Dossier Nº 3: “Mundo del trabajo en tiempos de CEOcracia”

El 22 de noviembre se cumplirá un año de aquel balotaje en el que se impuso “el cambio”. Dos años antes nadie se animaba a pronosticar el triunfo de Macri, ya que Sergio Massa -flamante vencedor del FPV en las elecciones bonaerenses de 2013- parecía el señalado para suceder a Cristina Fernández, tanto por los votos como por los dueños del poder. Ya en los primeros meses de 2015, era Daniel Scioli quien aparecía como el mejor posicionado para captar el reclamo de “continuidad con cambios”, que arrojaban los estudios de opinión. Sin embargo, el exiguo resultado que obtuvo el entonces gobernador de la Provincia de Buenos Aires en los comicios de primera vuelta mostró con nitidez que la victoria del candidato kirchnerista no podía darse por descontada.

El triunfo electoral de Mauricio Macri fue el resultado más regresivo posible, en un escenario de por sí conservador. Los candidatos así lo expresaban, incluido el moderadísimo Scioli, que mostró la disposición kirchnerista a depurar de cara a la nueva etapa los rasgos “populistas” endilgados por la oposición. A su vez, se leía en una coyuntura latinoamericana de tensiones y encrucijadas de los procesos y gobiernos populares al ritmo de la caída de los precios de la materias primas. Así, en el marco de una acentuada contraofensiva imperial, luego de varios años de vientos distintos, el país y la región comenzaron la transición hacia un ciclo distinto.

En el ámbito nacional, la ofensiva del capital contra el trabajo no tardó en desplegarse. Una drástica redistribución del ingreso hacia los sectores exportadores, vía la devaluación del peso y la reducción de retenciones, inauguró el periodo. Más de 200 mil puestos de trabajo perdidos entre el sector público y el privado y la tendencia a la baja del salario real -que a fin de año habrá perdido entre 6 y 7 puntos porcentuales- son la expresión más clara del programa económico de Cambiemos.

Sin embargo, la faena no es para nada sencilla. Macri debe ajustar la economía sin que lo haya precedido un descalabro económico como el de la hiperinflación de 1989, con su consiguiente efecto disciplinador sobre la fuerza de trabajo. Los sindicatos, movimientos sociales y organizaciones populares no vienen de derrotas decisivas, sino que, por el contrario, emergen de un ciclo en el que han acumulado tanto conquistas como recursos organizativos y militantes. Para colmo, el exiguo triunfo electoral estuvo muy lejos de plebiscitar un plan draconiano contra las clases populares.

Las dificultades del nuevo gobierno para implementar el ajuste buscado se expresan en los malabares que hace la alianza Cambiemos para responder a demandas cruzadas y necesidades contradictorias. Fue ungido con el mandato de operar un disciplinamiento duradero de la clase trabajadora y de expurgar los molestos residuos “populistas” del régimen político. Para ello necesita revalidar sus títulos electorales, y en Argentina nadie gana elecciones retrayendo el consumo y aplastando demandas. El establishment local y extranjero le exige señales claras y disposición combativa, pero al mismo tiempo espera la prueba electoral del 2017 para terminar de aportar su billetera.

Intentando responder a estos dilemas, el gobierno reguló tiempos y varió en sus tácticas. Comenzó con un contundente blitzkrieg pro-mercado, que a la citada transferencia de ingresos sumó la libre disponibilidad de divisas, el arreglo con los buitres y los despidos en la administración pública. También se cargó rápidamente algunos símbolos centrales del proceso previo, como la “ley de medios”, y desplegó un ataque discursivo de relevancia contra la “grasa militante” del Estado y el “negocio de los derechos humanos”. Asimismo, reorientó la política exterior hacia un alineamiento incondicional con los Estados Unidos y se puso a la cabeza de la operación de aislamiento internacional a Venezuela. El fallido tarifazo del gas, parado por un fallo de la Corte Suprema de Justicia en medio de un amplio descontento social, fue, a su vez, el momento más alto de esta avanzada y un punto de inflexión. Con parte del trabajo hecho, y habiendo dejado en claro su voluntad ajustadora, el gobierno pudo regular. Así, salió relativamente airoso, con un tarifazo apenas más modesto que el inicial y legitimado por una audiencia pública, y comenzó el segundo tramo del año con nuevos objetivos.

De allí en adelante, Macri atendió a la necesidad de ganar las elecciones del año que viene. Y no es para menos. No hay analista, político o empresario que no señale que el éxito del experimento PRO depende de ese plebiscito de gestión. El presupuesto 2017 nos dice algo bien claro: hecho el ajuste salarial, hay margen para que el ajuste fiscal se posponga un rato. También para anclar el dólar e intentar lograr una recuperación del consumo, ayudado por el impulso a la obra pública y un descomunal endeudamiento. Esto último se yergue como el clivaje central que le permite al gobierno postergar algunas batallas decisivas. Como reza la sabiduría popular: “pan para hoy, hambre para mañana”.

Aún con su dosis de gradualismo, Macri cierra su primer año de gestión dejando una sociedad más pobre y, sobre todo, más desigual. Resulta indiscutible el aumento de la pobreza -más allá del debate sobre el número preciso-, de la desocupación y de la brecha entre los ingresos de los que más y los que menos ganan. En este contexto, y con la economía en recesión, los ansiados “brotes verdes” -por ahora más un deseo que una realidad- le permiten al gobierno respirar con cierto alivio de cara al siempre temido diciembre. Termina entonces un año de ajuste con cierto consenso y expectativas de una parte significativa de la sociedad.

Ese crédito con el que cuenta Cambiemos ha convivido, durante estos meses, con una importante oposición callejera que se expresó en casi una decena de grandes movilizaciones de masas. Este síntoma de la vitalidad del movimiento popular al que aludimos más arriba da cuenta de que, por ahora, persisten correlaciones de fuerzas que no han logrado ser torcidas decisivamente por este gobierno. El conflicto está indudablemente asociado a los sinsabores de la coyuntura, pero también a una característica histórico-estructural: Argentina es, y lo siguió siendo a pesar de la última dictadura y el proyecto neoliberal, una sociedad fuertemente movilizada. El anquilosamiento de estructuras y el vaciamiento de instituciones en estas tierras tiene siempre como contraparte a la agitación callejera, el desborde, el tomar la palabra desde donde se pueda. Por eso, con una dirigencia sindical moderada en su andar no alcanza. Porque ahí nomás, a la vuelta de la esquina, emergen movimientos de características históricas y perspectivas sin techo evidente, como el #NiUnaMenos y el masivo paro de mujeres del 19 de octubre.

Esta sociedad movilizada es el obstáculo que el “verdadero” Cambiemos tendrá que superar. Sí, el “verdadero”. Porque a pesar de las medidas ya tomadas, de claro tinte pro-empresarial, a pesar del gabinete de los CEO, a pesar del tarifazo, este Macri es apenas un ensayo. El 2016 fue el ensayo general de una ofensiva contra las clases subalternas. La obra, con todo el decorado y los actores principales, podrá estrenarse recién a fines del 2017, si es que Macri logra plebiscitar su política en las elecciones de medio término. Mejora de la competitividad, reducción del “costo salarial”, aumento de la productividad y atracción de inversiones son algunas de las fórmulas que se esgrimen de cara a justificar una nueva reforma laboral flexibilizadora. Ése es el mandato histórico que los sectores más concentrados de las clases dominantes le han encomendado al gobierno, aunque dista mucho de las promesas de campaña y de las expectativas de sus votantes. Por ahora vimos apenas adelantos, como el acta acuerdo firmada recientemente por los petroleros, que promete atar los aumentos salariales a la productividad, la reforma de la Ley de Riesgos de Trabajo y el ataque a la “industria del juicio” y al fuero laboral.

Allí estará la batalla de fondo. No la de hoy ni la de mañana, porque las preocupaciones oficiales son más urgentes: rastrear, cual arqueólogos de la economía, algún signo de reactivación. Pero sin dudas, aquí reside la prueba de fuerzas fundamental con la que se verá el gobierno para cerrar la etapa previa y hacer del cambio algo más que un cambio de gobierno.

Entendiéndolo como uno de los epicentros de las disputas por venir, el Dossier Nº 3 de Épocas está dedicado al mundo del trabajo en un sentido amplio. Es decir, al abordaje de una multiplicidad de cuestiones vinculadas a las condiciones laborales y de vida de la clase trabajadora. En ese sentido, las colaboraciones enviadas por un conjunto de destacados investigadores brindan análisis de diversas políticas tanto del actual gobierno como de su antecesor, buscando establecer líneas de continuidad y ruptura entre uno y otro. Se cuentan aportes sobre la tercerización laboral, la política de empleo público, el cupo laboral travesti/trans, la lucha de los trabajadores cartoneros y los cambios en la política previsional. De este modo, se pretende acercar al lector un panorama general que permita comprender los desafíos y las luchas por venir.

Comité Editorial

Noviembre de 2016