“La utilidad no es una política del sentido”, por Catalina Arango y Alexandre Roig

Por Catalina Arango[1] y Alexandre Roig[2] 

Y si un día nos despertáramos sin libros, sin artículos ni opiniones en los medios, sin las circulaciones contradictorias y cacofónicas de voces públicas que denuncian, enuncian o provocan, sin las palabras de todos aquellos que conservan o desmiembran los cuerpos de los poderes. Y si un día nos despertáramos con una sociedad dónde las formas de las escrituras se pensaran transparentes, neutras, abrazadas a sus axiomáticas de mármol, dónde la Historia escaparía a los grafismos para tener la intemporalidad de los dominantes. Si un día solo pensáramos lo que sirve sin margen a lo imprevisto, si todo fuera un control sobre la interpretación, si no fuera necesario indagar apasionadamente en lo desconocido. Si todo esto viniera a ocurrir, no habría ni experimento ni experiencia posible. No habría, entonces, Ciencia.

Alcanzaríamos la quietud utilitarista, la inmovilidad de los que respiran la atmósfera de lo ya sabido de un mundo que ya iluminó una caverna oscura sin humedad ni recovecos. En ese mundo ya se sabe lo que es ser feliz, ya se sabe cómo hay que comprar, representar, intercambiar, hablar, votar, producir, pensar, actuar. Ya se sabe lo que son un individuo y una sociedad. No tienen pliegues, son lisos y llanos como la pastilla que pueden tomar para no angustiarse en lo estrecho de lo ya resuelto. La utilidad tiene la gramática del status quo, propone un sin sentido. Hace de los medios un fin conocido, confunde la etapa del viaje con su devenir, ignora así lo propio de la modernidad: su carácter inmanentemente paradojal. Chateaubriand, unos de los primeros autores en caracterizar los cambios de era, en los albores de la revolución francesa, describía así nuestra vivencia en sus Memorias de ultra-tumba: “me encontré entre dos siglos, como en el confluente de dos ríos; me tiré en sus aguas perturbadas, alejándome con pesar de la vieja orilla dónde nací, nadando con esperanza hacia una orilla desconocida”. Para la inquietud del observador de esos tiempos modernos, nunca alcanzará el otro lado. Para los que vivimos la contemporaneidad tampoco llegaremos a vencer lo desconocido. Su frontera se desplaza en cada roce, cada vez que pensamos alcanzarla. Es lo propio del saber: un flujo constante.

Entonces qué hacer con la pregunta de la utilidad de la ciencia y en particular de las ciencias sociales a la que tantas veces como ahora se nos invita a responder, como si tuviéramos que justificar nuestra existencia. Proponemos una respuesta simple: no contestarla. Encierra en sí misma una acusación que nos aleja de todo lo que hace a la producción de saber en su forma científica, plantea una dialéctica incomunicable, nos obliga a defender lo “inútil” en una sociedad que lo fustiga, aunque lo practique cotidianamente. Preferiríamos proponer la pregunta siguiente: ¿cómo las ciencias sociales producen sentidos?

Esta pregunta no es una forma de escabullirse a las interpelaciones sociales sobre el para qué de las ciencias sociales. Es deseable que un saber no esté exento de cuestionamientos. Evita el riesgo inherente a toda comunidad científica de aislarse o peor aún de sustituirse al debate público y a la decisión política. Es una manera de plantear un verdadero diálogo y no forzar a científicos a iniciar sus tránsitos ni con un pie culposo, ni con alas soberbias. Es también una manera de invitar al lector que no proviene de las ciencias sociales a asumir que hay siglos acumulados en los anaqueles de nuestras bibliotecas sobre cuestiones que el debate cotidiano dirime en una simplicidad tan arrolladora como efímera. La complejidad tiene sus tiempos y tiene sus lógicas y en general se encuentran lejos del sentido común y cerca de la coherencia teórica y de la densidad empírica.

Al contrario, defenderemos aquí la posición de que la principal función (y no utilidad) de las ciencias sociales es ampliar los posibles, multiplicar los sentidos y no cerrarlos. Tal vez sea difícil entender esta posición para aquellos que piensan que el saber va hacía lo único, que viene a suturar lo que no cuadra. Tal vez se decepcionen los que piensa que atrás del desvelamiento del misterio esta la verdad y no un misterio más profundo. Es que a nuestros contemporáneos, como a nuestros antepasados, les gusta estabilizar las respuestas, encontrar soluciones definitivas, manuales de acción y de pensamiento.

Pero por el momento el planteo está siendo muy abstracto. Vamos a tratar de sostener nuestro argumento haciendo los que hacemos los cientistas sociales, pensar desde nuestras experiencias de investigación. Seguramente tomemos algunos atajos y simplificaciones que el lector erudito sabrá criticar. Pero la gravedad de la situación amerita que seamos lo más sistemáticos posibles para que, por lo menos entendamos nuestros propios debates.

1. Las ciencias sociales amplían los sentidos…

Como bien lo recuerda Bruno Karsenti, las ciencias sociales nacen con la democracia moderna (Karsenti, 2013) cuando en el siglo XIX estallan los lazos religiosos y las formas tradicionales de organizar el poder. Cuando los pueblos, las naciones, las partes de la sociedad que no tenían parte en la representación política (Rancière, 1996) exigen que el poder no este fundado en la pura transcendencia. Cuando dios ya no alcanza, o simplemente no está, para justificar el sentido de la dominación es cuando los poderes hacen visibles sus inmanencias, muestran y organizan sus fuentes. Crean constituciones, organizan elecciones, a veces partidos, gobiernan desde las leyes aunque sean – y lo son – contradictorias. Reprimen los conflictos con el monopolio de la violencia legítima dirá Weber, con el gasto y la captación fiscal ampliará Elias. Organizan las nuevas moralidades, que a veces siguen pareciéndose tanto a las viejas, con la coerción y la incorporación de las reglas subrayará Durkheim. No olvidan ahondar en las formas laicas de lo sagrado proseguirá Mauss, aunque más no sea para disimular las formas de explotación que ya había analizado Marx unas décadas antes.

En la red de relaciones sociales, en la trama de las instituciones, o en el tejido de las fuerzas estructurales, la sociedad fue teniendo sus teorías, los dominados sus críticas y los dominantes las claves para sus gobiernos. Para decirlo de alguna manera no puede haber democracia sin ciencias sociales, y no puede haber ciencias sociales sin democracia. No vamos a entrar en las múltiples definiciones de lo que son las democracias, nos limitaremos a decir que implica la co-existencia conflictiva de varios sentidos posibles del devenir común de una sociedad. Cuando hablamos de conflicto es en el sentido más neutro de la palabra. La democracia se funda sobre el desacuerdo, la disidencia, la diferencia. Eso es justamente lo que está cuestionado en lo que se llamaba en los años 90 el “pensamiento único” tan caro a los defensores del fin de la historia, justamente grandes profesores del utilitarismo (Fukuyama, 1992). Por eso el neo-liberalismo es anti-democrático porqué justamente piensa que todo ya está “resuelto”. No habría conflictos sobre cómo ordenar la economía y después de ella la sociedad. Es por eso que el neo-liberalismo está en contra de las ciencias sociales en particular si son críticas.

Como lo decía Estanislao Zuleta en su elogio a la dificultad (2007), “Deseamos mal. En lugar de desear una relación humana inquietante, compleja y perdible, que estimule nuestra capacidad de luchar y nos obligue a cambiar, deseamos un idilio sin sombras y sin peligros, un nido de amor y por lo tanto, en última instancia un retorno al huevo. En vez de desear una sociedad en la que sea realizable y necesario trabajar arduamente para hacer efectivas nuestras posibilidades, deseamos un mundo de satisfacción, una monstruosa salacuna de abundancia pasivamente recibida. En lugar de desear una filosofía llena de incógnitas y preguntas abiertas, queremos poseer una doctrina global, capaz de dar cuenta de todo, revelada por espíritus que nunca han existido o por caudillos que desgraciadamente sí han existido”. Así la cosas y las ciencias sociales son justamente este saber que elogia permanentemente la dificultad, no para hacer la realidad más opaca, sino para aclarar que la opacidad implica la prudencia de una discusión colectiva en el seno y entre las comunidades de saber.

Las ciencias sociales contribuyen así a la ampliación de los sentidos en contra de todo proceso de reducción de posibles. Esto es visible cuando nos interesamos por investigar procesos sociales como la puja de poder entre las organizaciones de mujeres con la Iglesia para defender la soberanía sobre sus cuerpos y hacer de la ley un mecanismo de lucha por la defensa de sus derechos sexuales (Arango, 2016). Este mismo proceso se ve en lo monetario cuando ya en plena crisis del 2001 nos sorprendíamos escuchar que era “imposible” salir de la convertibilidad cuando todos los datos indicaban su fin. Fue un largo proceso de construcción de esta opción única en los cuáles se enfrentaron saberes amasados con intereses durante todo el siglo XX (Roig, 2016).  Como se puede apreciar, las disputadas por los sentidos no son solamente una discusión de academia. De ellas depende que una mujer pueda o no abortar, que una sociedad pueda o no salir de un régimen monetario que lo asfixia.

Ahora bien, ¿cómo se organiza la diferencia en sociedades complejas? ¿ Cómo se define quién está en condición de pugnar por un sentido o por el otro? El proceso de democratización estuvo siempre acompañado por un proceso de autorización de la palabra lo que justamente pareciera criticar cierto fervor por la post-verdad o presidentes electos como Donald Trump que hacen, ellos, un “elogio de la ignorancia” (Raquel de San Martin, 2017).

2. … autorizando los saberes …

Cuando hablamos de comunidades de cientistas sociales asumimos un punto de vista pragmatista sobre la ciencia. Parafraseando a la perspectiva pragmatista de Charles Peirce “ es científico lo que dicen los científico que es científico”. La auto-organización de los saberes académicos permitió y permite entre otras cosas que la dinámica de los objetos y de las agendas investigativas no sean definidas burocráticamente justamente en nombre de la utilidad. Sabemos que todos los grandes descubrimientos y desarrollos de las ciencias han sido posible confiando en las propias dinámicas de colectivos de científicos relativamente autónomos. La definición desde el Estado de supuestas prioridades de investigación constituye en este sentido un proceso de esterilización. Distinto sería si el Estado dialogara con las comunidades académicas (y vice-versa) para saber cuáles son las prioridades posibles y deseables y no substituirse autoritariamente a este encuentro. La definición de los objetos, sus diversidades y los procesos de elaboración de la investigación requieren de esta autonomía. Es desde esta misma autonomía que se producen lógicas de autorización de saberes es decir la definición de la reglas que permiten saber quién puede y que se puede decir sobre una realidad particular.

Ahora bien, hoy en día en la Argentina hay una crisis de las lógicas de autorización de los saberes provenientes de las ciencias sociales.  La pregunta sobre la utilidad es su principal síntoma y su autonomía está claramente cuestionada. Podemos esgrimir algunas hipótesis para explicar este proceso, seguramente insuficientes pero que nos permitan ahondar en el diagnóstico. Una posible explicación de esta crisis de autorización se encuentra en el confluente de tres procesos. El primero abreva en la crisis de la aceptación de los números públicos en particular desde el descreimiento en los datos del INDEC y con ellos de los “números públicos” en general (Daniel, 2013). El segundo proceso proviene de las críticas desde la política al periodismo. No porqué no pensemos que haya claramente opiniones “interesadas” en la mayoría de los medios y que sería necesario refundar la ética periodística, sino porqué nos parece necesario atender a los efectos del slogan “Clarín miente” que tuvo la capacidad, creemos, de ampliar la desconfianza a los medios en general. Reforzaron estas sospechas la multiplicación de casos de periodistas que efectivamente han promulgado afirmaciones infundadas sin que la comunidad periodística los sancionara, por lo menos no en los principales medios. Las disfunciones de los sistemas de autoregulación de la prensa no permitió contrarrestar una desconfianza producida desde los aparatos estatales. A lo sumo se “respeta” y lee tal o cual autor pero lejos de los procesos colectivos que garantizaban cierta autoridad de los medios. Es importante para entender la crisis del concepto de tribuna, interfase fundamental entre las ciencias sociales y los ciudadanos. Un tercer afluente se suma a los dos anteriores: un proceso de individualización de la opinión expresada en redes sociales o como comentario a artículo en los medios.  Esta modalidad de libre expresión permite una manifestación inmediata e irresponsable que potencia el sentido común como bien lo sostienen muchos estudios recientes sobre lo que se ha nombrado post-verdad (Quattrociocchi, 2017). Crisis de las referencialidades públicas, descreimiento en las tribunas públicas, y creencia cada vez más fuerte en el sentido común, son algunos de los elementos que contribuyen a la puesta en crisis de la autorización académica.

Frente a este estado de cosas que no puede ser revertido con una voluntad nostálgica que propicie el regreso al intelectual incuestionado, implica asumir que la autonomía de las comunidades científicas solo puede ser productiva (es decir que puede producir sentidos) si es relacional. Los saberes académicos, por lo menos en ciencias sociales deben asumir el carácter incompleto de su propio proceso de construcción de conocimiento. Se constituyen sobre una autonomía relacional el diálogo con otra disciplina, otros actores sociales, otras lógicas cognitivas. Es justamente en esta incompletud que las ciencias sociales encuentran el punto de diálogo con los otros en la academia y de la academia pero que a su vez pueden hallar los ejes de una legitimación más amplia y de una efectividad más profunda. Es decir que el proceso de autorización no pareciera ser exclusivamente asunto de una evaluación por pares. Los científicos que alertaron sobre el calentamiento global advirtieron tempranamente de la necesidad de hacer converger disputas en el plano científico con actores concretos de la economía y de la política.

Vinculada a este necesidad de repensar la relación de las ciencias sociales con sus alteridades para construir su autorización es importante que el campo intelectual pueda explicitar sus propias reglas de autorización para que las mismas no sean naturalizadas o sacralizadas, olvidando su origen convencional. Es lo que Bourdieu llamaba la “ilusio”, fenómeno contra el que justamente se erigen los que promueven unas ciencias sociales reflexivas. Desde esta reflexividad se pueden desplegar las formas múltiples de producción de saber sobre lo social que participan entonces de regímenes de autorización más hibridos que permitan pensar múltiples criterios de evaluación y valorización

Casi siempre la jerarquización de los científicos desborda las fronteras del mundo académico, aunque no siempre haya cabal conciencia de ello. En las ciencias sociales, la relación con el Estado, con los medios de comunicación, con la circulación internacional en otros campos u organismos, en algunas disciplinas un paso por el sector privado, intervendrán en la jerarquización entre las personas (Arango, 2016; Roig, 2016).  Estos espacios sociales articulados entre sí no son homogéneos. Componen un mundo plural y agonístico, donde conviven hoy las evaluaciones hechas por los pares, el prestigio intra o extra-académico, las disputas entre los disciplinariamente puros y los inter-disciplinariamente impuros, las formas y los modos de producción de saberes y sus circulaciones. En fin, un crisol de modos de autorización que de manera muy situacional producen autorizaciones variables, lectores y escuchas a veces antagónicos. Un economista de Harvard podrá lucir credenciales en un banco central con políticas monetaristas. Se verá cuestionado si defiende la centralización y la unicidad monetaria en un club del trueque.

Dicho en otros términos, si las ciencias sociales quieren hacer sentidos, si quieren tener una política del sentido, deben ser reflexivas sobre sus propias lógicas de autorización y a su vez construir una autonomía relacional que pone el diálogo con los otros en el centro de su práctica. Es justamente lo que supo proponer en su momento el sociólogo colombiano, Orlando Fals Borda cuando invitaba al “compromiso”, es decir a tener una promesa compartida.

3. …y con el compromiso.

Orlando Fals Borda se convirtió en un referente de lo que se llama la Investigación Acción Participativa a raíz de su vocación por ampliar los ámbitos de investigación de la sociología de su tiempo acercándose a aquellas dinámicas populares que estuvieron por fuera de los intereses académicos de la Colombia de aquel entonces. Su modo de pensamiento nos permite pensar un modelo de compromiso; si bien aborda la cuestión de la relación entre el campo académico y los saberes populares se trata de un modelo de relación comprometida que podría perfectamente ampliarse metodológicamente a la relación con cualquier alteridad a la academia. Y como tal lo tomaremos a continuación, focalizándonos en la relación entre ciencias sociales y saberes populares pero con el convencimiento que esta propuesta tiene un estatus que permita su generalización a otras relaciones.

Desde su mirada, la historia escrita en Colombia hasta los años 60´s fue la historia sobre las elites que dejaba de lado la de los pueblos marginados por desinterés de parte de la academia o porque estos se habrían negado a darles información a raíz de la desconfianza hacia el ámbito académico. Las luchas campesinas, indígenas y sindicales fueron observadas con interés por Fals Borda y su equipo de académicos quienes se acercaron a las regiones menos estudiadas del país con el fin de visibilizar procesos históricos no narrados que lograsen poner en jaque los poderes hegemónicos: “El propósito de casi todos mis trabajos ha sido claramente político en el buen sentido del concepto: quería informar y enseñar sobre las realidades encontradas a través de investigaciones interdisciplinarias en el terreno, con el fin de llevar a los lectores, a las masas y a sus dirigentes a actitudes y actividades capaces de cambiar la injusta estructura social existente, especialmente en los campos”. (Fals Borda, 2013: 19)

Su definición de la ciencia como un conocimiento que resuelve necesidades concretas y que se declina en un conocimiento práctico, táctico y estratégico, nos permite comprender que más allá de la necesidad que el autor veía en dar a conocer los relatos y las vivencias de los pueblos con los cuales intercambió, existía en él un interés profundo en la transformación social en el que la noción de compromiso trataba justamente de producir sentido. Fals Borda entendía el compromiso como una acción o actitud del intelectual a partir de su pertenencia a la sociedad y al mundo de su tiempo caracterizada por la renuncia a una posición de simple espectador poniendo su conocimiento a disposición de los sectores populares. Para ello se inspiró en el aporte de Jean Paul Sartre y su reflexión sobre la noción de compromiso “La idea sartriana de “engagement”, como se sabe, es la que más se acerca al concepto de “compromiso” que queremos definir para la sociología de la crisis: es la acción o la actitud del intelectual que, al tomar conciencia de su pertenencia a la sociedad y al mundo de su tiempo, renuncia a una posición de simple espectador y coloca su pensamiento o su arte al servicio de una causa”. (Fals Borda, 2013:188)

Recordar la fuerza social y académica que despertó esta perspectiva de trabajo a partir de la década de los años 60´s es importante ya que muchos intelectuales se sintieron convocados por esta premisa al sentir que tenían una función activa en la sociedad. Esta forma de entender la ciencia contrasta con la neutralidad axiológica que pareciera ser el único camino a la objetividad científica.

Queda claro en su obra el interés por rescatar los relatos de los conocimientos ancestrales en expresiones como el folclor, la historia, la narración oral, los mitos y la música. A su vez Fals Borda reconocía la importancia de la creatividad del investigador puesta en escena a la hora de realizar la devolución a las comunidades a través de diferentes métodos como los comics diseñados por campesinos para aquellos que no sabían leer. Se escribieron textos en los cuales se presentaba la investigación científica sociológica en la mitad de las páginas del texto y en la otra mitad materiales gráficos para las personas que no hacían parte de la academia o no sabían leer. En su parte más descriptiva y literaria los textos estaban compuestos por poemas, fotografías, mapas, dibujos, pinturas y canciones populares y del otro lado se desplegaba toda la complejidad teórica. Se trató de una apuesta por tender un puente entre la investigación y la sociedad.

El trabajo popular se realizó mediante audiovisuales, filminas, transparencias, grabaciones, conjuntos musicales y dramáticos y a la par la transmisión del conocimiento científico se generó con la formación de cuadros políticos partiendo de aquellos que tenían más experiencia y habilidades para este tipo de trabajo para que a su vez se encargaran de terminar el proceso de formación en el resto de la población.

Para Fals Borda el quehacer científico y cultural debía contener animación, creación e innovación para alcanzar una conexión con el lenguaje popular. Ante la pregunta que alguna vez le hicieran sobre el mayor hallazgo en su propuesta investigativa Fals Borda respondió: “La insistencia en que teoría y práctica debían ser juntas, no separadas como etapas o dos momentos separados, distintos, sino que se hicieran en un ritmo interpretativo, pero de un proceso común, un proceso único. Que ese ritmo fue lo que llamamos ritmo reflexión y acción. Fue como un semillero que después se desarrolló en la práctica y en los efectos concretos, en la aplicación del conocimiento. Fue la diferencia radical con la academia. Porque la pregunta básica era: ¿Para qué el conocimiento y para quiénes va el conocimiento? Esas preguntas no se las hacía la academia”. (Fals Borda, 2013: 38

Las ciencias sociales ganarían en legitimidad si abandonase fines y métodos extractivistas en que la sociedad se siente usada y abandonada cuando el investigador consigue sus objetivos. La noción de compromiso y de escucha debe primar y orientar el trabajo con comunidades sin ser vista como filantropía o solidaridad ya que se trata de una relación de reciprocidad en que la academia renuncia a su cómoda representación de lugar autorizado por sobre los demás y produce respeto en esa relación.

Las ciencias sociales tienen todos los elementos en potencia para tener una política del sentido, no caer en las trampas utilitaristas y relegitimar su rol en la vida social. Tener una postura reflexiva sobre sus propias lógicas de autorización, articulando con otras comunidades de saber. Pensar el compromiso desde una autonomía relacional que produzca sentido en la ampliación de los posibles que circulan en la vida social, permitiría, creemos, reforzar este vínculo profundo entre las ciencias sociales y la democracia en tiempos dónde pareciera prevalecer el desasosiego.

Referencias bibliográficas

Arango, Catalina (2016), Régimen de saber-poder en el cuerpo de las mujeres: discursos y agenda política en torno a la vida reproductiva en Colombia 1960-2015, Tesis Maestría en Sociología Económica, IDAES-UNSAM.

Daniel, Claudia (2013), Números públicos. Las estadísticas en la Argentina (1990-2010), Fondo de Cutura Económica, Buenos Aires.

De San Martin, Raquel, (2017), “ Elogio de la ignorancia. Los riesgos del antiintelectualismo” en diario La Nación, domingo 28 de mayo de 2017 http://www.lanacion.com.ar/2027176-elogio-de-la-ignorancialos-riesgos-del-antiintelectualismo

Fukuyama, Francis (1992), The end of History and the Last Man, New York Free Press, New York.

Karsenti, Bruno (2013), D’une philosophie à l’autre. Les sciences sociales et la politique des modernes, NRF, Gallimard, Paris.

Quattrociocchi, Walter, (2017) “Désinformation sur les réseaux sociaux”, en Pour la Science, nº472, Paris.

Rancière, Jacques (1996), El desacuerdo. Política y filosofía, Buenos Aires, Ediciones Nueva Visión

Roig, Alexandre (2016), La moneda imposible. La convertibilidad argentina de 1991, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires.

Zuleta, Estanislao (2007), Elogio de la dificultad y otros ensayos, Hombre Nuevo Editores, Medellín

[1] Doctoranda en sociología IDAES-UNSAM

[2] Investigador del Centro de Estudios Sociales de la Economía IDAES-UNSAM / CONICET

“Misoginia y sexismo en el ataque a las ciencias sociales”, por Silvia Elizalde

 Por Silvia Elizalde[1]

Una campaña artera

Cuando se habla sin fundamento o información básica sobre temas de incumbencia pública suelen reinar, en esos comentarios, la trivialidad, el chamuyo y la tilinguería, sin más efecto que el del ridículo de quien enuncia la vacuidad misma. Pero cuando lo que se quiere es instalar concertadamente un clima de desestabilización, desprestigio y banalización malintencionada queda claro que los resortes que mueven dicha estrategia son más complejos que la mera constatación de la ignorancia ajena.

La campaña de difamación proyectada en las redes sociales a fines de 2016 sobre ciertos/as investigadores/as del CONICET y sobre ciertos temas de indagación del campo de las ciencias  sociales y humanas por parte de provocadores anónimos o con identidades falsas –los llamados trolls, en la jerga generalizada- se inscribe en el tipo de acciones que responden a una específica política de ataque y/o persecución con fines político-ideológicos bien concretos. De manera notable, la “justificación” del desguace del plan de inversión preexistente, y del prometido en la campaña electoral, para el campo de la ciencia, la técnica y la universidad pública, por parte del actual gobierno. Desguace que ya fue efectivamente puesto en marcha, con una disminución “inicial” del presupuesto para este sector, de tres millones de pesos. Pero además, y como parte de un subtexto transversal al conjunto de los argumentos intrigantes, estas agresiones buscan aleccionar respecto de la “futilidad”, la “irrelevancia” y la “ilegitimidad” de producir evidencia empírica y reflexión teórica sobre ciertas prácticas culturales. Justamente sobre aquéllas que dejan al desnudo las múltiples formas en las que el poder genera y profundiza la desigualdad social mediante la elaboración de tramas específicas de articulación de las diferencias culturales –de clase, género, edad, orientación sexual, nacionalidad, etc., previamente montadas sobre presupuestos clasistas, sexistas, homo/lesbo/transfóbicos, racistas. Es, en efecto, a partir de la creación de cadenas restrictivas de sentido sobre éstas y otras distinciones culturales que el poder construye las bases morales de su meritocracia y procura naturalizar el acceso segmentado a las oportunidades y recursos sociales, así como reforzar ciertos reclamos de orden y autoridad, tan en boga en estos aciagos tiempos.

En este sentido, queda claro que la investigación social que deconstruya estas tramas no gozará de la simpatía de un gobierno cuyas políticas se basan en el desmantelamiento del tejido de derechos costosamente conquistados, en su impostación como gobierno de la calma y la armonía mientras acrecienta la lógica represiva y el desprecio por el otro, y en un profundo desconocimiento de las bases populares que informan parte fundamental del tejido cultural del país. Y no porque antes otros gobiernos aplaudieran necesariamente los resultados y denuncias que arroja con frecuencia la ciencia social y humanística, ni la promovieran especialmente, sino porque se partía de un consenso básico e históricamente acuñado sobre la importancia, para un país que valore su soberanía, de invertir en la formación de científicos -del mismo modo que en el incentivo a artistas y deportistas, entre otras vocaciones-, garantizándoles al mismo tiempo libertad y autonomía para explorar, ensayar y tomar riesgos. Y porque, en la medida en que la investigación científica produce datos y los analiza con rigurosidad y criticidad, siempre es interpeladora de las versiones simplificadas, unívocas y/o aplanadoras de la realidad social.

En este marco, de los muchos aspectos preocupantes que presenta esta andanada contra la investigación social propongo detenerme aquí en uno extremadamente significativo: el sustrato elíptica o abiertamente misógino, sexista y violento en términos de género de los comentarios lanzados arteramente por los trolls a distintas mujeres investigadoras en sus muros de Facebook o Twitter, así como, puntualmente, a quienes se dedican a temas de género y sexualidad desde disciplinas sociales.

Cabe aquí recordar que las mujeres representan el 53% de los/as investigadores/as de carrera del CONICET, sobre un total actual de 9.668 integrantes. Esta mayor participación femenina en la estructura del organismo –si bien aún extremadamente concentrada en las categorías iniciales de Asistente y Adjunta, en desmedro de las más altas, donde el techo de cristal las mantiene en un 25% de los/as investigadores/as de la máxima categoría- se debió a una clara política de desarrollo nacional con inclusión de género, desarrollada entre 2003 y 2014. En ese periodo la cantidad de investigadoras se incrementó en un 171% (Las 12, 4/11/2017). Por su parte, el mapa del Conicet previo al drástico recorte actual señalaba que 6 de cada 10 becarios/as eran mujeres. La consideración de las licencias de maternidad desde esta condición (antes sólo estaba contemplado para las investigadoras de carrera) indicó también una apuesta a la ampliación de la participación de muchas jóvenes en el camino de la formación doctoral y la iniciación a la investigación científica, situación que el nuevo panorama de ajuste indiscriminado amenaza con afectar. Al respecto, muchas de estas conquistas fueron resultado del empeño personal y el respaldo institucional puesto en ello por parte de las pocas mujeres que llegan a los cargos de mayor decisión en el organismo. De modo especial, la Dra. Dora Barrancos, representante electa del Gran Área de Ciencias Sociales y Humanidades en el Directorio del CONICET, reconocida académica y militante feminista, que también fue objeto de críticas por esos oscuros meses de fines del 2016.

“Feminazis”. La impunidad de la violencia sexista  

Mientras cientos de becarios/as, investigadores/as y defensores/as del trabajo científico en condiciones dignas y no arbitrarias nos congregábamos frente al edificio del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva, donde tiene sede el CONICET, para protestar contra el ajuste y reclamar la incorporación de los/as 500 afectados/as por el cercenamiento presupuestario impuesto, los trolls inundaban los muros públicos de distintas colegas con comentarios violentos y una redacción indisimuladamente berreta pero personal y colectivamente dañina. Antes y después de esa Navidad de 2016, el desprecio a las mujeres, la descalificación de su condición de cientistas y la deslegitimación de sus investigaciones en clave sexo-genérica puso en escena una maquinaria mucho más extensa (pero siempre adaptable a la forma del “caso”), que todos/as ya bien conocemos y repudiamos, pero que las mujeres padecemos de modo ubicuo y cotidiano: la sistemática erosión de nuestra legalidad humana, de nuestro estar en el mundo en tanto mujeres, condición a la que adscribimos y no –como aún quieren ver muchos- que llevamos puesta como una etiqueta inexorable.

“Feminazi boluditah” (sic), escribió una tal Muticia Ayelén Huenchupan en el muro de una compañera que investigó las dinámicas de apropiación de la música romántica y, antes, de la cumbia, por parte de sus fans femeninas. “Cuándo fue que te convencieron de que lo que hacías era algo groso?”, puso la nochebuena del 24 de diciembre un/a troll logueado/a como Völva Seid. “Por qué las mujeres son tan Tontas? (sic) Atrasan la ciencia con algo que no impacta ni modifica en nada, creen que esto es ciencia? Esto parece lo que yo hacía a mis 7 años jugando a ser investigadora de hojas de árboles”, arremetió impunemente una vez más, por esos días, la tal Muticia.

La autorización patriarcal a vulnerar la integridad y la dignidad de las mujeres es tan vieja como su connivencia con el sistema capitalista como dispositivo basado en la explotación de unos/as sobre otros/as y en la injusta división sexual del trabajo en tanto reaseguros de un modelo pluriacentuado de dominación. Tal como señaló agudamente la historiadora marxista Sheila Rowbotham el patriarcado representa, de hecho, el poder del padre continuado en la distribución de roles sociales en el matrimonio y en la sociedad a partir de la desigualdad de géneros, con una raíz económica que naturaliza formas específicas de explotación y opresión (Rowbotham  1984 [1979]: 248-256). Sabido es que, en las condiciones del presente, esta connivencia ha sofisticado aún más sus modos de funcionamiento bajo dictados de claro orden sexista, así como extendido sus recursos, metáforas y zonas naturalizadas de inscripción y circulación de sentidos, manteniendo incuestionado el conjunto de sus fundamentos.

“Vos tenes un pedo en la cabeza, flaca… dejen de estar promoviendo financiamientos para estudiar la reacción de las canciones de maluma en la mujer despechada, ponganse a hacer estas pavadas para las fracasadas del barrio con financiacion privada”, violentó un autodenominado Pablo Pusich en el mismo muro, el 25 de diciembre pasado. Entre las muchas voces de apoyo y solidaridad que terciaron por esa época en defensa de las investigadoras atacadas, hubo también quienes vieron en esta situación algún costado interesante de oportunidad para la difusión de los trabajos vapuleados. Una, por caso, planteó: “Lo único positivo en toda esa mierda, es que estoy conociendo a muchos investigadores y sus valiosos trabajos!!!! Bien por uds!!!”, a lo que un troll contestó instantáneamente: “Valioso para las boludas”.

La asociación y/o intercambiabilidad entre “mujer despechada”, “pavadas” y “fracasadas del barrio”, del primer ejemplo, con la adjetivación descalificante de “boludas”, del último, adjudicada ambiguamente tanto a las hacedoras de estas investigaciones sobre consumos culturales de mujeres como a sus lectores/as, señala una de las tantas formas de despliegue del sexismo, que descarta por default la posibilidad de pensar a las mujeres como sujetos con agencia, reflexividad y deseo propio (Elizalde, 2015).

“¡Señorita… (…) ¿no podria considerar devolver lo malcobrado al estado para un hogar de mujeres golpeadas?”,  “Dejate de joder, en otros países están investigando sobre universos paralelos, y vos investigas (…) [esa pelotudez]. Anda a laburar de verdad, ñoqui. Y además, no necesitas fondos públicos para investigar eso, lo podes hacer sin ser mantenida por Papá Estado, por eso, estamos como estamos en este país, le sacan la guita a los que laburan y fomentan muchos parásitos estatales” (sic).

Como queda expuesto de modo patente en este extracto de agravios públicos –doblemente ultrajantes, si consideramos que se realizaron en los muros abiertos de las colegas agredidas, burlando el mínimo respeto esperable cuando se está en “territorio” ajeno– la operatoria del sexismo presupone la segregación y la justificación de la violencia contra las mujeres. Violencia que luego se hace extensible, de hecho, a todo grupo que no responda a los patrones biológicos de diferenciación sexual, como también se constató en una parte de los comentarios y notas de desprestigio contra colegas. Se advierte, asimismo, que el argumento rector de las críticas ofensivas es disolver toda legitimidad de los temas de investigación de estas cientistas, levantar sobre ellas sospechas de falta de idoneidad, profesionalismo y honestidad, y sentar, así, las bases de un “necesario” y “justificado” ajuste, bajo la forma de una “mejor distribución” de los dineros públicos destinados a la ciencia y a la técnica entre quienes sí hacen trabajos “serios” es pos del avance del país.  En todos los casos, la arteridad consiste en agraviar impunemente a personas cuyos datos fueron extraídos de Internet de modo arbitrario, con total desconocimiento de los recorridos formativos de las atacadas, de sus esfuerzos y dedicación al quehacer científico, de sus actuaciones públicas como investigadoras y de sus producciones concretas que, demás está señalar, ningún intrigante leyó.

Dime lo que investigas y te diré cuán poco vales

La preocupación, pues, por dar cuenta de las condiciones no sólo históricas sino actualizadas de funcionamiento del sexismo y de la misoginia (entendida como desprecio u odio hacia las mujeres, lo femenino y/o la culturalmente feminizado) encuentra renovadas razones ante las afrentas acometidas contra las investigadoras mujeres y, con especial saña, contra quienes trabajan temas asociados a los géneros y las sexualidades.

En lo personal, no fui por azar blanco del hostigamiento de los trolls que están dispersos en las redes, pero bien podría haberlo sido dado que también formo parte de una nueva generación de investigadoras interesadas en echar luz sobre los cambios culturales que se están produciendo en el campo de las identidades, expresiones y prácticas de género y sexualidad, con foco en las mujeres, desde miradas profundamente transdisciplinarias e, incluso, poco ortodoxas para los criterios externos a este campo de estudio.

“[La tuya] es una investigación claramente feminista. Yo soy una persona antifeminista y antimachista. Trato de ser justo. Basta de estas cosas que no llevan a ningun lugar. No tengo la menor idea de los beneficios que intentas sacar de esta investigación”, sentenció con ostensible ignorancia un troll autodenominado Kamilo Camino en el muro de Facebook de una colega que investiga las lógicas de construcción del erotismo femenino y su relación con las ofertas de este orden de la industria cultural.

“Estoy de acuerdo con algunas cosas que dejas ver en tu texto, pero ¿’rigor cientifico’? Me parece que se te fue la mano”, acotó socarronamente otro provocador anónimo.

“Si vas a estudiar sobre el sangrado menstrual, mejor dedicate a otra cosa”, apuntó otro instigador a propósito del trabajo de otra colega, “Hay gente que hace investigaciones sobre temas posta, que salva vidas, que les sirve a la humanidad, lo tuyo es de terror”. “¿A quién crees que le importan tus análisis sobre esas boludeces de la sexualidad que decis hacer? ¿Por qué no se las contás a los chicos con desnutrición o a los que perdieron familiares por el Chagas, por ejemplo, enfermedad en que podríamos haber avanzado mas, pero estamos ocupados ‘entendiendo la cultura’, por favor!”.

La selección de comentarios descalificadores y agresivos podría extenderse, pero a esta altura alcanza y sobra para dejar señalado su nivel de lesividad. Y su artero propósito, en un juego mayor donde este mecanismo ideológico de franco terrorismo sexista conecta con un campo más amplio de significaciones compartidas por otros grupos en los que impera un notorio conservadurismo moral y cultural, y un marcado desprecio por el quehacer intelectual. Todo lo cual redunda en embates a la educación pública y a los saberes que de ella se desprenden, así como en posiciones de desdén hacia ciertos/as intelectuales, temas de indagación y modos de producción de conocimiento como excusas para justificar el ajuste y la desinversión.

En la situación aquí analizada, las aseveraciones peyorativas y sexistas contra investigadoras del campo de los estudios de género y sexualidad funcionan habilitando y reforzando el control, la estigmatización y la sanción pública sobre ellas, en tanto medidas “aleccionadoras” ante sus “desvíos” o atrevimientos investigativos.

En efecto, dar voz a ciertos testimonios sobre la intimidad sexual de las mujeres, demostrar la expansión de experiencias eróticas reñidas con la moral y las “buenas costumbres” del heterosexismo y el patriarcado, o etnografiar –como hago desde hace varios años- un universo de prácticas femeninas que combinan una dimensión desafiante a los modelos hegemónicos de corporalidad, belleza y erotismo con una creciente conciencia empoderadora, anti violencia y anti sexismo, puede resultar insoportable para las ideologías políticas centradas en el refuerzo de una imagen de sociedad ordenada (de manera elitista), armónica (es decir, con conflictos negados o apaciguados con represión) y moralmente “irreprochable”, de acuerdo con parámetros conservadores de indisimulable doble standard.

Es por todo ello que el problema es ideológico en un sentido complejo. Porque se trata de un proceso social fluido, y no –simplemente- de un problema de distorsión de la verdad. De la mano de Stuart Hall (2010) y, mucho antes, de Antonio Gramsci, sabemos desde hace tiempo, y diáfanamente, que los mecanismos ideológicos operan de forma dinámica en tanto fuerzas que trabajan continuamente a través de la movilización del sentido común. Por lo tanto, el análisis del asunto no puede reducirse a su carácter de evento puntual ni tiene una única y determinante matriz. Claramente los instigadores de estas acciones no fueron (solo) un grupo de mensajeros virtuales de pacotilla –los trolls– sino discursos de mayor alcance y responsabilidad pública en la formación de opinión, que replicaron los agravios con regodeo, como los medios, o los alentaron en las sombras, como ciertos sectores del poder.

Por tanto, resulta crucial comprender que estas formas de burla, menosprecio e injuria contra mujeres investigadoras, así como los reclamos de estabilidad y orden que fogonean, lejos están de constituirse en resultado exclusivo de la producción ideológica de individuos o grupos aislados. Por el contrario, participan de una red mayor de construcción de significados, transversal a un conjunto vasto de la sociedad, que encuentra en el sentido común del comentarismo virtual una privilegiada superficie de expresión y actualización, tanto del sexismo y de las bases ideológicas que informan al patriarcado, como de un antintelectualismo que produce normatividades más o menos definitorias sobre las maneras “apropiadas” y “útiles” de hacer ciencia, elabora consensos sobre la relevancia social de cierta agenda de temas de investigación social y humanística e impulsa distintos reclamos de  orden,  vigilancia y/o sanción alrededor de algunos perfiles de investigador/a. Todo, recordemos, en el marco más amplio de una feroz política de ajuste y legitimación de la desigualdad social extendida.

Marcas y prospectivas

En síntesis, lo que estos ataques y formas de amedrentamiento contra científicas del CONICET permiten leer es un doble y concatenado proceso. Por un lado, la actuación extendida del sexismo como umbral de subjetivación no reflexivo, presente tanto en el lenguaje del sentido común y en sus recursos más invocados al momento de formular una burla (el humor, la ironía, el sarcasmo) como en su lamentable automatización en el discurso social más amplio, en tiempos en los que, en la Argentina, la construcción ideológica de las mujeres como seres a disposición material y simbólica de la rapacidad masculina se patentiza en un femicidio cada 18 horas y en infinitos abusos diarios. Por el otro, se observa la estratégica articulación del sexismo con un discurso organizado que descarga su desprecio por el saber social y humanístico por considerarlo “inútil” y poco práctico en comparación con las ciencias “de verdad” que sí harían girar los engranajes productivos mediante la transferencia inmediata y tangible a bienes o servicios. Criterios todos ellos –nunca está de más volver a aclararlo- no necesariamente aplicables al campo de las indagaciones que bucean en las tramas de sentido que mueven a los/as sujetos a desplegar ciertas acciones, a adoptar ciertas creencias, o a crear ciertos mundos de representación, identidad y pertenencia en el marco de sus particulares condiciones de existencia, las cuales son siempre sociales, políticas y económicas y están determinadas por múltiples elementos, nunca del todo previsibles, ni “mensurables”. Ni siquiera escalables al conjunto de la sociedad.

Así, elípticamente feminizadas en términos ideológicos y en clave sexista –esto es, expropiadas de legalidad y de legitimidad-, las ciencias sociales y humanas están siendo, pues, vilipendiadas, reinstaladas en aquella vieja etiqueta de “ciencias blandas” (pero sin reposición alguna de cierta densidad epistemológica que le dé calado a la discusión), e impunemente priorizadas en los proyectos de recorte presupuestario.

La situación, desde ya, duele e indigna sobremanera al conjunto de investigadores/as de las ciencias sociales y humanas, y nos afecta personal y colectivamente a quienes militamos por hacer conciente las relaciones nunca del todo resueltas entre conocimiento académico y conocimiento cívico. Pero leída como oportunidad, la tormenta desatada contra nuestra  producción intelectual permite recordar(nos) en voz alta que la investigación social es y debe ser pensada y desplegada como un modo de crítica cultural, para cuestionar las condiciones bajo las cuales son formulados los saberes científicos, así como la construida la relación entre cultura y poder, conocimiento y autoridad, ciencia y Estado. Finalmente, nos abre también, por qué no, a la posibilidad de crear nuevas instancias de propuestas que se articulen en términos de cultura pública y transformación política.-

Bibliografía

-Elizalde, Silvia (2015). Tiempo de chicas. Identidad, cultura y poder. Buenos Aires: Grupo Editor Universitario (GEU).

-Hall, Stuart (2010). Sin garantías: Trayectorias y problemáticas en estudios culturales, editado por Eduardo Restrepo, Catherine Walsh y Víctor Vich. Instituto de Estudios Sociales y Culturales Pensar, Universidad Javeriana, Instituto de Estudios Peruanos, Universidad Andina Simón Bolívar, sede Ecuador, y Envión Editores.

-Peker, Luciana (2016): “Platos sucios”, Suplemento Las 12, Página 12, 4 de noviembre de 2016. Disponible en: https://www.pagina12.com.ar/1470-platos-sucios

-Rowbotham, Sheila (1979): “Lo malo del ‘patriarcado’”, en R. Samuel (ed.) (1984) [1980]: Historia popular y teoría socialista. Barcelona: Grijalbo.

 

[1] Doctora en Antropología e Investigadora Adjunta del CONICET con sede en Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género (IIEGE), Facultad de Filosofía y Letras, UBA. Docente regular de la UBA y la UNLP. Su campo de especialización son  los estudios culturales y de comunicación, la teoría de género y feminista, y los estudios de juventud. Autora de libros y de numerosos artículos en revistas nacionales e internacionales. Dirige el Programa de Actualización en Comunicación, Géneros y Sexualidades de la Facultad de Ciencias Sociales, UBA. silvitaelizalde@gmail.com

* Se agradece a Constanza Niscovolos por la fotografía de la autora.

Alejandro Dujovne y Heber Ostroviesky – Sociología del libro y la edición

El libro no es un objeto de análisis más. Bien emblemático de la cultura moderna y medio privilegiado de comunicación y consagración del mundo intelectual, el libro se encuentra recubierto de un halo simbólico protector que dificulta aprehenderlo en su complejidad. De esta suerte, para poder indagar tanto los significados y usos que los distintos sectores y grupos sociales le dan, como su proceso productivo y su comercialización, el primer y necesario movimiento analítico es romper con una serie de prenociones muy arraigadas, entre las cuales están las que produce y difunde el propio ámbito académico.

De las distintas aproximaciones posibles, nos interesa comprender el lugar del libro en la cultura y la sociedad argentinas, a partir de la estructura y dinámica del espacio editorial. Considerando la escasez de información y el carácter parcial de aquella existente, este objetivo implica en primer lugar generar información sistemática de calidad, así como elaborar conceptos operativos que permitan diferenciar los distintos segmentos que componen el espacio editorial argentino y los modos específicos de funcionamiento. Asimismo, y teniendo presente que el libro es por definición un objeto transnacional, la indagación debe estar atenta y reconstruir las articulaciones del mercado local con otros mercados de habla castellana, con mercados a los cuales se compran y venden derechos de traducción, y con países como China que participan de la industria editorial nacional a través de la calidad y bajo precio de su trabajo de imprenta.

Parte importante del conocimiento producido por nuestro trabajo apunta, en primer lugar, a generar diagnósticos fundamentados que contribuyan a identificar los principales obstáculos y contradicciones que limitan lo que circula, y el alcance de esa circulación. Y, en segundo lugar, a la elaboración de estrategias para propiciar, dinamizar y fortalecer la industria editorial desde un punto sistémico, que abarque desde la creación y la producción del libro hasta el acceso a la lectura de los ciudadanos. Es decir, generar los insumos de conocimiento y, a partir estos, participar en el diseño de políticas públicas consistentes y estratégicas en torno al libro.

En los últimos años hemos abordado distintos temas y participado de distintos modos en el espacio público. Uno de ellos es el estudio de las lógicas que orientan la circulación de la producción de autores, creadores y editores argentinos y extranjeros en el espacio cultural de habla castellana, así como la promoción y traducción en otras lenguas de los autores argentinos. Otra cuestión sobre la que hemos trabajado es la concentración geográfica y la creciente concentración económica de los mercados editorial y librero, y sus efectos sobre la bibliodiversidad y la efectiva circulación del libro a nivel nacional. También hemos estudiado el desarrollo de la edición universitaria pública en el país, y participado en el proceso de armado de políticas públicas específicas para el sector.

En todos los casos analizados contemplamos la doble dimensión del libro y de la industria editorial, simbólica y material. Lo que nos permitió conjugar en nuestros análisis y propuestas el valor cultural del libro, su rol en la creación y difusión del pensamiento, con la generación de empleo y el apoyo al desarrollo económico de nuestro país. Trabajar sobre el funcionamiento específico de la industria editorial de manera sistémica, comprender los problemas que dificultan su desarrollo en el nivel de la creación, pero también de su circulación, promoción y acceso ha permitido en otros países transformar a la industria del libro en un sector económicamente pujante y culturalmente influyente. Renunciar a este tipo de objetivos no significa únicamente abandonar un sector productivo al que puede considerarse más o menos competitivo, sino fundamentalmente abandonar toda posibilidad real de creación autónoma y de innovación real. Confinar el saber y la creación a una minoría experta o tecnocrática es un horizonte probable si abandonáramos la reflexión y el diseño de políticas en torno al libro y la palabra escrita a los únicos dictados del mercado.

Renunciar a la necesidad de generar diagnósticos y análisis prospectivos confiables para el fortalecimiento de un sector productivo y cultural clave significaría en síntesis abandonar dos principios claves que se encuentran en el centro de la vocación científica: la lucha por la libertad y la aspiración irrenunciable a la igualdad.

“¿Cómo se sale? Reflexiones prácticas sobre la guerra de Malvinas en el Centro Universitario Devoto, Unidad Penitenciaria 2 – UBA”, por Rosana Guber

Por Rosana Guber[1]

Pasó lo de todos los años: llegó el 2 de abril de 2015 y mucha gente ligada a cursos, institutos de investigación, escuelas, centros de veteranos de guerra y de ex combatientes se puso a buscar algún conferencista o profe o invitado entendido en la materia. Clara Sarsale, a quien conocí como docente suya en un curso de métodos cualitativos de investigación social en 2014, venía siendo profesora del Centro Universitario de la cárcel de Villa Devoto. Ella sabía que yo trabajaba sobre la guerra de Malvinas, más precisamente, sobre el “conflicto anglo-argentino por las Malvinas e Islas del Atlántico Sur” que se desarrolló entre el 2 de abril y el 14 de junio de 1982, aunque en rigor habría que retrotraer la datación a mediados de marzo en Grytviken, Georgias del Sur, y concluirlo el 14 de julio cuando regresó el último contingente argentino procedente de las Malvinas, nuevamente Falklands desde el 14 de junio.

Clara me invitaba a dar una clase para los reclusos enrolados en el programa de estudios que lleva adelante la UBA desde el año 1986. ¿Qué decir? ¿Qué decirles que no fuera un lugar común sobre Malvinas? ¿Qué decirles a ellos, que pudieran considerar interesante? O en todo caso, ¿qué los dejaría pensando?

Clara me advirtió en algún momento de nuestro diálogo preparatorio, que ellos difícilmente permanecerían callados y expectantes, que algunos habían sido contemporáneos de la guerra y que tenían una posición tomada, y que si intervenían demasiado durante mi exposición los tolerara porque así eran y así son.

Después de varias vueltas al asunto concluí, con craso sentido común, que lo que un preso desea es salir. Me pregunté entonces qué relación podría yo establecer entre la guerra, las Islas y la cárcel, yendo más allá del dato obvio y simplón de que las Malvinas fueron, en efecto, una cárcel en los tiempo de la colonia española (fines siglo XVII hasta 1810). Avecinándose el 20 de abril, fecha de mi presentación, se me ocurrió una idea que llevé conmigo para la ocasión, a aquella sala de 4 x 5, con una mesita y silla del lado opuesto a la puerta, y varias sillas en hileras y a los costados, en un ambiente que, por la decoración, recuerdo como más escolar que universitario. Los hombres de muy distintas edades, aspecto, vestimenta y color de la piel estaban sentados dispuestos a escuchar lo que Clara dijera. Luego venía yo.

1. Zafarrancho de abandono[2]

El Crucero ARA (Armada de la República Argentina) General Belgrano aportó casi exactamente la mitad de los muertos argentinos de la guerra del ‘82: 323 sobre 649. Esos 323 murieron en distintas circunstancias, todas ellas dramáticas, entre el hielo y el infierno.

El Belgrano fue comprado por J.D. Perón a EEUU junto con otro rezago de la Segunda Guerra Mundial y la batalla del Pacífico. El Belgrano se llamaba US Phoenix pero ni bien amarró en la costa argentina fue rebautizado como ARA 17 de Octubre; su gemelo, el US Arizona, pasó a ser el ARA 9 de Julio. Ciertamente el 17 de Octubre, fecha cara al peronismo, no podría permanecer con ese nombre después del golpe del 16 de setiembre de 1955, y pasó a llamarse ARA General Belgrano. Así que al momento de zarpar hacia el Teatro de Operaciones del Atlántico Sur, el Crucero llevaba 1093 tripulantes.

El sábado 1º a las 4.40 a.m empezaron las “hostilidades”, es decir, los ataques ingleses desde los aviones y los barcos, los aviones que llegaron en los dos portaaviones de la Royal Task Force y los que llegaron volando desde la Isla Ascensión, como los gigantescos Avro-Vulcan, bombarderos que re-inauguraron la presencia militar británica con tremebundos estruendos e impactos en el medio urbano y el rural, y particularmente en el Aeropuerto.

Es domingo 2 y el Capitán del Belgrano, CN (Capitán de Navío) Héctor Bonzo viene de supervisar el buque para tener un buen cuadro de situación. Está fuera de la Zona de Exclusión establecida unilateralmente por Gran Bretaña en abril, dentro de la cual todo elemento enemigo (argentino) puede ser atacado y destruido. Pero en una guerra nunca se sabe. El Belgrano está con rumbo a la Patagonia pero no importa. Son las 4 de la tarde y ya empieza a anochecer cuando de pronto cruje el mundo, y parece que el casco se levanta en el aire y cae sobre un banco de arena. Pero no. Está en el mar.

¿Un sueño? ¿Una pesadilla? Otra explosión.

Se sabrá después que fueron dos torpedos lanzados por un submarino nuclear, el HMS Conqueror, que dieron en un lado del Crucero, debajo de la línea de flotación, en la sala de máquinas. Olor acre, veloz inclinación a la izquierda, es decir, a babor. Muy veloz inclinación que los marinos llaman “escora”.

“Hacía unos minutos habíamos tomado el té y esperaba con 5 compañeros en cubierta entrar a la guardia de 16 a 20 cuando un tremendo chorro de agua me cayó encima. Volaban pedazos de hierro por el aire. Nunca había visto cosa semejante” (en Bonzo 1992).

El compartimento de máquinas 2 fue impactado y no hay sobrevivientes, por el calor y la inundación. Desde la sala de máquinas 1 cerraron las calderas y por las luces entrecortadas de las linternas ven entrar el mar por una gran fisura. Muchos hombres se escurren por ella para siempre. 30 metros arriba de la gran fisión o rotura producida por el impacto, un conscripto encuentra a un herido al que le limpia el petróleo y la sangre de la cabeza y con esa misma sangre le escribe en un lugar bien visible M 1610: Morfina a las 16.10.

El timonel quiere comunicarse pero no puede porque las comunicaciones no funcionan. Tampoco el sistema eléctrico. Las órdenes se imparten por megáfono de mano para instruir un modo de organización ante la emergencia por colisión e incendio; es el “zafarrancho de siniestro”, el modo operativo con que ese grupo de hombres se dispone a contrarrestar los efectos del ataque a un Crucero militar que de pronto se convirtió en una ballena destartalada a punto de irse a pique. Pero el zafarrancho de siniestro debe ceder ante un nuevo modo organizativo.

En la cubierta 1 está la central de comunicaciones o Radio I. Una cubierta más abajo aparecen los quemados y aplastados, como aquéllos sobre quienes caen las tuberías que se desprenden del techo y las paredes. Y las calderas, las enormes calderas quemadas, derramadas, destruidas. Incendios e inundación vienen de todas partes y en distintos elementos: agua y petróleo, metales y cuerpos. Un conscripto clase 62

“Recorría el pasillo frente al detalle[3] de armamento, rumbo al comedor, y al producirse la explosión el buque se escoró rápidamente a babor y se pararon las máquinas. Todo dejó de funcionar y sólo se escuchaban los lamentos. El calor era insoportable y el humo nos enceguecía y nos ahogaba. No se podía ver nada, pero circulábamos porque conocíamos el camino de memoria” (en Bonzo 1992).

El comedor, que está sobre el compartimento de máquinas C2, es todo un escenario: un fogonazo imponente y las mesas que salen disparadas hacia el camarote de los cabos principales. Los límites que ordenaban el espacio ya no existen y ninguna pauta funciona; lo que debía estar seco ahora está sumergido, y lo que debía estar arriba ahora baja y viceversa. Frente al tablero de maniobra quien estaba de guardia siente

“como un fuerte viento de vapor o aire caliente que cruzó el tablero y a partir de allí, en ese tablero … múltiples cortocircuitos” (en Bonzo 1992).

Entre tanto, intentando poner al caos en relativo orden, la central de Control de Averías se pone en funcionamiento con sus telefonistas, electricistas y lectores de la catástrofe. Ellos informan al capitán sobre el estado del buque para que él decida qué hacer. Un guardiamarina de 20 años que acaba de egresar de la Escuela Naval, y que oficia de jefe de la estación de control de averías 1, siente que

“como efecto de la explosión … la cubierta acorazada se levantaba medio metro y vi cómo una oleada de humo con partículas iba por el pasillo hacia proa: presencia de petróleo en el mar por babor, gases en todo el buque, incendios en cantina, comedor y hangar, aumento rápido de la escora (inclinación). Humo y hollín” (en Bonzo 1992).

Hay que abrir las puertas (“portas”) para que la gente salga del fondo y pueda respirar. A las 16.23 se da la orden de abandono de buque; el zafarrancho de catástrofe cambia a zafarrancho de abandono por el que cada cual debe dirigirse a una de las 62 balsas autoinflables con capacidad para 20 personas, además de las 10 balsas embarcadas por encontrarse en situación de guerra.

Cada cual sabe qué balsa le corresponde, pero no es fácil llegar a ella. La nave cambia de plano y la inclinación es tan vertiginosa que en algunas partes los bordes de cubierta han quedado más lejos del agua. Igualmente, saltan a las balsas, o caen en el mar y luego nadan hacia ellas. Así lo hacen finalmente un suboficial segundo artillero de apellido Barrionuevo y el sumo Capitán, Héctor Bonzo, el último en saltar.

Nadie ha pasado por esto. Nadie cuenta con semejante experiencia. La Argentina ha entrado en guerra por primera vez en el siglo y el mar de un elemento central en dicho escenario. 770 logran salvar sus vidas gracias a Dios, al destino o al azar, gracias al puesto que les tocó en suerte y adónde se encontraban en el momento de los impactos, pero también y sobre todo gracias a la organización. El zafarrancho es exactamente lo contrario de lo que solemos entender cuando lo usamos en el habla coloquial. Zafarrancho es orden y disciplina, no es caos; es una disposición ensayada, practicada, pensada y reflexionada, que debe ser parte del propio cuerpo, como un interruptor en posición de Encendido, al momento de necesitarse.

Echo una mirada a mi alrededor y unos 20 pares de ojos me miran desde sus sillas, además de otros que ya están asistiendo a la charla asomados por la ventana que da a un pequeño patio distribuidor de varias aulas. Continúo con mi exposición.

2. Desde el fondo[4]

El largo de un buque se llama “eslora” y el ancho “manga”. La eslora del ARA San Luis es de 56 m y la manga de 6. El San Luis es un Clase 209-1200 y está diseñado para soportar hasta 100 m de profundidad, incluso más. Los submarinistas dicen que no hay ninguna diferencia física para ellos en una inmersión de 10 u 80 metros porque todas las condiciones abordo—oxígeno, temperatura, iluminación y presión—se mantienen intactas.

Durante la Guerra de Malvinas el ARA San Luis debía patrullar el área “María” en busca de blancos de ocasión. Y efectivamente los submarinistas tuvieron contactos en el norte de Isla Soledad y el estrecho de San Carlos los días 1, 8 y 11 de mayo.

El mayor peligro de un submarino es ser detectado, revelar su ubicación. Toda su táctica está basada en la invisibilidad que, claro, no es sólo visual sino también auditiva. El submarino debe ser una sombra, como lo fue el Conqueror en los días que estuvo acechando al Belgrano. Por eso los lanzamientos deben ser precisos; si fallan se delata su ubicación y tiene escasa defensa.

Al San Luis y al Conqueror los diferencia algo más que su nacionalidad: aquél debe salir a superficie para recargar baterías porque tiene propulsión diesel; el británico no necesita hacerlo porque tiene energía ilimitada gracias a su propulsión nuclear.

El tubo o periscopio es la pieza más famosa del submarino, pero técnicamente es uno de los mástiles de este buque tan particular; se usa para inspeccionar y antes de hacer snorkel. Un submarino diesel hace snorkel para renovar el aire y para recargar las baterías que mueven los motores eléctricos; la recarga de baterías es el momento de mayor vulnerabilidad porque expone sus apéndices (mástiles) durante varios minutos, puede revelar su ubicación. Por eso, conviene inspeccionar de antemano con el periscopio y, en lo posible, como hizo el San Luis durante la guerra, recargar baterías en la noche.

Además de ser descubierto, un submarino le teme a tres cosas. Una es quedarse sin baterías en inmersión, lo cual puede ocurrirle en caso de que su deba prolongar su permanencia en el “escondite” más de la cuenta. Otra es sobrepasar su “nivel de flotabilidad”, ir más a fondo que lo que su diseño le permite.

“Para que un submarino haga inmersión debe hacerse más pesado, cosa que logra llenando de agua sus ‘tanques de lastre’; para volver a superficie debe evacuar ese agua, cosa que logra con sus ‘bombas de achique’. Todo submarino tiene un tope de agua que puede expulsar; una vez pasado ese límite, no hay forma de que saque ese agua y se va al fondo, es decir, deja de ser ‘flotable’ porque, se dice, excedió su “nivel de flotabilidad” (Flórez, comunicación personal 4/2017).

El tercer temor es averiar su sistema de propulsión o sus hélices cuando se va al fondo. Esto casi le sucedió al San Luis cuando se plantó en el lecho marino para esconderse del “hostigamiento” con “bombas de profundidad” del 1º de mayo; permaneció inmóvil por más de un día a 80 metros de profundidad. El submarino iba a estacionarse de popa (de cola) pero no dio con la hélice trasera en el lecho marino gracias a que uno de los maquinistas, el Pitty Rivero, llenó tanques de lastre en proa y por contrapeso evitó el accidente. De lo contrario jamás hubieran emergido. Este suboficial puso en funcionamiento su experticia técnica y no necesitó ninguna orden para hacerlo. A esto se le llama “espíritu de buque”. En un submarino ese espíritu se basa en una relación entre los hombres que integran la dotación que es un tanto extraña para la Armada, donde el capitán vive la navegación y el mando desde arriba y en soledad. El capitán del San Luis, CF (Capitán de Fragata) Fernando Azcueta no disponía de un camarote con todas las comodidades, sino de un recoveco en el mismo espacio que los demás tripulantes. Los submarinistas dicen “–Nosotros no gritamos”, y pueden resolver situaciones de gran complejidad en un susurro, a riesgo de ser escuchados por los aviones trackers anti-submarinos o por otras naves de superficie y submarinas. Aparato y hombres van juntos: si el vehículo se daña sus tripulantes también.

Así, del San Luis salen todos o no sale nadie. El submarino guarda en su seno estrechísimas dependencias y un mismo destino inmediato. Salir o emerger es posible por la experticia de sus hombres y una división de tareas que se han ensayado en muchas jornadas de navegación y de ejercicios. Pero la guerra los encontró a todos juntos allí y por primera vez no en una práctica sino en una guerra real contra un enemigo al que buscaban y que los estaba buscando. El fondo del mar fue, entonces, un sitio lógico para esconderse, pero pudo haber sido fatal para su finalización.

3. ¡Eyectesé Mariano![5]

El Teniente 1º Mariano ‘Hiena’ Velasco, del Grupo 5 de Caza de la Fuerza Aérea que piloteaban aviones monoplaza A-4B, era el líder de una escuadrilla de tres aviones con el indicativo (seudónimo) Truco que salió el 27 de mayo. Este era el último día de la llamada Batalla del Estrecho de San Carlos, iniciada el 21 cuando los ingleses comenzaron el desembarco para recuperar las Falklands. La escuadrilla se dirigió al Estrecho de San Carlos. La “orden fragmentaria” u orden superior le comunicaba que su objetivo sería una “planta de refrigeración” (lo que solemos llamar en la Argentina un frigorífico) ubicada en la bahía Ajax, y que los británicos usaban como comedor, cocina, sala de primeros auxilios y arsenal. Por esto último, la planta no tenía la cruz roja sobre el techo.

En su recuerdo vertido en un capítulo de Dios y los halcones de Pablo Carballo, quien para el 27 de mayo conducía la escuadrilla delante de la suya, Velasco señalaba que

“un minuto antes de entrar al objetivo escuché al jefe de la sección que me precedía compuesta por el Cruz (indicativo personal de Carballo) y el Tala (de Rinke), manifestar que dentro de la bahía había muchas fragatas que les tiraban y lo mismo hacían desde tierra”.

Cuando entró a la bahía, Velasco vio

“… seis o siete fragatas que hacían fuego sobre mi avión, el que se sacudía cada vez que era alcanzado. La sensación era la de que golpeaban con un martillo, secamente en el fuselaje.

Dos misiles pasaron muy cerca.

Continué hacia mi blanco, lancé las bombas y prácticamente en el mismo instante vi en el tablero encenderse la luz de alarma de presión hidráulica. 4 ó 5 impactos de cañones de un buque.

Antes de salir de la bahía el numeral dos (Ossés) me gritó que tenía fuego en la raíz del plano izquierdo.

Puse rumbo 270º hacia el oeste, crucé el estrecho San Carlos y sobre la Isla Gran Malvina di la posición que tenía al ‘Jaguar’ (indicativo de Ossés) mientras escuchaba a Cruz gritar: -“Eyéctese, Mariano!” (en Carballo 1984).

Foto del ensayo de algún sistema de eyección, Revista Aeroespacio 2007.

La eyección es un procedimiento de escape de gran complejidad tecnológica cuyo ancestro directo es el paracaídas que les permitía a las tripulaciones de aviones impactados lanzarse y llegar a tierra con vida. Los paracaídas comenzaron a emplearse en la 1ra Guerra Mundial por la Luftwaffe (Fuerza Aérea alemana). Lo mismo en la 2da Guerra Mundial los tripulantes de los bombarderos tenían sus paracaídas. Pero el sistema tenía una seria limitación: el piloto que conducía la aeronave mientras los demás tripulantes se lanzaban al vacío, no tenía tiempo de lanzarse y caía con la máquina. Los aviones de combate biplaza y monoplaza limitaban aún más la sobrevida por su mayor velocidad. Entonces comenzaron a idearse otros procedimientos: expulsión del asiento por un sistema de propulsión de aire comprimido o por una catapulta; lograr que el paracaídas se abriese pese al impulso débil de la eyección o a la baja altura; un brazo móvil accionado por resortes que despedía al piloto del asiento, con su paracaídas. La llegada de aviones de caza a reacción con velocidades próximas a la del sonido, obligó a una cruda solución: la carga explosiva para liberar de la cabina asiento y piloto a la vez. El cohete catapulta fue instalado en 1963 por los norteamericanos en un asiento expulsable para el vehículo espacial Géminis. El cohete proyectaba al asiento, y en un pequeño procedimiento de disparo desplegaba el paracaídas. La manija de eyección, que era lo único que debía accionar el piloto, ponía en funcionamiento un procedimiento automático que permitía la apertura del paracaídas en el espaldar del asiento. Para que el paracaídas no se le enredara, el asiento quedaba a cierta distancia del piloto en la caída.

La primera prueba con un humano fue en 1965. La eyección se producía por la catapulta movida por el cohete. Hall, su ingeniero inventor, era instructor en sistemas de escape y paracaidismo. Todo comenzaba cuando el piloto jalaba una palanca. En un segundo, hombre y asiento salían expulsados hasta alcanzar los 140 metros de altura en sólo 3 segundos. Luego y después de caer unos 110 metros, el asiento se separaba del hombre. Todo el procedimiento duraba 25 segundos.

En una de las tantas entrevistas que concedió al medio televisivo, Carballo contaba que cuando supo que a Velasco se le encendieron las luces del hidráulico, le dio la orden de eyectarse. Pero Velasco no lo hizo de inmediato; Carballo, entonces Capitán y superior de Velasco, subió el tono de voz y con cierta desesperación castrense le repitió la orden, mientras Velasco contestaba con aparente tranquilidad “-Espere que cruce el charco”, refiriéndose al Estrecho de San Carlos que separa las dos islas Malvinas mayores, la Soledad y la Gran Malvina. “-¿Qué quiere?”, le preguntó Carballo retóricamente al periodista que lo entrevistaba: “(Velasco) Es de Villa Dolores!”, una localidad del interior cordobés. Pero Velasco no se demoró (sólo) por su tranquilidad de paisano; estaba “haciendo su decisión”, calculando el punto más seguro para caer. Era bastante lógico que prefiriera la tierra al mar donde, en pocos segundos, moriría congelado.

“Reduje la velocidad y gané altura; cuando llegué a 300 metros levanté los brazos por sobre mi casco, tomé la manija de eyección y la accioné. Recuerdo una gran explosión algo borrosa por la tremenda aceleración, y vi hundirse bajo mis pies el habitáculo de la cabina. Luego un sacudón, una vuelta hacia atrás y quedé suspendido de las cuerdas del paracaídas pero no vertical, sino inclinado. Abajo mío explotó mi avión formando un hongo negro, por lo que pensé que iba a caer entre las llamas, pero al enderezarse mi paracaídas, se diluyó ese peligro.

El terreno era desparejo y el viento excesivo, por lo que al tocar tierra me lesioné el tobillo y la columna. El paracaídas me arrastró unos metros pero logré zafarme. Comenzaron a explotar, entre los restos del avión, los cartuchos de mis cañones, por lo que me arrojé cuerpo a tierra y esperé, hasta que sólo escuché el silbido del viento” (Velasco en Carballo 1984).

A su vez, Carballo recuerda que cuatro días antes, el 23 de mayo, cuando atacó la fragata HMS Antelope, después de comunicarle a su numeral Rinke “Me eyecto”, se dio cuenta que los comandos funcionaban. Siendo entrevistado para la prensa, Carballo le dijo al periodista, como queriendo razonar con él: “-¿Para qué me voy a eyectar si mi avión me responde?!”. Entonces voló de regreso y cruzó el Mar Argentino hasta la pista de Río Gallegos.

Velasco se eyectó, cayó a tierra unos 5 km al norte de Puerto Howard, en la Gran Malvina. Caminó 3 días (27, 28, y 29) hasta un refugio donde 3 días más tarde pasaron tres kelpers que dieron aviso a la unidad militar más cercana. Fue rescatado al día siguiente y llevado a Puerto Yapeyú/Howard. El 6 de junio fue trasladado al continente en el buque hospital argentino Bahía Paraíso.

¿Cómo salió Velasco de su cabina de A-4B impactado? ¿Acaso por la orden a los gritos de su superior? No. Velasco decidió por sí si eyectarse, cuándo y dónde porque en estos casos (avión monoplaza o monoposto) su único tripulante es, además, su comandante. Ahora bien. La eyección de los aviones de caza con un solo humano adentro tiene una particularidad: el piloto puede salvarse, pero condena a la muerte segura a su avión. Piloto y aeronave son una y la misma cosa durante la misión y ambos, llegado el caso, tienen algún grado de agencia (“me respondía”). Pero la decisión de la partición es netamente humana. El dolor de la pérdida también.

4. La piel[6]

-¿Cómo se sale de esta piel?, pregunté retóricamente a mi audiencia totalmente muda.

–Con inteligencia!, se aventuró un interno que estaba en la fila de sillas a mi derecha. Y todo el mundo en la sala asintió. Entonces seguí con mi exposición.

Carlos Cachón era compañero de Velasco, del mismo Escuadrón y un poco más joven. El 8 de junio quedó a cargo de una escuadrilla con indicativo Dogo, que salió rumbo a Fitz Roy/Bahía Agradable, donde los británicos estaban desembarcando enseres, armamento y tropas de dos buques logísticos—Sir Galahad y Sir Tristram—para tomar los montes donde esperaban las defensas argentinas de la capital isleña Puerto Argentino. Mientras efectuaban el desembarco los dos barcos fueron atacados por dos escuadrillas de A-4B, la Dogo de Cachón y la Mastín. Ambas dieron en sus blancos, pero el ataque de Cachón al Sir Galahad causó 47 muertos y 97 heridos, la mayoría por incendio por la explosión de un contenedor de combustible. Buena parte de los tripulantes muertos y quemados pertenecían a un cuerpo especial de infantería, los Guardias Galeses. Uno de ellos era Simon Weston que anteriormente había participado en acciones en el norte de Irlanda contra el IRA.

Para los primeros 10 años del aniversario de la guerra, la BBC organizó el encuentro entre Cachón y Weston que ya a esa altura era un personaje muy reconocido en Gran Bretaña: era la cara de la guerra. Al recordar su primer encuentro, Cachón dijo lamentar profundamente haber lastimado a Weston. Antes de encontrarlo personalmente pensaba que el guardia galés iba a responderle agresivamente y lo primero que hizo fue disculparse. Weston contestó que todo estaba bien y que eso era lo que Cachón debía hacer en la guerra. Aunque Cachón lamentaba haberle destruido la vida, Weston le dijo a la prensa y al director de cine y escribió en sus libros, que fue capaz de recuperarse, de rehacer su vida y de adoptar una actitud positiva, como predicar por la paz (“no hay nada glorioso sobre la guerra”) y fundar la organización caritativa Weston Spirit para el desarrollo de los jóvenes. Incluso le agradeció a Cachón por haberlo ayudado a ver las cosas de manera diferente. El encuentro entre ambos fue un deseo largamente esperado que ambos necesitaban. Caminaron, hablaron y lloraron juntos, “como si Dios nos hubiera tocado”, recordó Cachón en 1992, y dispuso las cosas para visitar a Weston y a su familia en Gales. Weston devolvería la visita a Mar del Plata, ciudad donde residen Cachón y su familia.

En 2007 los dos ex combatientes fueron entrevistados por separado por el mismo periodista, Carlos Sierra. Entonces Weston recordaba su primer encuentro como corto y frío, pero el segundo fue diferente. Cuando los Cachón visitaron a Simon en Gales, Cachón recordó a su ex enemigo como de mejor humor. Weston trataba de calmar la culpa de Cachón, diciéndole que en 1982 eran profesionales haciendo su trabajo. Y aunque Cachón siguió lamentando lo ocurrido, volvió a ratificar su determinación de pelear por una causa nacional en tanto piloto militar profesional.

“Carlos es un hombre honorable. Él hizo su trabajo con honor en la guerra y jugó un papel crucial en mi vida. Cambió su curso para siempre. No estoy agradecido por mis heridas. Sólo yo sé lo que tuve que atravesar. Pero los dos estuvimos ahí (en las Islas) por razones profesionales. El atacó primero, pero si yo hubiera tenido la oportunidad de hacerlo, lo hubiera hecho. Para eso fuimos entrenados. Ni él ni yo elegimos el rol que tuvimos en esa guerra. Pero más allá de lo que la gente pueda pensar del conflicto, no deben pensar mal de quienes tuvimos que combatir” (Cachón 2007 en Clarín).

Por eso reflexionaba Weston:

“No hay ganadores en una guerra, pienso que todos somos perdedores porque debemos hacerla. No hay nada glamoroso ni glorioso ni fantástico en un conflicto. No hay nada fantástico en matar gente. Es una de esas cosas, es la guerra.

Entonces celebró un recuerdo:

Mi hijo menor era un bebé y cuando vio a Carlos y a Graciela le tiró los brazos. Los niños saben (BBC 20012).

Foto Archivo Familia Cachón, con matrimonio Weston.

Mi entonación fue la de un final, y los allí presentes sentados, asomados y de pie así lo entendieron. No recuerdo si hubo aplausos ni tampoco las preguntas, pero al leer esta versión Clara me trajo a colación que Waiki, uno de los asistentes, había dicho, como al pasar, que los episodios estaban unidos por un hilo, el “¿cómo se sale?”. Él mostró que había podido seguirme pese a la enorme cantidad de información que yo les había desplegado. En vez de preocuparse por las posibilidades que la Argentina tuvo de prevalecer militarmente sobre Gran Bretaña en 1982, él entendió que yo les había comunicado que había distintas salidas posibles. Pero ¿de dónde? Es que durante aquellos 40-50 minutos de encuentro-charla-conferencia-clase en el Centro Universitario de la Unidad Penitenciaria 2, pasaron muchas cosas. Veamos algunas.

Lo primero fue el silencio atento, que interpreté como una muestra de interés. Ese interés se expresaba en torno a un eje que los traía intelectualmente a mi encuentro. Ese eje era lo que los argentinos llamamos “guerra de Malvinas” y sobre lo cual ellos sabían tanto como cualquiera que la vivió o que le contaron acerca del conflicto y la posguerra, es decir, como un argentino más. Ahora bien: si los argentinos sabemos básicamente lo mismo, ¿cómo estrenar nuevas perspectivas sobre lo archi remanido, repetido y trillado? ¿Qué convierte a una vieja historia en “una vieja novedad”? En parte, y sólo en parte, la novedad puede venir de información escasamente conocida, apenas por quienes protagonizaron los hechos narrados y/o su gente allegada. Esto se aplica a los mismos veteranos de guerra: los halcones de A-4B no siempre saben cómo vivieron la guerra los submarinistas del San Luis; los del San Luis no necesariamente saben lo que les sucedió a los aeronáuticos de la Fuerza Aérea; y éstos no siempre saben lo que vivieron los sobrevivientes del Belgrano. Entonces, quizás un primer acierto haya sido exponer seguidamente, en un breve lapso y en una misma clase-charla-conferencia cuatro situaciones dramáticas de las cuales la sobrevida fue efectivamente posible (pues las narraciones expuestas fueron proporcionadas por sobrevivientes).

Ahora bien. La exposición condensada puede ilustrar los desafíos del alma y de la vida humanas, pero no tiene por qué exceder el marco de la anécdota. En vez, su hilación en ese ámbito y la creación de un contexto significativo (e interesante) a partir de las cuatro escenas, demandaban un trabajo extra. Es que yo venía estudiando la guerra de Malvinas desde hacía ya tiempo. Ese estudio me requirió conversar directamente con muchos de los protagonistas, imaginar sus escenarios (no sólo bélicos, también post-bélicos) y animarme a aprender de sus lecciones, en vez de estar en guardia contra los “esbirros del Proceso” (de Reorganización Nacional, última dictadura o gobierno de facto que tuvo la Argentina). Ese ánimo provenía de una férrea práctica de mi profesión antropológica que consiste en familiarizarse con lo exótico y exotizar lo familiar, como dijo hace muchos años el colega brasileño Roberto da Matta. Este procedimiento requiere y se basa en una perspectiva comparativa, al menos entre aquellos militares y esta civil (o sea yo), pero también entre aquellos militares y mi audiencia del 20 de abril de 2015.

Entonces, con mi mera presencia de invitada-investigadora en la ocasión de una nueva conmemoración de la guerra, yo estaba ejerciendo una acción propia de la antropología (y también del género humano) y los autorizaba a ellos a hacer lo propio: comparar. ¿Pero qué? No sólo a las cuatro escenas entre sí; Malvinas había ingresado a la pequeña aula del CUD a través de una preocupación común a los combatientes del ‘82 y a los internos: salir … lo mejor posible. Si pude proponer este eje a raíz de la invitación de Clara es porque la antropología me enseñó que los pueblos pueden dialogar y aprenderse mutuamente, aún en las situaciones más terribles. Así, cuando yo reiteraba la pregunta “cómo se sale” al iniciar cada segmento, les estaba diciendo a ellos que existía una salida o, mejor, varias salidas posibles, incluso de condiciones verdaderamente dramáticas como un Crucero que se derretía, explotaba y se hundía, todo a la vez, en la vasta extensión del Atlántico Sur; o como un piloto que decidía lanzarse al vacío sin saber si lograría sobrevivir, es decir, salir vivo de las Islas o su mar. Cualquiera podría identificar a éstas como situaciones heroicas pero, en verdad, quien está en una guerra (más aún desde un buque, un avión o un archipiélago) se parece bastante al interno de un penal: no sale cuando quiere ni como quiere; sale cuando lo dejan, o cuando ve la posibilidad; además, sale si quiere, si tiene agallas, ingenio, inteligencia y constancia. En esto también se parecen los guerreros a los presos; es habitual escuchar a los académicos hablar de todos ellos como puras víctimas, como puros objetos de violencia y de las órdenes. Pero mi interpretación no iba en este sentido, y por eso sorprendí a mi audiencia. Quise decirles que todos eran agentes, esto es, que todos habían tenido un papel activo en sus respectivos destinos.

Todo esto no fue el resultado de mi genialidad, sino de mi trabajo como investigadora del CONICET desde 1985, en la especialidad de la Antropología Social, una mezcla de ciencia social y humanidad. Que yo haya podido poner a conversar los planteos abigarrados de la teoría social con una obra en cuatro actos protagonizada por otros argentinos, se debió a un largo camino repleto de malentendidos y diálogos de sordos, que en algunas escalas me permitieron advertir mi formidable ignorancia y, casi al mismo tiempo, hacerme preguntas bien interesantes. Fue desde esta posición que me encontré con aquel auditorio de Devoto, transitando con palabras e imágenes proyectadas sobre una pared irregular y con dudosa iluminación, la única experiencia de guerra internacional que vivimos los argentinos en el siglo XX. Y ese auditorio me confirmó que la mía había sido una interpretación buena-plausible-interesante-buena/para/pensar nuestra guerra de Malvinas.

Posdata. Al momento de publicar este artículo Waiki trabaja en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Quizás una confirmación de que vale la pena seguir apostando al conocimiento.

 

[1] Agradezco a Clara Sarsale y a su equipo docente del CUD por la oportunidad de presentar mis reflexiones y de obligarme a seguir pensando, y a Hernando Flórez por ayudarme a construir la segunda sección de esta presentación. Ninguno de ellos es responsable por los posibles errores de mi presentación.

[2] El material desplegado aquí fue extraído de mi trabajo de investigación y, sobre todo, del volumen 1093 tripulantes, del CN D. Héctor Bonzo (Sudamericana 1992).

[3] Oficina administrativa, especialmente en el ámbito castrense. También se aplica a Archivo.

[4] En esta sección me baso en información que me ofreció Hernando Flórez, investigador del arma de Submarinos durante la Guerra de Malvinas, algunas lecturas de Roberto Perlusio y un par de diálogos que mantuve con el Almirante (R) Daniel Martin, VGM a bordo del submarino ARA Santa Fe.

[5] Las citas textuales pertenecen a Halcones sobre Malvinas, de Pablo M. Carballo, Edición Cruzamante, 1984. Toda esta sección es parte de mi trabajo sobre el Grupo 5 de Caza de la V Brigada Aérea de la Fuerza Aérea Argentina, y del capítulo 3 de Experiencia de Halcón, Ed. Sudamericana 2016.

[6] Los datos de esta sección fueron extraídos de BBC News y los múltiples sitios asociados a Simon Weston, y de la prensa argentina, principalmente los diarios La Nación y Clarín de los años 1992, 2002 y 2012. Algunos de estos materiales aparecen en Experiencia de Halcón, capítulo 4, y en el artículo presentado en 2012 y publicado por el Boletín n.4 de la Dirección de Estudios de la Fuerza Aérea Argentina, http://www.faa.mil.ar/historia/boletin_4.pdf

Nayla Luz Vacarezza – La problemática en torno al aborto

En los últimos meses hemos escuchado con frecuencia que las Ciencias Sociales y las Humanidades proporcionan recursos a la sociedad para pensarse a sí misma. Creo que, además, brindan herramientas que se construyen colectivamente –en el diálogo, la polémica y el intercambio entre pares– para la transformación social y para imaginar –con la mirada puesta en el presente o en el pasado– que los tiempos venideros pueden ser de otra manera: más justos, más equitativos, más democráticos.

Este carácter colectivo y transformador de las Ciencias Sociales y las Humanidades puede no constatarse empíricamente en la producción de cada resultado de investigación, pero ciertamente funciona como una promesa y una guía que nos convoca cotidianamente a seguir trabajando.

El amplio campo de la investigación social con perspectiva feminista y de los Estudios de Género y Sexualidades donde se inscribe mi trabajo tiene ya una trayectoria de varias décadas de diálogos, discusiones y acuerdos en la producción de conocimientos. Estudiamos los modos en que las diferencias sexuales son producidas y socialmente jerarquizadas en sistemas de desigualdad que legitiman formas de opresión y violencia hacia las mujeres y hacia quienes viven por fuera o en los márgenes de la norma heterosexista. Pero también estudiamos las formas de resistencia hacia estos sistemas opresivos y los modos en que se transforman.

Para muchas de las precursoras en estos temas, la militancia y el exilio vinieron antes que la legitimidad para producir y transmitir conocimientos dentro de los espacios científicos y académicos. Esa historia le imprime a este campo de estudios un carácter que desentona con el ideal de ciencia autónoma, neutral y distanciada de las necesidades y problemas de la sociedad. Se trata, más bien, de un conjunto diverso y no siempre armónico de voces que se destaca por su compromiso con lo social y con la transmisión de conocimientos y de herramientas técnicas hacia afuera de las instituciones académicas.

En mi caso personal, me encuentro investigando hace diez años sobre la cuestión del aborto desde una perspectiva que estuvo centrada, primero, en la experiencia y, más recientemente, en los afectos. Mi trabajo forma parte de un conjunto de investigaciones comprometidas con la lucha por la legalización del aborto que han logrado resultados científicamente relevantes y han proporcionado herramientas certeras y fundamentadas empíricamente para los debates públicos sobre la legalización. Entre otros logros, se ha establecido la dimensión social del problema a nivel cuantitativo (fueron 55 las mujeres muertas por aborto en 2015 y son alrededor de 500.000 los abortos que se practican cada año en Argentina); se estudió el impacto negativo de la ilegalidad en la salud y la vida de las mujeres; se ha comprobado la disposición social para debatir el tema y su aceptación en la opinión pública; se historizó la trayectoria del activismo y sus estrategias; se analizó críticamente el modo en que los medios se hacen eco del problema; y, también, se consideró al derecho al aborto como una cuestión de ciudadanía de las mujeres y se produjeron argumentos de Derechos Humanos para fundamentar la legalización.

La perspectiva que elaboramos con July Chaneton en nuestro libro La intemperie y lo intempestivo. Experiencias del aborto voluntario en el relato de mujeres y varones (Marea, 2011) permite comprender, a partir del análisis de la palabra de varones y mujeres de distintas edades y procedencias socioculturales, los efectos de la clandestinidad del aborto sobre los cuerpos y las subjetividades. Cuestiones urgentes relativas a la autonomía y la justicia reproductiva se revelan en el estudio. Las entrevistas permiten afirmar que la criminalización del aborto genera un medio ambiente de incertidumbre y miedo que pretende doblegar la autonomía de las mujeres, restringiendo sus acciones posibles. Sin embargo, pudimos comprobar que –con o sin la compañía de los varones participantes de la concepción– mujeres de todos los sectores sociales ejercen su autonomía y abortan. El efecto de conjunto de la prohibición incumplida del aborto es una situación de profunda injusticia donde se generan ganancias para un lucrativo mercado clandestino, al mismo tiempo que se distribuye desigualmente la criminalización y la vulnerabilidad corporal entre mujeres de distintas clases sociales.

Una de las cuestiones que motivó aquella investigación estaba relacionada con los afectos y su carácter político. Notábamos una falta de empatía social frente a la cuestión del aborto y consideramos que los relatos de la experiencia tenían un enorme potencial para incorporar nuevos argumentos cargados de afectos a un debate público saturado de razones de tipo legal, médico y ético que tendían a volverse abstractas. Esos argumentos fueron bien recibidos y, en 2012, cuando se avivaba el debate parlamentario de la legalización, el libro fue declarado de interés cultural por la Cámara de Diputados de la Nación.

Continúo actualmente profundizando en la investigación acerca del rol de los afectos en las luchas por el derecho al aborto en América Latina. A grandes rasgos, lo que guía mi interés es la pregunta por el cambio social en las “estructuras de sentimiento” que hacen del aborto una cuestión que solamente puede inspirar terror, culpa y asco. Advierto que, cada vez más y de maneras más originales, estos afectos debilitantes de la capacidad de obrar de las mujeres están siendo desafiados por el amplio movimiento por el derecho al aborto. El análisis de las producciones artísticas y culturales del movimiento muestra que la indignación, la rabia y el descontento con respecto a las injusticias, las muertes y los encarcelamientos por aborto son afectos que movilizan deseos de transformación social. Pero también, el aborto comienza a asociarse con emociones como la serenidad, la alegría, la determinación y el alivio. Estas tonalidades afectivas expresan un renovado esfuerzo político por desestigmatizar, legitimar y apoyar las decisiones no reproductivas de las mujeres y, en general, de las personas con capacidad de gestar.

Los resultados que empieza a mostrar esta nueva línea de investigación no solo aportan saber experto sobre una cuestión poco estudiada hasta ahora y renuevan diálogos académicos en curso con especialistas en el tema a nivel regional. También, esos resultados vuelven a las organizaciones y activistas que los hicieron posibles, contribuyendo al intenso trabajo reflexivo que llevan adelante sobre sus estrategias políticas y sus producciones artístico-culturales. En el horizonte colectivo donde se trama este trabajo palpita un deseo de justicia y transformación social porque el aborto legal, seguro y gratuito continúa siendo en nuestra región una deuda de la democracia.

[ENTREVISTA A VICTOR GOLDGEL] “Medir la importancia social de una determinada novela o de la investigación en humanidades en términos monetarios o de una utilidad inmediata es tan problemático como medir la velocidad de Bolt en tiaras de Letizia”

Por Leandro Morgenfeld

Victor Goldgel se graduó como Licenciado en Letras (Universidad de Buenos Aires) y Doctor en Literaturas Hispánicas (Universidad de California-Berkeley). Su investigación se centra en el siglo XIX hispanoamericano. Fue becario del Social Science Research Council y de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos. Es autor de Cuando lo nuevo conquistó América (Siglo XXI), que obtuvo un premio por parte de la Casa de las Américas y fue reeditado en Cuba, y de Baquelita (El fin de la noche), su primera novela. Publicó artículos en revistas académicas de América Latina, España, Estados Unidos y Gran Bretaña. Actualmente es investigador y docente en la Universidad de Wisconsin-Madison.

 

LM: En primer lugar, Víctor, ¿podrías contarnos sucintamente en qué consiste tu investigación?

VG: En este momento estoy trabajando en un libro sobre el secreto a voces.  Me enfoco en el caso de Cuba durante el siglo XIX, un período marcado por la esclavitud, y en los mecanismos por los cuales ciertas personas lograban transformarse en blancas. El libro es, en parte, un estudio sobre la raza y el modo en que, no sólo en Cuba sino a lo largo de América Latina, la posición racial blanca puede ser alcanzada a través del dinero, la educación, el matrimonio y otros factores que tienen que ver con el status. En ese sentido el libro analiza las condiciones bajo las cuales es posible creer en algo que al mismo tiempo se sabe ficticio; en este caso, en la raza. En alguna medida, con mi libro anterior también investigué cierta capacidad de creer, aunque en ese caso la pregunta era por la experiencia de lo nuevo, o sea, por las condiciones que hacen posible que algo (un libro, una tecnología, una prenda de vestir) adquiera legitimidad sobre la base de su novedad.

LM: ¿Dónde te formaste y dónde te desempeñás como investigador?

VG: Me formé, primero, en el sistema de educación pública argentino, desde el jardín de infantes del IVA (Instituto Vocacional de Arte) hasta la Universidad de Buenos Aires, donde me recibí de Licenciado en Letras. Después hice un doctorado en la Universidad de California, Berkeley, y ahora soy investigador y docente en la Universidad de Wisconsin, Madison (las dos son también universidades públicas). Mi trabajo actual está financiado en su totalidad desde los Estados Unidos, ya sea a través de mi universidad o de otros organismos.

LM: ¿Cuál es la relevancia social de tu tema de investigación? ¿Por qué la sociedad debería financiarlo?

VG: Hay muchas formas de responder a tu pregunta, y la importancia social de disciplinas como la crítica literaria, la historia o los estudios culturales se deriva justamente de su capacidad para evaluar comparativamente una multiplicidad de respuestas posibles, así que te contesto de manera tentativa, o sea, crítica. Mi investigación sobre secreto a voces y raza en Cuba está motivada por una serie de interrogantes que para mí son urgentes, y si bien me enfoco en un período y una región muy alejados, eso es algo que, precisamente, me ayuda a ganar perspectiva. Uno de estos interrogantes tiene que ver la capacidad individual y social de negación de ciertas realidades: ¿cómo hace una persona o una comunidad para no ver aquello que no quiere ver o que no le conviene ver? En el caso de Cuba, esto se vinculaba en particular con la esclavitud, que hacia finales del siglo XIX ya había sido abolida en casi todas partes del mundo y por lo tanto era percibida como monstruosa desde el punto de vista político y moral. En ese contexto, muchos cubanos están obligados a hacerse los distraídos o a convencerse de alguna manera de que tener esclavos no estaba tan mal. Al mismo tiempo, muchos cubanos blancos eran blancos entre muchas comillas, y su identidad racial dependía justamente de la suspensión de la incredulidad de vecinos, amigos, etc. Aunque en cierto sentido el secreto a voces es un concepto que cualquiera de nosotros maneja perfectamente, porque es constitutivo de la vida social en todas partes, los investigadores en humanidades y ciencias sociales estamos entrenados para enfocarnos en un contexto o un caso específico para lograr mayor claridad en nuestras hipótesis y nuestras conclusiones, lo cual a la vez permite que otros puedan percibir la lógica y la relevancia de nuestras interpretaciones por más que no sean especialistas en el tema.

LM: ¿Y en el caso de tu tema de investigación anterior?

VG: Con ese otro proyecto también traté de entender un problema que define nuestras vidas día a día: el modo en que lo nuevo se transforma en un criterio de legitimación fundamental. Aunque también fue un estudio centrado en el siglo XIX, la pregunta sobre esa dimensión de la vida moderna en la cual lo nuevo juega un papel central tiene por supuesto también que ver también con nuestro presente, en la medida en que Twitter, Snapchat y fenómenos como el de la viralización de videos o memes rearticulan un tipo de experiencia cognitiva y estética que tiene una historia muchísimo más larga. Por supuesto, no estoy sugiriendo que antes de enviar un tweet cada persona tiene que leer mi libro para entender la larga historia de lo que está por hacer, pero tiene la libertad de hacerlo, una libertad que no sería posible si el conocimiento se produjese únicamente por canales privados (estoy pensando, por ejemplo, en los miles de estudios que producen cada año las empresas de publicidad y de marketing, que por supuesto no se comparten con el público).

LM: Ese libro, Cuando lo nuevo conquistó América, publicado por la editorial Siglo XXI, obtuvo dos premios, primero el que otorga la Latin American Studies Association, y después el premio Ezequiel Martínez Estrada de la prestigiosa Casa de las Américas, lo cual le valió su publicación en Cuba hace algunos meses. ¿Qué lectura hacés sobre ese reconocimiento social?

VG: Creo que puedo hablar más objetivamente de los organismos que otorgan los premios que del hecho de que hayan elegido mi libro. Son dos organismos, uno con sede en los Estados Unidos, el otro en Cuba, que se articulan sobre la base de una categoría en común que sería la de lo latinoamericano. En ese sentido, creo que al abordar de manera comparativa los casos de Argentina, Chile y Cuba el libro se posicionó, sin que yo me lo propusiera, en un campo que es de por sí parte de un debate sobre cómo enmarcar nuestras culturas, porque por lo menos desde Francisco Bilbao y José Martí está muy claro que pensar en términos de “nuestra América” implica entrar en tensión con otro tipo de alineamientos culturales y geopolíticos. Por otra parte, la pregunta por el reconocimiento social es en la práctica una pregunta sobre la coexistencia de diferentes tipos de reconocimiento. Hay revistas que reconocen lo divinas que son Juliana Awada y la reina Letizia, otras que reconocen a individuos que han sido capaces de acumular cantidades importantes de dinero o de masa muscular, y otras, como la revista de Casa de las Américas, que tratan de hacer visible a escritores, artistas e intelectuales cuyas dotes pasan por otro lado. No es cuestión de determinar si la tiara de Letizia es más importante que una novela de Ricardo Piglia, o si Bill Gates es más poderoso que Usain Bolt, sino de entender su inconmensurabilidad. O sea, medir la importancia social de una determinada novela o de la investigación en humanidades en términos monetarios o de una utilidad inmediata es tan problemático como medir la velocidad de Bolt en tiaras de Letizia.

LM: A principios de este año, el Ministro Lino Barañao y algunos directores del CONICET quisieron desviar el debate sobre el recorte de fondos del organismo promoviendo una discusión entre distintas disciplinas, subvalorando la inversión en ciencia básica y desmereciendo a las ciencias sociales y las humanidades, en consonancia con las nuevas prioridades a los supuestos “temas estratégicos”. ¿Qué valoración hacés de esa perspectiva?

VG: Creo que incluso si definimos lo estratégico en el campo estrecho de lo instrumental y la lógica capitalista, hay muy buenos argumentos en defensa de las disciplinas aparentemente más inútiles. Por ejemplo, cuando Steve Jobs presentó el iPad2 dijo que era el resultado de la unión entre tecnología, artes y humanidades. Era su forma de decir que si se hubiese enfocado sólo en la dimensión tecnológica (que es la que muchos considerarían lo “estratégico”) no habría inventado el iPad2 sino una PC un poco más rápida. Pero también era una forma de reconocer que cuando alguien enciende su iPad2 probablemente lo hace para consumir algo tan inútil, y sin embargo de un valor económico tan evidente, como una película de Hollywood (el lema de la Metro Goldwyn Mayer es “Ars gratia artis”, o sea, “el arte por el arte”). Por otro lado, a la hora de contratar empleados lo que suelen hacer compañías como Google, grandes aseguradoras como State Farm o incluso firmas de Wall Street es básicamente evaluar capacidades que tienen que ver con leer, escribir y analizar el tipo de problemas característicos de la investigación en humanidades. De hecho, el 40% de los gerentes en las compañías de la famosa lista Fortune 500 tiene títulos universitarios en humanidades, con lo cual queda claro que estudiar a Shakespeare, Schopenhauer y Chopin, o, como decía David Viñas, a Lacan can can y Derrida da da, puede ser una buena estrategia. Pero por supuesto, la pregunta que me hacías se refiere a un falso problema, porque el debate fundamental en términos de presupuesto no es si hay que financiar a una disciplina o a la otra sino cómo instituir frenos a la voracidad de los bancos, las cerealeras, las mineras, etc., para que los recursos del país circulen de manera un poco más democrática.

LM: Vos actualmente sos investigador y profesor en la Universidad de Madison. Las universidades públicas vienen sufriendo recortes presupuestarios en Estados Unidos y es de esperarse que este proceso se profundice con Trump. ¿Cómo está la situación?

VG: Son ataques financiados por grupos muy bien organizados de lobistas de derecha, fanáticos del libre mercado, y ejecutados por gobernadores y legislaturas bajo control de los republicanos. Son lamentablemente muchos los países en los que los responsables de cumplir la promesa del acceso democrático a la educación sobre la cual se construyeron las repúblicas modernas son en la práctica lobistas de la educación privada. La actual Secretaria de Educación de los EE.UU., la multimillonaria Betsy DeVos, es una de las figuras claves en el desarrollo del sistema de “vouchers” que hizo que, sólo en Wisconsin, desde 1990 se hayan canalizado más de 2.000 millones de dólares de dinero público hacia escuelas privadas, en su mayoría religiosas. Y el presidente Trump propone eliminar el National Endowment for the Humanities, que recibe 148 millones de dólares por año. Si tenemos en cuenta que al mismo tiempo quiere agregarle otros 54.000 millones el presupuesto de defensa, que ya es superior a la suma de los presupuestos de los siguiente siete países más militarizados, la conclusión es evidente: no es que falte la plata para apoyar la educación, las humanidades y las ciencias, sino que hay una decisión política para desfinanciarlas. A la vez, el activismo contra las políticas de Trump ha tenido varias pequeñas victorias en los últimos dos meses, y esa presión desde abajo, que Bernie Sanders hizo visible el año pasado durante la campaña, está sin duda en la base de la reciente decisión del estado de Nueva York de garantizar el acceso gratuito a la educación superior a estudiantes de familias con ingresos menores a U$S100,000 al año.

LM: Gracias por tu tiempo, Víctor. Un placer conversar con vos.

[ENTREVISTA A LAUREN REA] “Es cada vez más difícil que alguien con un doctorado consiga un cargo académico permanente”

Por Ramiro Coviello

Entre los temas de investigación en Ciencias Sociales y Humanidades que fueron cuestionados a través de medios de comunicación y redes sociales a fines de 2016 en la Argentina se cuentan aquéllos vinculados con las producciones culturales para niños/as y las imágenes y representaciones sociales asociadas a ellas. Con el objetivo de comprender mejor la relevancia social de ese tipo de investigaciones, Épocas dialogó con Lauren Rea, una investigadora inglesa enfocada en la historia de la cultura popular y de masas latinoamericana, con especial énfasis en el caso argentino. Lauren obtuvo su PhD en el King’s College London y actualmente se desempeña como docente (Lecturer) en el Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Sheffield. Su investigación titulada “El proyecto centenario de Billiken: literatura infantil y niñez en la Argentina, 1919-2019” ha sido distinguido con el financiamiento del Arts and Humanities Research Council (AHRC) del Reino Unido, en el marco del programa “Early Career Leadership Fellowship”. La entrevista no sólo presenta un caso significativo que cuestiona la reciente ridiculización de las investigaciones relativas a estos temas, sino que también aporta elementos para re-pensar, en clave comparativa, el vínculo entre investigación y universidad en la Argentina contemporánea.

RC: Lauren, nos gustaría que, en primer lugar, nos cuentes un poco cuáles son los temas de investigación en los que has trabajado y qué despertó tu interés en ellos.

LR: Actualmente estoy trabajando en un proyecto sobre la revista Billiken, pero mi doctorado fue sobre la radionovela argentina de los años treinta. La historia que me lleva hasta esos temas comienza cuando tenía ocho años y mis padres me llevaron a ver a la “ópera rock” Evita en Sheffield, mi ciudad natal. Entonces me dije que algún día iba a ir a Argentina. Eso sucedió una década más tarde, cuando fui a Mendoza a enseñar inglés. Al volver a Inglaterra empecé mi carrera de grado, que acá es un poco distinta a lo que podría ser estudiar idiomas en Argentina. Las carreras de idiomas en Gran Bretaña tienen un perfil humanístico bastante amplio. Además de estudiar el idioma, se estudia también la historia, la literatura y la política de la cultura en cuestión. Muchos de nuestros estudiantes trabajan después en sectores comerciales o culturales y sólo algunos se inscriben en programas de posgrado para formarse como profesores o traductores. Yo estudié español, portugués y literatura latinoamericana, y en particular me interesaba la obra de Manuel Puig. En paralelo conocí a un argentino que hoy es mi marido y, de pura casualidad, resultó que tenía contacto con la madre de Puig. Era vecina de sus padres. Pude conocerla y eso profundizó mi interés por la cultura popular, en especial por la radionovela, sobre la base de lecturas como Boquitas pintadas. Quería ver, a través del trabajo de archivo, cuál era el trasfondo de esas radionovelas. Eso lo empecé durante mis estudios de maestría, lo seguí durante el doctorado y, finalmente, se convirtió en mi primer libro [Argentine Serialised Radio Drama in the Infamous Decade, 1930-1943, 2013]. Mi proyecto actual sobre Billiken es producto de mi deseo de continuar con el trabajo de archivo y de ampliar el período. Esto último es también un requisito para la obtención del financiamiento del AHRC, ya que exige un proyecto ambicioso, especialmente si pretendés investigar sobre un país como Argentina, del cual no se conoce mucho en Inglaterra.

RC: ¿Dónde te formaste como investigadora? ¿Con qué tipo de financiamiento (público/privado) contaban esas instituciones?

LR: Mi carrera comenzó en el año 2000 en el King’s College London, donde hice mi B.A (Bachelor of Arts) en Español, Portugués y Estudios Latinoamericanos. En Inglaterra casi todas las universidades son públicas y antes eran gratuitas. Por ejemplo, cuando estudiaron mis padres era así y, además, te daban becas para que siguieras una carrera universitaria. Creo que fue a partir de 1998 que se comenzó a pagar por ir a la universidad pública, pero un valor mínimo, algo así como 1000 libras al año. Esto fue aumentando progresivamente y al día de hoy se pagan alrededor de 9000 libras anuales. También me tocó la época en que comenzó el sistema de préstamos estudiantiles, que se comenzaban a devolver una vez que conseguías un salario como graduado. Una vez que terminé la carrera me fui a Cambridge para hacer un máster en el Centro de Estudios Latinoamericanos de esa universidad. Eso me llevó un año y fue financiado por mis padres. Luego volví al King’s College para el doctorado, gracias a una beca completa del AHRC, que incluía un salario y los costos de inscripción al programa de posgrado. Recientemente hubo unos cambios en ese plano y para presentarte a la beca ya no lo podés hacer directamente ante la institución financiadora, sino que tenés que aplicar a través de las universidades, que reciben una determinada cantidad de dinero del AHRC. Entonces se compite con otros departamentos de humanidades de la universidad en cuestión, que quizás suelen recibir más fondos, como los de Historia o los de Inglés. Por lo tanto ahora es más difícil conseguir financiamiento para estudios doctorales en ciertos temas. El AHRC depende del gobierno británico, al igual que el Social Sciences Research Council y otros Consejos de investigación. Esta es una diferencia con lo que sucede en el CONICET, acá cada área de investigación tiene su propio Consejo.

RC: Tu tesis de doctorado fue acerca de las narrativas de construcción de la nación en el radioteatro argentino de los años treinta. ¿Cómo creés que se explica el hecho de que instituciones británicas financien la formación de académicos que estudian la cultura de otros países?

LR: Es muy simple. Las tres instituciones en las que he estudiado y trabajado son parte de un grupo que se denomina “Russell Group”. No es oficial y no tiene que ver con financiamiento, sino que se caracteriza por reunir a las universidades que le dan más importancia a la investigación. Luego, los estudiantes que se inscriben en las carreras de esas universidades lo hacen porque saben que quiénes enseñan en ellas son los mejores investigadores. De hecho, nuestras investigaciones están constantemente presentes en las clases que damos. Eso lleva a que esas universidades tengan la necesidad de formar doctores en todo aquello que compone su oferta académica. Por ejemplo, si vas a sostener carreras de Idiomas que, a pesar de todos los recortes que estamos sufriendo, nadie pone en duda que sea un campo valioso, las tenés que financiar tanto como si fuera un departamento de historia. En nuestro caso el problema viene por el lado de los estudiantes, ya que tenemos cada vez menos inscriptos en idiomas. Al principio, la importancia de los idiomas y la idea de que formaran parte de lo que se enseña en una universidad tenían que ver con la relevancia que acá se le da a lo internacional, al estar mirando siempre hacia afuera. En definitiva es una cuestión lógica, si vas a tener Español en una universidad del “Russell Group”, tendrás que dar becas para estudios sobre Argentina o sobre otros países de habla hispana.

RC: Recientemente obtuviste una importante distinción del AHRC para financiar tu investigación acerca de la revista Billiken, la literatura infantil y la niñez en la Argentina. ¿Qué podrías decirnos acerca de este proyecto?

LR: En primer lugar te diría que el financiamiento del AHRC con el que cuento actualmente es para el desarrollo de un proyecto de investigación individual. No es una beca porque el proyecto no se inscribe en el marco de un grupo de investigación. Es lo que acá se denomina Fellowship, un tipo de financiamiento que tiene que ver con cómo funcionan las universidades acá, que, según entiendo, se diferencia bastante de lo que sucede en Argentina. Por ejemplo, mi cargo en la Universidad de Sheffield, que es Lecturer, forma parte de una carrera en la que eventualmente llegas a ser Professor. Entre tus obligaciones, se supone que una tercera parte de tu tiempo de trabajo lo dedicás a dar clases, otra a las cuestiones de gestión y administración del departamento, y la restante a la investigación. Ahora, lo que sucede en realidad es que nunca hay tiempo para investigar. Sin embargo, hay presión para publicar, como en todas partes del mundo. Más o menos cada cinco años el gobierno evalúa formalmente la calidad de nuestras publicaciones y las califica numéricamente. Las calificaciones que pone a cada departamento de cada universidad son las que luego se usan para determinar la cantidad de dinero para investigación que se le va a aprobar a cada departamento. El financiamiento que tengo ahora lo que hace es darme tiempo. El AHRC paga mi salario durante dos años y medio, período en el que puedo dedicarme exclusivamente a mi proyecto de investigación. Es una de las pocas maneras de desarrollar un gran proyecto en Gran Bretaña. Una vez concluida la investigación volvés a tu cargo en la universidad e integrás tu investigación a las clases que das.

RC: Junto al mérito académico del investigador, los organismos que financian investigaciones científicas suelen evaluar la relevancia social de los proyectos que se presentan a sus convocatorias. ¿En qué sentido creés que tu investigación actual es relevante para la sociedad británica? ¿Y para la Argentina?

LR: Desde hace relativamente poco tiempo se viene desarrollando aquí el compromiso de que los académicos entablen un diálogo con el público en general. Lo que se pretende es encontrar distintas formas de presentar las investigaciones a la sociedad. De ahí viene que el financiamiento que obtuve se denomine “de liderazgo”. Se supone que vas a “liderar” tanto en tu campo académico como en lo que respecta a hacer llegar los resultados de tu investigación al público en general. Básicamente se trata de justificar el uso de fondos públicos y de crear “impacto”. Por eso exigen un proyecto ambicioso que logre captar la atención del público. El hecho de tener la revista infantil de frecuencia semanal y con la trayectoria más larga a nivel internacional en la Argentina, cosa que nadie sabe fuera de ese país, y el estar hablando de literatura para niños supone un interés bastante universal. Es significativo mirar esos casi 100 años de Billiken como legado y ver hacia dónde va, pero desde el punto de vista académico lo que pasa concretamente con esa revista es que no hay muchos estudios sobre el contenido literario. Hay muy buenos trabajos, como los de María Paula Bontempo, los de Mirta Varela y los de Paula Guitelman, pero se centran en algún período en particular y se enfocan en otros aspectos de la revista. Mi idea es ver el aspecto literario a lo largo del tiempo. No las historietas, sino los cuentos cortos y los cuentos por entrega, que al principio eran traídos de Europa y traducidos cuando era necesario. Me interesa ver cómo fue cambiando eso a lo largo del tiempo y también cómo se fue construyendo el lector o la lectora desde el punto de vista editorial, lo cual se puede analizar a través de la composición de la página y del diseño gráfico de la revista. ¿Cómo se transforma eso en relación a los cambios en el contexto histórico-político? Pero el eje central es la literatura. Por otra parte, creo que algo que sumó para conseguir el financiamiento es el hecho de que sea interdisciplinario: la parte de literatura infantil es de Humanidades y la cuestión de la niñez responde más a las Ciencias Sociales. En el mundo de habla inglesa son campos que se han ido desarrollando separadamente, con poca interacción. Mi propuesta representa un modo de integrar a los dos y, además, de presentar algo que el mundo de habla inglesa no conoce. Un mundo que no puede leer a Sandra Carli porque no habla español. Es una posibilidad de acercar el caso argentino a ámbitos académicos y a una sociedad que no lo conocen.

RC: ¿Qué te exige la AHRC como contraparte del financiamiento otorgado?

LR: Varias cosas. Una parte del financiamiento la puedo destinar, por ejemplo, a traer a alguien de Billiken o de la Editorial Atlántida a Inglaterra para hacer un simposio académico o para dar una charla en el festival de literatura local, o bien para hacer alguna actividad con la Embajada de Argentina en el Reino Unido. Todos esos eventos entran también en el programa de actividades financiados por la universidad. Se está haciendo un esfuerzo muy grande para realizar festivales públicos desde los distintos departamentos para interactuar con la comunidad local. Por ejemplo, en un par de semanas voy a participar de un evento de narradores, en los que me dan 10 minutos para presentar mi investigación en forma de cuento, para que sea lo más sencillo posible, pero también para hacerlo más interesante. Si bien mi trabajo es fundamentalmente de archivo, voy a llevar allí una linda historia de un lector colombiano que cuenta cómo leía Billiken en Colombia en 1935. Este señor, que actualmente tiene 96 años, trabajaba cultivando café y no pudo terminar la escuela. La revista lo ayudó a completar su educación. Con el dinero que ganaba compraba Billiken. El vendedor la traía a mula, dada la falta de carreteras. Voy a contar su “cuento”, porque es una manera de mostrar los lazos afectivos que una persona guarda con las experiencias culturales de la niñez y por qué esas cosas son importantes. Por otro lado está la parte, mucho más compleja, de medir o demostrar el impacto de nuestras investigaciones. El gobierno quiere las cifras de ese impacto y esto es, sin dudas, el aspecto más difícil para cualquier disciplina humanística. Por suerte hay aquí bastante interés por la cultura argentina, aunque conduce siempre al mismo lugar: carne, fútbol y tango. Pero te da una puerta de entrada, genera empatía y eso ayuda para la divulgación de otras cuestiones que, si bien nadie las conoce, tienen un valor enorme.

RC: Hacia fines del año pasado, alrededor de 500 doctores/as que pasaron satisfactoriamente todas las instancias de evaluación para ingresar a la Carrera de Investigador Científico del CONICET fueron expulsados por “falta de presupuesto”. A raíz de eso estalló un importante conflicto en el espacio académico argentino qué puso en el centro de la escena pública la cuestión del financiamiento a la investigación básica, especialmente en el caso de las Ciencias Sociales y las Humanidades. ¿Tuviste noticias de esto? ¿Qué opinión te merece?

LR: Casualmente estaba de vacaciones en Argentina y fui a tomar un café con Ezequiel Adamovsky. Estábamos por Palermo y me dijo de ir al Ministerio de Ciencia y Tecnología para que viera la protesta que se estaba desarrollando allí. Ese mismo día fui a hablar con un grupo de la Universidad de Buenos Aires que trabaja sobre temas de niñez. Así que estoy bastante al tanto de lo que sucedió en diciembre. Lo que aprendí es que, de nuevo, hay diferencias muy grandes entre los sistemas académicos de ambos países. En Inglaterra es muy difícil tener una carrera de investigación. Te diría que casi no existe. Si vas a hacer una carrera de investigación tenés que ir aplicando a proyectos de 2 o 3 años de duración. Vas saltando de proyecto en proyecto. La manera de tener una carrera académica acá es entrar a trabajar en una universidad, que implica las tres tareas que te comentaba antes: docencia, administración/gestión e investigación. Pero ni el AHRC ni los Consejos de Investigación de otras áreas emplean académicos de manera directa. Es muy distinto. Además, acá los recortes no son tan drásticos. Existen, pero son progresivos. De hecho es cada vez más difícil que alguien con un doctorado consiga un cargo académico permanente. Siempre lo fue, pero ahora es peor. Te encontrás con gente muy preparada, que cuenta con un doctorado y que hace años no consigue un trabajo estable, como le pasa a una persona que hizo la licenciatura y el doctorado a la par mía. Cubren licencias por maternidad y suplencias, saltando de empleo en empleo, de universidad en universidad. Cada vez más gente queda en esa situación, pero, como te decía, es un proceso progresivo, a diferencia de lo que pasó en CONICET en diciembre de 2016.

RC: ¿Cómo es el ingreso a la carrera docente en el Reino Unido?

LR: Te presentás a una convocatoria de la universidad y competís como en cualquier otro trabajo. Cuando yo conseguí mi cargo actual en 2008 hubo 120 solicitudes. Hoy la situación es mucho peor. Yo no había terminado el doctorado todavía. Ahora me parece muy difícil que alguien en esa situación consiga un trabajo académico. Todo se ha vuelto cada vez más competitivo. Además, con los recortes presupuestarios, si se va alguien ya no lo reemplazan. Es decir que hay cada vez menos puestos de trabajo disponibles en el sector académico. Ahora, como te decía al principio, esto va de la mano con el alza del precio de la matrícula anual y la consecuente caída en el número de estudiantes que ingresan. No obstante, lo cierto es que el incremento del precio de inscripción ha sido progresivo y no tuvo el efecto de shock que tuvo sobre el académico lo que sucedió en el CONICET a fines del año pasado.

RC: Debido a tus temas de investigación, en los últimos años has viajado varias veces a la Argentina. ¿Cuáles son tus principales impresiones acerca del ámbito académico local?

LR: Lo principal para mí es la calidad y la facilidad de acceso a los trabajos académicos, lo cual es algo muy notable. Si yo quiero leer un artículo sobre Billiken escrito por María Paula Bontempo, lo encuentro disponible y puedo acceder inmediatamente, sin pagar nada. Si vos querés hacer eso con un trabajo mío, no vas a poder. Porque además tardamos mucho en tener los artículos publicados. Acá los tiempos son muy largos y los costos de acceso muy altos. Sin haber tenido aún mucho contacto con el ámbito académico de la Argentina, eso es algo que considero que tiene un valor enorme para mostrarle al resto del mundo el trabajo fantástico que están haciendo sus investigadores.

RC: Justamente eso es algo que se ha puesto en cuestión ¿no? ¿Cuál es el valor económico de ese aporte académico y cultural?

LR: Sí, acá también. Pero lo que tienen en Argentina más establecido es la construcción de un puente entre los académicos y la sociedad. Siempre me pareció que Argentina es un país donde eso funciona muy bien. La sociedad está muy interesada en la política, muy informada, mucho más que acá. Lo que tenemos en Inglaterra es un sitio web, The Conversation ( https://theconversation.com/uk ), que publica noticias escritas por académicos que trabajan directamente con editores profesionales. Existe también en otros países. La idea es hablarle al público en general sin el filtro de los principales medios de comunicación. Ahí podés encontrar una forma de comunicar diferentes instancias de tu investigación para el público interesado en los temas que estudiás. Creo que esas cosas ya existen en Argentina.

RC: En varios países europeos el sector de ciencia y técnica también está sufriendo recortes presupuestarios. ¿Qué nos podés comentar al respecto? ¿Cuál es la situación de Gran Bretaña? ¿En qué áreas se han sentido más fuertemente las políticas de austeridad?

LR: De la que más sé es de la situación de España. Siempre que se abre un puesto en la universidad se presentan muchos españoles, que están muy bien formados y que no consiguen trabajo en su país. Por otro lado, en el Departamento de Idiomas de nuestra universidad tenemos obviamente mucha gente que trabaja con otros países europeos y la novedad que nos afecta es el Brexit. En términos más generales, el problema es que buena parte de los fondos que el Reino Unido consigue para investigación provienen de la Comunidad Europea. Esto ha venido sembrando una gran preocupación entre los académicos. Por otra parte, está el problema de que nosotros mandamos a los estudiantes a estudiar a otro país durante un año. En el caso de los estudiantes de español, pocos van a América Latina porque es demasiado caro el viaje. Muchos van a España, con cuyas universidades teníamos vínculos Erasmus de intercambio. Ahora tendremos que renegociar esto con cada institución de manera individual y es un trabajo administrativo que nadie quiere hacer. Así que hay varios problemas potenciales en el horizonte para el sector académico británico.

RC: ¿Algo más que quieras aportar?

LR: No. Simplemente agradecerles por la entrevista. Para mí siempre es un placer estar en contacto con Argentina y dar a conocer mis investigaciones.

RC: Muchas gracias por tu tiempo, Lauren. Esperamos ansiosos los resultados de tu investigación sobre Billiken.

Alejandro Dujovne y Heber Ovstrovsky – Sociología del libro y la edición

El libro no es un objeto de análisis más. Bien emblemático de la cultura moderna y medio privilegiado de comunicación y consagración del mundo intelectual, el libro se encuentra recubierto de un halo simbólico protector que dificulta aprehenderlo en su complejidad. De esta suerte, para poder indagar tanto los significados y usos que los distintos sectores y grupos sociales le dan, como su proceso productivo y su comercialización, el primer y necesario movimiento analítico es romper con una serie de prenociones muy arraigadas, entre las cuales están las que produce y difunde el propio ámbito académico.

De las distintas aproximaciones posibles, nos interesa comprender el lugar del libro en la cultura y la sociedad argentinas, a partir de la estructura y dinámica del espacio editorial. Considerando la escasez de información y el carácter parcial de aquella existente, este objetivo implica en primer lugar generar información sistemática de calidad, así como elaborar conceptos operativos que permitan diferenciar los distintos segmentos que componen el espacio editorial argentino y los modos específicos de funcionamiento. Asimismo, y teniendo presente que el libro es por definición un objeto transnacional, la indagación debe estar atenta y reconstruir las articulaciones del mercado local con otros mercados de habla castellana, con mercados a los cuales se compran y venden derechos de traducción, y con países como China que participan de la industria editorial nacional a través de la calidad y bajo precio de su trabajo de imprenta.

Parte importante del conocimiento producido por nuestro trabajo apunta, en primer lugar, a generar diagnósticos fundamentados que contribuyan a identificar los principales obstáculos y contradicciones que limitan lo que circula, y el alcance de esa circulación. Y, en segundo lugar, a la elaboración de estrategias para propiciar, dinamizar y fortalecer la industria editorial desde un punto sistémico, que abarque desde la creación y la producción del libro hasta el acceso a la lectura de los ciudadanos. Es decir, generar los insumos de conocimiento y, a partir estos, participar en el diseño de políticas públicas consistentes y estratégicas en torno al libro.

En los últimos años hemos abordado distintos temas y participado de distintos modos en el espacio público. Uno de ellos es el estudio de las lógicas que orientan la circulación de la producción de autores, creadores y editores argentinos y extranjeros en el espacio cultural de habla castellana, así como la promoción y traducción en otras lenguas de los autores argentinos. Otra cuestión sobre la que hemos trabajado es la concentración geográfica y la creciente concentración económica de los mercados editorial y librero, y sus efectos sobre la bibliodiversidad y la efectiva circulación del libro a nivel nacional. También hemos estudiado el desarrollo de la edición universitaria pública en el país, y participado en el proceso de armado de políticas públicas específicas para el sector.

En todos los casos analizados contemplamos la doble dimensión del libro y de la industria editorial, simbólica y material. Lo que nos permitió conjugar en nuestros análisis y propuestas el valor cultural del libro, su rol en la creación y difusión del pensamiento, con la generación de empleo y el apoyo al desarrollo económico de nuestro país. Trabajar sobre el funcionamiento específico de la industria editorial de manera sistémica, comprender los problemas que dificultan su desarrollo en el nivel de la creación, pero también de su circulación, promoción y acceso ha permitido en otros países transformar a la industria del libro en un sector económicamente pujante y culturalmente influyente. Renunciar a este tipo de objetivos no significa únicamente abandonar un sector productivo al que puede considerarse más o menos competitivo, sino fundamentalmente abandonar toda posibilidad real de creación autónoma y de innovación real. Confinar el saber y la creación a una minoría experta o tecnocrática es un horizonte probable si abandonáramos la reflexión y el diseño de políticas en torno al libro y la palabra escrita a los únicos dictados del mercado.

Renunciar a la necesidad de generar diagnósticos y análisis prospectivos confiables para el fortalecimiento de un sector productivo y cultural clave significaría en síntesis abandonar dos principios claves que se encuentran en el centro de la vocación científica: la lucha por la libertad y la aspiración irrenunciable a la igualdad.

Ana Teresa Martínez – Identidad, cultura y política santiagueña

En un contexto en que parecen volver a aparecer viejos fantasmas positivistas que parecían superados, la pregunta sobre la “utilidad” ha reaparecido, y para quienes hacemos ciencias humanas y sociales dejarla pasar es conceder demasiado. Algunos preguntan con la mala intención de quien cree tener una respuesta evidente para una pregunta que desnudará al otro frente a quienes no se lo preguntaron. Otros preguntan honestamente, porque no tuvieron la oportunidad de saberlo, y éstos –que son muchos y son sorprendidos en su buena fe por el debate mediático, en el contexto de discusiones sobre proyectos de ciencia y técnica cuyos vericuetos ignoran- son los que merecen una respuesta. Pero además, para los propios investigadores, toda reflexión honrada sobre el sentido de la propia tarea puede constituirse en revisión de potencialidades de análisis no vistas hasta el momento. En las ciencias sociales, volver sobre las razones por las que hacemos nuestro trabajo, elegimos nuestros temas, seleccionamos problemas y construimos objetos forma parte del mismo trabajo de investigación.

Los análisis de sociología de la cultura a primera vista parecen, de todo lo que en sociología se puede hacer, tal vez los más intrascendentes y especialmente si refieren a obras literarias, artísticas, científicas o autores del pasado. ¿Qué hay más allá de la curiosidad personal o de la construcción de un prestigio para el investigador, edificado alrededor de un saber raro? Y si además esos autores y obras no son los consagrados por la gran crítica literaria o artística, sino casi desconocidos escritores o científicos que tuvieron relevancia local en algún momento en una provincia de lo que el sentido común argentino llama “el interior”, la intrascendencia parece multiplicada. Pues hace unos diez años que con un grupo formado por investigadores de distintas edades y experiencia, venimos trabajando en perspectiva sociológica los discursos sobre la identidad santiagueña en la provincia a lo largo del siglo XX y también en la actualidad.

Llegamos al tema por un primer movimiento de curiosidad cargada de la sospecha de que allí había algo importante para entender ciertas dinámicas de la política provincia: la imponente edición financiada por el gobierno local en 1934 de un lujosísimo libro de arqueología, sobre el cual se proyectaba en aquel momento hacer una reedición y que ya en su momento había sido objeto de debates muy duros entre arqueólogos y antropólogos argentinos. El olfato científico nos decía que el interés que veíamos puesto en la reedición del libro no era un dato sociológico menor. El resultado de esa primera etapa de investigación lo publicamos en un libro que se titula Los hermanos Wagner, entre ciencia, mito y poesía. Campo arqueológico nacional y construcción de identidad en Santiago del Estero. No me voy a detener en contar la trama, pero lo cierto es que el análisis del proceso histórico de las investigaciones arqueológicas de los hermanos Wagner, cuando lo enfocamos en perspectiva sociológica y tratamos de desentrañar cómo, quiénes y por qué hicieron posible esa empresa, que parecía desmedida para una provincia que por los años 30 atravesaba una de sus crisis económicas, demográficas y sociales más profundas, encontramos claves de largo plazo para entender la vida cotidiana, la construcción de las diferenciaciones sociales y algunos modos de la política en Santiago. Aquella empresa arqueológica en la que la elite santiagueña había invertido recursos de todo tipo, sin que nadie se lo propusiera explícitamente, había contribuido a realizar una doble operación: por un lado, construir un blasón de nobleza para la provincia, que de pronto aparecía como heredera de una supuesta Civilización Chaco-santiagueña, que en tiempos en que aún no había técnica del carbono 14 se consideró “multimilenaria” y de gran desarrollo artístico a causa de la finura de su cerámica. Pero por otro, la tal civilización según sus descubridores, habría desaparecido misteriosamente cientos de años antes de que llegaran los conquistadores españoles. Para entonces, habrían sido otros grupos étnicos, primitivos y “sin historia”, los que habrían habitado el territorio provincial. Eso decía el monumental libro, que hasta hoy ocupa lugares simbólicos centrales en despachos y oficinas de gobernantes.

Pase de magia simbólico, esta doble operación permitía a las elites construirse un pasado prestigioso del cual heredar un acerbo artístico y una simbología identitaria, pero a la vez diferenciarse de los descendientes contemporáneos de las importantes poblaciones indígenas sometidas por los españoles, trabajadores organizados en pueblos de indios para producir frazadas y otros tejidos, esos mismos que en 1587 se exportaron por primera vez al Brasil desde el puerto de Buenos Aires y se conmemoran hoy en el Día de la Industria. En la década del 30 esas poblaciones que para entonces ya ignoraban su ascendencia indígena aunque en muchos casos hablaran quichua, eran en gran medida la mano de obra sobreexplotada en los obrajes madereros: no podían tener nada en común con aquella prestigiosa civilización de artistas.

Esta primera investigación nos llevó a otras: tratar de comprender cómo funcionaban y cuál era el sentido sociológico de las construcciones de “santiagueñidad” que veíamos surgir en varias situaciones de conflicto social o político del pasado y del presente. Y desde allí hemos llegado ahora a preguntarnos por qué lo chaqueño no forma casi parte de la idea de lo santiagueño en el discurso general, cuando se trata de una porción importantísima de territorio que fue anexado a la provincia a principios del siglo XX cuando la “conquista del desierto verde” incorporó de manera violenta también a la población indígena sobreviviente de esa campaña despiadada.

A partir de estas investigaciones estamos empezando a producir en tarea conjunta con docentes de institutos terciarios algunos materiales didácticos para las escuelas, elaboramos programas de TV y videos, intervinimos en programas de radio. Pero no sólo para ilustrar a las audiencias o a los estudiantes sobre su pasado, sino porque las ciencias sociales, como instrumentos de des-naturalización del sentido común, especialmente cuando de desentrañar tramas culturales se trata, nos devuelve un conocimiento sobre lo que somos como sociedad, sobre cómo nos relacionamos entre nosotros, sobre los mecanismos que usamos para construir ideas que nos ayudan a construir sociedades más igualitarias o a edificar las distancias sociales culturalmente “fundadas” que permiten a unos mantener una desigualdad que los favorece y enseñan a otros a mantenerse a distancia aceptando un destino. Estas estrategias no planificadas que generan desigualdades no son exclusivas del pasado ni de una u otra provincia. Descubrir cómo se repiten y funcionaron ayer y hoy es la tarea incómoda que realiza la sociología de la cultura.

Ana Clara Azcurra Mariani – Producciones audiovisuales de los sectores populares

Soy Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Buenos Aires y actualmente tengo una beca de Doctorado (en Ciencias Sociales) otorgada por la misma casa de estudios. Gracias a esto, tengo dedicación exclusiva para investigar, formarme y dictar un curso docente en una materia que se llama Seminario de Cultura Popular y Cultura Masiva.

Mi proyecto de investigación, que concluirá en una tesis doctoral, tiene como objetivo general realizar un exhaustivo análisis sobre las producciones audiovisuales más importantes de Argentina (cine y televisión) cuyo tema central es la vida de los sectores populares, haciendo especial foco en las nuevas producciones que empiezan a surgir al interior de los barrios y villas de la mano de sus propios habitantes en la última década. Mi particular interés nació de la constatación de que normalmente conocemos lo que representan y opinan sobre la vida en los márgenes los directores, guionistas y productores que pertenecen a los sectores medios y altos, que se comportan con mayor o menor cercanía y/o empatía con el tema, pero pocas veces prestamos atención a lo que tienen para decir quienes viven en la carencia material, en los barrios estigmatizados donde las ambulancias o los bomberos no ingresan, donde la lluvia equivale a inundación y donde el gatillo fácil se cobra decenas de vidas al año.

¿Por qué es importante una atención al detalle sobre esto? Porque las representaciones más importantes de los sectores populares que circulan en el cine, la televisión (en los noticieros y las series principalmente), los diarios y los “memes” suelen asociarlos al delito, el crimen, la imposibilidad de resolver problemas por fuera del alcohol, la droga y el infantilismo, la violencia, la militancia política como forma de ganar dinero, la falta de educación y de cultura general, el mal gusto musical y el derroche “improductivo” en objetos materiales como zapatillas, celulares o televisión satelital.

Este tipo de imaginarios que se construyen habilitan una experiencia mediática en principio poco heterogénea, que alimenta un enfrentamiento entre modos de vida que estarían “bien”, que serían “correctos” y otros, desviados, excesivos, condenables, asociados a los sectores más pobres. Conocer la construcción consciente o intersticial de este enfrentamiento en el entramado cine, televisión y periodismo va a concluir en conocer también la manera en que podemos apuntalar la democracia de voces, abogar por una educación política para comprender fenómenos sociales, y disolver idearios perversos sobre gran parte de la población argentina que abonan el miedo, la división y el distanciamiento entre sectores que en su mayoría comparten la pertenencia a la condición de trabajadores y explotados.

El análisis crítico de la cultura popular y de la cultura de masas exige rigurosidad  sobre lo que se elige cuestionar, describir, deshojar, pero también exige atención sobre quienes consumen y/o producen esos objetos. Elegir productos de la cultura popular como objetos de investigación es, también, hacer análisis sobre una de las dimensiones sociales donde se dirimen la mayor parte de los debates cotidianos porque, en general, es hablar de fenómenos masivos o que tienden a masificarse.

Que gran parte de la sociedad en la que trabajamos como cientistas sociales no sepa qué hacemos o con qué fines, es una falencia nuestra. Que nos demonicen mediáticamente o nos traten de inútiles, es parte de la ignorancia cotidiana a la que muchos periodistas nos mal acostumbraron. Pero lo más preocupante es que gran parte de la sociedad no se reconozca como sujetos que conforman la cultura sobre la que hablamos de manera rigurosa y no opinológica, que no se comprendan como parte productora de los fenómenos más extendidos de la sociedad y que estigmaticen a quienes producen conocimiento al respecto. Esto es materia habilitante para que sigamos pensándonos desde las Ciencias Sociales y Humanas, en mi caso como investigadora con toda la responsabilidad y el compromiso que me cabe. Al Estado le pertenece como responsabilidad indelegable apoyarse en nuestras conclusiones para la constitución de políticas públicas adecuadas, ya que nuestras investigaciones se financian con ese fin.