EL CONURBANO A LA DERIVA

Por Nahuel Sanguinetti (1) 

Advertencia preliminar.  Desprevenido lector: no es este el texto que buscará hacer un racconto de las figuras literarias que emergen y emergieron desde el conurbano. Toda esa información se encuentra a un click de distancia. Tampoco pretendo un análisis enfocado sobre las obras que tienen al conurbano como tópico (2). Lo que me propongo es ni más ni menos que una especulación, dar rienda suelta a ciertas intuiciones que se nutren de los márgenes, de las esquinas, de los cordones, y de los restos de las charlas que proliferan en el conurbano. Una especulación es una invitación a establecer cierto estado de sospecha sobre algunas categorías que parecen fijadas en el imaginario; no encuentro mejor modo de acércame a este “método” que desde la literatura.

Un paseo

El verdadero arte devuelve la angustia a la boca de los hombres

Héctor A. Murena

La escena es impactante. El niño corre desesperado como quién va tras del último tren que sale de Constitución. La remera flamea en su espalda, la tela (de primerísima calidad) transforma su cuerpo en un esqueleto que porta la gracia de un bailarín clásico. Sus piernas, flaquitas, están revestidas por ese par de botines (primer primerísima marca) que lo convierten en una mezcla de Forrest Gump y Usain Bolt. Pero, decía, el niño corre desesperado. La pelota cae en la calle. Los lagos de Palermo completan el paisaje, los autos circulan muy despacio. El niño llega a la frontera aterradora: se queda pasmado en el cordón de la vereda. El auto reduce la marcha al mínimo y el conductor sonríe por debajo de sus Ray Ban. Caminando detrás de nuestro pequeño héroe, como quien sabe que un pedazo de cultura y costumbres sostienen su seguridad, llega el padre de la criatura. Agarra al nene de la mano, cruzan la calle, toman la pelota y san se acabó.

¿Qué es esto? me pregunto cómo quien descubre formas de vida en otro planeta.  ¿Qué es esto? le repito a mi amiga mientras me mira con cara de no te conozco.

Y el monólogo, la declaración de principios diría, se me cae de la boca

Si nos pasaba a nosotros nos tirábamos cuerpo a tierra en la calle,

agarrábamos la pelota, frenábamos el tránsito,

y si nos dejaban un ratito más,

probábamos con llevarnos la rueda del auto.

Hipérboles al margen, el conurbano encierra en su imaginario esta mimesis entre aventura y peligro. Transformado en un far west tercermundista, nuestra madre patria parece destinada a transfigurarse en un pueblo fantasma; viejo y gastado locus del terror.

Mi intuición para estas derivas se apoya en una contradicción. Los que formamos parte del conurbano alimentamos esta contradicción. Ya sea por el desgano que nos genera escuchar estas frases hechas (“el conurbano es tierra de nadie, los barones del conurbano, etc”); ya sea por nuestras ganas de patentar súper poderes (“el conurbano se la aguanta, ¿no me roban en el conurbano, me van a robar acá?”). Estas derivas pretenden desglosar ese camino. Lejos de las certezas, buscamos una traducción para esos significados flotantes que circulan por nuestras charlas.

La ciudad negada

¿Qué sentidos se anudan en ese “ser del conurbano? ¿Qué quiere decir vivir entre permanentes desplazamientos? ¿Cómo se abandona el conurbano para “crecer” espiritual, laboral y económicamente? ¿Qué relato le creamos a nuestra vida para respondernos estas preguntas?

De la Arcadia Virgiliana a la Comala de Juan Rulfo; de los viajes de Odiseo, a las rutas retratadas y transitadas por Jack Kerouac; el conurbano parece condensar ciertos tópicos fundacionales de la literatura. Viajar al conurbano y viajar desde el conurbano; pueden representar la idea de retorno a la patria perdida y también un descenso al infierno. Del mismo modo, lo movilidad puede traducirse en los ribetes metafísicos de quien busca situarse en “estado de aventura”, romper el tedio de la cotidianeidad y explorar esa condición del espíritu que la arquitectura neoliberal aplasta constantemente; el conurbano, entonces, también puede revelarse como una novela de aprendizaje. Cómo se habrá notado, la propuesta es pensar desde el desplazamiento; ya no se trata de ver que categorías de lo real revela la literatura, sino de leer la realidad desde un estado de literatura. Es por esto, que para pensar las tensiones entre territorio, política y lenguaje sigo la idea abierta por Josefina Ludmer en su libro “Aquí America Latina”.

Cortesía The Walking Conurban

Usar la literatura como lente, máquina, pantalla, mazo de tarot, vehículo y estaciones para poder ver algo de la fábrica de realidad, implica leer sin autores ni obras: la especulación es expropiadora (2010:12)

Para pensar esa “fábrica de la realidad” resulta insuficiente encasillar al conurbano como un tópico literario. Elijo percibir al conurbano como inmensa marea de signos en constante reinterpretación, una caja de resonancia irregular, un fulgor que nos obliga a poner la mirada al sesgo. En este sentido, me parece importante retomar el análisis que realiza María Negroni (3) sobre la construcción del gótico en la literatura (concepto que también podría hacerle justicia a nuestro objeto de especulación), la autora sostiene que el gótico antes que un tópico es:

ante todo una emoción del espacio. En ella, lo que organiza la trama, la enmarca y percude, es siempre un locus. Una arquitectura vertical que atrae hacia abajo, donde algo viscoso y fascinante tiene lugar (109)

El locus que se transfigura en emoción representa con mayor sensibilidad nuestra idea de conurbano. Ésta emoción del espacio no puede ser constituida por otra cosa que no sean discursos. Y en esa discursividad comenzamos lentamente a quedar atrapados en el signo.

Al intentar desmarcarnos de esos imaginarios que nos encasillan (“barones del conurbano”, “tranzas”, “jungla”, “fin de la civilización”, “donde rambo perdió el poncho”, “si vas al conurbano, agachate cuando llegues que vuelan las flechas”) construimos otros mitos en nombre del coraje y de la épica. Como las viejas vanguardias que asumían los términos peyorativos y los resignificaban; ser del conurbano, es constituirse como ese personaje que tiene un poco de gaucho, un poco de indio y un poco de extranjero: summum del coraje y lo mestizo que se levanta del lodo y conquista la ciudad.

Cortesía The Walking Conurban

De este modo, por redifinir al conurbano lo congelamos en nuevas categorías que flotan en un imaginario renovado. Al parecer, estamos a las puertas de una vieja aporía socrática. Pero, como sabemos que estamos simplemente en el medio de unas derivas, prefiero utilizarlas como mi remo para seguir avanzando:

Deriva número 1: El conurbano es una contradicción. Y esa contradicción engendra una épica.

Una contradicción refleja un estado de movilidad en el pensamiento. Dos preposiciones que se repelen entre si dejando en esa fricción algunas huellas. Si hay una característica que pueda definir al conurbano y a la galería de personajes que paseamos por sus calles es el desplazamiento: el conurbano está caído del centro de la ciudad, si “dios atiende en buenos aires”, el conurbano es el prefijo que nunca se marca. Este desplazamiento se vuelve interno. Sometidos al centrismo de buenos aires, necesitamos movernos hacia la gran ciudad. Allí se condensan nuestras frustraciones y esperanzas: el trabajo, el estudio, la cultura. En ese ir venir del centro a la periferia empiezan a constituirse y a reproducirse una serie de relatos y mitos que crean esa gran ciudad gótica que es hoy el conurbano.

De este modo, terminamos de ingresar en eso que Ludmer señala como la fábrica de lo real. Los límites entre realidad y ficción se difuminan a medida que los relatos se internalizan y se confunden con nuestra propia voz. En esa neblina que se produce entre la realidad-ficción (no encuentro mejor factor climatológico que abone a la mistificación del conurbano), aparece la idea de épica.

La épica siempre necesita de un otro al que combatir, conquistar, seducir, o doblegar. La city porteña aparece como nuestro primer molino de viento. Pero este lugar de enunciación implica asumir una falencia: al conurbano algo le falta y necesita conquistarlo en la ciudad. La pregunta irrumpe por si sola: esa masa heterogénea que dimos en llamar conurbano ¿Asume este lugar de enunciación o le es impuesto por los mitos que se desprenden de la gran ciudad? Volvamos por un momento a Ludmer para pensar la función de los imaginarios

Porque la imaginación publica es un universo ambivalente sin afueras, el trabajo colectivo de fabricación de realidad podría ser al mismo tiempo su instrumento crítico (2010;13)

En este escenario la disputa se plantea en términos de imaginarios, de sistemas discursivos que poco a poco van moldeando subjetividades. De este sistema de signos puede deducirse nuestra segunda deriva.

Cortesía The Walking Conurban

Deriva numero 2: El conurbano es un mito y todo mito es un habla

Barthes nos ayuda a definir rápidamente que es y cómo funciona un mito: “el mito constituye un sistema de comunicación, un mensaje”. La mitología espectral del conurbano es entonces un sistema fijo de signos que opacan y reducen el resto de las huellas que dejan nuestros relatos. Más que ese famoso territorio impenetrable, el conurbano se traduce como un modo de significar, y en esta traducción silencia el resto de los significados ¿Por qué? Porque el mito, siguiendo a Barthes, es un habla elegida por la historia. Y ya sabemos:, en esa historia, solo seríamos simples espectadores. El mito nos despoja de nuestras historias, congela nuestras redes de afecto. De muy chico, tenía ese libro que te permitía elegir tu propia aventura; nunca las tres opciones eran mi creación, siempre eran historias que me venían dadas. Barthes vuelve sobre el mito y sostiene que cristaliza nuestra lengua, aquella que pretendía ser ecléctica y díscola, ahora sufre la naturalización

Al pasar de la historia a la naturaleza, el mito efectúa una economía: consigue abolir la complejidad de los actos humanos, les otorga la simplicidad de las esencias, suprime la dialéctica, cualquier superación que vaya más alla de los visible inmediato, organiza un mundo sin contradicciones puesto que no tiene profundidad, un mundo desplegado en la evidencia, funda una claridad feliz: las cosas parecen significar por si mismas (2010: 239)

Si antes nos habíamos topado con una aporía, ahora el conurbano parece encontrarse en un callejón sin salida. Las fronteras del territorio se vuelven tan estrechas que resultan insoportables. Nos aproximamos a nuestra tercera deriva: el conurbano se desterritorializa.

Cortesía The Walking Conurban

Deriva numero 3: El conurbano es una frontera que se desterritorializa

La propuesta de la desterritorialización es posible porque el conurbano es ante todo un territorio indefinible, una frontera que borra sus límites permanentemente. La lengua del conurbano es una lengua trastocada, una lengua de riachuelo dice Maria Moreno, repleta de contaminación, color, cocoliche y voces  que circulan por otro andarivel. Entonces, en la fuerza de esa lengua nueva reside la posibilidad de empujar los márgenes que el mito nos impone. Ya que estamos construidos de relatos, la potencialidad de nuestras historias, las mismas que nos pusieron en esta encrucijada, son las que pueden salvarnos. Quiero decir, el conurbano debe revelarse contra sí mismo para sostener lo que brota de esos nutritivos pantanos. Y allí si la literatura vuelve al centro de la escena. Dejemos al margen por un instante los lentes literarios con los que observamos la ciudad y pensemos, ahora sí, la literatura que emerge del conurbano, como una letra viva que toca los nervios subterráneos de nuestra cultura. La figura del escritor como recolector de estas historias desnaturalizadas cobra todo su vigor porque necesita llegar a esa fibra intima que el mito intenta doblegar. Me dirán que es otra vez la épica, mi respuesta es que lo que se pretende es hacer estallar la lengua de la épica. Deleuze lo expresa un poco mejor que yo

Cuando la lengua está tan tensa que empieza a tartamudear o a susurrar, balbucear… todo el lenguaje alcanza el límite en que dibuja su afuera y se confronta con el silencio. Cuando la lengua se tensa de ese modo, el lenguaje sufre una presión que lo devuelve al silencio. EL estilo- la lengua extranjera en la lengua está hecho con dos operaciones (…) Cara a cara o cara con espalda, hacer tartamudear la lengua, y al mismo tiempo llevar el lenguaje a su límite, a su afuera, a su silencio. Sería como el boom o el crash (2006: 76)

Si es que existe una forma de literatura que emerge del conurbano la imagino llena de barro y cemento; esquina y autopista, cordón de la vereda y también “eco parque”. Pero estos condimentos necesitan siempre estar tensionados, discutiendo y robándose a sí mismos ideas, pulsiones, historias, retazos de la lengua. Paralizarlos sería volver a caer en las garras del mito, es el peligro del mestizaje o la hibridez cultural: América como el gran crisol de razas. Mentira siempre enunciada desde el dueño de la librería, nunca del que carga las tintas en el sótano (4).  Quedará para otra especulación esto que señala enfáticamente Abril Trigo:

 En efecto, si todo es reducible al paradigma de la hibridez, desde la “América Mestiza” de Martí a la “Indo-América” de Arguedas, o la “transculturación de Rama (…) este se vuelve, como herramienta hermenéutica, un artificio inútil, un subterfugio que restablece de contrabando la identidad de que el posmodernismo nos despojara, de modo que su celebración acrítica puede ser tan políticamente paralizante como emocionalmente reconfortante (1997:74)

La hibridez que porta nuestro conurbano es ni mas ni menos que la proliferación de nuevos relatos en las voces de nuevxs autxres: pienso en Berazachussets de Avalos Blacha; los relatos excedidos de Mariana Enríquez (que proviene ella misma del conurbano), cierta narrativa de Pablo Ramos, la poesía de  Washintong Cucurto (lengua portadora de un extrañamiento visceral), las mitologías románticas de Juan Incardona, que responden a las impuestas, tan románticas como esas pero demonizantes. Y en generaciones anteriores, Hebe Uhart arma algo fuertísimo con el lenguaje de la supuesta simplicidad, de la sabiduría colectiva y no prestigiosa, traza además una historia donde el oeste del conurbano es protagonista afuera de cualquier mitología estigmatizante, porque ella sí conserva la historia de Moreno o Paso del Rey previas al horror neoliberal. Sus nouvelles Señorita y Mudanzas son un ejemplo concreto de esta recuperación del “saber de conurbano”

En “Oraciòn de repositor del supermercado”, dice el yo poético invocado por Cucurto

Dios mío,

soy un grasita que apenas ve un pozo en la calle

un bondi Iaburando a full los amortiguadores

en el empedrado;

Ia poesía negra y mala

como tenaza de carpintero,

arisca como una moto.

¡Danos un gol, Señor!

Que es el pan y la alegría de los pobres;

que cuando ella baje del bondi

el arroyo Sarandí sea un camino de canciones,

de vez en cuando me mire,

deje de scanear códigos de mortadela (…)

Esta sacralización de lo profano, este milagro nacido de la música del arroyo, es la emoción del espacio que nace del conurbano. Alimentándose de los mitos externos y los internos, surge la lengua sin territorio, negándose y reinventándose; es una interpelación permanente a desacomodar por completo nuestro imaginario. Luego del largo paseo por los mitos, la lengua de conurbano se reapropia de todas aquellas mistificaciones; y en esa apropiación derrumba por completo nuestro imaginario. Si es que todavía quedó algo de él en el aire.  

Deriva número cuatro: naufragando a la utopía

Pero cuidado, mis amigos, con envolveros en la seda de la poesía

igual que en un capullo…

No olvidéis que la poesía,

si la pura sensitiva o la ineludible sensitiva,

es asimismo, o acaso sobre todo, la intemperie sin fin,

cruzada o crucificada, si queréis, por los llamados sin fin

y tendida humildemente, humildemente, para el invento del amor…

Juan L. Ortiz

Breve recapitulación: el conurbano se nos presenta definido como una serie de imaginarios, tanto externos como internos. Vimos como esos imaginarios estaban sostenidos desde múltiples relatos y buscamos  dar un paso más para definir al conurbano ya no como una ciudad, sino como una emoción del espacio que nos atrae hacia su centro como un campo magnético. Tratamos de perforar ese centro y llegamos a la épica. Allí observamos que todas nuestras acciones eran sostenidas por mitos, que como el autómata que gana siempre las partidas de ajedrez en las tesis benjaminianas, reducían nuestra voz y hablaban en nombre de nuestras “ideas”. Finalmente, para salir de esa encerrona el conurbano debería desterritorializarse. Para ello, contaba con la potencia de su lengua dislocada.

¿Y ahora? Ahora pienso en lo indecible. Ahora me permito imaginar el conurbano como esos largos poemas de Juanele; un barroquismo que se complejiza y en esa dificultad resplandece.

Pienso entonces, en que nos permitamos perdernos en las palabras para volver a encontrarnos. Adorno pensaba que toda obra de arte encierra una utopía. Quizás, después de fatigar al conurbano con todas estas derivas, en el fondo estaba tratando de acercarme a esa utopía de la lengua y el mundo. Una utopía es un nacimiento.

Si las etimologías solo sirven  para cierta masturbación mental (como la que hacía aquel tristemente famoso periodista al reconstruir el origen de las palabras en Latín), no hacemos más que repetir la naturalización del mito, ser hablados a través de lenguas estilizadas al servicio de este o aquel mercado; en cambio, si podemos pensar a través de las palabras (atravesándolas), si buscando en las morfologías, intentamos remover las capas de sentido que se esconden en todo signo; quizás estemos un poco más cerca de pertenecer a esa utopía que le reclamamos al conurbano.

” Con” prefijo derivado de latín “cum”, preposición que indica circunstancial de compañía. Urbano adjetivo derivado del latín “urbanus”; de la ciudad, relativo a la ciudad. Mientras ojeo el diccionario, escucho  la voz aguda de una profesora que siempre dice “lean todas las acepciones”. Le pido a los ojos que bajen un poco más por los renglones, última acepción de la palabra “urbanus”: gracioso, agudo, ingenioso, y, como escondido al final de la entrada, entre paréntesis, “bufón, descarado”.

(1) El gesto fundante que nos acompaña a los conurbaneros es siempre el que está mal. Mal per se, mal visto, mal ejecutado. Siempre aparece el mal como el viejo fantasma que recorre el conurbano (perdón, Marx). ¿O a quién se le ocurre cambiar el fútbol por una clase de latín? ¿Quién, en su sano juicio, dejaría la esquina con los pibes para escuchar la Defensa del Poeta Arquias o los debates de Tito Livio? ¿Cuántas veces por día, cuando sale apurado de comprar en el supermercado asiático (cuidado con las tensiones glotopolíticas que resumen en “el chino”), mi vecino Walter se pregunta por el estructuralismo y sus deudas con Bajtín? Por esa gestualidad del mal, crucé y cruzo toda la capital para algún día recibirme de profesor de Lengua, Literatura y Latín. ¡Ah! Cómo si esto fuera poco, vivo de dar clases de yoga ¿Todo muy conurbano, no?

(2) De esas obras en particular, y de lo que Elsa Drucaroff denominó  nueva narrativa argentina, les recomiendo visitar el trabajo monumental de dicha autora: “Los prisioneros de la torre. Política, relatos, y jóvenes en la postdictadura” (del cual este texto roba muchas ideas, como buen gesto conurbanesco).

(3) Me refiero al libro La noche tiene mil ojos de la editorial Caja negra.

(4) Permítanme una pequeña digresión; los NAP (núcleos de aprendizaje prioritarios) elaborados por el Ministerio de Educación para el primer ciclo de la escolarización, promueven “producción de materiales didácticos en lenguas originarias para la interculturalización”. Entre los objetivos trazados, se busca “promover las prácticas de lenguaje en lengua toba, wichí y pilagá”. Les invito a realizar un recorrido en busca de los materiales. Quizás llegaron con la lluvia de inversiones.

 

Bibliografía

Barthes,R. (2010). Mitologìas. Buenos Aires: Siglo xxi

Deleuze,G. (2006). La literatura y la vida. Cordoba: Alcion Editora

Ludmer, J. (2010). Aquí América latina. Una especulación. Buenos Aires: Eterna Cadencia

Trabajos citados

Trigo, A. (1997) Fronteras de la epistemología: epistemologías de frontera. Urugay: Papeles de Montevideo.  

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