líneas sobre la cultura contemporánea

 .

Por Melania Ramírez[1] y Ana Clara Azcurra Mariani[2]

 

“La principal ocupación y la única que debe haber es vivir felices”       Voltaire

 Si bien existe un enorme corpus de trabajos que muestran los vínculos de la felicidad individual con la participación política y el fortalecimiento de los lazos sociales, tanto como con la justicia en la redistribución del ingreso, una respuesta pública al estrés privado raramente se considera una primera opción de abordaje. (…) La propagación del voluntarismo mágico fue un factor crucial para el éxito del neoliberalismo (…) constituye algo así como la ideología espontánea de nuestra época. Por ejemplo, las ideas de la autoayuda se volvieron influyentes en los programas de tv más populares. (…) Estos productos nos aseguran que las trabas a nuestro potencial productivo son internas. Si no tenemos éxito, es porque no hacemos el trabajo necesario para reconstruirnos.                       Mark Fisher

 

1.

La “verdad” es algo antropomórfico. La forma tautológica de la verdad según Nietzsche es una cáscara vacía y al elegir esas formas de la verdad el ser humano sólo está tomando ilusiones por verdades, siendo el intelecto el “maestro” en el arte de fingir. Podemos percibir una promesa de “felicidad”, una construcción del concepto de felicidad en los discursos actuales presentes de manera recurrente en las publicidades, en los discursos políticos que conforman uno de los pilares más difundidos en la ideología de la economía neoliberal. En el discurso diario la felicidad ya no es una opción, sino una obligación. Es un “deber ser” impuesto desde la idea del progreso individual y un valor esencial de la mercancía que producimos, compramos y consumimos. La energía deseante se ha trasladado por completo al juego competitivo de la economía, y el discurso del individualismo y la meritocracia ha calado profundo en la construcción de nuestras subjetividades.

Serge Latouche, el economista francés exponente del movimiento decrecionista[3], afirma que la gente feliz no consume. Es decir, no consume bienes y servicios de manera irracional, no administrada a conciencia, sin relación directa con una necesidad que precise “naturalmente” ser saldada (con todo lo social que conlleva cualquier necesidad denominada natural y que exceda las funciones básicas que compartimos con los animales). La sobriedad y la frugalidad serían las virtudes a desarrollar para implotar la sociedad del consumo. Desde una perspectiva que convocamos aquí sin ánimo de comparación o reivindicación, Néstor García Canclini advirtió en 1995 que el consumo sirve para pensar. Lo que este autor argentino radicado en México quiso decir es que la práctica del consumo no conlleva sólo una dimensión económica, y que hay que poner atención en la manera en que las personas estamos relacionadas con el consumo desde su dimensión cultural, de qué manera seleccionamos bienes y servicios, motivados o animados por qué razones y qué características asume ese consumo que, de irracional, no tiene nada.

La idea de que los sujetos “realmente” “felices” no consumen, nos arroja una primera asociación conjetural: el consumo como muleta existencial para el vacío y la angustia. La estadística oficial de la Organización Mundial de la Salud afirma que en el mundo existen 322 millones de personas depresivas, el 4,4% de la población mundial. Algunas interpretaciones asocian esta patología con una epidemia, pero esas definiciones le quitan el origen social. La angustia es un hecho que está ocurriendo en sociedades que hacen virtud de vivir acelerados, bajo cierta creencia de que algo como “perder el tiempo” existe, que el tiempo es dinero, y que el dinero es seguridad[4], etcétera. Consumir, comprar, adquirir, pareciera vincularnos entonces con una sensación de completitud, de algo que nos llena (¿estamos vacíos? ¿Por qué?), y que es efímero, porque no es excepcional que las personas experimenten en el acto de compra, como actividad individual orientada hacia lo social, la búsqueda de sentirse mejor equipados para enfrentar la rutina o el ocio, y a las pocas horas, ser invadidos nuevamente por el vacío. El consumo nos proyecta en la fantasía, pero el mundo material no siempre devuelve una impresión 3D acorde a esa proyección quimérica. El consumo conlleva algo más que compulsión, algo más que una pantalla del mercado donde se finge la disponibilidad de mercancías que nos igualan en el uso. Hoy, como admite Bauman, sin un populacho que ilustrar sino clientes que seducir (2013: 21) para ofrecerles un stock de existencias, el mercado vende imágenes para que anhelemos alcanzar y disuelve la acción colectiva orientando los esfuerzos a la exigencia, la culpa y la vergüenza individual.

Gilles Lipovetzky sostiene que en la modernidad el Homo Félix dejó de ser una promesa dirigida a los sabios en el marco de la filosofía, y se convirtió en el horizonte del género humano, inscrito en la ley misma de la evolución histórica:

La ideología del capitalismo de consumo es una figura tardía de la fe optimista en la conquista de la felicidad por la técnica y la abundancia de bienes materiales. Sencillamente la felicidad ya no se concibe como un futuro maravilloso, sino como un presente radiante, goce inmediato y siempre renovado, “utopía materializada” de la abundancia. No la promesa de una salvación terrena por venir, sino la felicidad al instante, liberada de la idea de ardid de la razón y de la positividad de la negatividad. (2007: 321)

Es en este contexto que aparece la necesidad de discurrir brevemente acerca de la ideología felicista de esta etapa que suele definirse como pos-moderna, su relación con el consumo como práctica cultural, y qué espacio le queda al otro, a los otros, en un ambiente social que dirige sus mensajes al individuo, posicionándolo como sujeto especial en el discurso. El neoliberalismo es en una de sus dimensiones la máquina discursiva que se dirige al individuo para desorganizarlo mientras arriba la organización se cimienta.

 

2.

Ya no es concebible una relación motivada por el puro placer de conocerse. La soledad y el cinismo han hecho nacer el desierto en el alma.  Franco Bifo Berardi

 

Black Mirror, traducido como “espejo negro”, es la atinada metáfora que refiere a los lazos sociales en (con posibilidad de) actualización constante. Las pantallas apagadas reflejan nuestro rostro, el rostro como fisonomía, la propia materialidad. A través de ellas los usuarios liberamos imágenes que se cargan de lo que precisamos que los demás vean. Sin embargo, esto que pareciese una práctica personal-original, nos devuelve repetición. Constantemente se suben imágenes a redes sociales como Instagram (IG) o Snapchat (SC) en la que todos usamos el mismo filtro de edición fotográfica, las mismas máscaras con orejas de conejo y los mismos epígrafes para describir situaciones que son escenas y simulacros. Entonces, la pantalla negra, el espejo negro, es la mediación entre unos y otros, que se reconocen y legitiman en la operación de repetición, en el trabajo de diseñarse a sí mismos como técnica colectiva de reproducción individual que nos estandariza.

 

Black mirror es, también, el título de una serie distópica de resonancia en Netflix y sus satélites piratas. La serie se propone como una interpretación sobre algunas líneas que estarían configurándose en el presente, y para el futuro de mediano plazo, entre la tecnología, la política, los medios de comunicación, la subjetivación y la vida en sociedad. En la temporada número tres, el primer capítulo se titula Caída en picada y nos adentra en aquello que Bifo Berardi denominó la ideología felicista. ¿Hacia dónde vamos en una sociedad cuya ideología del presente nos exige ser felices, livianos y simpáticos como primera condición de aceptabilidad?

Lacie, la protagonista, corre por un barrio de casas prefabricadas en un mundo que se nos aparece teñido de color rosa como en un filtro de IG y que se asemeja al mundo de muñecas de Barbie y Ken. En este mundo pareciera que todos y todas son hermosos y hermosas. Se miran, se hablan con una cercanía que reconocen como ficticia, con un gesto de servicio y halago excesivo hacia el otro para obtener una puntuación alta en una aplicación para dispositivos móviles que es global, es decir, abarca el juicio sobre los otros en cualquier ámbito, sobre cualquier comportamiento, gesto o actitud, y que funciona como control social y como medida de acceso o exclusión a ciertos trabajos, eventos, viviendas, etc. El puntaje es la medida de integración a una clase, es el que traza la línea de pobreza o riqueza, de acceso o de valor agregado, de estatus y reputación, de marginal o de outsider. El celular, dijo Berardi, es la nueva cadena de montaje.

No evaluaremos la calidad del capítulo sino el contenido como excusa para pensar. Por un lado, el mundo de Lacie es muestra de la segregación social por otros medios, es decir, la segregación que siempre se acomoda porque nace de la misma base social de reproducción en desigualdad de condiciones materiales. La tecnología se asienta sobre ella y los actualiza. En este capítulo, se evidencia la separación entre una clase virtual que produce signos y una underclass que produce mercancías materiales o que está fuera de la producción, como dijera Berardi (2015: 32) acerca de las condiciones de la tercera edad del capital que estamos viviendo. Por el otro, el devenir de lo íntimo como lo necesariamente público. En la actualización del concepto de extimidad de Lacan que acuña Paula Sibilia (2012), lo íntimo y su narrativa se erige como una operación y no como un atributo. No es un derecho sino una obligación al revés: hacer pública la intimidad para evitar el desfasaje con ese común compartido que surge de las redes sociales, para no entrar en la categoría de persona estrafalaria, e incluso, peligrosa.

Lacie se esfuerza por sacar fotos bien encuadradas, con la proporción justa de ternura, novedad y anécdota. No puede permitirse tener un puntaje por debajo de los cuatro puntos porque comenzaría a tener problemas para acceder a una linda vivienda, en un barrio cerrado, posiblemente perdería su puesto de trabajo, el escritorio con la Mac y el círculo de relaciones que le dan una buena posición y que cotidianamente conocen su disponibilidad y cómo se propone como imagen en la aplicación. El prójimo es aquel que me mira, disparó Sartre en su El ser y la nada (1993). Tomar conciencia de que somos mirados crea las condiciones para la introyección de la vergüenza, percibimos nuestro cuerpo como dispuesto para ser violentado por la mirada del prójimo que es más bien un otro y no un par. Sentimos vergüenza porque identificamos que hay otro que mira y juzga de la misma manera que aprendimos a juzgar cuando miramos al otro.

Caída en picada – Black Mirror

Nuestra protagonista ha sido invitada al casamiento de su amiga de la primaria, y erigida como dama de honor. Es por ello que debe conservar un puntaje entre 4.6 y 4.8. Pero una cadena de eventos desafortunados en el largo viaje hacia la fiesta de casamiento la hará ir perdiendo su riqueza numeraria. Se peleará con el taxista que la lleva al aeropuerto, obteniendo una baja clasificación. Perderá el avión y discutirá a voz alzada con la administrativa del aeropuerto, lo que la llevará a una sanción en el puntaje: durante varias horas tendrá tres puntos. Para poder arribar a la fiesta, decide alquilar un auto y manejar toda la noche. Pero su bajo puntaje sólo le permite acceder a un auto eléctrico viejo que se queda sin carga y no consigue una estación eléctrica compatible con el cargador del auto fuera de mercado. Haciendo dedo, conoce a una camionera que ha decidido soltar la vida en la aplicación global: decir lo que siente, hacer lo que quiere y por ello ha quedado relegada a los trabajos peor pagos, a vivir al margen de la sociedad legítima que propone el mundo que habita Lacie, con un número cercano a los dos puntos. Aquí sobreviene el quiebre en la protagonista, porque sostener sentimientos contrarios la condena al malestar general. “Mientras el estereotipo publicitario muestra una sociedad empapada de felicidad consumista, en la vida real se extienden el pánico y la depresión, enfermedades profesionales de un ciclo de trabajo que pone a todos a competir con todos, y culpabiliza a quien no logra fingirse feliz” dilapida Berardi (2015: 32). Delinear un criterio hegemónico de felicidad es la primera condición para alcanzar la infelicidad. Esta es la conclusión implícita que conduce a Lacie a llegar a la fiesta de casamiento, tomar el micrófono por la fuerza y vomitar lo que sea que se cruce por su mente, entre palabras coherentes con las necesidades de la aplicación global pero a la vez inconexas y con un discurso caótico que transparenta una salud mental corroída.

Berardi recupera una frase de los movimientos setentistas en Europa: la felicidad es subversiva cuando se vuelve colectiva (2015: 55). No se trataría, entonces, de abolir la felicidad para alcanzar un estado de posible igualdad, sino de cambiar la orientación individual de las pautas morales de convivencia y que la responsabilidad sea compartida.

3.

En el quinto capítulo de la tercera temporada de Black Mirror, “El hombre contra el fuego”, el guión nos cuenta la historia de un ejército que lucha para mantener a la población a salvo de las cucarachas (en la serie, “roaches”). Las cucarachas[5] saquean, roban, agreden, violentan propiedades, cultivos, despensas. Los soldados que llevan adelante las tareas de seguridad tienen insertado un chip que actúa como una mediación neuronal en el sistema de percepción. Las cucarachas son humanoides, figuras humanas deformes, sin idioma reconocible, seres que no despiertan empatía y a quienes se mata sin culpa ni cargo con el empuje que el chip y la máscara militar otorgan al crear una visión de videojuego. El conflicto comienza cuando una de esas máscaras falla en su función y el soldado protagonista del capítulo, Stripe, deja de ver cucarachas y empieza a ver personas. Cuando quien está en frente se nos aparece en un rol intercambiable, es decir, cuando podríamos ser nosotros mismos, desocultamos la piedad, encontramos el reconocimiento.

La retórica multiculturalista de moda, con su ideal de igualdad en la diferencia, es un esnobismo que acentúa la discriminación y que disuelve las relaciones de poder que nos condujeron hasta aquí. El mercado se hace cargo y vende la imagen de la diversidad como ideal cultural: lo multi, lo diverso, la diferencia como valor en sí mismo. Pero como toda operación de mercado, esto conlleva licuar los elementos ásperos, des historizar los entramados sociales y los contextos poblacionales.  Benetton, el dueño y la marca, lo entendieron hace mucho. En este sentido se puede rescatar lo que afirmara Slavoj Zizek en su libro En defensa de la intolerancia, porque cuando se promueve desde la publicidad la diversidad, hay algo que se prefiere inmutable, quieto, sin cambios:

El multiculturalismo promueve la eurocéntrica distancia y/o respeto hacia las culturas locales no europeas. Esto es, el multiculturalismo es una forma inconfesada, invertida, auto referencial de racismo, un “racismo que mantiene las distancias”: “respeta” la identidad del Otro, lo concibe como una comunidad “auténtica” y cerrada en sí misma respecto de la cual él, el multiculturalista, mantiene una distancia asentada sobre el privilegio de su posición universal (2015: 56).

El hombre contra el fuego – Black Mirror

Terry Eagleton, en este mismo sentido, subraya que la diversidad tiene puntos positivos pero no podemos soslayar su papel en la ideología consumista, que es ideología del puro presente, y que lo que hay que promover es la solidaridad más que la pluralidad en abstracto, como si de por sí fuese beneficiosa, cuando se buscan cambios políticos. Sólo los sentimentales imaginan que hay que abrazarse a los extraños. A algunos de esos extraños se les conoce como colonialistas, concluye con fuerza el autor inglés (2017: 45).

¿Qué ocurriría si dejásemos de vernos como distintos moralmente, si el otro no se nos apareciese como un peligro latente? ¿Resistiría el omnivorismo cultural, la ficción de democratización cultural que retoma lo plebeyo y lo sienta con lo legítimo como modelo cultural? La humilde advertencia que cabe realizar aquí es que las cucarachas resisten a las bombas nucleares. La masa trabajadora, empobrecida, resistirá más allá de las intenciones genocidas de cualquier sector dominante en lo político, lo económico y lo militar.

 

4.

¿Qué debe hacer una obra de arte para interpelar a un público que actúa, conscientemente, como público y que se reconoce a sí mismo como consumidor de cultura?

El nuevo público no sólo se comporta como público porque se encuentra psicológicamente bien predispuesto a que los artistas lo sorprendan (eso ya sucedía desde Dadá), sino porque  concurre a los espacios del arte en busca del tipo de estímulos al que la cultura audiovisual lo tiene habituado, con la esperanza de recibirlos en una dosis mayor.

“Los monstruos más fríos. Estética después del cine”, Silvia Schwarzböck

 

La cultura felicista condujo a una reconversión del mercado, se generó una dialéctica en la que la gente no solo quiere consumir productos, quiere consumir experiencias y las empresas construyen la imagen de sus marcas apelando al marketing de la experiencia. Promesas de un mundo mejor al alcance un “clic”.

Las campañas publicitarias abordan diversos planos comunicacionales y se construyen no sólo alrededor del producto y sus beneficios funcionales si no que apuntan a crear y difundir valores y una visión que pone el acento en lo espectacular y la emoción. No se vende tan solo un producto si no un concepto, un estilo de vida asociado a cada marca. La idea tradicional del “homo economicus” ha muerto y con ello se abre paso el desarrollo de las tácticas en la economía de la manipulación.

 

 

Arkelof y Shiller, dos premios nobel de economía, desarrollaron esta idea en su libro “La economía de la manipulación”:

En la medida en la que tengamos debilidades en saber lo que realmente deseamos, y también en la medida en que esas debilidades puedan ser rentablemente generadas y alimentadas, los mercados aprovecharan la oportunidad de incidir en esas debilidades. Se acercarán y se aprovecharán de nosotros. Nos harán caer como incautos. (2015: 20-21)

 

El público contemporáneo está en permanente shock, define Schwarzböck (2017), se sabe parte del engranaje de la industria del entretenimiento. Por ende, reclama ser satisfecho en la medida de su importancia para la misma. Este don, dar y recibir, enmascara clientes que pagan y oferentes que disuelven esa transacción monetaria en imaginarios que funcionan como el sistema solar. El que paga sería el sol, y las empresas girarían a su alrededor. Un verosímil que es ficción en el sentido de engaño y en el que no importa la condición material, si no la creencia y la confianza es cuán importante soy porque mi plata vale.

El Personal Fest es un festival argentino cuyo sponsor e impulsor principal es la empresa de telefonía móvil Personal que lleva once ediciones desde el año 2004. El festival de 2017 contó además con el sponsor de la marca de teléfonos celulares Huawei y tuvo lugar en el Club Ciudad de Buenos Aires. Lo interesante de la última edición fue su slogan: un fest para la story. El terreno del evento se convirtió en un escenario continuado, no porque las bandas musicales compartieran espacio contiguo con los asistentes sino porque el diseño del espacio fue pensado para que todos pudiesen sacarse fotos fingidamente espontáneas en un marco estético y publicarlas en sus redes sociales con hash tags previamente definidos. Hamacas paraguayas, camas con dosel, paneles ilustrados. Se asume que el impulso vital es mostrarnos, volvernos imagen, lo que no implica una ficción sino una operación de diseño y estilización. Fue publicidad paga: paga por las entradas compradas. Pero además con una operación de curaduría, ya que no se sube cualquier foto, sino que se performan las imágenes del festival dejando pocos elementos al azar, incluso con personas (monotributistas, trabajadores por contratos cortos, etc.) puestas a disposición por la organización del evento que se ofrecían a sacar las fotos a los asistentes para que salieran encuadradas, “curadas”.

Consumimos imágenes, realizamos un diseño de nosotros mismos que, además, se nos reclama socialmente. La publicidad como sistema de arte inunda con ejemplos. Una marca de zapatos con una buena estrategia publicitaria no le saca fotos a los zapatos. Nos vende un modelo usándolos, en un contexto que puede resultar estimulante, sugestivo, rebelde o con efectos de libertad. Se nos vende una experiencia de vida, un estilo. Compramos los zapatos y aunque nos falte todo lo demás, parece que estamos cerca de esa experiencia. El consumo funciona como práctica en igualdad, pareciera que en el nos integramos, somos todos iguales y, sin embargo, sigue demostrando cuán desigual es el sistema total en el que vivimos. El consumo, además, como espíritu social contemporáneo, tiene para cada deseo un objeto ya definido. No deseamos simplemente un café, queremos un café de Starbucks; no queremos una hamburguesa, queremos ir a Mc Donalds. De aquí surge la conclusión de que lo que estamos consumiendo es la relación asociada que acompaña al objeto, en la que nos deposita el objeto y no simplemente su valor de uso. Es un deseo administrado: la imagen que mostramos cuando caminamos con el café de Starbucks por la calle, la imagen que podemos estar construyendo si nos ponemos ropa de cierta marca, o si nos colgamos del hombro la última mochila que se usa en Europa. Esto es lo que Bourdieu (1979) reclamaría como clasificaciones y elecciones que nos distinguen y nos clasifican a nosotros mismos. No hay estilo de vida que no apunte al consumo como práctica performativa, lo que variará será la actitud más o menos desenvuelta, espontánea, frente a ese consumo.

Esta lógica cultural funciona a todo nivel, y la política no escapó en ningún momento de ella. Seguimos denunciando desde la verdad y/o la mentira a los políticos, y hace años que eso no alcanza, pero la estrategia no cambia. Boris Groys (2016) dice algo muy interesante sobre esto cuando afirma que el posicionamiento visual de un político en los medios de comunicación es mucho más crucial que el contenido de su plataforma política, que puede variar y a nadie parece importarle, pero mostrar una imagen sólida, un buen diseño, incluso aunque se le vea el montaje. Canclini en el libro “Consumidores y Ciudadanos” (1995) leía incipientemente esto cuando analizó los casos de Carlos Menem (Argentina), Fernando Collor de Melo (Brasil) y Alberto Fujimori (Perú), tres ex presidentes sudamericanos que se sacaban fotos y se filmaban realizando deportes. Esto era visto por los asesores como una representación efectiva de vitalidad, fuerza, ya que diseñar al político es más importante que su plan de gobierno:

En este juego de simulacros, una característica común a muchos líderes que compitieron por la presidencia de sus países en las últimas elecciones latinoamericanas, es que no quieren parecer políticos. Fujimori, que no sabe karate, se hacía fotografiar durante la campaña con un “karategui” blanco y en el acto de partir un ladrillo con la mano derecha: parecía un ángel enojado, observa Beatriz Sarlo, un profeta, un karateca, que explotaba su fisonomía japonesa, cualquier cosa menos un político peruano. Carlos Menem y Fernando Collor fueron filmados practicando deportes, bailando o dialogando sobre temas frívolos con gente común. El contacto con la cultura popular se busca mediante la construcción de iconos massmediáticos, no mediante intercambios de información o el análisis de los problemas populares. Nada de discursos “intelectuales”, ni de confrontaciones directas, imprevistas, con la conflictividad social. En esta etapa pospolítica, en la que se hace como si no hubiera lucha, parece que tampoco se necesitara negociar; sólo se fotografía, se filma, se televisa y se consumen esas imágenes. (1995: 198)

     ¿Qué es lo que podemos ver cuando todo se nos aparece como visible? La verdad, en este diagrama social, es una imagen mental, y el conflicto aparece entonces en la disputa por la imagen del mundo. Porque todo se ha vuelto imagen es que todo puede hacerse realidad mientras haya algo que ver.

 

5.

Como señala Marx, ningún modo de producción en la historia humana ha sido tan híbrido, diverso, inclusivo y heterogéneo como el capitalismo, que ha borrado fronteras, derrumbado polaridades, mezclado categorías fijas y reunido promiscuamente una diversidad de formas de vida. Nada es más generosamente inclusivo que la mercancía, que, con su desdén por las distinciones de rango, clase, raza y género, no desprecia a nadie, siempre que tenga con qué comprarla.

La industria cultural atestigua menos la relevancia de la cultura que las ambiciones expansionistas del sistema capitalista tardío, que ahora puede colonizar la fantasía y el entretenimiento tan intensamente como en su momento colonizó Kenia y Filipinas.

Cultura, Terry Eagleton

 

Los teatros de la avenida Corrientes en la city porteña comenzaron a adherir a sus nombres tradicionales el de alguna entidad financiera, es decir, a modificar su razón social o al menos, a asociarla a nuevos agentes. Es así que nos encontramos con el Teatro Metropolitan Sura o el Teatro Opera Citi. La primera conclusión podría ser la económica, y sin embargo algo más que lo evidente, lo obvio, puede y debe ser pensado. Si como afirma Yúdice (2008), la cultura es pensada como un recurso, algo más que beneficio económico obtienen las empresas al ocuparse de sostener espacios culturales o festivales internacionales de música, y esto no pareciese estar en relación con un ánimo de ilustración o rasgo de lujosa distinción, sino más bien por estrechar líneas de contacto con la cultura de masas, el terreno donde se encuentran la mayor cantidad de clientes, quienes consumen siempre que se les ofrezca entretenimiento y un decorado para la foto.

Si lo social es la imagen, si socialidad e imagen se han vuelto indiscernibles, si el espíritu de la cultura contemporánea es alcanzar la felicidad mediante el consumo y la diversión sin intermitencia, si las certezas institucionales se disiparon dando paso a vínculos que no van de suyo, que no son previos sino que hay que obrar para construirlos, el panorama no arroja una utopía que pueda operar por fuera del capitalismo. El mundo no está dormido, se mueve entre tantas imágenes, información y contenidos que, aun sin entrar en un estado de pasividad, no sabe cómo apoyar el pie para bajarse de la cama.

Lo de ayer es aburrido y hay que soltarlo, y el futuro ocurre a cada rato. Habitamos un ambiente cultural que nos invita a vivir en el constante presente y a ser, categóricamente, felices. Para ello, las industrias culturales tienen en oferta un stock de productos y experiencias pre fabricadas que indican a través de imágenes que funcionan como modelos y esquemas de percepción, no sólo qué consumir si no cómo consumirlo, cómo construir una relación válida con esos productos y servicios.

Los museos montan sus salones de exposición aptos para selfies; las iniciativas de los gobiernos locales nos ofrecen participar de ferias de colectividades que luego desprecian; se eligen embajadores culturales por cantidad (de años, de seguidores, de fans, de rating) y no por calidad (que requiere ciertos paradigmas evaluativos que nadie pareciera estar dispuesto a delinear); la Casa Rosada abraza para sus empleados y empleadas los talleres de coaching emocional mientras es designado como funcionario público Alejandro Rozitchner para asesorar al presidente de la nación sobre alegría y motivación. Los creativos publicitarios son los artistas oficiales de estas últimas décadas, como describió Jameson (2002) y los emprendedores, el nuevo modelo de self made.

Los mercados apuntan a generar la individualización subjetiva, a construir un fetiche asociado a esta con el fin de generar una estrecha relación emocional entre el consumidor y sus prácticas de consumo. El foco no está en generar un reconocimiento del orden del estatus social, si no en el despertar el placer narcisista de sentir cierta distancia respecto de lo común, ordinario, y alimentar la creación de una imagen positiva de sí y para sí. Los placeres elitistas no se esfuman si no que se reestructuran con la lógica subjetiva del neo-individualismo, creando satisfacciones personales que superen la búsqueda de la admiración y la estima del otro.

Se ha creado un consumidor bulímico de novedades, de animaciones, de espectáculos, evasiones turísticas, experiencias emocionales, goce sensitivo. Lo que Lipovetzky dentro de su análisis de la estetización del mundo llamó un consumidor estético o, más exactamente, transestético. La era transestética mezcla diseño – star system, creación -entretenimientos, cultura – show business, arte – comunicación, vanguardia – moda. La sociedad de hiperconsumo se despliega en nombre de la felicidad. Sin embargo, el autor nos plantea que hay diversos fenómenos que aparecen como indicios de la crisis de la cultura materialista de la felicidad y se pregunta: ¿Y si el culto moderno al Homo Félix fuera el instrumento de nuestra mayor desdicha?”.

 

Bibliografía

AKERLOF, George A. y SHILLER, Robert J. La economía de la manipulación: cómo caemos como incautos en las trampas del mercado, Paidós, Buenos Aires, 2015

BAUMAN, Zygmunt, La cultura en el mundo de la modernidad líquida, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, FCE, 2013.

BERARDI, Franco, La fábrica de la infelicidad. Nuevas formas de trabajo y movimiento global, Ediciones Tinta Limón, Madrid, 2015.

BOURDIEU, Pierre: “La elección de lo necesario”, en La distinción, Madrid: Taurus, 1979.

DIPAOLA, Esteban, Comunidad impropia. Estéticas posmodernas del lazo social, Letra Viva, Buenos Aires, 2013. pp. 21-27

DIPAOLA, Esteban y LUTEREAU, Luciano, Cuando el otro es otro, Ediciones La Cebra, Buenos Aires, 2017

EAGLETON, Terry, Cultura, Taurus, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 2017

GROYS, Boris, Volverse público, Buenos Aires, Caja negra. Capítulo 1, pp. 21-35.

JAMESON, Fredric, El giro cultural, Buenos Aires, Manantial, 2002. Cap. 1

LIPOVETZSKY, Gilles y SERROY, Jean, La estetización del mundo. Vivir en la época del capitalismo artístico, Editorial Anagrama, Barcelona, 2015.

LIPOVETZSKY, Gilles, La felicidad paradójica. Ensayo sobre la sociedad de hiperconsumo. Editorial Anagrama, Barcelona 2007.

SARTRE, Jean Paul, El ser y la nada, Altaya, Barcelona, 1993.

SCHWARZBÖCK, Silvia, Los monstruos más fríos. Estética después del cine, Mardulce, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 2017.

SIBILIA, Paula, La intimidad como espectáculo, Buenos Aires, FCE, 2008. Capítulo 1: “El show del yo” y Capítulo 2: “El yo narrador y la vida como relato”.

YÚDICE, George, El recurso de la cultura. Usos de la cultura en la era global, Barcelona, Gedisa, 2008. Cap. 1, pp. 23-55.

ZIZEK, Slavoj, En defensa de la intolerancia, Sequitur, Madrid, 2015

 

[1] Lic. en Comercio Internacional (UNlaM), con cursos de especialización en Micro y Macroeconomía: Análisis de coyuntura económica (UBA), Coaching profesional y gestión de Liderazgo (UBA), Fundamentos de la Teoría General de John Maynard Keynes (Escuela de Economía Política. EsEP-UBA), Economía Feminista (UBA), Impacto ambiental (UBA). Estudiante en Historia del Arte (MNBA) y Licenciatura en Filosofía (UCES). Intento de Guattari junto a Ana Clara Azcurra Mariani en: https://notasperiodismopopular.com.ar/2017/08/08/auge-humano-boca-cerrada/

[2] Lic. en Ciencias de la Comunicación (UBA) y Becaria UBACyT del Doctorado en Ciencias Sociales. Profesora del Seminario de Cultura Popular y Cultura Masiva (Comunicación – UBA). Última nota: La excepción como regla, o como administrar la propia existencia en los medios de comunicación, en https://notasperiodismopopular.com.ar/2018/09/10/excepcion-regla-como-administrar-existencia-medios-comunicacion/

[3] El decrecionismo es la matriz que inevitablemente debe sobrevenir al sistema de acumulación capitalista actual que verá limitada su posibilidad de expansión. Consumir menos y producir objetos durables es la base de estas ideas.

[4] Algo que Freud tradujo en el malestar en la cultura como el trueque del hombre civilizado, cambiar una parte de felicidad por seguridad.

[5] Es interesante pensar cómo la palabra cucarachas (“kukarachas”) presenta en Argentina una interpretación local que define a la militancia kirchnerista y a sus representantes políticos. Cucarachas puede pensarse como un ideologema.

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