RESEÑAS | “Dígame cuántos años tiene y cuántos pobres hay en la Argentina”

A propósito de “Saber de la pobreza” de Ana Grondona, y los debates sobre políticas sociales en la coyuntura.

Por Santiago Nardin[1]

El libro de Grondona propone un agudo recorrido de los modos en que se ha operado una escisión entre “trabajadores” y “pobres necesitantes”, centralmente desde las agencias estatales. Esta preocupación se inscribe en una interrogación más general a propósito del “gobierno de las poblaciones” y de los procesos de producción de “subclases”.

Chicanas, exabruptos y marketing

El 7 de mayo de 2014, el entonces Jefe de Gabinete Jorge Capitanich realizó un extenso informe de gestión ante el Senado de la Nación y luego respondió las preguntas que le formularon los integrantes de las bancadas opositoras. Allí, Ernesto Sanz, senador por el radicalismo, lo interrogó acerca de los datos sobre pobreza, un tema que ocupó las tapas de los principales diarios los días previos a la sesión y que de forma recurrente se instala en el debate público y mediático.

Sr. Sanz. – Jefe de Gabinete: ¿cuántos años tiene?

JGM – Tengo 49 años, nací el 28 de noviembre de 1964.

Sr. Sanz. – ¿Qué hora tiene en su reloj?

JGM – ¿Por qué me hace todas esas preguntas, señor senador?

 Sr. Sanz. – ¿Qué hora tiene en su reloj? ¿Cuántos senadores hay presentes según el tablero?

JGM. – ¿Por qué tengo que responder si usted sabe leer y escribir? Hay 45 ausentes y 27 presentes.

Sr. Sanz. – ¿Cuál es el índice de pobreza en la Argentina?

JGM. – Acabo de…

Sr. Sanz. – ¿Cuál es el índice de pobreza en la Argentina?

JGM.. – Se va a efectuar la…

Sr. Sanz. – No; no; esas son las cosas que se responden como la hora. ¿Cuál es el índice de pobreza?  (…) Dígame cuántos años tiene y cuántos pobres hay en la Argentina. Dígamelo con la misma certeza. Porque usted dice 14.894.227,17 para cada respuesta. Tiene hasta las comas para cada una. ¿Cuántos pobres hay en la Argentina? [2]

El cuestionamiento público de los datos de pobreza e indigencia que produce el INDEC desde la intervención en 2007 -asociado a la falta de confiabilidad de las mediciones del índice de precios al consumidor- ha sido asumido por una pluralidad de actores políticos, técnicos e intelectuales ligados a las ciencias sociales.

Desde el espectro conservador, la denuncia de que el Gobierno “esconde” a los pobres se anuda al señalamiento de los efectos de la inflación y a la discrecionalidad detrás de los programas de asistencia, perfilando un diagnóstico cuya solución apunta a una dimensión económica y otra política: por un lado, reducir la emisión monetaria utilizada para financiar el déficit fiscal y, por el otro, desarticular el “clientelismo” que está detrás de los planes sociales, para así restituir la “cultura del trabajo”.

El mismo senador radical que chicaneó a Capitanich ya había logrado una considerable repercusión mediática cuando manifestó años atrás que la Asignación Universal por Hijo se iba “por la canaleta de la droga y el juego”. Torpemente debió volver sobre sus pasos, explicar que había sido malinterpretado, que tenía un proyecto de ley semejante de su autoría y que la crítica se dirigía a su creación vía decreto presidencial.

Apoyo y crítica similar expresó Mauricio Macri -junto con el reconocimiento de otras políticas del Gobierno Nacional- en un discurso que realizó cuando Horacio Rodríguez Larreta ganó la Jefatura de Gobierno de la Ciudad luego de un ajustado ballotage en julio de este año. No fueron pocos los comunicadores y políticos oficialistas que atribuyeron el giro discursivo de Macri a una maniobra de marketing ideada por Jaime Durán Barba -el asesor estrella del PRO- ante la inminencia de las elecciones nacionales.

La existencia objetiva de pobres pasibles de ser medidos -como la hora, la edad o los senadores presentes en una sesión- y el arrepentimiento o cambio de opinión de políticos opositores acerca de una política social del oficialismo, pueden ser algo más que una chicana, un exabrupto o una maniobra de marketing. La productividad de la categoría pobreza, en el contexto de los debates actuales, se presenta con una potencia incuestionable cuya objetividad parece reforzarse ante la imposibilidad del Estado de construir un dato legítimo sobre el fenómeno. La lectura de “Saber de la pobreza. Discursos expertos y subclases en la Argentina entre 1956 y 2006” de Ana Grondona nos ofrece herramientas analíticas para restituir la densidad histórico-social de estas discursividades -dispersas y contradictorias- que nos hablan de regímenes de enunciación  y de problematizaciones que emergen en un momento determinado, y que mutan a la vez que se solapan con otras nuevas.

Fronteras

El libro de Grondona propone un recorrido a través de los diversos modos en que se ha operado una escisión entre los “trabajadores” y los “pobres necesitantes”, sus diagnósticos y modos de intervención, centralmente desde las agencias estatales. Esta preocupación en torno a las formas de delimitación de las “subclases” se inscribe en una interrogación más general a propósito del gobierno de las poblaciones, esto es, retomando a Foucault, “analizar los modos en que la conducción de la conducta se organiza a partir de inteligibilidad para la intervención”.

El objeto de esta investigación -apelando al trabajo de archivo- lo constituye el estudio de “discursividades” que organizan “regímenes de enunciación” que definen aquello que debe y puede decirse, a la vez que establece las fronteras respecto de lo que no resulta decible. Esta indagación se orienta a dar cuenta de los elementos discursivos heterogéneos y sus articulaciones en un determinado momento para delimitar lo enunciable en ciertas coyunturas. Siguiendo con esta consideración, el libro retoma la idea de “problematización” de Robert Castel para dar cuenta de un haz de interrogantes que emergen en un momento dado que hay que datar, y que fueron reformuladas a través de sucesivas crisis en las que se integran nuevos datos que se sobreimprimen en la actualidad.

A partir de este planteamiento se ingresa a la problematización de la cuestión de las subclases en nuestro país entre fines de los ’50 y mediados de la primera década del siglo XXI[3], atendiendo a las formas en que ciertos objetos (poblaciones) entraron en la gramática de lo verdadero y lo falso como objeto de pensamiento, y en función de lo cual se ensayaron diversas respuestas, unidas, sin embargo, por un mismo “suelo”.

Luego del capítulo introductorio, la autora se aboca a la presentación de las distintas discursividades que han intentado delimitar este campo de problematizaciones: “marginalidad”, “informalidad/precariedad”, “pobreza” y “vulnerablidad”. Cada uno de estos diagnósticos puede ser interpretados a partir de lo que dejan por “fuera”; en cada caso, aquello que explica la exclusión de cierta población varía: se está excluido del “desarrollo”, de las “relaciones salariales normales”, de las “necesidades”, o de los modos “estables de integración social”.

La hipótesis de Grondona señala una escisión en la configuración del campo de problematizaciones: si al comienzo del periodo en cuestión (entre fines de los ’50 y hasta mediados de los años ’70) los estudios sobre marginalidad reunían bajo un mismo haz de interrogantes aspectos referidos al mercado de trabajo y a las condiciones de vida -esto es, producción y reproducción-, hacia fines de los años ’70 estos abordajes se empiezan a fragmentar en parcelas diferenciadas y abordadas por diversos especialistas; por un lado, las cuestiones ligadas a los modos de inserción en el mercado de trabajo (informalidad, precariedad) y, por el otro, los estudios preocupados por la insatisfacción de las necesidades básicas (pobreza, vulnerabilidad).

Las consecuencias de esta escisión son relevantes en términos del horizonte problemático en el que se insertan, dado que la reunión de los aspectos de producción y reproducción se articulaban “alrededor de la pregunta por las singularidades del modo de producción capitalista en las condiciones periféricas o de dependencia”. Por el contrario, la división del trabajo intelectual sobre la que operan los saberes expertos tenderá a limar este horizonte, naturalizando condiciones de desigualdad y explotación imperantes.

El lugar de los sujetos y los discursos

A lo largo de todo el libro la autora insiste en pensar el lugar del sujeto (técnicos, académicos, profesionales, etc.) en relación a la producción de los discursos y a las formas de intervención estatal sobre lo social con el propósito de evitar interpretaciones reduccionistas. Esta perspectiva enriquece la hipótesis de trabajo al inscribir las trayectorias y las producciones de los expertos en espacios jerarquizados que operan sobre la veracidad de estos discursos, y que definen perfiles de intervención situados históricamente: mientras que en la década del ’60 se elaboraban discursos con una matriz fuertemente explicativa y programática -y ligados a una dimensión política de la cuestión-,  hacia los  ’80 tienden a primar elaboraciones descriptivistas, obra de técnicos o especialistas en los que la intervención política aparece mediada.

Ahora bien, la autora señala que contrariamente a la presuposición de una “unidad de sentido o de intención entre ciertos diagnósticos y determinadas formas de acción sobre lo ‘social'”, también hemos observado contradicciones entre las orientaciones programáticas que los expertos asumen (como “ciudadanos de a pie”) y los modos de intervención que se derivan de los diagnósticos que producen o, incluso, de las preguntas que sirven de punto de partida.

Ni siquiera en la década del ’90 -que pareció gobernada por un “pensamiento único”- existieron posiciones monolíticas al interior del propio aparato estatal sobre los modos de tratamiento de la pobreza, por no mencionar las múltiples iniciativas que desde fuera del gobierno elaboraron diagnósticos alternativos, como el caso del Frente Nacional contra la Pobreza (FRENAPO). Lo significativo de esta pluralidad discursiva -por momentos incoherente o contradictoria- es que “evidencian las fronteras de aquello que, en cada tiempo y por razones estructurales, puede y debe decirse” a la vez que permite identificar “un ámbito de prefiguración de políticas capaz de superar el (estrecho) horizonte neoliberal”.

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Referencias:

GRONDONA, Ana. 2014 Saber de la Pobreza. Discursos expertos y subclases en la Argentina entre 1956 y 2006. 1a ed. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Ediciones del Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini.

[1] Santiago Nardin es Sociólogo (UBA), maestrando en Estudios Urbanos (UNGS), becario del CONICET y doctorando en Ciencias Sociales (UBA). Docente en el seminario “Movimientos sociales y procesos de desanclaje: las reconfiguraciones de las identidades colectivas” de la Carrera de Sociología (UBA). Investiga sobre redes de politicidad en el mundo popular urbano.

[2] Versión taquigráfica Cámara de Senadores de la Nación período 132º 7° reunión – 3° sesión especial–7 de mayo de 2014. Disponible en www.senado.gov.ar/parlamentario/sesiones/tac

[3] Cabe destacar que en este recorte temporal la creación de la Asignación Universal por Hijo constituye un hito para la autora en tanto “implicó un acontecimiento discursivo (y extradiscursivo) que pareciera inaugurar un nuevo régimen de decibilidad.” (171)