El hijo maldito de Latinoamérica, por Julián Aguirre

El chavismo persiste. Contra todo pronóstico, para sorpresa de propios y extraños, esta experiencia única mantiene en vilo a analistas académicos y periodísticos. Demonizado, idealizado, bastardeado pero pocas veces comprendido, el chavismo a menudo es situado en el ojo del huracán. Tras un año en Venezuela, estas palabras no buscan cerrar interrogantes pero sí quizá aportar algunos elementos y claves de análisis.

Resultaría irreal y bochornoso negar la existencia de la crisis que el chavismo afronta. Esta se desenvuelve en múltiples niveles, o bien  se trata de la convergencia de varios puntos de tensión -cada uno con su propia dinámica-, simultáneos y superpuestos, en condiciones no experimentadas anteriormente por el proceso revolucionario:

  1. El modelo de acumulación persistente afronta una crisis prolongada –junto a las dificultades y limitaciones para elaborar alternativas factibles en el corto plazo- que ha arrastrado consigo al Estado de la Quinta República, dejando en entredicho su capacidad de contener las tensiones y expectativas de la sociedad. Esta situación es particular y urgentemente cierta a nivel generacional, siendo que hoy el país cuenta con una camada completa de jóvenes se han socializado teniendo al chavismo como el orden vigente. Sus expectativas, necesidades e inquietudes no son las de sus padres y madres.

Precediendo la caída estrepitosa del ingreso percibido de la extracción del petróleo se sitúa la partida física de Hugo Chávez. La ausencia del líder fundador, principal comunicador, estratega y pedagogo de aquel conjunto de sujetos reunido bajo la etiqueta de “chavismo”, persiste como evento traumático en su memoria colectiva inmediata.

Resulta un elemento difícil de racionalizar pero esencial si se quiere terminar de comprender cómo y cuán duraderos son las formas de interpelación e identificación en la dinámica líder-movimiento. El “todo somos Chávez” acabó siendo algo más que una apelación electoral. Está también inscripto en ese proceso de radicalización democrática, de empoderamiento y pedagogía política cuyo resultados institucionales pueden ser diversos e incongruentes a veces, pero resume una “disposición”; una declaración de principios enraizada en una nueva identidad política. El chavismo es un fenómeno cultural que ha sobrevivido a la muerte de su fundador porque ha logrado arraigar en formas de expresión y manifestación popular. Para muchos/as venezolanos/as, ser chavista se ha convertido en una forma de representarse (en) su momento histórico.

Esta situación que una compañera bien describió como “orfandad” adquiere ese carácter de trauma que aún es difícil de procesar entre la base social del chavismo. Para bien o para mal, la presencia e invocación de Chávez aún se vuelve una referencia constante en toda conversación casual o reunión política que uno tenga. Fuente de desorientación en una cultura política donde el rol del líder redentor es central, y donde no se puede pretender que nadie más logre ocupar dicho lugar, independientemente de las capacidades que posean quienes han seguido al frente de la conducción política formal del gobierno y de la coalición que lo sostiene.

 

  1. Para completar el cuadro de situación -a muy grandes pinceladas- nos encontramos con un giro contundente en el signo político dominante entre los gobiernos de la región. 2015 y los hechos vividos en Argentina y Brasil reformularon el marco de alianzas y la correlación de fuerzas en la cual ha de desenvolverse el gobierno bolivariano.

Salvo por Bolivia, Venezuela es así la última pieza de un dominó que podría completar la restauración del orden deseado por las élites latinoamericanas y sus socios globales, empeñadas en hacer de los años de gobiernos progresistas y de izquierdas en Sudamérica nada más que una nota al pie, un mal sueño.  La utilización oportunista de la “cuestión venezolana” por parte del discurso de nuevas y viejas derechas latinoamericanas es clara: Venezuela es ese fantasma que recorre la región, a modo de figura aleccionadora.

Frente a esto, nos encontramos con un sector del arco político opositor determinado a usar todas las herramientas a su disposición para fraguar el quiebre institucional del país. No es mera retórica: estando allí, uno puede comprobar cómo el liderazgo antichavista ha construido su zona de confort en esa no-disposición al diálogo. Sea por sesgo ideológico o elección estratégica, se ha acudido a la instrumentalización política del odio, manifestada descarnadamente en los linchamientos y la quema de personas “acusadas” de chavistas que pudimos ver en 2017.

Bastó que la violencia produjera la sensación de que el punto de no retorno estaba más cerca que nunca.  Es imposible transmitir los cambios sutiles que genera en uno cuando la rutina cotidiana se enmarca en estas reglas. La planificación de la vida misma, de proyectos personales se vuelve una expresión de deseo, los giros pronunciados de la coyuntura son demasiado abruptos. Hoy se libra una batalla por restaurar cierta noción de normalidad y estabilidad entre saltos hiperinflacionarios, amenazas de sanciones y embargos, planes desestabilizadores, la retórica beligerante y una polarización social y política que hasta se expresa en los territorios. La sensación de estar asediado a nivel individual y colectivo.

  1. Mal que bien desde el gobierno se optó por una estrategia que encauzara el conflicto pro vías político-institucionales, lo cual fue recibido por vastos sectores de la sociedad más allá de preferencias partidarias. El liderazgo opositor se condujo solo a un callejón del que no pudo salir sin sumirse en la mayor crisis de su historia reciente, dinamitando un capital político como nunca había construido desde 1998. Pero el gobierno caería en un error si, como a veces aparenta con un discurso de fuerte tinte triunfalista, confunde el rechazo a la violencia política con una aprobación a la gestión.

Con esto no se quiere descartar cualquier debate sobre las formas de proceder o abordar la crisis que ha ejecutado el gobierno encabezado por Nicolás Maduro. Ni toda la oposición al gobierno converge en esas demostraciones de fascismo realmente existente. Hay un malestar legítimo que supo ser canalizado por expresiones políticas antichavistas. Pero sería profundamente injusto y errado acompañar, aún por simple inercia, la narrativa que criminaliza al chavismo como único autor de la situación que vive el país, o endilgarle la totalidad de las muertes ocurridas en una espiral de violencia alentada premeditadamente por el liderazgo opositor. Es válido reclamar y señalarle al gobierno que se encuentre a la altura de los valores que expresa al momento de abordar la protesta social, pero eso no justifica caer en visiones maniqueas y lineales.

  1. Con todo lo arriba descripto, el proceso bolivariano se halla en un punto de inflexión. El desenvolvimiento de las contradicciones sociales y su expresión política se encuentra en un empate  donde un bloque y otro han buscado durante los últimos años aventajarse simultáneamente en cada plano de confrontación: diplomacia, guerra económica, narrativa, electoral, callejera, etc. De la resolución del dilema actual pende la suerte del proceso que ha conducido cambios durante los últimos 20 años sin precedentes en la vida de vastos sectores de la sociedad venezolana.

No obstante, no es una situación extraña del todo. De hecho, el chavismo encontró la manera de fundarse y resignificarse como identidad colectiva y como proyecto político a partir de las crisis. Nació como respuesta a la devastadora crisis de legitimidad de la clase política y el quiebre del consenso que sostenía a las bases mismas de la Cuarta República. De ahí en más cada salto en profundizad y radicalidad estuvo precedido por situación de desborde en las tensiones sociales, del choque entre lo viejo y lo nuevo. En contadas ocasiones se anunció la llegada de su fin, se lo declaró un zombi político. Deseos que acabaron subestimando la capacidad del chavismo de recrearse. La pregunta en todo caso es ¿hasta cuándo persistirá esa capacidad?

El chavismo desdibujó y redefinió, al menos para quienes lo recibieron y encontraron en esta experiencia un canal por el cual expresarse, los contornos de lo político; del compromiso, de lo social y lo personal, de lo individual y de lo colectivo. Pasando por alto ese nivel y entendiendo a la experiencia de la República Bolivariana como otro proceso más de redistribución de la riqueza y reformas progresistas –pero con el empujón de la riqueza petrolera- no se puede entender cómo se sostiene un proyecto frente a tantos embates y bajo su propio peso. Porque el chavismo, a menudo a pesar suyo, se sostiene contra todos los pronósticos.

  1. La cuestión no reside solo en que Venezuela necesita de una solidaridad más activa de la que actualmente existe. Solidaridad que requiere un esfuerzo político y académico serio por comprender las complejidades de la crisis actual. La cuestión fundamental es que en la región se necesita de Venezuela más de lo que se le reconoce.

Como horizonte de posibilidad, Venezuela expresa todo lo humanamente gris y contradictorio (pero real) de un proceso histórico. Más allá de modelos teóricos impolutos y épicas militantes, Venezuela es la realidad efectiva de un ensayo que se atreve en tiempo presente a devolver a las personas la autoría de lo político. Su pecado por el cual hoy se le castiga es que allí se probó a inventar y errar contra toda resignación.

Desorientación, dudas, temores, ansiedades. Pero también vocación por retomar la iniciativa, encontrar oportunidades en la crisis, reunir a las voces y manos dispersas que aún optan por encarar los límites, errores y desafíos que afronta el proceso de la revolución, de “su revolución. Esa es la multitud de sensaciones que se pueden llegar a encontrar hoy con tal solo hablar con aquellas personas aun comprometidas con el proceso de la revolución bolivariana. Porque si hay un elemento que llama primero la atención es como el/la chavista se refiere a los acontecimientos que le rodean en primera persona. Hay una certeza de protagonismo, de pertenencia y apropiación arraigada en la identidad y cultura política que el chavismo contribuyó a alimentar en segmentos significativos de la sociedad venezolana. Voces que a menudo son las últimas en ser representadas y oídas fuera al hablarse de la actualidad de Venezuela. De “su” Venezuela.

Y mientras la oposición se debate y fracciona continuamente entre opciones antidemocráticas y quienes esperan a levantar las ruinas de una crisis política y económica de la cual son en buena parte responsables; el chavismo se enfrenta al espejo. Los múltiples sectores que lo conforman se debaten entre la forja de nuevos consensos y el retorno a las raíces -pero, ¿cuáles?-; de la radicalización o la postura defensiva. ¿Qué puede significar renovarse? ¿Se habla de individuos, figuras titulares de puestos de decisión? ¿o de métodos, discursos, concepciones?¿Cuánto hay de viejo y convencional en una renovación?

De esta manera, el chavismo expone las preguntas y ensaya respuesta a los desafíos, límites y tensiones que han marcado la primera década del siglo XXI para las sociedades latinoamericanas. ¿Hasta dónde se peca de voluntarismo? ¿Cuándo es necesaria y cuándo es excesivo el pragmatismo? ¿Qué implica hay en ese momento de transiciones entre lo viejo que no termina de morir y lo nuevo que no termina de nacer? No todas las alternativas elaboradas llegarán a buen puerto; tampoco es objeto de esta pieza emitir un juicio categórico como tantos otros se han hecho ya. Eso quedará en última instancia en manos de la sociedad venezolana.

 

Notas:

Politólogo (UBA). Residente en Venezuela durante 2017.

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