¿EL POPULISMO IMPOSIBLE? ECONOMÍA Y POLÍTICA EN LA ARGENTINA RECIENTE

Por Andrés Wainer[1]

Introducción

Tras sufrir la crisis económica más profunda de su historia moderna, a partir de 2003 la Argentina inició un inédito ciclo de crecimiento que fue acompañado por importantes mejoras sociales. Sin embargo, hacia el año 2008 comenzaron a emerger dificultades económicas que impidieron consolidar un ciclo de crecimiento estable a largo plazo. Al respecto se plantea la hipótesis de que la interrupción del virtuoso ciclo de “crecimiento con inclusión” no se debió simplemente a “errores” de política económica del gobierno kirchnerista, ni tampoco exclusivamente a un cambio en el contexto internacional, sino fundamentalmente a los límites que exhibió el Estado “populista” para producir grandes transformaciones que permitieran superar las contradicciones de una estructura productiva desequilibrada y dependiente.

Para ello en el presente artículo se realiza una somera revisión de algunas de las principales características que adquirió el modo de acumulación tras la debacle de la Convertibilidad. Ello involucra cuestiones que van más allá de lo meramente “económico” y que abarcan de manera amplia las relaciones entre clases sociales y fracciones de clase y como éstas son procesadas por el Estado. El artículo finaliza con algunas líneas sobre el carácter del nuevo gobierno a partir de la victoria electoral de la alianza Cambiemos a fines de 2015.

Las etapas de la Posconvertibilidad: del crecimiento récord al virtual estancamiento

Tras el abandono de la Convertibilidad en 2002, la Argentina inició un período de holgura externa que estuvo asociado a una evolución favorable de los términos del intercambio, una inicial y pronunciada contracción de las importaciones, un incremento cuantitativo de las exportaciones y la reestructuración de una parte de la deuda pública. Esta situación fue una condición necesaria -aunque no suficiente- para que la economía doméstica tuviera un exitoso desempeño entre 2003 y 2008: el PBI creció a una tasa anual acumulativa del 8,4% (con un rol protagónico de las actividades industriales), el desempleo se redujo en 9,4 puntos porcentuales (del 17,3% al 7,9%. Fuente: INDEC) y el salario real promedio se incrementó un 17% (Fuente: CIFRA)[2].

En dicha etapa los principales beneficiados dentro de la clase capitalista local fueron, en primer lugar, los grandes exportadores y, en segundo término, el capital productivo y comercial orientado al mercado interno. Entre los primeros, además de los que ya se habían consolidado durante la década de 1990 -los principales productores y comercializadores de soja y sus derivados y algunas grandes empresas del sector agroindustrial, petrolero, químico y automotriz (Azpiazu y Schorr, 2010; Schorr, 2004)-, se sumaron firmas provenientes de sectores como el minero, cuyas inversiones maduraron y se expandieron en los primeros años del nuevo siglo (Basualdo, Barrera y Basualdo, 2013). Por otro lado, la devaluación, que actuó como virtual protección cambiaria, y la reactivación del mercado interno terminaron generando beneficios para las fracciones menos competitivas de la burguesía local (Cantamutto y Wainer, 2013; Varesi, 2011; Wainer, 2013).

De esta manera, el abandono de la Convertibilidad implicó una alteración en la correlación de fuerzas al interior del bloque de poder, emergiendo una incipiente hegemonía del gran capital productivo que desplazó temporalmente al capital financiero y las empresas de servicios públicos privatizadas, los grandes ganadores de la década de 1990. La situación económica imperante tras el default de la deuda pública y la devaluación de 2002 (amplia capacidad ociosa, precios internacionales crecientes, salarios bajos, moneda devaluada, entre otras características) permitió el despliegue de una política económica que garantizara la reproducción ampliada de dicha fracción del gran capital junto al otorgamiento de concesiones materiales tanto a las fracciones más débiles del capital local como a los sectores populares[3].

Esta situación comenzó a mostrar sus primeros inconvenientes hacia 2007/8, los cuales comenzaron a hacerse más evidentes tras el conflicto del gobierno con las patronales agropecuarias frente al intento de imponer un esquema retenciones móviles (Basualdo, 2011; Giarraca y Teubal, 2011) y ante el cambio del contexto externo a partir de la emergencia de la crisis internacional (Arceo, 2011). En dicho momento comienzan a acelerarse la inflación, la apreciación del peso y la fuga de capitales (Schorr y Wainer, 2014), en tanto que a partir de 2009 desaparece el superávit fiscal y comienza a reducirse el superávit de cuenta corriente (Gráfico Nº 1).

Gráfico Nº 1. Evolución de los principales componentes del balance cambiario, 2003-2014 (en millones de dólares corrientes)

gráfico wainerFuente: elaboración propia en base a datos del BCRA

Debe señalarse que la burguesía industrial, si bien se vio beneficiada con los cambios en los precios relativos derivados de la salida devaluatoria, siguió teniendo en esencia las mismas características que durante la década anterior. En este sentido, no emergió una nueva “burguesía nacional” competitiva, tal y como se lo había propuesto inicialmente el gobierno, sino que se trató de la misma burguesía concentrada y extranjerizada, a la cual se le sumaron algunos capitales nacionales vinculados mayormente a actividades no transables reguladas por el Estado y sin posibilidad de competir a nivel internacional (Gaggero, Schorr y Wainer, 2014).

En este sentido, los cambios desplegados en la política económica tras la crisis de la Convertibilidad no modificaron sustancialmente la inserción internacional de la Argentina, basada fundamentalmente en la provisión de productos derivados de recursos naturales y unos pocos commodities industriales con escaso valor agregado y/o contenido tecnológico (Belloni y Wainer, 2012; CEPAL, 2012; Fernández Bugna y Porta, 2008; Katz y Bernat, 2013; Schorr, 2013; Wainer, 2011). No sólo no hubo una mejora cualitativa de las exportaciones sino que tampoco hubo un avance significativo en la sustitución de importaciones, sobre todo teniendo en cuenta que muchas de las ramas industriales que lideraron el crecimiento, como la automotriz y la electrónica de consumo, registraron un elevadísimo componente importado (Azpiazu y Schorr, 2010; Porcelli y Schorr, 2014; Santarcángelo, 2013; Schorr y Wainer, 2013). Es decir que, a pesar de la mejora relativa en la posición del capital productivo y el cambio en la orientación de la política económica, no se visualiza durante el período una transformación estructural en la economía argentina.

Como señalamos, los límites del ciclo de alto crecimiento alcanzado durante el primer lustro kirchnerista comenzaron a hacerse evidentes a partir de los años 2008/2009, cuando no sólo se produjeron cambios significativos a nivel mundial a partir de la expansión de la crisis internacional sino que también comenzaron a agotarse las condiciones internas que lo hicieron posible: amplia capacidad ociosa, alto desempleo, salarios bajos y bajos vencimientos de deuda, entre otras.

En la segunda etapa de la Posconvertibilidad (2008-2014) el PBI creció a un menor ritmo (un promedio de 3,6% por año) en un contexto determinado por la emergencia de la crisis internacional, el paulatino deterioro de la posición externa y de la situación fiscal, y por una suba considerable en el nivel de inflación. Por su parte, el nivel de desocupación se mantuvo prácticamente inalterado (pasó del 7,3% al 6,9%) y los salarios se incrementaron a un ritmo notoriamente inferior (con una suba total de 4,4% en todo el período).

El desempeño económico durante esta etapa no fue peor gracias a la utilización de las reservas internacionales acumuladas en los años anteriores. Sin embargo, este accionar tenía un límite, tal como quedó en evidencia cuando las reservas perforaron el “piso” de 30.000 millones de dólares a inicios de 2014 (a mediados de 2011 rondaban los 52.000 millones). Frente a ello, el gobierno decidió avanzar con un ajuste parcial de la economía a partir de la devaluación de la moneda, el aumento de las tasas de interés y una menor emisión monetaria.

No obstante, dado que dichas medidas golpearon directamente a la base social del gobierno (asalariados y pequeños y medianos empresarios), se buscó acotar sus efectos más negativos promoviendo algunas políticas que los contrarrestaran. Asimismo se acordó un intercambio de monedas con China y se suscribieron una serie de “convenios estratégicos” en materia de inversiones. La activación de distintos tramos del acuerdo financiero con el gigante asiático, sumado a otros factores como la licitación de nuevas bandas de telefonía móvil, posibilitaron una muy moderada recomposición de las reservas internacionales en poder del Banco Central durante la segunda mitad 2014. Así, el gobierno logró evitar -transitoriamente- un giro más drástico en la economía aunque a costa de profundizar los desajustes. En definitiva, el kirchnerismo logró llevar su “tiempo político” un poco más allá de su “tiempo económico”.

La autonomía relativa del Estado “populista”

El kirchnerismo pudo avanzar con el “modelo de crecimiento con inclusión” en tanto el incremento del producto permitía una recomposicón de las ganancias y también del empleo y de los salarios. Sin embargo, las contradicciones que presentaba el proceso abierto en 2003 comenzaron a hacerse más visibles en la medida en que las necesidades de acumulación de capital, en una estructura productiva desequilibrada y dependiente, empezaron a colisionar con la mejora sostenida en los ingresos y en la distribución del ingreso[4].

Durante la primera etapa de la Posconvertibilidad el proceso de acumulación fue predominantemente de tipo “capital extensivo”, es decir que se basó más en la incorporación y reincorporación de fuerza de trabajo al proceso productivo que en aumentos de la productividad (Piva, 2015). Ello permitió reducir la desigualdad y mejorar las condiciones de vida de la mayoría de la población. Sin embargo, una vez que el desempleo tendió a encontrar su “piso” bajo las condiciones imperantes (alrededor del 6%-7%), la reducción de la desigualdad pasó mayormente por el incremento de los ingresos. El problema fue que la mejora en los salarios (reales) comenzó a entrar en contradicción con la estrategia de acumulación capital extensiva, en tanto, en un escenario de relativamente reducidos aumentos de la productividad, tendió a ejercer presión sobre la tasa de ganancia y/o a impulsar la tasa de inflación.

En la segunda etapa caracterizada en el apartado anterior, la acumulación de capital (extensiva) fue perdiendo dinamismo: la tasa de inversión, que había superado el 20% del PBI en 2007, comenzó a descender a partir de 2008 hasta estabilizarse en 2012 alrededor del 17% (Cuadro Nº 1). De allí que la reducción de la desigualdad no solo fuera más lenta -tal como queda reflejado en la evolución del coeficiente de Gini presentada en el Gráfico Nº 2-, sino que además la misma pasó a depender en mayor medida de transferencias estatales directas como la Asignación Universal por Hijo (AUH), los diversos planes sociales (Plan Progresar, Argentina Trabaja, Plan Familias, etc.) y las políticas de mantenimiento del empleo, como el programa de recuperación productiva (REPRO) vigente entre 2009 y 2014.

Cuadro Nº 1. Tasas de Consumo Público y Privado, Exportaciones e Inversión Bruta Fija sobre PBI a precios corrientes, 2004-2014*. En porcentajes – base 2004.

Consumo total Consumo Privado Consumo Público Exportaciones Inversión Bruta Fija
2004 75,7 66,0 9,7 21,5 16,6
2005 75,8 65,5 10,3 20,9 18,3
2006 74,3 63,9 10,4 20,3 19,8
2007 74,1 63,3 10,8 19,8 20,2
2008 75,8 64,3 11,5 19,7 19,8
2009 79,5 66,1 13,4 17,3 17,5
2010 78,4 65,3 13,1 17,4 18,0
2011 78,7 64,7 14,0 17,6 18,5
2012 81,2 66,1 15,1 15,5 17,1
2013 81,5 65,9 15,6 14,3 17,0
2014 80,1 64,4 15,8 14,8 17,1

*La suma de los distintos componentes no da 100 dado que el consumo y la inversión involucran también bienes y servicios no producidos en el país (importados), a lo que debe sumarse la variación de existencias.

Fuente: Elaboración propia en base a Dirección de Cuentas Nacionales-INDEC.

Gráfico Nº 2. Argentina. Evolución del Coeficiente de Gini* per cápita familiar, 2003-2015 (segundo trimestre**)

gráfico 2 wainer

* El Gini es una medida de desigualdad en la cual el coeficiente es igual a cero si todas las unidades reciben lo mismo y se aproxima a 1 al incrementarse la desigualdad de la distribución.

**Dado que la nueva serie de EPH se inició en la segunda mitad de 2003, en dicho año se tomó el tercer trimestre en lugar del segundo como punto de referencia.

Fuente: Elaboración propia en base a EPH-INDEC.

La continuidad -aunque a un ritmo menor- del proceso redistributivo en un contexto de desaceleración de la acumulación de capital fue posible por el cambio en las relaciones de fuerza entre clases resultante de la forma en que se saldó la crisis de 2001. El reposicionamiento de la clase trabajadora ocupada y la menor dependencia financiera permitieron un incremento en la autonomía relativa del Estado. A su vez, este proceso se fortaleció a partir de la recuperación de ciertos recursos y empresas estratégicas, como la estatización de las administradoras privadas de los fondos jubilatorios (AFJP) y la recuperación de algunas destacadas empresas públicas que habían sido privatizadas durante la Convertibilidad (especialmente la re-estatización del 51% de las acciones de la petrolera YPF).

De esta manera, durante los gobiernos de Cristina Fernández de Kirchner (CFK) (2007-2015) el Estado argentino logró el mayor grado de autonomía relativa desde el regreso de la democracia. Sin embargo, tal como en el caso que analiza Marx (la Francia de Luis Bonaparte), el poder del Estado no flotó en el aire sino que representó los intereses de una nueva “alianza populista”. Tras la crisis con las patronales agropecuarias y el cambio en el contexto internacional, el gobierno encontró su principal base de sustentación entre los capitales mercadointernistas más débiles y los sectores populares.

Puede hacerse una aproximación al mencionado vuelco más mercadointernista de los gobiernos de CFK al considerar el peso de los distintos componentes de la oferta y demanda agregada en el producto -y, más específicamente, del consumo y las exportaciones. Como se puede observar en el Cuadro Nº 1, a partir de 2008 se da un incremento del peso del consumo sobre el producto en simultáneo con una importancia decreciente de las exportaciones. Si se desagrega el consumo según su origen (público/privado) se constata que el grueso del incremento del mismo respondió a la expansión registrada por el consumo público. Este aumento del consumo público se debió, en buena medida, a la acción contracíclica del Estado en un contexto de crisis internacional y frente a la pérdida de dinamismo de la inversión privada doméstica. Este incremento del gasto permitió, a través de distintos mecanismos -subsidios, programas sociales, incremento del empleo público, etc.-, sostener un piso de crecimiento junto a una limitada redistribución del ingreso en favor de los componentes de la “alianza populista”.

Los límites estructurales del “modelo”

En la medida en que las condiciones que habían posibilitado la situación de “todos ganan” se fueron agotando, empezaron a emerger tensiones no sólo entre distintas fracciones de la clase dominante sino también en el interior de la propia alianza policlasista que sirvió de principal sustento social a los gobiernos de CFK. Algunas manifestaciones de ello fueron el creciente rechazo de buena parte de las capas medias (aunque no sólo de ellas) a los planes sociales, la negativa de los trabajadores mejor remunerados a pagar mayores tributos (ganancias) y las demandas de los capitales más débiles por crecientes compensaciones para poder hacer frente a la apreciación cambiaria y el incremento de costos -fundalmentalmente debido a los incrementos salariales y de los precios de las materias primas. Esto último se tradujo en mayores medidas de protección y/o subsidios cuyo costo fue asumido por el conjunto de la sociedad, ya fuese indirectamente a través del Estado (subsidios explíticos) o de manera directa a partir de pagar precios muy superiores a los internacionales (subsidios implícitos).

Sin duda el kichnerismo tomó medidas de política económica que generaron roces y fricciones con destacados miembros de la gran burguesía (primero con los acreedores externos y las privatizadas, luego con algunos grupos económicos locales y empresas extranjeras), pero las mismas no alcanzaron a consolidar un modo de acumulación alternativo. Aunque enfrentado en términos políticos con algunos miembros destacados de la burguesía argentina, como el grupo Clarín, fue poco lo que el gobierno anterior modificó de las bases estructurales del poder económico[5].

wainer dólar 2

De este modo, se puede afirmar que la ausencia de un cambio estructural no obedeció simplemente a un error de diagnóstico o a cierta incapacidad técnica del personal del Estado (aunque estos factores influyeron) sino fundamentalmente a las características del bloque de clases dominante, el cual, a pesar de haberse visto desplazado temporalmente de la escena política, mantuvo casi intacto su predominio económico.

En este sentido, hay que señalar que los límites que enfrenta una economía dependiente como la argentina están íntimamente relacionados con las posiciones que adoptan las distintas clases y fracciones de clase. Si bien siempre existen diferencias al interior de la clase dominante respecto a las medidas de política económica, las lógicas de acumulación de las distintas fracciones de la gran burguesía argentina coinciden en reforzar un patrón dependiente de reproducción de capital.

La pasividad con la que se insertó la Argentina en la economía globalizada le terminó otorgando a las empresas transnacionales importantes grados de libertad para aprovechar las ventajas comparativas derivadas de los recursos naturales y de ciertos ámbitos de acumulación de la economía local favorecidos por las políticas públicas. Las mismas adquirieron un peso central en la dinámica de acumulación en general y en la provisión de divisas en particular (ya sea por el peso de la inversión extranjera o por la vía exportadora), lo cual les otorgó un importante poder de veto sobre la orientación de la política económica.

Si bien los grandes exportadores que se basan en el aprovechamiento de las ventajas comparativas derivadas de los recursos naturales son en su mayoría de origen extranjero, también se incluyen entre ellos algunos grupos económicos locales tradicionales. Estas diferencias en el origen del capital no implican divergencias en lo que hace al patrón de especialización de la economía doméstica. Estos actores tienen un rol destacado en la definición del patrón de acumulación y en la provisión de divisas, lo que les permite poner límites objetivos al accionar del Estado en relación a la distribución de la renta y/o las regulaciones sobre el comercio exterior.

Por otro lado, la supuesta “burguesía nacional” tampoco parece estar dispuesta -ni en condiciones- de llevar adelante un proyecto de país distinto al que surge de la pasiva inserción de la Argentina en la división del trabajo a escala mundial. Esto se debe a que la mayor parte de las empresas nacionales no han logrado competir en igualdad de condiciones con las firmas transnacionales, excepto en aquellos casos relacionados con la explotación de ventajas comparativas naturales. El resto del capital nativo se reparte entre los que llevan adelante tareas complementarias al capital extranjero -generalmente con tecnologías obsoletas y sustentados en la sobreexplotación de la fuerza de trabajo-, otros que encuentran refugio en actividades que no dependen de la utilización de tecnología de punta y en las cuales las diferencias de productividad suelen ser menores -como en el sector comercial-, o bien en sectores que se encuentran por fuera de la competencia intercapitalista -en general se trata de actividades reguladas por el Estado como servicios públicos, licencias para actividades como juegos de azar, obras públicas, etc.. El correlato final de esta situación es la subordinación, no exenta de conflictos puntuales, del capital nacional a la lógica reproductiva del capital extranjero.

Asimismo, todas las fracciones superiores de la burguesía argentina optaron, mediante diversos mecanismos, por remitir una parte considerable de excedente obtenido localmente al exterior. Mientras las empresas transnacionales suelen recurrir principalmente -aunque no únicamente- a la remisión de utilidades y a los denominados “precios de transferencia” para enviar divisas al exterior, entre los grupos económicos locales predomina la fuga de capitales. A ello se le suma que las exportaciones dependen en buena medida de medios de producción que apropian renta (principalmente la tierra), con lo cual una proporción considerable del excedente generado en estas actividades -especialmente en la agropecuaria y la minera- no es reinvertido en la esfera productiva. En la medida en que la moneda doméstica no constituye una reserva de valor, y en un contexto de tasa de interés real baja o negativa, esta masa de renta tiende a impulsar la demanda de divisas para luego ser fugadas.

En síntesis, la gran burguesía argentina no parece tener interés en llevar adelante un cambio estructural en la economía. La precaria conducción del bloque en el poder que alcanzó una fracción del gran capital productivo tras la crisis de 2001 fue corroyéndose hacia fines de dicha década, dado que se fueron agotando las condiciones macroeconómicas que habían posibilitado las altas tasas de crecimiento (particularmente del sector industrial) junto a una mejora significativa de las condiciones de vida de la mayoría de la población. Fue allí cuando comenzó la etapa más “bonapartista” del kirchnerismo, con un anclaje social y político en la “nueva” alianza populista.

No obstante, esta mayor autonomía relativa del Estado argentino terminó siendo condicionada por la ausencia de transformaciones de fondo en la estructura productiva y de propiedad del capital concentrado local. El creciente deterioro del resultado de la Cuenta Corriente fue una manifestación de dichas limitaciones en tanto generó las condiciones para un reposicionamiento de la burguesía agroexportadora y, sobre todo, del capital financiero. Esta situación no terminó de consolidarse durante los últimos años del segundo gobierno de CFK gracias a las abultadas reservas internacionales acumuladas en el ciclo previo y al establecimiento de acuerdos financieros y de inversión con algunas potencias emergentes como China y, en menor medida, Rusia. Estas estrategias de corto plazo alcanzaron para que el kirchnerismo lograra culminar su “ciclo político” sin sufrir grandes cimbronazos, pero dejaron irresueltos los problemas estructurales que aquejan a la economía argentina.

“Cambiemos” de política económica

La victoria de Mauricio Macri en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales -noviembre de 2015- parece haber puesto fin al “ciclo populista”. Si bien el tiempo transcurrido al momento de escribir este artículo es insuficiente para establecer alguna afirmación concluyente al respecto, se vislumbra que el cambio de gobierno estará acompañado de un intento del bloque en el poder por reposicionarse políticamente de la mano de las dos fracciones económicamente más poderosas: el capital financiero y las empresas transnacionales. Las condiciones estructurales de desenvolvimiento del modo de acumulación, el origen de los funcionarios seleccionados para los altos cargos[6] y las primeras medidas económicas tomadas por el nuevo gobierno parecen apuntar en este sentido.

Con el gobierno de la alianza Cambiemos el Estado intenta volver a su rol de “organizador” de las fracciones de la gran burguesía argentina en el bloque en el poder. Al respecto, pareciera configurarse una especie de “nueva alianza ofensiva” entre el capital financiero y las fracciones superiores del capital productivo (mayormente empresas transnacionales y grandes exportadores), aunque la misma no está exenta de tensiones internas. Resta ver si el Estado macrista será capaz de procesar las contradicciones que puedan emerger entre las distintas fracciones burguesas y entre el conjunto de éstas y las clases subalternas para dar lugar a una dominación de clase estable y coherente.

En cierta forma, la victoria de Macri puede ser pensada como un reajuste de la política a la economía, o bien, como los límites que exhibe la política cuando no produce un cambio sustantivo en las relaciones de poder y de clase. Si bien el kirchnerismo logró relanzar la acumulación de capital tras la debacle de la Convertibilidad, la ausencia de un cambio estructural -en tanto no se trastocaron en lo sustancial las bases económicas del bloque en el poder- terminó poniendo un límite insuperable a la autonomía relativa del Estado. Las limitaciones que exhibe una economía dependiente como la argentina para avanzar en procesos sostenidos de desarrollo encuentran su génesis en los intereses de su clase dominante, la cual ha demostrado no estar dispuesta a traspasar ciertos umbrales en términos de distribución del ingreso. Desde este punto de vista, el kirchnerismo fue más allá de lo tolerable por la clase dominante local. Las necesidades políticas de dicho movimiento terminaron impulsando una conducción de la economía que se tornó inconsistente con las tendencias dominantes del modo de acumulación pero que, a su vez, fue incapaz de transformarlo sustantivamente.

Referencias bibliográficas

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[1] Sociólogo (UBA), Doctor en Ciencias Sociales (FLACSO) y Magíster en Economía Política (FLACSO). Investigador adjunto del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y del Área de Economía y Tecnología de FLACSO. Docente de grado y posgrado en la UBA, UNSAM y FLACSO. E-mail: awainer@flacso.org.ar.

Este artículo se enmarca dentro del Proyecto PICT 2013-1775 “Las características actuales de la restricción externa en la economía argentina. Viejos problemas, nuevos dilemas”, que cuenta con el patrocinio de la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica.

[2] Asimismo la deuda pública pasó del 137% al 45% del PBI, las cuentas fiscales fueron excedentarias y la inflación (precios al consumidor) se mantuvo hasta 2006 en umbrales inferiores al dígito anual (Fuentes: Ministerio de Economía e INDEC).

[3] Desde ya que en la consolidación de una nueva hegemonía intervienen diversos factores que no tienen que ver directamente con concesiones económicas. En este sentido, si bien no hay espacio para tratarlos aquí, los gobiernos kirchneristas adoptaron un conjunto de políticas que favorecieron la creación de consenso como la política de reparación histórica derechos humanos, la reestructuración de la Corte Suprema de Justicia, el otorgamiento de nuevos derechos civiles a las minorías sexuales, la democratización del fútbol, el intento de desmonopolización de los medios de comunicación y la creación e impulso a nuevas señales televisivas y radiofónicas, entre otras. A todo ello debe agregársele la capacidad de conducción política de la cabeza del ejecutivo.

[4] A diferencia de los países “desarrollados”, cuya estructura productiva tiende a absorber a una mayor proporción del empleo en sectores de alta productividad relativa -lo cual permite compensar con aumentos de la productividad los incrementos salariales a la vez que amplía el mercado interno-, en una estructura productiva heterogénea y dependiente el sector más “moderno” (competitivo) es más reducido y tiene menores articulaciones con el resto de la economía. Ello implica que el principal mecanismo en este tipo de países -sobre todo en los sectores más “atrasados”- para incrementar la tasa de ganancia sea el aumento en la explotación de la fuerza de trabajo (superexplotación). Al respecto consultar Arceo (2011), Féliz y López (2012) y Marini (2007).

[5] Hubo reestatizaciones de empresas importantes entre 2003 y 2013, como Correo Argentino, Aysa (ex Aguas Argentinas), Aerolíneas Argentinas, las Administradoras de Fondos de Jubilaciones y Pensiones, YPF, Metrogas y algunas líneas férreas. En la mayoría de los casos las mismas respondieron a determinadas coyunturas críticas -en muchas ocasiones, sobre todo en los primeros años, se trató de intervenciones que buscaron rescatar a empresas que se encontraban en una situación financiera y operativa compleja-, es decir, no formaron parte de un plan diseñado para incrementar estratégicamente la presencia del sector público en la economía (Gaggero, Schorr y Wainer, 2014). A pesar de que también se hizo tratando de dar respuesta a una situación crítica (el creciente déficit energético), la reestatización parcial de YPF parece haber sido el único caso con verdadero potencial para generar un cambio más profundo en la estructura productiva local. El escaso tiempo transcurrido desde que el Estado retomó el control de la petrolera y las diversas estrategias en pugna al interior de la firma impiden elaborar conclusiones determinantes al respecto.

[6] Sobre la procedencia intelectual y profesional de los principales funcionarios del nuevo gobierno consultar CIFRA/FLACSO (2016).

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