Consideraciones sobre el marxismo andersoniano

Por Santiago M. Roggerone[1]

Los que no son capaces de defender las posiciones ya conquistadas, nunca conquistarán ninguna más.

León Trotsky

El autor al que se concederá atención en lo que sigue se inscribe en la constelación o campo de fuerzas de lo que Immanuel Wallerstein conceptualiza como la tercera era del marxismo, en la que éste entró en crisis e “hizo explosión” (1998: 195) dando lugar al “florecimiento de mil marxismos” (Tosel, 2008: 42). Es claro que él forma parte de ese amplio y extenso movimiento intelectual a través del que se ha dado paso a un nuevo comienzo de la crítica. Ahora bien, en lo que concierne a un punto clave, toma decidida distancia del resto de los teóricos contemporáneos críticos de la sociedad. Si bien la mayoría de éstos permanecen fieles al que sin dudas es el propósito u objetivo general del marxismo —la crítica implacable del estado de cosas existente—, en lo que atañe a la reescritura de los proyectos teóricos, filosóficos y políticos mediante los cuales el mismo se articula, ha roto ya decisivamente con él, propiciando una verdadera huida.

Perry Anderson se caracteriza no sólo por seguir apostando por el marxismo como crítica del estado de las cosas sino también por persistir en él como proyecto científico, filosófico y político —esto es, por continuar jugándose por el como “teoría del desarrollo histórico”, “sistema intelectual” (1986: 106) y “llamada política a las armas en la lucha contra el capitalismo” (ibídem: 107). Verdadero renovador de la crítica sociopolítica, Anderson ha hecho lo imposible por neutralizar los principales desafíos lanzados al marxismo a nivel de las ideas una vez abierta la crisis más severa con la que éste ha tenido que lidiar a lo largo de toda su historia.

A los fines de captar las especificidades de este peculiar marxismo, delinearemos los contornos del derrotero biográfico del autor. Es claramente el suyo un itinerario compartido con toda la generación que se formó al calor del ascenso de la nueva izquierda, tomó parte en los acontecimientos libertarios de 1968, y experimentó luego la desesperación y soledad de los años oscuros que siguieron. Itinerario, por tanto, que se interseca con el del marxismo occidental y la reactivación de la lucha emancipatoria. Itinerario de la derrota pero a la vez de la resistencia.

Descendiente de propietarios rurales angloirlandeses, Anderson nació en Londres en septiembre de 1938 y pronto se trasladó a China —país donde su padre había sido enviado a cumplir funciones como oficial de las Aduanas Marítimas Imperiales—, para luego hacerlo a Estados Unidos e Irlanda, y finalmente retornar a Inglaterra. Probablemente fue algo de la atmósfera internacionalista y de permanente extrañamiento bajo la que se crió, lo que lo llevó a acercarse desde muy joven al mundo de las izquierdas. Rápidamente tomó contacto con la nueva izquierda británica nucleada en el University Labour Club que, alrededor de 1960, lanza la mítica New Left Review —una fusión de otras dos publicaciones, University and Left Review y New Reasoner, que en su primera etapa fue dirigida por Stuart Hall, entre otros. En este contexto se ligó además con quien se convertiría en su mentor, Isaac Deutscher —el biógrafo de Stalin y Trotsky al que retrospectivamente se referiría como “un iconoclasta visionario” y “astuto político” dotado “de olímpica serenidad” (1998: 114).

Anderson se consolidará como un historiador independiente y crítico francotirador al que por décadas le toca la tarea de dirigir los destinos de la New Left Review. Los sucesos de 1968 lo hallarían pertrechado en ese observatorio al que, de allí en más, regresará en incontables circunstancias. Lejos del compromiso con la militancia partidaria, desde las páginas de la New Left Review se preocupa una y otra vez por cómo combinar su deutscherismo con el comunismo italiano, el marxismo sartreo-gramsciano, el estudiantismo, el tercermundismo guevaro-maoísta y el marxismo occidental de Louis Althusser y Lucio Colletti.

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Sin embargo, el período abierto a partir de 1968 lo encontró altamente influenciado por Ernest Mandel, el economista belga que había sucedido a Michel Pablo como máximo referente de la IV Internacional. Impresionado por el trabajo de Mandel, Anderson llevó a cabo una gradual transición hacia la tradición del trotskismo —de tal manera que, reconociéndola como “el polo de referencia política central e inevitable dentro de la NLR” (1985: 169) y considerándola como la única “capaz de una visión adulta del socialismo a escala mundial” (ibídem: 172-73), a mediados de la década de 1970 la idealizará como el candidato para finalmente dar paso a la tan esperada “reunificación de la teoría y la práctica en un movimiento revolucionario de masas” (1979: 125).

Es seguramente en relación a su vínculo con el Secretariado Unificado que a Anderson le caben las mayores críticas. Pues su trotskismo fue ciertamente uno selectivo y si se quiere hasta imaginado —uno que se redujo, vale decir, a Deutscher, Rosdosky y Mandel e ignoró a personajes como Posadas, Lambert o Moreno. Como fuera, el punto es que la pleitesía rendida a la IV Internacional lo condujo a experimentar grandes frustraciones.[1] Las ocasiones perdidas y las oportunidades desaprovechadas por el trotskismo lo obligarán luego de efectuar un largo (e inconcluso) rodeo a través del “laboratorio de [las] formas” (Anderson, 1979a: 272) de la historia[2] y ajustar cuentas con el marxismo occidental, Antonio Gramsci, y E. P. Thompson,[3] a dimitir de la dirección de la New Left Review, que por entonces entraba en un proceso de reorientación.

Los ochenta llegaron y con ellos la consolidación de la derrota. “La reunificación de la teoría marxista y la práctica popular en un movimiento revolucionario de masas experimentó un notable fracaso en cuanto a su materialización”, escribía Anderson (1986: 26) hacia 1983, nuevamente refugiado en la atalaya deutscheriana —una atalaya que, sin embargo, esta vez se erigía desde la comodidad que ofrecía la University of California. Abroquelado, tomándose muy en serio lo que León Trotsky (2010: s/p) dijera poco antes de morir “los que no son capaces de defender las posiciones ya conquistadas, nunca conquistarán ninguna más”—, desde entonces se atrincherará y entablará una batalla encarnizada contra las corrientes de pensamiento francesas que él mismo había ayudado a difundir; analizará y polemizará con los distintos candidatos a reemplazar al materialismo histórico desde el centro o la derecha; revisará y reconsiderará los estudios históricos que había llevado a cabo décadas antes. Sólo desde los sitios seguros del observatorio olímpico y el laboratorio a los que se aferra en su intención de contemplar el spectrum del mundo de las ideas y experimentar con las formas de la historia es que, hacia el año 2000, Anderson reasume la dirección de una renovada New Left Review.

Establecido esto, resulta posible efectuar algunas consideraciones sobre el marxismo andersoniano. De lo que siempre se ha tratado para Anderson es de tomar distancia, manteniéndose imperturbablemente expectante para así someter lo contemplado a lo que Trotsky denominaba “el implacable laboratorio de la historia (ibídem: s/p). En términos de Deutscher, podría decirse que durante toda su vida el autor abogó por elevarse “au-dessus de la mêlée” (1984: 57) a los fines de “observar con imparcialidad y diligencia el caos de un mundo agitado, estar al acecho de lo que va a emerger de él e interpretarlo sine ira et studio (ibídem: 58). Aficionado al “arte de la espera” con el que alguna vez Jean-Paul Sartre (citado en Elliott, 2004: 14) identificó a la tradición del trotskismo, Anderson siguió al pie de la letra a su mentor en la conjugación de la serenidad olímpica, la visión iconoclasta y la astucia política.

En verdad comprometido también con el estoicismo de Gramsci, en todos esos años Anderson procuró compensar “la resistencia moral” con “la innovación política” (1992: 11). A su entender, “la derrota” siempre ha sido “una experiencia difícil de dominar” (2008: 10). Puesto que “la tentación de sublimarla” una y otra vez se pone en juego cuando ella tiene lugar, se torna necesario, afirma, “mirar a la cara a los adversarios teóricos, sin indulgencia ni autoengaño” (ídem). Pues nunca “es lo mismo ser derrotado que doblegado (ibídem: 13).

Ciertamente, todos sus escritos parten de esta premisa que en más de un sentido invoca a Trotsky y la necesidad de “mirar la verdad de frente, por amarga que ésta sea” (2012: 6). Es decir, la necesidad de “mirar la realidad cara a cara”, de “no buscar la línea de la menor resistencia”, de “llamar a las cosas por su nombre”, de “decir la verdad a las masas por amarga que sea”, de “no temer los obstáculos”, de “ser fiel en las pequeñas y en las grandes cosas”, de “ser audaz cuando llegue la hora de la acción” (Trotsky, 2008: 107), de nadar incluso “contra la corriente” (ibídem: 108) —de estar convencido, en pocas palabras, de que “todo el que se inclina ante los hechos consumados es incapaz de preparar el porvenir” (Trotsky, 2012: 8).

En la editorial del 2000 para la New Left Review, el autor otorga a la premisa en cuestión el nombre de “realismo intransigente” (Anderson, 2000b: 12). Diferenciándola de posturas tales como las de la “acomodación”, el “consuelo” o la “resignación” (ibídem: 11), se refiere a esta actitud político-intelectual como un punto de vista con el que es posible negar “toda componenda con el sistema imperante” y, al tiempo, objetar “toda piedad y eufemismo que puedan infravalorar su poder” (ibídem: 12). Pregonar escepticismo para lo que concierne al presente pero esperanza para lo que respecta al futuro: de eso trata a grandes rasgos la actitud de marras.

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Compañeros de ruta de Anderson como Gilbert Achcar (2000) o Alex Callinicos no han dudado en endilgar a esta perspectiva un cierto pesimismo (1996: 15) que se habría gestado como consecuencia de la renuncia al proyecto, formulado por Trotsky en 1933, de construir organizaciones revolucionarias independientes del estalinismo y la socialdemocracia (1990: 48). Es cierto que el desacuerdo con la fundación de la IV Internacional y el consecuente repliegue en una atalaya por parte de Deutscher conllevó la expectativa de reformas en la URSS que pudieran llevar a cabo desde arriba la revolución política que Trotsky hubiera querido que surgiera desde abajo (ibídem: 51). No obstante, reducir el realismo de la inteligencia y la intransigencia de la voluntad a la abyección y la apatía constituye cuanto menos un error, pues la atalaya nada tiene que ver con la lúgubre y melancólica torre de marfil.

Asimismo, es injusto referirse al enfoque andersoniano a la manera de Elías J. Palti (2005: 23), como una suerte deSaber sin Verdad” —es decir, como una especie de renuncia en toda la línea al horizonte político-práctico del marxismo en pos de una salvación de su teoría. Decididamente inscripto en la tradición de “herederos de Trotsky” descrita hacia el final de Consideraciones sobre el marxismo occidental, Anderson (1979c: 121) no ha renunciado nunca al anticapitalismo o a la lucha por la consecución del socialismo y el comunismo. Delimitándose de todo tipo de artimañas idealistas, hace gala en sus trabajos de realismo, racionalismo, objetividad y universalidad. A propósito, Ariel Petruccelli (2010: 156-157) escribe que el marxismo andersoniano:

Es realista tanto en el sentido ontológico y epistemológico de la palabra (en los que el realismo se opone al idealismo), cuanto en el sentido político del término: intenta fundar la acción revolucionaria en una adecuada y realista comprensión de la historia y de las coyunturas. Es racionalista en el sentido de confiar en la razón y de creer que, en principio al menos, resultaría posible tener buenas razones para elegir entre teorías rivales. Es objetivista si por “objetivo” entendemos un discurso pasible de ser sometido a contrastación y control. Y es universalista porque sin desconocer la enorme diversidad histórica y cultural de las sociedades humanas presupone que existen, entre todas ellas, ciertos elementos comunes (algunas características, determinadas necesidades, ciertos límites).

Tal como Gregory Elliott ha indicado, estos presupuestos permiten a Anderson balancear en su obra “la reflexión sobre ‘el rumbo de los tiempos’ con la resistencia a este mismo rumbo” —esto es, “el realismo de la inteligencia” con “la intransigencia de la voluntad” (2004: 383). En suma, lo que entraña la perspectiva andersoniana es una iniciativa intelectual que pese a todo y contra a todo persiste en el marxismo y el horizonte despejado por la política revolucionaria.

Desesperanzado más nunca desesperado, por consiguiente. La paciente y tozuda espera en la atalaya ha permitido a Anderson resistir una y otra vez las derrotas con las que las izquierdas han tenido que vérselas. Concluyendo su ensayo de 1992 sobre el fin de la historia con el que nuevamente volvía a empezar desde el principio, se preguntó qué era lo que el futuro depararía al socialismo. Para articular una respuesta, procedía por analogía y daba cuenta de un “espectro de posibilidades”, de “una serie de desenlaces típicos ideales” (Anderson, 1996: 159). La primera de las alternativas era la del experimento jesuita en Paraguay: “el olvido” (ibídem: 161). La segunda, la de lo sucedido con la Revolución Inglesa en el contexto de la Revolución Francesa: la reformulación, la “sustitución de valores” (ibídem: 164). La tercera, la de lo ocurrido con la Revolución Francesa en las revoluciones que le sucedieron en el siglo XIX: la “mutación” (ibídem: 166). La cuarta y última, la del liberalismo: la “redención ulterior” (ibídem: 171). “Jesuita, Leveller, jacobino, liberal”: ésas eran “las imágenes en el espejo” (ibídem: 173).

Es cierto que por lo general las “analogías históricas” son poco “sugerentes”, pero en ocasiones pueden ellas “resultar más fructíferas que las predicciones” (ídem). Tan “buen conocedor de las ironías de la historia” como su maestro Deutscher, en el contexto del colapso del socialismo realmente existente, Anderson guardó predilección por la cuarta de las alternativas contempladas —al fin y al cabo, la restauración del capitalismo en Rusia “podría, al igual que otras restauraciones, tener un papel redentor en el complicado progreso a largo plazo hacia una libertad humana común” (1998: 116).

No tiene mucha importancia si la opción por la que entonces Anderson se inclinó es la que finalmente habrá de imponerse.[4] Lo verdaderamente significativo es que en su consideración del problema, el autor no renunció a evaluar todas y cada una de las posibilidades, todos y cada uno de los eventuales desenlaces. Pues dotado de un carácter estoico pero a la vez comprometido, el realista e intransigente Anderson ha privilegiado siempre la defensa de las posiciones ya conquistadas por sobre el asalto de nuevas. Reacio a seguir el camino fichteano alguna vez trazado por Georg Lukács —a saber, aquel que nos dice que si los hechos no se adecúan a las expectativas, tanto peor para los hechos (2005: 47)—, ha conceptualizado siempre al marxismo como “una teoría autocrítica capaz de explicar su propia génesis y metamorfosis” (Anderson, 1986: 8) —como una crítica, vale decir, no sólo del estado de las cosas sino también de la propia situación en la que él mismo se halla. Incluso hoy en día, luego de tanta tinta y sangre derramadas, Perry Anderson continúa abocándose a comprender qué es lo nuevo y qué es lo viejo del mundo[5]. Es por esta persistencia que las palabras finales que escribe sobre Fredric Jameson en Los orígenes de la posmodernidad evocan del mejor modo su propia fisonomía.

En la relación más amplia que el conjunto de sus escritos mantiene con el mundo exterior, la voz de Jameson no ha tenido igual en la claridad y elocuencia de su resistencia al rumbo de los tiempos. Mientras la izquierda era más numerosa y atrevida, su obra teórica se mantenía a cierta distancia de los acontecimientos inmediatos. A medida que la izquierda se veía cada vez más silenciada y cercada, perdiendo la capacidad de imaginar cualquier alternativa al orden social existente, Jameson ha venido hablando cada vez más directamente al carácter político de la época, rompiendo el hechizo del sistema:

con qué violencia se compra la benevolencia

qué coste en gestos trae la justicia

qué agravios entrañan los derechos civiles

qué acecha

este silencio.

Anderson (2000a: 184-185).

Bibliografía

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[1] Lic. y Prof. en Sociología (FSOC-UBA), Mg. en Sociología de la Cultura (IDAES-UNSaM) y Doctorando en Cs. Sociales (FSOC-UBA). Becario Doctoral del CONICET con sede de trabajo en el Instituto de Investigaciones Gino Germani y Docente de la materia “El pensamiento sociológico del joven Marx”, perteneciente a la Carrera de Sociología (FSOC-UBA). e-mail: santiagoroggerone@gmail.com

[1] En lo que a esto concierne, el trotskismo de Anderson contrasta claramente con el de ese otro marxista imprescindible de la segunda parte del siglo XX que fue Daniel Bensaïd. El de éste, ciertamente, fue uno bastante más realista, producto del minucioso balance de lo vivido en carne propia como dirigente de la Jeunesses Communistes Révolutionnaires, la Ligue Communiste Révolutionnaire y, en el último tiempo, el Nouveau Parti anticapitaliste —recordemos que, con la claridad que concede la distancia, prefirió “hablar de los trotskismos en plural” antes que “hacerlo de trotskismo en singular” (2002: 12), designándole además a él el estatuto de “una herencia preciosa, pero sin modo de uso” (ibídem: 45).

[2] Cfr., también, Anderson (1979b). Decimos inconcluso puesto que Anderson preveía complementar sus estudios sobre la antigüedad y el feudalismo con unas aproximaciones a las revoluciones burguesas, las revoluciones socialistas y los estados poscapitalistas que nunca realizaría.

[3] Cfr. Anderson (1979c; 1978; 1985).

[4] Recientemente, Razmig Keucheyan ha revisado los “cuatro destinos posibles para el socialismo” (2013: 339) previstos por Anderson —su impresión es que las dos décadas transcurridas desde la aparición del texto permiten ver con mayor claridad sus hipótesis relativas a la naturaleza del periodo que atravesamos (ibídem: 342). Lo primero que resulta comprobable para el autor es que el socialismo no será olvidado: los historiadores futuros no lo percibirán como un conjunto de experiencias absurdas y sin posibilidades de realización en vista del curso general de la historia (ídem). Asimismo, siempre según Keucheyan, resulta poco probable que el socialismo sea redimido de la manera en que lo fue el liberalismo durante el tercer tercio del siglo XX (ídem). En consecuencia, lo más factible para él es que el destino del socialismo se dirima entre la segunda y la tercera hipótesis enumeradas […]: o bien, se comprobará que las experiencias del ciclo 1848-1989 fueron ‘acumulativas’ […], o bien serán necesarios un tiempo más largo y una mutación más profunda para que reaparezcan acontecimientos de esta naturaleza (ibídem: 343). Keucheyan juzga, no obstante, que la segunda de las dos últimas eventualidades es la que mayores chances de concreción posee. A su entender, hoy en día nos encontraríamos inmersos en una temporalidad política análoga a la del siglo y medio que separó la Revolución inglesa de la francesa (ídem). Por tanto, antes que una inminente redención, lo que se impondría sería la espera. En el ínterin, el proyecto socialista debería ser sometido a una exhaustiva reformulación.

[5] Cfr., sobre todo, Anderson (2012; 2014; 2015; 2016).

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