“El viejo peronismo fue un atrápalo-todo electoral de la época de las sociedades sólidas; el kirchnerismo, de una sociedad líquida”

Entrevista a Ricardo Sidicaro

Por Adrián Pulleiro[1] y Andrés Scharager[2]

Ricardo Sidicaro se ha caracterizado por ofrecer una mirada aguda sobre algunas cuestiones clave de los procesos políticos de la Argentina reciente. Doctorado en Sociología en Francia, investigador del CONICET y profesor titular de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, formó parte de las primeras camadas de graduados de la Carrera de Sociología. Algunos de sus libros, como La política mirada desde arriba: las ideas del diario La Nación (1993) y Los tres peronismos (2005), se convirtieron en referencias del debate académico de los años recientes.

Quienes lo conocen saben que sus reflexiones se diferencian de cualquier léxico tecnificado y también está lejos de abonar los estilos barrocos de otras zonas del campo de las ciencias sociales. En esa línea, antes de adentrarse en la entrevista, Sidicaro nos advierte que “cualquier prospectiva sobre cómo sigue la política nacional debe quedar para osados futurólogos. Desde una perspectiva sociológica cabe apenas proyectar tendencias a partir de las comparaciones con experiencias estudiadas evitando los relatos sobre pasados y presentes inventados”. Precisamente, de tendencias y comparaciones se trató este intercambio con Épocas.

É: En el epílogo de 2010 de Los tres peronismos indicás que, en un inicio, el gobierno de Kirchner era consciente de su escasa legitimidad de origen, no contaba con fuerza de movilización, y su inscripción en la historia del peronismo no le garantizaba de por sí gobernabilidad. Sin embargo, velozmente fue ganando apoyos amplios y heterogéneos. ¿Cuáles fueron los sectores que dieron sustento a esta primera etapa?

RS: En sus inicios, sin contar con una estructura partidaria propia medianamente importante, los kirchneristas consiguieron ganarse adhesiones en toda la estructura social mediante iniciativas gubernamentales que satisfacían demandas materiales y/o simbólicas muy diferentes y hasta opuestas entre sí. Las críticas al neoliberalismo les dio apoyos en sectores de la población que los vieron como continuadores de las protestas de 2001, el antimilitarismo los identificó con las demandas democráticas descontentas con las amnistías, la distancia con la tradición peronista les despertó expectativas en los sectores independientes y al tiempo de alcanzada la presidencia, la ruptura con Duhalde les permitió anudar vínculos con los jefes provinciales y municipales del justicialismo que le otorgaron importantes sustentos electorales (fundados más en la provisión de fondos públicos que en coincidencias políticas). La reactivación de la economía les ganó aceptaciones en medios empresarios y sindicales, en tanto que la asistencia a la exclusión social completó las convergencias que, sumadas, le ofrecieron una legitimidad social que compensó los déficits de legitimidad de origen.

É: ¿Y cómo se ha reconfigurado este esquema de alianzas liderado por el kirchnerismo con el correr de los años?

RS: En sentido estricto, el kirchnerismo en ningún momento conformó una alianza  medianamente estable con quienes le dieron apoyos sociales, políticos o ideológicos, y lo que pudo aparecer en el cuatrienio de Néstor Kirchner como intentos de formalizar “alianzas sui generis” se diluyó en los ocho años de presidencia de Fernández de Kirchner, en los cuales se amplió la legitimidad de origen en términos de caudales electorales en 2007 y en 2011, pero se fueron desgranando los apoyos sociales. De este modo, se llegó a la situación actual en la que la legitimidad social se redujo en comparación a la lograda por Néstor Kirchner. Desde el sindicalismo, el gobierno es fuertemente cuestionado, y lo mismo sucede con el empresariado; probablemente es en los sectores más pobres de la población donde se conservaron más adhesiones aunque de carácter desestructurado. La situación actual tiene mucho de paradójico si se la piensa en términos de la tradición peronista, en la que la legitimidad de un gobierno depende, más que de los votos –como supone la visión liberal-democrática de la política–, de los apoyos sociales expresados por pactos corporativos. Estos pactos son doctrinariamente las dimensiones sustantivas de la “comunidad organizada”, mientras que los excluidos son considerados como actores residuales de la política o, en todo caso, testimonios de las fallas de un sistema que se atienden mediante la beneficencia.

É: Si bien después del mandato de Néstor Kirchner los amplios apoyos cosechados comienzan a agrietarse y reordenarse, se podría decir que ha existido una vocación arbitral en la manera de concebir y llevar adelante la conducción del Estado.

RS: Comencemos aclarando que en los lenguajes corrientes sobre la política argentina se registra permanentemente una confusión entre los conceptos de gobierno y de Estado. En el libro de conversaciones de Kirchner con el sociólogo Torcuato Di Tella, publicado poco antes de las elecciones de 2003, el futuro presidente destacó la capacidad de Perón (1946-55) para integrar a los trabajadores a la sociedad, mejorando sus niveles de vida y resolviendo el conflicto social. Algo parecido dijo de los años 1973-76, elogiando las legislaciones laborales y la ampliación de los derechos de los asalariados, y se mostró optimista en cuanto a la posibilidad de reconstruir los ideales fundadores si se recuperaba la confianza en los aparatos estatales, para lo cual, según entendía, debía distanciárselos de los intereses corporativos y desarrollar una planificación neo-keynesiana. Esa meta, que quizás podría caracterizarse como una alianza de clases, estaba sin embargo destinada al fracaso en 2003, ya que prácticamente no existía un Estado capaz de disciplinar a los empresarios ni de pautar las demandas de los asalariados. Treinta años antes, Perón había igualmente hecho la experiencia y dado cuenta de la inviabilidad de tal alianza. [El ex Secretario de Comercio Guillermo] Moreno le puso su apellido al experimento a cielo abierto, demostrando durante el período de Cristina la imposibilidad de construir el “acuerdo social”.

Sólo para quienes pueden pensar de un modo más complejo que el de las propagandas y consignas publicitarias, digamos que la ausencia de una fracción de la burguesía con poder hegemónico sobre la sociedad está en la base de la debilidad de las capacidades estatales que le impiden a los dirigentes partidarios que manejan gobiernos disponer de las condiciones para llevar a la práctica los proyectos que enuncian. Pierre Bourdieu dice que “el Estado es una ilusión bien fundada que existe en virtud de la legitimidad que le otorgan quienes creen que existe”. Ese razonamiento es análogo al de Durkheim cuando afirma que “la religión es un delirio bien fundado” o, si se prefiere, que los dioses existen en la medida que cuenta con creyentes. En ese sentido, con la debacle argentina de 2001 se completó la inexistencia del Estado según el criterio bourdieusiano. De más está recordar que el capital globalizado que se había convertido en el actor socioeconómico predominante de la sociedad argentina proponía un Estado minimal; los grandes empresarios nacionales, aún en las épocas en que eran favorecidos por el Estado, exiliaban sus capitales; los gobiernos 1990-2001 hicieron de la supresión de la intervención estatal su objetivo principal; los electores de unos y otros adherían al anti-estatismo, sea guiados por la aspiración del consumismo –signo de lo que Cornelius Castoriadis define como el avance de la insignificancia–, o por el cansancio ante las ineficiencias estatales. En el caso argentino, casi no existían los soportes de la ilusión estatal.

¿Cómo gobernar en tales condiciones? La respuesta, primero de los duhaldistas y luego de los kirchneristas, fue recrear la creencia en el Estado. Ese objetivo no lo buscaban movidos por un culto a lo estatal sino como precondición para poder ejercer con investiduras legítimas las posiciones de dominación política de un régimen democrático. Mutatis mutandis, los sacerdotes no están movidos por pasiones altruistas cuando buscan creyentes que fundamenten las instituciones religiosas asumiendo la fe que legitima su dominación simbólica. La condición para hacer inteligibles las luchas de los agentes que participan en los más disímiles campos –religiosos, políticos, intelectuales, de la alta costura, etc.– es evitar el sentido común que conduce a aceptar los argumentos presentes en sus disputas, y comprender sus acciones en los sistemas relacionales que producen sus modos de obrar, pensar y sentir. Es cierto que, empleando las palabras con las que Durkheim cerró Las reglas del método sociológico, cuando se solicita a las personas que se despojen de los conceptos que tienen la costumbre de aplicar a un orden de cosas para volver a pensar en él de nuevo, no cabe esperar un público numeroso.

Kirchner había llegado a la presidencia por una vía deficitaria en términos institucionales, pero el apego a las instituciones está lejos de ser el rasgo central de la cultura política vernácula. Michel Dobry llama el espejismo heroico a la idea que supone que los períodos de crisis política se oponen a las coyunturas rutinarias o estables y que con las crisis cabe acordar principal importancia a los análisis decisionales, análisis centrado en las opciones y acciones de los individuos o de los grupos. Espejismo que conduciría a la descalificación a priori de todo examen de los procesos de crisis en términos de “estructura”, más allá del significado que se acuerde a esa noción. En esa línea de reflexión, cabe recordar a Marx, quien en una de sus más conocidas proposiciones conceptuales sostuvo que los hombres hacen la historia en condiciones que no elijen, y en otra menos citada afirmó que la historia sería de naturaleza muy mística si el “azar” no desempeñase ningún papel. Fue la azarosa mano de Duhalde la que puso al pequeño grupo kirchnerista santacruceño en el gobierno, pero el factor estructural fue la total desarticulación del campo político que abrió la brecha para la entrada de muchos que hasta entonces revistaban en los partidos en crisis como herejes y outsiders.

É: En el marco de un agudo descreimiento social hacia el sistema de partidos políticos, Néstor Kirchner comenzó su gobierno apelando a la “transversalidad”, pero acabó por tomar las riendas del Partido Justicialista y aquel proyecto inicial poco a poco se desdibujó. Sin embargo, hasta la fecha, el gobierno ha sabido aunar sectores que no necesariamente se engloban en la historia ni las tradiciones del peronismo. Has afirmado, incluso, que éste no constituye un “cuarto peronismo”. ¿De qué se trata el kirchnerismo? ¿Qué aspectos lo siguen entroncando con el peronismo y cuáles son los elementos que lo distinguen?

RS: Empezando por la segunda parte de la pregunta, cabe destacar que la principal diferencia entre los años de Néstor y Cristina y los de los peronistas 1946-55 reside en el hecho de que Perón interpeló a actores colectivos y por esa vía impulsó la universalización de sus demandas, y en cambio el kirchnerismo apuntó a satisfacer requerimientos sectoriales a los que propuso como lugar de fusión la adhesión al poder presidencial. El primer peronismo correspondió a una época en la que existían condiciones sociales y socio-económicas para unificar a un amplio sector de la población mediante mensajes simples y progresos materiales. El término “trabajador” englobó patrones, asalariados, cuentapropistas y empleados administrativos: todos “trabajaban”. Los kirchneristas, en cambio, se hallaron frente a individuos y grupos mucho más difíciles de interpelar y menos propensos a aceptar alteridades únicas. Perón fue un caudillo carismático, Néstor Kirchner un líder de transacciones e intercambios. Perón contó con apoyos de masas, en cambio el kirchnerismo capta la adhesión de targets solucionando demandas particulares y escasamente compatibles entre sí. El anciano caudillo unificó trabajadores con disímiles posiciones en la estructura social y desde el Estado concitó el apoyo de algo más de la mitad de los sufragios, a los que definió como el “pueblo” que se enfrentaba a una entidad llamaba “oligarquía”, la cual nunca fue definida claramente pero en el imaginario social de la época se suponía que eran los grandes terratenientes. La dicotomía de identificaciones de quienes adherían a Perón fue un artefacto discursivo eficaz que no apuntaba al cuestionamiento de la base material de las alteridades. El kirchnerismo se propuso explícitamente “pegar los pedazos” de una sociedad fragmentada y aspiró a generar un consenso del que, en principio, nadie debía quedar fuera. De allí la dificultad inicial para proponer un “nosotros” y un “ellos”. Esta antinomia ausente, en parte reemplazada por el antagonismo con el pasado dictatorial y el bosquejo de “nosotros la democracia” como identidad, atrajo a muchas personas ajenas a la tradición peronista.

Las distancias abismales entre peronismo y kirchnerismo residieron justamente en el respeto del ejercicio de las libertades públicas. El peronismo fundacional, en nombre de la dicotomía “pueblo-antipueblo”, empleó una amplia represión que alcanzó no sólo a la oposición política, social y cultural sino también a los enemigos “de adentro”. A modo de escueto ayuda memoria, cabe mencionar la clausura de medios de prensa opositores o independientes, la persecución y encarcelamiento de dirigentes políticos, estudiantiles y sindicalistas de la “contra”, la prohibición y trabas a las manifestaciones públicas de los sectores críticos de las iniciativas oficiales, el cambio de los sistemas electorales que redujo en casi un 80% el número de diputados radicales, etc. Entre la persecución a los propios se suelen destacar la de los gremialistas laboristas, la realizada contra los ex funcionarios y colaboradores del gobernador de la provincia de Buenos Aires, Domingo Mercante –que debió exiliarse en 1953 en Montevideo –, y también el caso de Arturo Sampay, redactor y mentor de buena parte de la Constitución de 1949, en fin, las iniciativas contra figuras activas de las jerarquías de la Iglesia Católica, muchas de las cuales habían sido un apoyo fundamental del surgimiento del peronismo. El gobierno peronista 1973-76 superó ampliamente las acciones represivas del primero: los para-policiales-verde-coordina-sin-chapa, que preanunciaban a los del Proceso, estaban destinados a entrar en la literatura internacional con la pluma de V. S. Naipul, quien en su novela The Return of Eva Perón los denominó the killer Falcons. Y el rigor del abecedario impuso como entrada o voz inicial en cualquier diccionario académico sobre el peronismo “AAA”.

En fin, agreguemos que si desde el punto de vista ideológico, la antinomia “pueblo-antipueblo” le daba respaldo a la represión peronista, en cambio, el “nosotros la democracia” de los años kirchneristas supuso la aceptación del pluralismo. El verdadero salto en materia de reconocimiento de la oposición registrado por los gobiernos de Carlos Menem, de Eduardo Duhalde y de Néstor y Cristina Kirchner, puede ser explicado desde el marco conceptual en el que se inscriben estas respuestas diciendo que ese pluralismo es uno de los observables empíricos más significativos del fin del viejo peronismo. Para decirlo con mayor nivel de generalización, la sociedad líquida mandó al desván de trastos viejos el pueblo único, la razón de Estado, la nación idolatrada, los jefes que nunca se equivocan. Si bien esos sintagmas no han desaparecido de los discursos públicos y de las fantasías privadas, perdieron capacidad performativa para crear realidades en la que la supresión del “otro” quepa en los repertorios de la acción política. Actor básicamente electoral de una sociedad en la que la política ha licuado los viejos antagonismos, el kirchnerismo plantea dicotomías light, inclinadas a incitar al “otro” al transfuguismo e incorporarlo a su solución coloidal. No faltaron, por cierto, los hechos de violencia contra opositores y protestas, que discordaron con la tendencia general, pero es sólo en el plano de la retórica que se conservan parecidos con la intolerancia de antaño.               

La incorporación de los caudillos justicialistas a la solución coloidal kirchnerista –concepto de química que remite a un medio fluido en el que flotan elementos sólidos que no se combinan entre sí– completó la variopinta conformación de los apoyos al nuevo gobierno. Muchos de los individuos y grupos que se reconocían como kirchneristas constituyeron una asociación, término weberiano con el que se alude a los vínculos laxos o inexistentes entre agentes que compiten por los mismos bienes, como en un mercado, y ocupan un mismo espacio social a los efectos de maximizar sus ganancias sin mantener lazos de solidaridad. Kirchner, en tanto líder de intercambios, actuaba como árbitro entre quienes tenían demandas materiales y/o simbólicas relativamente opuestas y captaba insatisfacciones latentes para ampliar sus apoyos. Por esa vía, se forjó el programa kirchnerista cuyo límite abierto e impreciso fue su mayor atractivo. Frente a las demandas empresarias o sindicales, el cambio político (en términos de Rusconi) necesario para mantener lealtades supuso negociaciones más complejas por la solidez de los actores y los constreñimientos del sistema económico. La satisfacción de los pedidos de los sectores socialmente menos estructurados, fue, en cambio, menos conflictiva, dado que las soluciones podían alcanzarse sin afectar negativamente a otros integrantes de la solución coloidal.

Lo que cabría llamar las vidas paralelas del mundo kirchnerista se cruzaron, con singular beligerancia, con motivo del proyecto a las retenciones móviles a las exportaciones agrarias. Comenzó entonces la segunda etapa del kirchnerismo en la que entró en crisis no sólo la continuidad de algunos apoyos empresarios sino también el cuestionamiento al kirchnerismo por parte del peronismo pampeano y de los denominados radicales K. La coyuntura de los idus de marzo fue la fisura que reveló la fragilidad de la acumulación de fuerzas realizada por el gobierno entre 2003-2007. La desarticulación del sistema de partidos había proporcionado un auspicioso punto de partida pero a sus efectos centrífugos no escaparon ni los más activos adherentes del gobierno. La crisis de las instituciones había contribuido a la expansión de los márgenes de acción del ejecutivo, pero el debilitamiento de las capacidades estatales llevó al desgaste de la credibilidad del conjunto del poder gubernamental. Las ideas del economicismo simplificador creyeron encontrar en el aumento del PBI la clave para afianzar consensos pero, como lo explicó Durkheim, el crecimiento de la economía agudiza las situaciones de anomia que se expresan en el incremento de las insatisfacciones sociales e individuales. Los voluntarismos políticos suelen desconocer las condiciones objetivas que favorecen sus iniciativas y celebran los logros como productos de las genialidades de las mesas chicas. Sin embargo, la gobernabilidad de la complejidad social difícilmente puede ser comprendida por los conciliábulos de pocos. En 2009, muchos brokers peronistas, como buenos operadores de mercados políticos, sintieron malestares por abajo y se mostraron disponibles para acompañar las ofertas de nuevos aspirantes a la alternancia.

É: ¿Qué relaciones establecerías entre las formas del kirchnerismo de ejercer el gobierno y aquellas de los tres peronismos? ¿Qué tipo de Estado se ha conformado en esta década? ¿Cómo ha sido el vínculo entre partido, gobierno y Estado?

RS: Comienzo por el final de la pregunta. Para responder de un modo conciso, el peronismo nunca fue un partido político con afiliados y tendencias internas reconocidas oficialmente que discutiesen programas y líneas de acción. Su definición del pueblo era contraria a las diferencias y la idea de verticalidad hacia el Líder propendía a la obediencia (más de palabra que en las prácticas), pero doctrinariamente sólo se aceptaban distinciones basadas en criterios orgánicos, sean de género y edad u ocupacional, expresado en confederaciones. Durante la década fundadora, el peronismo operó como un Partido-Estado en el que las decisiones se tomaban con criterios de eficacia institucional y el programa se ajustaba a las situaciones a resolver. La intolerancia hacia los opositores venía también de suponerlos como agentes que respondían a un Estado foráneo. El menemismo fue en ese sentido un gran modernizador de las ideas peronistas ya que definió como adversario a la propia estatalidad nacional, lo que implicaba mandar al desván de trastos viejos al locus institucional del peronismo fundador. El kirchnerismo se encontró con que el Estado no sólo había dejado de existir por la gran crisis que lo dejó sin capacidades de intervención económica, burocrática, política y técnica sino, además, que había sido quebrado en el propio imaginario peronista. Sin posibilidades de un Partido-Estado, los kirchneristas hicieron del gobierno-partido el sustituto funcional de un partido oficialista.

É: Modelos, proyectos, relatos. Mucho se ha hablado sobre cómo el gobierno ha creado un imaginario sobre sí mismo, y el viejo peronismo no ha estado afuera de las referencias y sostenes ideológicos y litúrgicos. ¿Qué hay de peronista en las representaciones del kirchnerismo sobre sí mismo?

RS: Lo que tiene en común el kirchnerismo nacional con los peronistas provinciales y municipales es que todos hacen ofertas políticas para captar demandas diferentes y hasta opuestas y ofrecen soluciones para los más diversos consumidores. El viejo peronismo fue un atrápalo-todo electoral que correspondió a la armonía de un fordismo incipiente propio de la época de las sociedades sólidas. El kirchnerismo es un atrápalo-todo de una sociedad líquida, para usar el hoy ampliamente divulgado concepto de Zygmunt Bauman, en la que las demandas de los individuos nunca terminan de satisfacerse y los procesos de modernización licúan a los viejos actores colectivos. Con las oposiciones sucede algo bastante parecido y nadie conserva sus viejas certezas. Todos encuentran una alta proporción de sufragios de personas a las cuales, ante las preguntas quiénes son y qué son, comienzan a dudar, y por eso los consejeros electorales de los candidatos les sugieren que hablen poco y digan casi nada. En los estudios de opinión pública, la mayoría dice desconfiar de los partidos, los sindicatos y las instituciones estatales. En el mundo entero se han desdibujado las ideologías de antaño, y sólo los nostálgicos creen que conservan identidades. En los partidos, escribió Michel Offerlée, las razones de pertenencia suelen aducirse cuando se está en cargos públicos o para aspirar a los mismos.

A modo de cierre

RS: Los peronistas constituyeron siempre una asociación pragmática y gelatinosa y esa es la clave de su supervivencia. En 1955, los artífices de la destitución de Perón (no pocos habían sido militares peronistas hasta la víspera) recibieron el apoyo de la CGT, uno de cuyos asesores legales fue designado Ministro de Trabajo. A la antesala de los despachos presidenciales comenzaron a llegar figuras de la primera hora del justicialismo y otros apenas distanciados el año anterior. El pacto Perón-Frondizi se cumplió en un aspecto esencial y la Ley de Asociaciones Profesionales creó el sindicalismo peronista destinado a perdurar. Neo-peronismo fue el nombre de los acuerdos con los efímeros gobiernos civiles y la oferta para conversar con los uniformados. El ejército azul contó con sus apoyos justicialistas y en 1966 las principales figuras del gremialismo peronista se mantenían expectantes ante el augurio de los pactos corporativos. Onganía y Levingston tuvieron altos funcionarios de procedencia peronista. Ante la evidencia de que era desobedecido por no pocos de sus dirigentes en el territorio, Perón avaló la violencia guerrillera de las formaciones especiales confiando, seguramente, en que el denominado peronismo de izquierda era un simple oxímoron anulable con cuatro llamadas de atención ya que la doctrina justicialista no era un significante vacío. Luego completó esa acción ofreciéndose como garantía de paz y volvió en 1973 como jefe del partido del orden y recuperó el grado y uniforme castrense. En una célebre alocución les explicó a sus seguidores más leales que si no institucionalizaban el “movimiento” se disolverían, pero éstos no lo hicieron, probablemente por un saber práctico que les indicaba que “la gelatina vencía al tiempo”. Los ministros peronistas hicieron el ajuste de Rodrigo y los sindicalistas la movilización contra el Rodrigazo. El proceso asesinó a muchos peronistas pero otros, entrenados en las filas de la Triple A, siguieron en los coches-verde-coordina. La derrota de 1983 la pagaron los sindicalistas, mientras emergían los renovadores que, ahora en nombre de la modernización, encumbraron al tradicionalista Carlos Menem. En las elecciones de 2003 la gelatina fue oficializada bajo la forma de sub-lemas. Néstor Kirchner encaró inicialmente la construcción de una nueva fuerza política que superase a lo que llamaba la “confederación de gobernadores peronistas sin ideas”. Éstos, aunque alarmados primero, luego confiaron en el saber práctico dado por la experiencia y esperaron.

Para finalizar estas reflexiones cabe aclarar que la presente entrevista centrada básicamente en preguntas relacionadas con las transformaciones de lo que ha dado en denominarse el  kirchnerismo  deja en la penumbra el hecho de que dichos avatares de la vida  nacional son una expresión más de la sociedad argentina realmente existente en la que los términos partidos, ciudadanía y participación política han perdido, al igual que en muchos otros países, sus viejos sentidos e incluso, probablemente, con una intensidad mayor, dado que se trata de una democracia sin historia. Hoy, por cierto, las referencias teóricas en las que se basan las reflexiones sobre la política son un recurso fundamental para evitar tomarse al pie de la letra los simples o alambicados discursos de los actores asesorados por expertos en comunicación persuasiva y eludir quedar atrapados en el fetichismo de la representación, relatos que complementan lo que Jean-Paul Sartre llamaba la trampa para tontos. Los fuegos de artificios de las coyunturas políticas suelen cegar a unos, pero igualmente existen muchos que encuentran beneficios, materiales y/o simbólicos, cultivando cegueras voluntarias. Y en cuanto al mundo en que vivimos, bien corresponde cerrar estas apretadas respuestas con la síntesis formulada por Alain Touraine en una entrevista publicada hace unos meses en la revista Ñ: “A partir de los años 60 asistimos al ocaso progresivo del capitalismo industrial. Prevaleció el capitalismo financiero y especulativo, que resta capitales a las inversiones productivas. Esta transformación del capitalismo vació de contenido las categorías político-sociales en las que estábamos acostumbrados a pensar”. Valga la cita para situarse ante las urgencias de las renovaciones de las ciencias sociales locales pero, también, ante la pregunta sobre sus posibles aportes al mejor conocimiento de los procesos políticos argentinos.

[1] Adrián Pulleiro es Licenciado en Ciencias de la Comunicación (UBA) y se desempeña como docente en dicha carrera y en la Universidad Nacional de La Pampa (UNLPam). Es Doctor en Ciencias Sociales (UBA) y becario posdoctoral del CONICET. Investiga sobre formaciones intelectuales en la Argentina contemporánea e historia de los estudios en comunicación.

[2] Andrés Scharager es Licenciado en Sociología (UBA), donde se desempeña como docente en la materia “Historia del Conocimiento Sociológico II”. Maestrando en Antropología Social (IDAES-UNSAM/IDES), becario del CONICET y Doctorando en Ciencias Sociales (UBA). Investiga sobre Estado, políticas públicas y sectores populares en el marco de conflictos urbano-ambientales.