[ENTREVISTA A VICTOR GOLDGEL] “Medir la importancia social de una determinada novela o de la investigación en humanidades en términos monetarios o de una utilidad inmediata es tan problemático como medir la velocidad de Bolt en tiaras de Letizia”

Por Leandro Morgenfeld

Victor Goldgel se graduó como Licenciado en Letras (Universidad de Buenos Aires) y Doctor en Literaturas Hispánicas (Universidad de California-Berkeley). Su investigación se centra en el siglo XIX hispanoamericano. Fue becario del Social Science Research Council y de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos. Es autor de Cuando lo nuevo conquistó América (Siglo XXI), que obtuvo un premio por parte de la Casa de las Américas y fue reeditado en Cuba, y de Baquelita (El fin de la noche), su primera novela. Publicó artículos en revistas académicas de América Latina, España, Estados Unidos y Gran Bretaña. Actualmente es investigador y docente en la Universidad de Wisconsin-Madison.

 

LM: En primer lugar, Víctor, ¿podrías contarnos sucintamente en qué consiste tu investigación?

VG: En este momento estoy trabajando en un libro sobre el secreto a voces.  Me enfoco en el caso de Cuba durante el siglo XIX, un período marcado por la esclavitud, y en los mecanismos por los cuales ciertas personas lograban transformarse en blancas. El libro es, en parte, un estudio sobre la raza y el modo en que, no sólo en Cuba sino a lo largo de América Latina, la posición racial blanca puede ser alcanzada a través del dinero, la educación, el matrimonio y otros factores que tienen que ver con el status. En ese sentido el libro analiza las condiciones bajo las cuales es posible creer en algo que al mismo tiempo se sabe ficticio; en este caso, en la raza. En alguna medida, con mi libro anterior también investigué cierta capacidad de creer, aunque en ese caso la pregunta era por la experiencia de lo nuevo, o sea, por las condiciones que hacen posible que algo (un libro, una tecnología, una prenda de vestir) adquiera legitimidad sobre la base de su novedad.

LM: ¿Dónde te formaste y dónde te desempeñás como investigador?

VG: Me formé, primero, en el sistema de educación pública argentino, desde el jardín de infantes del IVA (Instituto Vocacional de Arte) hasta la Universidad de Buenos Aires, donde me recibí de Licenciado en Letras. Después hice un doctorado en la Universidad de California, Berkeley, y ahora soy investigador y docente en la Universidad de Wisconsin, Madison (las dos son también universidades públicas). Mi trabajo actual está financiado en su totalidad desde los Estados Unidos, ya sea a través de mi universidad o de otros organismos.

LM: ¿Cuál es la relevancia social de tu tema de investigación? ¿Por qué la sociedad debería financiarlo?

VG: Hay muchas formas de responder a tu pregunta, y la importancia social de disciplinas como la crítica literaria, la historia o los estudios culturales se deriva justamente de su capacidad para evaluar comparativamente una multiplicidad de respuestas posibles, así que te contesto de manera tentativa, o sea, crítica. Mi investigación sobre secreto a voces y raza en Cuba está motivada por una serie de interrogantes que para mí son urgentes, y si bien me enfoco en un período y una región muy alejados, eso es algo que, precisamente, me ayuda a ganar perspectiva. Uno de estos interrogantes tiene que ver la capacidad individual y social de negación de ciertas realidades: ¿cómo hace una persona o una comunidad para no ver aquello que no quiere ver o que no le conviene ver? En el caso de Cuba, esto se vinculaba en particular con la esclavitud, que hacia finales del siglo XIX ya había sido abolida en casi todas partes del mundo y por lo tanto era percibida como monstruosa desde el punto de vista político y moral. En ese contexto, muchos cubanos están obligados a hacerse los distraídos o a convencerse de alguna manera de que tener esclavos no estaba tan mal. Al mismo tiempo, muchos cubanos blancos eran blancos entre muchas comillas, y su identidad racial dependía justamente de la suspensión de la incredulidad de vecinos, amigos, etc. Aunque en cierto sentido el secreto a voces es un concepto que cualquiera de nosotros maneja perfectamente, porque es constitutivo de la vida social en todas partes, los investigadores en humanidades y ciencias sociales estamos entrenados para enfocarnos en un contexto o un caso específico para lograr mayor claridad en nuestras hipótesis y nuestras conclusiones, lo cual a la vez permite que otros puedan percibir la lógica y la relevancia de nuestras interpretaciones por más que no sean especialistas en el tema.

LM: ¿Y en el caso de tu tema de investigación anterior?

VG: Con ese otro proyecto también traté de entender un problema que define nuestras vidas día a día: el modo en que lo nuevo se transforma en un criterio de legitimación fundamental. Aunque también fue un estudio centrado en el siglo XIX, la pregunta sobre esa dimensión de la vida moderna en la cual lo nuevo juega un papel central tiene por supuesto también que ver también con nuestro presente, en la medida en que Twitter, Snapchat y fenómenos como el de la viralización de videos o memes rearticulan un tipo de experiencia cognitiva y estética que tiene una historia muchísimo más larga. Por supuesto, no estoy sugiriendo que antes de enviar un tweet cada persona tiene que leer mi libro para entender la larga historia de lo que está por hacer, pero tiene la libertad de hacerlo, una libertad que no sería posible si el conocimiento se produjese únicamente por canales privados (estoy pensando, por ejemplo, en los miles de estudios que producen cada año las empresas de publicidad y de marketing, que por supuesto no se comparten con el público).

LM: Ese libro, Cuando lo nuevo conquistó América, publicado por la editorial Siglo XXI, obtuvo dos premios, primero el que otorga la Latin American Studies Association, y después el premio Ezequiel Martínez Estrada de la prestigiosa Casa de las Américas, lo cual le valió su publicación en Cuba hace algunos meses. ¿Qué lectura hacés sobre ese reconocimiento social?

VG: Creo que puedo hablar más objetivamente de los organismos que otorgan los premios que del hecho de que hayan elegido mi libro. Son dos organismos, uno con sede en los Estados Unidos, el otro en Cuba, que se articulan sobre la base de una categoría en común que sería la de lo latinoamericano. En ese sentido, creo que al abordar de manera comparativa los casos de Argentina, Chile y Cuba el libro se posicionó, sin que yo me lo propusiera, en un campo que es de por sí parte de un debate sobre cómo enmarcar nuestras culturas, porque por lo menos desde Francisco Bilbao y José Martí está muy claro que pensar en términos de “nuestra América” implica entrar en tensión con otro tipo de alineamientos culturales y geopolíticos. Por otra parte, la pregunta por el reconocimiento social es en la práctica una pregunta sobre la coexistencia de diferentes tipos de reconocimiento. Hay revistas que reconocen lo divinas que son Juliana Awada y la reina Letizia, otras que reconocen a individuos que han sido capaces de acumular cantidades importantes de dinero o de masa muscular, y otras, como la revista de Casa de las Américas, que tratan de hacer visible a escritores, artistas e intelectuales cuyas dotes pasan por otro lado. No es cuestión de determinar si la tiara de Letizia es más importante que una novela de Ricardo Piglia, o si Bill Gates es más poderoso que Usain Bolt, sino de entender su inconmensurabilidad. O sea, medir la importancia social de una determinada novela o de la investigación en humanidades en términos monetarios o de una utilidad inmediata es tan problemático como medir la velocidad de Bolt en tiaras de Letizia.

LM: A principios de este año, el Ministro Lino Barañao y algunos directores del CONICET quisieron desviar el debate sobre el recorte de fondos del organismo promoviendo una discusión entre distintas disciplinas, subvalorando la inversión en ciencia básica y desmereciendo a las ciencias sociales y las humanidades, en consonancia con las nuevas prioridades a los supuestos “temas estratégicos”. ¿Qué valoración hacés de esa perspectiva?

VG: Creo que incluso si definimos lo estratégico en el campo estrecho de lo instrumental y la lógica capitalista, hay muy buenos argumentos en defensa de las disciplinas aparentemente más inútiles. Por ejemplo, cuando Steve Jobs presentó el iPad2 dijo que era el resultado de la unión entre tecnología, artes y humanidades. Era su forma de decir que si se hubiese enfocado sólo en la dimensión tecnológica (que es la que muchos considerarían lo “estratégico”) no habría inventado el iPad2 sino una PC un poco más rápida. Pero también era una forma de reconocer que cuando alguien enciende su iPad2 probablemente lo hace para consumir algo tan inútil, y sin embargo de un valor económico tan evidente, como una película de Hollywood (el lema de la Metro Goldwyn Mayer es “Ars gratia artis”, o sea, “el arte por el arte”). Por otro lado, a la hora de contratar empleados lo que suelen hacer compañías como Google, grandes aseguradoras como State Farm o incluso firmas de Wall Street es básicamente evaluar capacidades que tienen que ver con leer, escribir y analizar el tipo de problemas característicos de la investigación en humanidades. De hecho, el 40% de los gerentes en las compañías de la famosa lista Fortune 500 tiene títulos universitarios en humanidades, con lo cual queda claro que estudiar a Shakespeare, Schopenhauer y Chopin, o, como decía David Viñas, a Lacan can can y Derrida da da, puede ser una buena estrategia. Pero por supuesto, la pregunta que me hacías se refiere a un falso problema, porque el debate fundamental en términos de presupuesto no es si hay que financiar a una disciplina o a la otra sino cómo instituir frenos a la voracidad de los bancos, las cerealeras, las mineras, etc., para que los recursos del país circulen de manera un poco más democrática.

LM: Vos actualmente sos investigador y profesor en la Universidad de Madison. Las universidades públicas vienen sufriendo recortes presupuestarios en Estados Unidos y es de esperarse que este proceso se profundice con Trump. ¿Cómo está la situación?

VG: Son ataques financiados por grupos muy bien organizados de lobistas de derecha, fanáticos del libre mercado, y ejecutados por gobernadores y legislaturas bajo control de los republicanos. Son lamentablemente muchos los países en los que los responsables de cumplir la promesa del acceso democrático a la educación sobre la cual se construyeron las repúblicas modernas son en la práctica lobistas de la educación privada. La actual Secretaria de Educación de los EE.UU., la multimillonaria Betsy DeVos, es una de las figuras claves en el desarrollo del sistema de “vouchers” que hizo que, sólo en Wisconsin, desde 1990 se hayan canalizado más de 2.000 millones de dólares de dinero público hacia escuelas privadas, en su mayoría religiosas. Y el presidente Trump propone eliminar el National Endowment for the Humanities, que recibe 148 millones de dólares por año. Si tenemos en cuenta que al mismo tiempo quiere agregarle otros 54.000 millones el presupuesto de defensa, que ya es superior a la suma de los presupuestos de los siguiente siete países más militarizados, la conclusión es evidente: no es que falte la plata para apoyar la educación, las humanidades y las ciencias, sino que hay una decisión política para desfinanciarlas. A la vez, el activismo contra las políticas de Trump ha tenido varias pequeñas victorias en los últimos dos meses, y esa presión desde abajo, que Bernie Sanders hizo visible el año pasado durante la campaña, está sin duda en la base de la reciente decisión del estado de Nueva York de garantizar el acceso gratuito a la educación superior a estudiantes de familias con ingresos menores a U$S100,000 al año.

LM: Gracias por tu tiempo, Víctor. Un placer conversar con vos.

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