Damián Andrada – Ciencias sociales y comunicación social

“Lo que no podemos pensar no lo podemos pensar;
así pues, tampoco podemos decir lo que no podemos pensar (…)
Que el mundo es mi mundo se muestra en que los límites del lenguaje
(del lenguaje que sólo yo entiendo) significan los límites de mi mundo.”

Ludwig Wittgenstein

En su clásico y complejo Tractatus Logico-Philosophicus (1922) escrito bajo el fuego de la Primera Guerra Mundial, el pensador austríaco y discípulo de Bertrand Russell ponía el énfasis en la importancia del lenguaje en la filosofía. Sin embargo, en el marco de la avanzada del Gobierno contra la Ciencia, en general, y de las Ciencias Sociales, en particular, prefiero retomar su análisis sobre el pensamiento: “La figura lógica de los hechos es el pensamiento. (…) La totalidad de los pensamientos verdaderos es una figura del mundo”. Y me permito agregar que los pensamientos no verdaderos también son una figura del mundo.

Esta introducción para clarificar el primer punto de partida: nuestros mundos se construyen de pensamientos verdaderos y falsos, y también de lo que conocemos y, por supuesto, lo que desconocemos. De este modo, nuestras conversaciones y debates sobre “la realidad” van a estar enmarcados en los límites de nuestro lenguaje que serán los límites de nuestros mundos. Y es justamente éste el segundo punto de partida: las Ciencias Sociales son relevantes porque nos brindan conocimientos sobre diferentes ámbitos de la realidad. Y esos nuevos conocimientos amplían nuestros horizontes y reconfiguran nuestros mundos.

Hasta aquí está todo muy bonito e imagino que el cientista social que nos esté leyendo estará muy contento, pero justamente a esta altura me gustaría señalar el problema que observo: la sociedad precisa tener conocimiento de esos nuevos conocimientos, algo que me cuesta creer que suceda.

En su trascendente trabajo La estructura de las revoluciones científicas (1962), el filósofo de la ciencia Thomas Kuhn describe una particularidad de las comunidades científicas que nos permite iniciar una respuesta a la falta de acceso de los ciudadanos al conocimiento producido: el aislamiento de los investigadores de las exigencias de los ciudadanos y la vida diaria. Si bien para el autor esto es lo que permite a los científicos concentrar la atención y lograr un alto grado de eficiencia -y probablemente tenga razón-, este artículo prefiere poner el foco en la distancia que los separa de la gente. Explica Kuhn: “No hay otras comunidades profesionales en las que el trabajo creador individual se dirija y se evalúe de manera tan exclusiva por otros miembros de la profesión. El más esotérico de los poetas o el más abstracto de los teólogos está muchísimo más preocupado que el científico por la aprobación por parte de las personas comunes de su trabajo creador, si bien tal vez esté menos interesado por la aprobación en general”.

¿A qué queremos llegar entonces? A que si el Gobierno decidió enfrentar a las Ciencias Sociales es porque o bien no considera su conocimiento relevante para el país o bien considera que el conocimiento de los cientistas sociales es un adversario político. Y, especialmente, que si logró enfrentarlas con relativo éxito es porque, en muchos casos, las Ciencias Sociales están tan alejadas de la sociedad, que la misma sociedad para la cual producimos el conocimiento con el objetivo de ampliar su horizonte no tiene conciencia ni de nuestra existencia ni de la importancia de las Ciencias Sociales para solucionar los problemas que le complican la vida diaria. O, peor aún, si llegaran a tener acceso a nuestras investigaciones, probablemente no nos entenderían. O caerían en cuestionarnos desde la más profunda ignorancia como ocurrió en el pasado diciembre negro cuando decenas de argentinos salieron a criticar a los científicos a través de las redes sociales. ¿Qué otra razón que el desconocimiento sobre el rol de la ciencia en el desarrollo para que un tipo salga a criticar a los científicos de un país?

Pero seríamos muy injustos si saliéramos a señalar con el dedo a ese tipo que, a partir del límite de su mundo, simplemente fue manipulado para salir a cuestionar algo cuya naturaleza desconoce. Lo que sí es justo es criticarnos a nosotros por el hecho de que nuestros escritorios, nuestros trabajos de campo, nuestras computadoras y nuestros egos estén a kilómetros de la sociedad que pretendemos contribuir a mejorar. ¿Cómo puede ser que un gobierno tan adverso al pueblo y unos trolls que no existen estén más cerca de ese pueblo que nosotros?

Y si tenemos la responsabilidad, por supuesto que también tenemos la solución. Abramos las ciencias sociales. Hagamos nuestras tesis, enorgullezcámonos de nuestros títulos, firmemos nuestros libros, publiquemos nuestros artículos en las revistas que lee una minoría y expongamos nuestros papers en congresos. Claro que sí. Pero también acerquemos ese conocimiento a la gente cuyos mundos queremos mejorar. Si no vienen a nosotros, vayamos nosotros a ellos. Vayamos a sus radios y canales de televisión, tanto comerciales como comunitarios, ningún espacio puede ser desestimado. Si la religión lo hace, prediquemos nuestra ciencia en las plazas. No demos clases públicas solo cuando hacemos paros. Y si, supuestamente, se ganan elecciones por las redes sociales, ¿cómo vamos a dejar ese campo por explorar?

En el Tractatus, Wittgenstein también decía que el mundo es independiente de nuestra voluntad, pero también afirmaba que “lo que es pensable es también posible”. Nuestra voluntad de que la ciencia sea uno de los motores del desarrollo en Argentina ha chocado frente a un gobierno que optó por desfinanciarnos primero y deslegitimarnos después. Pero tenemos algo a nuestro favor: el conocimiento. Hemos estudiado el pasado, observamos continuamente y desde diferentes ángulos el presente, y sabemos que la voluntad de los pueblos libres ha torcido muchas veces los destinos inciertos y oscuros de las naciones. Frente a esto tenemos dos opciones. O explicarle a la sociedad la importancia de la ciencia y persuadir como la gota que erosiona a la roca; o seguir en la soledad y el aislamiento de nuestros libros y egos. Ya sabemos a qué conduce cada camino.

Que el aislamiento mejore nuestra eficiencia y legitime nuestras investigaciones frente a los colegas. Y que nuestra apertura le explique a la sociedad la importancia de la ciencia y, de yapa, mejore sus mundos. Demos clases en la tele como Adrián Paenza, expliquemos ácidamente el mundo en 140 caracteres a lo Gerardo Aboy Carlés, demos cátedra en revistas académicas para la gente que no es como uno tal como hace Pablo Semán, debatamos con necios como Alejandro Grimson, multitaskeemos sobre relaciones bilaterales como Leandro Morgenfeld y subamos nuestros gráficos en Facebook para explicar la economía como Daniel Schteingart.

Abramos las ciencias sociales o sigamos mirando el mundo desde la cima de nuestra torre de marfil y observemos cómo somos derrotados en nuestra egocéntrica soledad.

* Damián Andrada es docente de periodismo y comunicación en la Universidad Del Salvador (USAL), y Magister en Ciencia Política y Sociología por FLACSO Argentina.

Rodolfo Elbert – Trabajadores formales e informales: experiencias, identidades y acción colectiva

En el marco del conflicto generado en diciembre de 2016 por el recorte en Ciencia y Técnica y la expulsión del sistema científico de más de 500 investigadores recomendados para ingresar al Conicet, se lanzó una campaña de desprestigio hacia los científicos con el objetivo de justificar el ajuste implementado por el gobierno de Mauricio Macri. La campaña incluyó desde declaraciones de altos funcionarios del Ministerio de Ciencia y Tecnología (con frases del estilo de “los científicos no pueden investigar lo que quieren”) hasta trolls pagados por la jefatura de gabinete y macristas de escritorio cuya principal militancia durante el conflicto fue reproducir las mentiras e infamias de los trolls (sobre el ataque orquestado desde twitter ver el artículo de Pablo González en El Gato y La caja)[1]. Uno de los principales cuestionamientos que lanzaron estos cruzados del ajuste fue la supuesta irrelevancia de numerosas investigaciones en ciencias sociales y humanas.

Este cuestionamiento interpela directamente a los que investigamos en sociología, ya que se trata de una disciplina que tiene una gran tradición de reflexividad, de pensar sus condiciones de producción y las implicancias de sus investigaciones (Bourdieu y Wacquant, 2008). Es verdad que no necesitábamos la basura virtual emanada del troll center para reflexionar sobre esto, pero ante el desafío (por más malintencionado que sea) es bueno recoger el guante y preguntarnos: ¿Qué relevancia tienen nuestras investigaciones?

En mi caso particular, desarrollo hace varios años una investigación que propone un diseño multi-método para el análisis de las relaciones entre trabajadores formales e informales en la Argentina post-2001, tanto a nivel de la estructura social como en sus experiencias de vida, identidades de clase y estrategias de acción colectiva (Elbert, 2013). La investigación tiene una parte cuantitativa donde se analizan mediante encuestas los vínculos familiares entre trabajadores/as formales e informales y la interconexión entre formalidad e informalidad en las trayectorias laborales de trabajadores/as. El componente cualitativo de la investigación consiste en un trabajo de campo con entrevistas y observaciones junto a trabajadores, delegados gremiales de fábricas y vecinos en barrios de la zona norte del conurbano bonaerense con el objetivo de analizar los vínculos entre estrategias de acción colectiva de trabajadores formales e informales de la zona.

¿Cuál considero el hallazgo más relevante de esta investigación? Mientras estaba haciendo el trabajo de campo en uno de los barrios en el año 2011, fui testigo de la lucha de un grupo de vecinas y vecinos que se organizó para exigir al municipio mejoras en la infraestructura barrial y llevó adelante una toma de tierras públicas por un período de dos meses. Los reclamos incluían el pedido de viviendas sociales para el terreno, una solución permanente a las inundaciones que afectaban el barrio, la pavimentación de algunas calles y el fin de la contaminación del arroyo por parte de ciertas empresas. El grupo estaba formado principalmente por trabajadoras y trabajadores informales, desocupados/as y beneficiarios de algún tipo de plan social. Sin embargo, también participaron algunos trabajadores y trabajadoras empleados en el sector formal, entre los cuales se destacó la participación protagónica en la toma de un delegado de la comisión interna de un frigorífico vecino. La red de solidaridad de la toma incluyó a las comisiones internas del sindicalismo de base de algunas fábricas de la zona y a bachilleratos populares del barrio. La comisión interna de los trabajadores de un frigorífico cercano, recientemente conquistada por una lista de izquierda en el marco de la emergencia del sindicalismo de base, apoyó a los vecinos a difundir el conflicto y brindó alimentos para la olla popular de la toma, entre otras acciones.

Cuando pienso en la relevancia de esta historia vivida durante el trabajo de campo se me ocurren dos aspectos principales: por un lado, es relevante dar a conocer una lucha que unificó a trabajadores formales e informales, hacer sociología pública rescatando del olvido historias que difícilmente puedan trascender los límites del barrio o la fábrica en la cual ocurrieron. La otra relevancia tiene que ver con el lugar de este tipo de acciones de lucha en los debates teóricos sobre la formación de la clase trabajadora en América Latina. Esta sorpresiva alianza entre la lucha barrial de trabajadores/as informales y las comisiones internas desafía supuestos muy difundidos respecto de la fragmentación de las luchas populares en América Latina.  En particular, cuestiona la visión que la fragmentación socio-económica de los trabajadores llevó a la emergencia de una nueva clase social denominada “proletariado informal” (Portes y Hoffman, 2003) o “precariado” (Standing, 2011) que se distingue de la clase trabajadora formal tanto en su posición estructural como en sus identidades, experiencias de vida y estrategias de lucha.

Por el contrario, experiencias como las de la toma de tierras me permitieron profundizar en una definición amplia de clase trabajadora que si bien identifica diferentes fracciones según sus condiciones socio-económicas no divide de antemano las luchas, las experiencias de vida e identidades de clase de los trabajadores debido a una supuesta división de clase entre ellos. En términos teóricos, los resultados de mi investigación refuerzan una noción marxista de que los diferentes grupos de trabajadores son parte de la misma clase social, debido a que comparten una posición subordinada en relaciones de explotación y dominación y por tanto un mismo interés material de clase. En términos de tareas de investigación, propone un proyecto de investigación sociológico enfocado en analizar las relaciones existentes entre diferentes fracciones de la clase trabajadora y las estrategias de acción colectiva que refuerzan o debilitan estas relaciones, en vez de asumir que necesariamente la fragmentación socio-económica se traduce en el aislamiento de los diferentes grupos de trabajadores.

Volviendo al tema de la relevancia de las investigaciones en ciencias sociales, los funcionarios del ministerio de Ciencia y Tecnología expresaron durante el conflicto que la relevancia pública (o utilidad) de la ciencia debe estar dada por su contribución al desarrollo económico del país mediante la creación de empleo y la transferencia de conocimiento al sector productivo[2]. ¿Qué utilidad puede tener mi investigación según este criterio? En mi opinión, ninguna, ya que para cumplir con estos objetivos me debería proponer un conocimiento científico orientado a reforzar las pautas del desarrollo capitalista. Por el contrario, pienso que debemos generar conocimiento científico relevante para el proyecto colectivo de cuestionar diferentes formas de opresión y la emergencia de condiciones sociales para que las grandes mayorías populares vivan una vida plena (Wright, 1994 [2010]), algo que no es posible en el sistema capitalista.

Siguiendo esta definición puede haber diversos caminos para desarrollar una ciencia social crítica del capitalismo y orientada a objetivos emancipatorios. Por ejemplo, podemos mencionar investigaciones enmarcadas en la ecología política crítica del extractivismo y la depredación ambiental, estudios feministas que analizan críticamente el entrelazamiento entre capitalismo y patriarcado o algunas de las investigaciones e intervenciones de Pierre Boudieu diseccionando la violencia simbólica que reforzaba la dominación de los sectores populares durante la fase neoliberal del capitalismo. De las diferentes vertientes de sociología crítica mi trabajo de investigación se enmarca en la propuesta del marxismo sociológico (Burawoy y Wright, 2002), que utiliza los métodos más avanzados de la sociología para diagnosticar las causas y consecuencias de la desigualdad de clases asociada a las dinámicas de explotación capitalista, evaluar estrategias de superación de estas desigualdades y las posibilidades de funcionamiento de un sistema social alternativo basado en la democratización de la producción y el reparto igualitario del producto social (i.e. socialismo).

El hallazgo de la solidaridad entre trabajadores formales e informales en la zona norte del conurbano, por ejemplo, demuestra que más allá de diferentes inserciones laborales, bajo determinadas condiciones ambos grupos de trabajadores pueden desarrollar estrategias de lucha unificadas. En particular, la investigación muestra que la emergencia de un sindicalismo de base y democrático fue una condición necesaria para el desarrollo de estrategias de acción colectiva orientadas a unificar a las demandas de diferentes fracciones de la clase trabajadora. Por el contrario, la hegemonía en el lugar de trabajo por parte de sindicatos de orientación burocrática y las lógicas clientelares impuestas desde arriba por funcionarios y punteros en los barrios fueron un impedimento para la emergencia y/o el desarrollo de este tipo de estrategias inclusivas.

Algunos se podrían preguntar por qué estos resultados son relevantes siendo que la mayor parte del movimiento obrero está de hecho bajo direcciones burocráticas que bloquean el desarrollo de estrategias solidarias. El motivo es que la sociología no debe ocuparse sólo de lo posible o lo predominante, sino también desarrollar un conocimiento científico de las estrategias que intentan trascender los límites del sistema social existente (Wright, 2016). Estos pueden ser gérmenes de un sistema social alternativo (como las empresas recuperadas) o estrategias para combatir más eficazmente las dinámicas de explotación y dominación que caracterizan el capitalismo. La evidencia de mis investigaciones muestra que incluso en contextos desfavorables de sindicatos burocráticos y precarización laboral, el sindicalismo de base y democrático logró construir alianzas que unificaron al núcleo formal del proletariado con las fracciones precarias e informales de la clase trabajadora. La capacidad del movimiento obrero de enfrentar la actual crisis económica y ajuste regresivo en marcha depende del éxito de este tipo de estrategias. Es una de las tareas de la sociología anticapitalista comprender las potencialidades y los obstáculos para su desarrollo.

 

Referencias

Bourdieu, Pierre y Loic Wacquant (2008) Una invitación a la sociología reflexiva, Buenos Aires: Siglo XXI Editores.

Burawoy, Michael y Erik O. Wright (2002) “Sociological Marxism” en Jonhatan Turner (ed.) Handbook of Sociological Theory, Nueva York: Kluwer Academics/Plenum Publishers.

Elbert, Rodolfo (2013). “’Uniting What Capital Divides’: Union Organizing in the Workplace and the Community under the New Politics of Labor Informality in Argentina (2003-2011)”. Tesis Doctoral, Universidad de Wisconsin-Madison (mimeo).

Gonzalez, Pablo (2016) “Jugada preparada” https://elgatoylacaja.com.ar/jugada-preparada/ publicada el 27 de Diciembre de 2016, consultada el 18 de abril de 2017

Standing, Guy (2011). The Precariat. The New Dangerous Class. Londres: Bloomsbury.

Wright, Erik Olin (2010[1994]) Preguntas a la desigualdad. Ensayos sobre análisis de clase, socialismo y marxismo, Bogotá: Universidad Nacional del Rosario.

Wright, Erik Olin (2015) “How to be an Anticapitalist Today?” https://www.jacobinmag.com/2015/12/erik-olin-wright-real-utopias-anticapitalism-democracy/ publicada el 2 de Diciembre de 2015, consultada el 19 de abril de 2017.

 

[1] Si bien se dio mucha publicidad a los ataques que recibió la comunidad científica, también las redes sociales dieron muestras de solidaridad y compromiso con el desarrollo científico. La cuenta de twitter de @JcpBuenosaires, por ejemplo, pasó de tener 20 seguidores a más de 800 después de la toma del Mincyt y hashtags difundidos por la comunidad científica llegaron a ser trending topic durante varios momentos durante el conflicto.

[2] No voy a evaluar aquí la sinceridad de estos objetivos. Sólo cabe mencionar que estos funcionarios expresaban una supuesta preocupación por crear empleos de calidad mientras implementaban un ajuste que dejó a más de 500 investigadores sin un trabajo estable para el cual habían sido evaluados positivamente.

Rafael Blanco – Géneros y sexualidad en el espacio universitario

La escena es doméstica. En  una conversación familiar alguien se dirige hacia mí y dice: “me da vergüenza el tema y no entiendo cómo el CONICET financia eso”. Es mediados del 2007; yo transitaba los primeros meses como becario doctoral de ese organismo y comenzaba un trabajo de investigación que articulaba “cosas” aparentemente sin relación: las regulaciones de los géneros y la producción de discursos sobre la sexualidad con el espacio universitario[1]. El comentario no se fundaba sólo en un desconocimiento de las reglas de la investigación social, de sus lenguajes, formas de comunicación y construcción de problemas propios. La aseveración proferida, con el sintomático “vergüenza”, contenía dos afirmaciones explicitas pero otras podían inferirse: hay temas que a priori valen la pena ser investigados y otros que no, “la ciencia” es algo que estudia cosas bien distintas a esas, deben haber fallado los mecanismos de evaluación: se está financiando la escritura de un diario íntimo, un trabajo con esas características parece no ser más que una actividad terapéutica para la tramitación de cuestiones personales.

Casi diez años después aquellas palabras resonaron nuevamente familiares. Cuando en diciembre de 2016 en el marco del proceso de ajuste iniciado en el Ministerio de Ciencia y Tecnología de Argentina se produjeron distintos ataques a investigaciones, investigadores e investigadoras del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) en las redes sociales y medios de comunicación, el blanco privilegiado fueron las ciencias sociales. Como una deriva específica, un énfasis especial lo tuvieron aquellas publicaciones abocadas al análisis de procesos y problemas que atendían a la educación sexual, las sexualidades disidentes, las transformaciones en las experiencias erótico-afectivas entre jóvenes, los nuevos lenguajes y prácticas de los colectivos de mujeres, entre otras.  Muchas de estas investigaciones fueron motivadas por las transformaciones aceleradas que desde el 2002 y por espacio de una década se produjeron en los órdenes público, privado e íntimo y que dieron lugar a un nuevo entramado normativo respecto de “cuestiones personales” (salud sexual y reproductiva, educación sexual, matrimonio igualitario, muerte digna, fertilización asistida, identidad de género, entre otras).

Estos cambios, las discusiones que se sucedían, las demandas que fueron surgiendo, dieron lugar a indagaciones situadas -entre las que inscribía mi propio trabajo y el de los equipos en los que me desempeño- como así también a numerosas tesis doctorales y artículos en revistas en el heterogéneo espectro de las ciencias sociales. Estas buscaron interrogar de qué modo las transformaciones jurídicas se encarnaban en los espacios de trabajo y de estudio, en las interacciones cotidianas, en los lazos afectivos, en los productos de la industria cultural, como así también dar cuenta de los procesos de politización de aspectos de la vida social antes considerados domésticos, íntimos, individuales[2].

Vergüenza, asco, la desautorización desde alguna superioridad moral que el chiste, la ridiculización o la ironía suelen arropar, tramaron las opiniones que afloraron en los febriles días de diciembre para impugnar una variedad de investigaciones y –en un desplazamiento sin mediación-  despreciar a las personas que las llevaban a cabo. Si los ataques fueron dirigidos en gran parte por trolls desde call-centers paraestatales es algo que no tiene importancia. Al menos no para el contenido de lo que se sostenía y que merece ser retomado, ya que posiblemente ese desprecio no se trate de una aventura cibernética sin pregnancia alguna en la opinión corriente, sino de una posición que goza de un relativo consenso, dentro y fuera de la comunidad científica y universitaria.

Con una diferencia en los tonos y registros, entre colegas de disciplinas más cercanas o más lejanas, entre quienes compartimos la creencia respecto de la importancia del financiamiento público de la labor de investigación, existen también opiniones y posiciones cercanas a aquellas otras con las que convergen en señalar el carácter inútil y/o inaplicable de estas investigaciones, algo que a veces le es endilgado a las ciencias sociales en general. El debate más amplio sobre la utilidad y la aplicabilidad estructura las discusiones como una dicotomía que separa de manera tajante dos conjuntos. Por un lado, las investigaciones que contribuyen a la generación de riqueza y empleo, que posibilitan la aplicación práctica de sus resultados y “le cambian la vida a la gente”, y que por tanto sus temas y objetos de estudio merecen ser considerados. Por otro, están las que son hechas por mera curiosidad (o sin más, por una mezcla de voyeurismo y despilfarro estatal de recursos), aparentemente sin controles de calidad ni idoneidad, guiadas más por el capricho, el gusto, la arbitrariedad desvergonzada de quién la lleva adelante que por criterios científicos, equipos de trabajo, tradiciones o conocimiento acumulado.

Sin embargo, muchas de las investigaciones que versan sobre los temas desacreditados analizan o incluso se proponen incidir sobre inventos, tecnologías, dispositivos y técnicas varias.  La sexualidad es uno de esos inventos modernos: como analizó Michel Foucault (2002) es un dispositivo que surge en el siglo XVIII (antes, el discurso sobre “la carne” refería sólo una parte de lo que sexualidad nombra) y que atraviesa las prácticas pedagógicas, médicas, jurídicas, lo considerado normal y lo perverso o patológico, el deseo, la procreación o la familia. El modo de actuar de este dispositivo es regulando nuestro estar en el mundo tanto en la esfera pública como en la intimidad, y no como una fuerza “exterior”, extraña, que proviene de un lugar otro sino de un modo encarnado, propio, que el habla cotidiana llama “normal”. Frente a ese modo naturalizado de funcionamiento, las ciencias sociales buscan desentrañar las modalidades de producción de normalidad en las instituciones educativas, en los textos mediáticos, en los andamiajes legales. Por caso, en la dificultad actual para debatir –algo que empobrece nuestra vida democrática- la regulación del trabajo sexual, el aborto o la implementación efectiva de la Educación Sexual Integral se encuentran pistas certeras del funcionamiento de la sexualidad como tecnología de poder, es decir, como producción de un régimen específico, de un estado de las cosas (que es uno, pero que podría ser otro). Como un desvío y una crítica a los desarrollos de Foucault, Teresa de Lauretis (1996) conceptualizó lo que denominó como tecnologías del género para dar cuenta de las estrategias discursivas mediante las que se construye no sólo el dispositivo de la sexualidad sino también el devenir diferencial y múltiple de sujetos femeninos y masculinos. Cuestión crucial esta para comprender y buscar revertir en nuestro presente los feminicidios, los crímenes de odio y las situaciones cotidianas de hostigamiento, en días en los que los cuerpos de jóvenes de sectores populares parecen valer menos que otros ante la brutalidad policial o la violencia del patriarcado. Finalmente, la investigación social se ocupa de ese otro invento, de esa tecnología compleja que es el lenguaje, y no como un mero instrumento de comunicación, inocente, neutro, sino como una facultad para conceptualizar y organizar el mundo. Una de las formas que este adopta, con diversos contenidos, es la que Roland Barthes llama la doxa, es decir, “la Opinión pública, el Espíritu mayoritario, el Consenso pequeño- burgués, la Voz de lo Natural, la Violencia del Prejuicio” (2004:65). En los usos del lenguaje, las ciencias sociales atienden al funcionamiento del poder como producción de asimetría, como violencia simbólica, como construcción de otredad, operaciones estas con efectos prácticos concretos: no es sin discursos estigmatizadores, sin la producción de verdades acerca de los “cuerpos que importan” y los que no -al decir de Butler (2009)- sin la habilitación diferencial de formas de vivir el propio deseo, que se producen algunas de las injusticias que caracterizan nuestro presente como así también de las apuestas políticas más vigorosas, como son las inéditas movilizaciones de mujeres que se vienen produciendo.

El arbitrio, la curiosidad, las implicaciones biográficas y diversas contingencias forman parte de cualquier proceso de investigación, y eso no las vuelve objetables. Luego, hay investigaciones mejores y peores, más o menos logradas, pero eso nunca estuvo en discusión. El punto de los embates hacia las ciencias sociales, desde la escena doméstica del inicio al discurso estatal pasando por los comentarios de lectores o usuarios de redes sociales parece ser otro. Como nuevo sentido común, la investigación para la fabricación de productos -como vacunas o satélites- por parte de las llamadas “ciencias aplicadas” trazan la legitimidad de la labor científica toda. Hay en este fulgor por lo visible y lo tangible un olvido fundamental: el lugar que ocupan otros inventos, tecnologías y dispositivos como los acá mencionados, sociales e históricos, incluso inacabados o siempre en proceso. Pero vale la pena recordarlo, estos participan de un asunto muy caro a los mecanismos de funcionamiento del poder, de los distintos poderes, a menudo invisibilizado: el complejo ensamble fabril que envuelve la fabricación de sujetos y la producción de subjetividades.

Referencias bibliográficas

Barrancos, Dora. 2013. “Estudios de género y renovación de las Ciencias Sociales en Argentina”.  Asociación Argentina de Sociología. Revistas Horizontes Sociológicos 1(6): 224-237.

Barthes, Roland (2004), Roland Barthes por Roland Barthes. Barcelona: Paidós.

Butler, Judith (2009). Vida precaria. Buenos Aires: Paidós.

De Lauretis, Teresa (1996). “La tecnología del género”, en revista Mora Nº 2, IIEG, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires.

Foucault, M. (2002). Historia de la sexualidad: el uso de los placeres. México: Siglo XXI.

[1] Los resultados de esa investigación dieron lugar a mi tesis doctoral y fueron publicados en el libro Universidad íntima y sexualidades públicas. La gestión de la identidad en la experiencia estudiantil (Miño y Dávila, 2014). Es a partir de este trabajo que fui invitado a escribir en el presente dossier. Agradezco a mis compañeros/as del Grupo de Estudios sobre Sexualidades (IIGG/UBA) por los comentarios y aportes.

[2] La producción de tesis de posgrado relacionadas con mujeres, géneros y sexualidades ha tenido un crecimiento ascendente y sostenido en Argentina, y en particular a partir del crecimiento de las becas doctorales, posdoctorales y el crecimiento de la Carrera de Investigador de CONICET desde 2004 como señala Dora Barrancos (2013) en un balance realizado.

Cecilia Zapata – Crisis habitacional y desigualdad social en Buenos Aires

La ciencia y la tecnología argentina están en crisis. Los acontecimientos de diciembre pasado explicitaron una situación que ya se sentía desde el último año, pero que mostró su cara más brutal en las “fiestas” con 500 investigadores despedidos, investigaciones científicas desfinanciadas, equipos de investigación desguazados y las ciencias sociales y humanas siendo objeto de un fuerte cuestionamiento social. Este escenario puso en el centro de debate si el Estado debe financiar investigaciones en Ciencias Sociales. La realidad pareciera responder por si sola este interrogante.

Según investigaciones propias en base al último Censo de Población, Hogares y Viviendas, estadísticas del Gobierno de la Ciudad y fuentes alternativas, la Ciudad de Buenos Aires cuenta con 2.890.151 personas. Ese universo, emplazado en el centro económico de la Argentina, presenta profundas asimetrías que disponen una verdadera grieta a saldar, pero de la que no se habla.

A pesar de ser la ciudad que concentra las mayores riquezas del país, un cuarto de los porteños, más de 600 mil personas, viven bajo alguna condición de precariedad habitacional. Más de 200 mil personas habitan en villas. Unas 140 mil viven en hoteles e inquilinatos. Más de 200 mil son ocupantes de viviendas. Unas 17 mil personas viven en la calle. Más de 21 mil hogares porteños no tienen cloacas. Unos 89 mil hogares no tienen gas de red. Y casi 5 mil no tienen agua de red. Números que explican por sí mismos una situación habitacional en la que el mercado es ley y el Estado un actor que sólo consolida su presencia para garantizar las reglas del mercado y del sálvese quien pueda por sobre los derechos de su población.

Pero los problemas habitacionales de los porteños no terminan ahí. A esas cifras hay que sumarle la población que vive en complejos y núcleos habitacionales transitorios construidos por el mismo Estado que actualmente, por desidia y abandono, muestran problemas estructurales de magnitud. Distintos organismos contralores del Gobierno de la Ciudad (defensorías, la legislatura, etc.) denunciaron que más de 25 mil viviendas sociales (involucrando a casi 108 mil habitantes) se encuentran en situación de precariedad física y legal y en riesgo inminente de accidentes.

Y como se trata de un fenómeno dinámico, en pleno progreso y que posa sus tentáculos sobre la totalidad de los sectores, en los últimos años se profundizó (y extendió) el desarrollo de un mercado informal de alquiler en villas y hoteles e inquilinatos que dispararon el índice de inquilinos de la ciudad. Esta situación evidencia las restricciones que existen, por un lado, para acceder formalmente a un alquiler y, por otro, para que los sectores populares puedan acceder al crédito y a la (utópica por estos días) vivienda en propiedad.

Cifras que grafican las desigualdades de la ciudad más rica del país, que concentra las mayores oportunidades de cumplir con el sueño americano y con un PBI per cápita de aproximadamente USD 41.000, superior incluso al de varios países desarrollados de Europa. Y estas desigualdades se hacen palpables en el territorio, ya que los porteños del norte de la ciudad además de vivir en mejores condiciones urbanas, habitacionales y ambientales con acceso a mejores infraestructuras sociales, acumulan ingresos en promedio 70% superiores a los porteños del sur.

En ese territorio, como contracara del mismo fenómeno, es posible identificar casi 300 mil viviendas vacías (un 20% del parque habitacional de la ciudad, concentrado en el norte -a pesar que la mayoría de la población vive en el sur-) que se supone esperan mejores momentos para salir a la venta, en medio de una alarmante (y creciente) especulación inmobiliaria.

Los investigadores están donde no está el Estado

Ahora bien, trolls, “referentes de opinión” de redes sociales, periodistas y/o grandes medios, estigmatizan –desde el año pasado- a las ciencias sociales en base a prejuicios, mentiras y falacias. Tomaron un puñado de títulos de artículos de investigaciones científicas (que ni habrán leído en su integridad) y realizaron una campaña de desprestigio de los autores  investigadores, para desvalorizar nuestro trabajo. Que no sólo no conocen, sino que intencionalmente banalizan. Apoyada en esta campaña, los decisores de políticas públicas decidieron que el peso del ajuste caiga específicamente en el área.

Pero el desarrollo de investigaciones en ciencias sociales y humanas ha demostrado a las claras que no es una “mala inversión”. Por el contrario, los resultados de investigaciones científicas de esta área produjeron saberes que impactan en la vida social. Permiten, por ejemplo, entender mejor el mundo en el que vivimos, cómo nos organizamos, como reproducimos nuestra vida social, las formas que asume la pobreza (y también la riqueza), quiénes somos, cómo son nuestra instituciones; aporta ideas, conceptos e informaciones a debates de actualidad y, fundamentalmente; aporta empiria para el desarrollo de políticas públicas que busquen resolver los problemas reales y (mayormente) olvidados.  

Específicamente en mi área de estudio (el urbanismo desde un abordaje social), caracterizar la problemática habitacional local y nacional, estudiar las políticas públicas ejecutadas y producir propuestas integrales de solución, atadas a una lógica de derecho, me pone al servicio de lo que 600 mil porteños necesitan y se les niega. Comprender acabadamente la problemática habitacional para poder aportar al debate de soluciones es una tarea fundamental para la ciencia argentina. Más aun siendo una temática entregada por el Estado al mercado en un juego de roles complementarios, que impacta con distinta intensidad en el deterioro de la vida de millones de argentinos.

Clara la relevancia de los trabajos, el recorte a las ciencias sociales no es otra cosa que un ladrillo más en la pared de la retirada del Estado de la vida de los argentinos y un intento de silenciar todo aquello que no le es funcional en ese proceso.

Sandra Carli – Sociabilidad y experiencias universitarias

La incursión en los “estudios sobre la universidad pública” hace ya más de una década, en el marco de investigaciones desarrolladas en el Instituto Gino Germani[1], resultó una aventura intelectual y político-académica.  La pregunta por la experiencia universitaria -en los inicios sobre la experiencia estudiantil y en los últimos años sobre las biografías de profesores y profesoras de ciencias sociales y humanas-,  abrió un campo fértil de indagaciones, no solo por sus resultados académicos sino por las derivaciones y apropiaciones en otros ámbitos.  Cabe señalar que cuando comenzaban las primeras investigaciones, se producía en la Universidad de Buenos Aires un debate sobre el estatuto universitario, luego de una convulsiva elección de Rector.  Por otra parte, en el contexto nacional las nuevas políticas en educación superior y en ciencia y técnica ponían en un plano de mayor relevancia y visibilidad problemáticas vinculadas con la formación universitaria y la producción científica.

Permeada por el impacto de la crisis de los años 2001/2002 sobre las universidades públicas,  la investigación sobre la experiencia estudiantil en las Facultades de Filosofía y Letras y de Ciencias Sociales durante lo que denominé el período de crisis[2], entre mediados de la década del 90 del siglo XX y los primeros años del siglo XXI, permitió  explorar la vida universitaria desde una nueva perspectiva, atenta sobre todo a las experiencias de sociabilidad [3], siendo esta una categoría también potente para leer distintos fenómenos (experiencias urbanas y suburbanas, dinámicas comunitarias, lazos entre pares, identificaciones políticas, entre otros).

Los relatos biográficos de estudiantes al mismo tiempo que daban forma a una visión sobre la experiencia transcurrida desde el ingreso hasta la graduación, en un ciclo histórico en el que debieron desarrollar diversas tácticas para permanecer en facultades con una fuerte debilidad estratégica y en un contexto de crisis social generalizada, ofrecían una mirada compleja sobre las instituciones.  En este sentido, si el interés inicial había sido auscultar la experiencia estudiantil, poniendo en discusión la categoría “estudiantes” en ocasiones subsumida en la de “movimiento estudiantil”,  en un segundo momento determinados aspectos institucionales adquirían relevancia  (las luces y sombras del ingreso irrestricto, la mitificación y desacralización de las clases teóricas, los usos públicos o privados de los espacios institucionales, las dinámicas vinculadas con el mundo de los libros y los apuntes, la cultura material de las instituciones, las demoras en la graduación, entre otras).

Al mismo tiempo la relación clásica entre estudiantes y política se releía a la luz de las transformaciones de esos años, ligadas con la declinación de agrupaciones vinculadas con el radicalismo y la emergencia de fuerzas de izquierda independiente y partidaria, así como el activismo estudiantil en organizaciones y movimientos sociales extrauniversitarios. En este sentido, la investigación dio elementos también para una caracterización histórica del movimiento estudiantil durante el período y alentó incursiones en períodos anteriores[4], para comprender la emergencia de tradiciones políticas diferenciales respecto de la formación universitaria y de la participación política de la juventud.

Tomando en cuenta las clásicas polarizaciones que han estado presente en el debate público entre ciencia básica/ciencia aplicada, podría señalar que estas investigaciones produjeron nuevos conocimientos sobre la experiencia estudiantil y las instituciones universitarias, tanto desde una perspectiva sociocultural como histórica, pero al mismo tiempo esos conocimientos fueron insumos valorados en otros ámbitos (universidades, secretarías académicas de facultades, sindicatos universitarios) para ahondar en cuestiones específicas (deserción, primeros años universitarios, prácticas de lectura y escritura estudiantil). También propiciaron miradas comparadas, en tanto la tradición de las universidades públicas en la Argentina presenta rasgos singulares, frente a la tradición restrictiva de las universidades públicas en Brasil, por poner un ejemplo[5].

La investigación sobre la experiencia estudiantil puso en primer plano cómo se generan identificaciones o desidentificaciones con la docencia universitaria; pero también los avatares cotidianos de los procesos de producción, transmisión y apropiación del conocimiento[6]. Ello generó en los últimos años la incursión en las experiencias de profesores y profesoras, en la reconstrucción de biografías académicas de una generación que ha tenido y tiene un papel crucial en la configuración de las humanidades y las ciencias sociales[7].  Si la historia intelectual, la historia de la ciencia y la historia de las disciplinas han aportado investigaciones para comprender la producción de este campo, los enfoques biográficos permiten ahondar en el papel que los sujetos individuales y colectivos han tenido en la emergencia, desarrollo e institucionalización de áreas de conocimiento, bajo el telón de fondo en la Argentina de instituciones signadas por procesos de crisis e inestabilidad permanentes. El devenir de esas biografías revela que la “utilidad” de las humanidades y las ciencias sociales ha sido siempre intensa.  En contextos de transformación política y social pero también de adversidad,  los itinerarios biográficos dan cuenta de la producción de conocimiento científico,  el aporte a las políticas públicas, la colaboración con las organizaciones y movimientos de la sociedad civil, el enriquecimiento del mundo editorial, la intervención en la opinión pública y  la divulgación cultural,  y la persistencia del pensamiento crítico en las aulas y fuera de ellas.

[1] Véase Programa de estudios sobre la Universidad Pública (PESUP). En: http://pesupiigg.sociales.uba.ar/?page_id=708

[2] Carli, S. (2012) El estudiante universitario. Hacia una historia del presente de la educación pública. Buenos Aires: Siglo XXI.

[3] Carli, S.  (2014). “La sociabilidad estudiantil en las universidades públicas. Perspectivas teóricas y horizontes de investigación”. Revista Pensamiento Universitario año 16, no 16, octubre/2014.

[4] Carli, S. (2014). Entre la formación cultural y la educación política de los estudiantes universitarios. Las visiones sobre la universidad del rector Risieri Frondizi y del intelectual Juan José Hernández Arregui (1955-1973). En Carli (direc. y comp.)  2014). Universidad pública y experiencia estudiantil. Historia, política y vida cotidiana. Buenos Aires: Miño y Dávila.

[5] Carli, S. y Aveiro, M. (2015). A propósito de Darcy Ribeiro: conexiones e intercambios de ideas y experiencias universitarias con intelectuales argentinos. En Pimenta Rocha, H. y Borges Salvadori, M.A. Entre Brasil e Argentina. Miradas da Historia da Educação.  Brasil: Colección Edvecere-CAPES/ SECYT.

[6] Carli, S. (2012). Conocimiento y Universidad en el escenario global. La crítica al universalismo y la dimensión de la experiencia. En Buenfil Burgos, R.N., Fuentes, S. y Treviño, E. (coord). Giros teóricos II. Diálogos y debates en las Ciencias Sociales y Humanidades, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México, México.

[7]  Entre otras producciones: Carli, S. (2015).  Hacer sociología, entre la  historia reciente y el tiempo presente. Itinerarios biográficos y académicos de mujeres universitarias. En: Remedi Allione, Eduardo y Rosalba G. Ramírez García (Coords.) Los científicos y su quehacer. Perspectivas en los estudios sobre trayectorias, producciones y quehaceres científicos. México: ANUIES, 440 pp.; (2014) Las ciencias sociales en la Argentina: itinerarios intelectuales, disciplinas académicas y pasiones políticas. Revista Nómadas No 41,  octubre de 2014,  Universidad Central, Colombia; (2013) El viaje de conocimiento en las humanidades y las ciencias sociales. Un estudio de caso sobre profesores universitarios en la Argentina durante la segunda mitad del siglo XX. Historia de la Educación. Anuario. Vol. 14, No2. 2013. Carli, S. (2016) Adriana Puiggrós. Ensayo de una biografía incompleta: el exilio mexicano y la génesis del pensamiento crítico sobre la educación en América Latina (1974-1984). Historia de la Educación. Anuario. Vol.17, No2.

Néstor Cohen – Diversidad étnica y desigualdad social

Una nueva categoría ha surgido en estos tiempos participando del debate científico, y por fuera de él también, que algunos pretenden ubicar en un lugar de privilegio. Me refiero a la llamada “inutilidad de las Ciencias Sociales”. Las primeras preguntas y reflexiones que podemos formularnos ante su presencia son ¿en qué consiste la utilidad de una ciencia? ¿Cómo se la evalúa? ¿Quiénes son los destinatarios, beneficiarios, de su utilidad? ¿Las otras ciencias, siempre, producen resultados útiles? Podremos debatir, discutir, criticar cómo se produce conocimiento, la pertinencia teórica o metodológica, la oportunidad de esa producción, para quién se lo produce, las fuentes de financiamiento, etcétera, pero en tanto es el fin primero de la ciencia, toda vez que se ha producido conocimiento se vacía cualquier comentario acerca de su nivel de utilidad. En otras palabras, si el conocimiento es científico significa que ha respetado los estándares de la ciencia. Para ello, todo proceso de producción de conocimiento es sometido a diferentes evaluaciones, referatos, tribunales. En tales evaluaciones no se aplica como indicador el nivel de utilidad, porque aportar al conocimiento de un fenómeno es útil en sí mismo. Negar esta afirmación, oponerse a ella, podría llevar a preguntarse qué es más útil ¿aportar conocimiento al fenómeno de la pobreza o al desarrollo de un nuevo antibiótico? Formularse esta pregunta implica reflexionar sobre qué muerte es más importante ¿aquella causada por la pobreza o la causada por una bacteria? De quién se tendría que ocupar la ciencia, ¿de los pobres o de los enfermos? En la misma línea de pensamiento podríamos preguntarnos qué es más útil ¿investigar sobre la discriminación étnica, de género, el bullying escolar o el desarrollo de un nuevo agroquímico? De quién se tendría que ocupar la ciencia ¿de las grupos estigmatizados, marginados, inferiorizados o de la calidad de la producción agropecuaria? Qué es más útil ¿evaluar los resultados de una política social en el ámbito público de la educación o evaluar la tasa de absorción específica de los teléfonos celulares? De quién se tendría que ocupar la ciencia ¿de contribuir a una mejor educación pública o contribuir a mejorar la calidad de los celulares? Infinitas preguntas similares a éstas surgen cuando el debate acerca de la ciencia, se concentra en torno a la utilidad de su producción. Para responderlas sólo puede hacerse desde la defensa de los intereses de los grupos dominantes o desde el mundo de la estupidez, pero jamás podrá darse respuesta desde la ciencia misma.

Las Ciencias Sociales han sido señaladas (con intencionalidad acusatoria), desde algunos lugares, como ciencias abstractas y productoras de un conocimiento inútil. Estas ciencias están integradas por varias disciplinas, la sociología es una de ellas. Entre quienes producimos conocimiento sociológico, algunos nos dedicamos a trabajar sobre las migraciones externas. En mi caso lo hago desde hace 20 años y mis problemas de investigación han estado vinculados a la diversidad étnica. Me involucré en esa temática para tratar de responder a preguntas que me formulaba, y nos formulábamos, respecto a la realidad en la que participábamos en la calle, en las instituciones, en el ámbito de la vida privada, en relación a las colectividades migrantes de los países limítrofes y de aquellas de origen asiático. Desde diferentes espacios públicos y privados, desde la prensa, desde el poder político, desde los ámbitos empresario y sindical, desde las fuerzas de seguridad, a lo largo de la década de 1990, se instaló un discurso estigmatizante y persecutorio de estas colectividades. Sólo desde las ciencias sociales se podía aportar conocimiento que visibilizara, denunciara y, por lo tanto, contribuyera a confrontar con un discurso que se había naturalizado y culpabilizaba a estos migrantes del crecimiento sostenido de los índices de desocupación, del delito, de la presencia del cólera, del uso abusivo de los servicios públicos, entre otras acusaciones que se formulaban día a día.

Nuestra preocupación ha sido y sigue siendo, hacer visible lo invisible de la diversidad étnica. En otras palabras, significa hacer visible la mutación de la diversidad en desigualdad social y económica, hacer visible que en nuestro país contamos con un muy buen marco normativo que regula la presencia de los migrantes, pero esto no garantiza un fluido acceso a derechos, hacer visible que la combinación de desigualdad con dificultades en el acceso a derechos son condiciones necesarias y suficientes para generar escenarios de vulnerabilidad, de relaciones sociales de dominación, con obstáculos a la participación social, económica y política. Nos ha preocupado y nos preocupa hacer visibles las fronteras simbólicas que fragmentan el espacio urbano, pero también los microespacios en las escuelas, los hospitales, el ámbito laboral, la justicia, etcétera. Nos ha preocupado y nos preocupa esta falsa clasificación que da cuenta de buenas migraciones y malas migraciones, ejemplificando con las migraciones ultramarinas de fines del siglo XIX y parte del siglo XX y las migraciones recientes, principalmente las provenientes de los países limítrofes y Perú. Nunca nos hemos preguntado acerca de la utilidad de lo que investigamos, siempre nos hemos ocupado en producir conocimiento que contribuya a mejorar las condiciones de vida, el acceso a derecho, de las poblaciones migrantes.

Esta muy breve presentación que he hecho de nuestro trabajo como investigadores, es un ejemplo entre muchos más que resultan de la tarea que investigadores e investigadoras de las ciencias sociales realizamos cotidianamente a lo largo de nuestro país en universidades, CONICET, centros de investigación y otras instituciones públicas y privadas. La salud, el medio ambiente, la educación, el género, los partidos políticos, las migraciones externas e internas, los pueblos originarios, el trabajo, la comunicación, el espacio urbano y el rural, el delito, la cultura, entre otros ámbitos o manifestaciones de la sociedad civil y política, cuentan con insumos que contribuyen a su desarrollo provenientes de las ciencias sociales.

Cabe preguntarse, entonces, por qué esta descalificación, esta estigmatización. Es posible que surjan diferentes respuestas, algunas estarán más cerca y otras más alejadas de las verdaderas motivaciones. Considero que una de las respuestas posible expresa que en este conflicto hay una disputa por los recursos escasos. En este sentido, asociar las ciencias sociales a la inutilidad, intenta legitimar cualquier decisión que se tome respecto a limitar, coartar, el acceso de estas ciencias al financiamiento. Pero debemos entender, también, a estas actitudes como la expresión del temor a la producción de un conocimiento crítico que cuestiona las relaciones de dominación existentes, que visibiliza a los sectores vulnerables y que se pregunta por una sociedad más justa. Ciencia sin financiamiento es ciencia silenciada: doble beneficio para quienes están detrás de este objetivo.

Nicolás Dvoskin – Historia de las ideas económicas

Me llamo Nicolás Dvoskin y soy Magíster en Historia Económica y Doctor en Ciencias Sociales. Me dedico al análisis de la Historia de las Ideas económicas en la Argentina. Mi tesis doctoral consistió en un estudio del discurso económico presente en los distintos debates sobre la reforma de la seguridad social argentina entre 1957 y 1994, mientras que mi investigación posdoctoral actual se centra en la misma temática, pero tomando como caso las políticas de vivienda. Mi trabajo consiste en ir a archivos y bibliotecas, bucear entre cajas de documentos y navegar por repositorios digitales buscando información, para después analizarla, compararla y obtener resultados.

La pregunta central de mis investigaciones es cómo se reciben, adaptan, escriben, difunden, generalizan y desaparecen las distintas ideas económicas que conforman el discurso social. Es decir, cuáles son las condiciones de posibilidad y contextos tanto empíricos como intelectuales que favorecen que en determinado momento del tiempo se pongan de moda ciertas ideas y en otro momento otras. Para ello, me interesan en particular los discursos públicos: alocuciones de referentes y funcionarios, notas en diarios y revistas de alcance nacional, leyes, documentos oficiales, etc. Me interesa analizar cómo se fundamentan, justifican y critican los distintos proyectos de reforma de las políticas públicas, y es en ese “cómo” donde puedo rastrear la presencia o ausencia de determinadas teorías o ideas económicas.

No elegí estudiar la seguridad social por una preocupación particular por la temática en sí, sino porque la entendí como un campo propicio para mis investigaciones sobre historia de las ideas económicas: es un tema que ha estado permanentemente en agenda. A lo largo del siglo XX ha sufrido cambios normativos muy importantes, distintos sectores sociales, partidos políticos, corporaciones e intelectuales se han referido a ella y, sobre todo, en los debates acerca de sus reformas se pueden encontrar referencias a problemas tales como la inflación, el desempleo, la distribución del ingreso, el rol del Estado, el crecimiento económico o los modelos de desarrollo, entre otros. Cuando decidí estudiar las políticas de vivienda lo hice, entre otras cosas, porque entendí que había una temática central de la economía argentina que no aparecía referida en los debates sobre la reforma de la seguridad social, pero sí  podría encontrarse en el nuevo tema: la renta de la tierra.

Encontré relaciones muy fuertes entre los climas intelectuales a nivel mundial, las lecturas argentinas y latinoamericanas y las propuestas de reforma. Por ejemplo, entre los ‘40 y mediados de los ‘60 el diagnóstico más difundido sobre la situación argentina era el del subdesarrollo: se entendía que la economía argentina tenía menor productividad que la de los países centrales y que era necesario encauzar, desde el Estado, procesos acelerados de desarrollo económico por la vía de la industrialización sustitutiva. Los imaginarios sociales referían a una sociedad de pleno empleo, en la que, en un futuro próximo, no habría más pobreza ni penurias sociales. En este marco, las políticas sociales y de seguridad social debían ser homogéneas y contributivas: todos debían acceder de la misma manera, y las prestaciones se financiarían desde los aportes sobre la nómina salarial. Si todas las personas tienen trabajo registrado, un sistema contributivo genera una protección universal. En este marco, una de las funciones de la seguridad social es asegurar que los trabajadores puedan seguir consumiendo después de agotada su vida activa o mientras están temporalmente desempleados.

A mediados de los ‘60 se registra un leve viraje: del diagnóstico del subdesarrollo pasamos al de la heterogeneidad estructural. La economía argentina no sería ya catalogada como meramente atrasada, sino que se haría hincapié en la coexistencia de sectores de alta productividad, que habían acogido los frutos de las políticas de industrialización de las décadas anteriores, con otros de productividad mucho más baja. Ante este escenario, la política social y la seguridad social se transforman: se abandonan las pretensiones de homogeneidad y se plantea como deseable que algunos sectores o regiones puedan acceder a protecciones no contributivas, financiadas por el Estado. Más aun, se empieza a pensar, en Argentina y en América Latina, que la seguridad social ampliada puede ser un medio para el desarrollo, una condición necesaria de su encauce.

A partir de la última dictadura, los consensos hegemónicos empezarán a cambiar, pero el nuevo paradigma se impondrá recién en los ‘90. Ahora el diagnóstico de la economía argentina será el de un mercado emergente. Se sostendrá que la industrialización sustitutiva había sido un fracaso, que las industrias nacionales siempre fueron deficitarias y que es necesario volver a una Argentina exportadora de productos agropecuarios, a lo que se agregarán los servicios financieros. Sin una industria que sostener y sin una producción nacional que garantizar la seguridad social se convierte en una carga; deja de ser una solución y se convierte en un problema. Entonces hay que transformarla. He ahí la clave argumental de la privatización: si los aportes a la seguridad social pasan por las aceitadas ruedas de la bicicleta financiera, podrán canalizarse a inversiones productivas, tecnológicas, de última moda, de fin de siglo.

Hacia la primera década del siglo XXI, crisis del neoliberalismo mediante, volverá a cambiar el diagnóstico hacia algo parecido a la vieja heterogeneidad estructural, pero con utopías más escuetas. El kirchnerismo propondrá como misión el desarrollo económico con inclusión social, reconocerá que el crecimiento económico no puede ser la solución a la precariedad y la marginalidad, y lanzará políticas masivas –moratorias y AUH- tendientes a amortiguar y contener. Las políticas sociales no serán necesariamente precondiciones económicas del desarrollo, o lo serán parcialmente, pero sí serán sostenes políticos y sociales de un modelo de crecimiento, bajo desempleo, mejor distribución del ingreso, lenta reindustrialización y aun más lenta autonomización de la dependencia respecto de las exportaciones primarias.

En síntesis, las distintas políticas públicas implementadas son inescindibles de sus contextos de formulación. La posibilidad de poner en práctica una propuesta no sólo está limitada por su financiamiento, su operativización o los acuerdos políticos para lograrla, sino, también, por los consensos sociales a su alrededor. Si queremos proponer políticas públicas e intentamos tomar como referencia a las experiencias del pasado, el tener en cuenta los contextos intelectuales, los consensos sociales y las ideas dominantes en cada momento resulta imprescindible. O, en todo caso, si queremos poner en práctica una idea resulta necesario promover los distintos consensos sociales que la legitimen y la sostengan. La historia de las ideas tiene mucho que aportar al análisis y la implementación de políticas públicas en la actualidad.

[ENTREVISTA A EZEQUIEL ADAMOVSKY] “La ideología del emprendedorismo es lo que está detrás de la política científica de este gobierno”

Por Fernando Toyos

Ezequiel Adamovsky es Doctor en Historia por University College London (UCL) y Licenciado en Historia por la Universidad de Buenos Aires. Ha sido Investigador Invitado en el Centro Nacional de Investigaciones Científicas (CNRS) en Francia y  actualmente se desempeña como Investigador Independiente del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y como profesor de la Universidad Nacional de San Martín y de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Sus investigaciones han girado en torno de la historia intelectual europea y la historia de las clases medias y populares en Argentina. Ha pubicado numerosos artículos en revistas académicas. Es autor de los libros Euro-Orientalism: Liberal Ideology and the Image of Russia in France, c. 1740–1880 (Oxford, Peter Lang, 2006) e Historia de la clase media argentina: Apogeo y decadencia de una ilusión, 1919-2003 (Buenos Aires, Planeta, 2009), entre otros. Ha obtenido el James Alexander Robertson Memorial Prize (2009), el Premio Nacional (Primer premio categoría historia, 2013) y el Premio Bernardo Houssay (2016).

FT: A partir del conflicto desatado a fines del año pasado respecto de los y las postulantes para el ingreso a Carrera del Investigador que fueron recomendados pero no ingresaron, adquiriendo estado público a partir de la toma del Ministerio de Ciencia y Técnica, ¿qué balance puede realizarse de aquellas jornadas? ¿En qué medida lo acordado cerró el conflicto, y en qué medida quedaron conflictos latentes?

EA: El conflicto claramente no está cerrado en la medida en que el Ministerio todavía no dio respuestas concretas a los planteamientos. La lucha de diciembre consiguió un “cuarto intermedio”, digamos, y abrió una ventana de diálogo a ver si se soluciona el conflicto. Yo no estoy entre los que están motorizando el reclamo, pero en su momento me pareció sensata la postura de la mayoría de las organizaciones que conducían de aceptar lo que ofrecía el Ministerio y levantar la toma. Se venía Navidad y luego de las fiestas el gobierno no iba a tener incentivo para levantar urgente la toma y, a su vez, iba a ser muy difícil sostenerla en enero y febrero. Se corría el riesgo de terminar en una derrota total, lo que habría sido catastrófico. En ese sentido mi balance es módicamente positivo. Se avanzó algo también en la coordinación entre disciplinas y a nivel nacional, partiendo de la desconexión total que había en diciembre. Y en un terreno muy desigual, creo que se consiguió sensibilizar a la población sobre el tema. Las encuestas que manejaba el gobierno y que se hicieron públicas, indicaban que la mayoría de la población, incluyendo los que habían votado al gobierno, veían con desagrado el desfinanciamiento de la ciencia. Conozco gente capaz de justificar cualquier cosa al gobierno, pero que con este tema no pudo.

Queda un conflicto latente, más allá de la situación de los becarios de diciembre, que me temo que se va a proyectar en los próximos años. Es evidente que este gobierno no tiene ninguna intención de cumplir su promesa de campaña de llevar la inversión en CyT al 1,5% del PBI. La está bajando y nada indica que vaya a revertir eso en los años próximos. Fue uno de los tantos engaños de la campaña. Por otra parte, es evidente –porque lo dicen los funcionarios del MINCyT con todas las letras– que hay un proyecto de poner cada vez más la investigación pública al servicio de las necesidades de la acumulación de capital (y de las empresas en particular). En medio de la toma, en la reunión que mantuvimos los premios Houssay con las autoridades, nos dijeron de manera explícita que el proyecto era que cada investigador pudiera convertirse en un “emprendedor”. Esto es literal: así lo dijeron. La ideología del emprendedorismo es lo que está detrás de la política científica de este gobierno. Evidentemente es una visión ruinosa para cualquier horizonte de desarrollo científico que uno piense, así que, lamentablemente, imagino que seguirá habiendo conflictos en el futuro.

FT: La toma del MINCyT disparó un debate en el seno de la sociedad respecto de la utilidad o inutilidad del financiamiento público a la investigación científica, ¿qué reflexión te merecen las opiniones vertidas en esa polémica? ¿Qué concepto entendés que predomina en la sociedad respecto de la relevancia de financiar la investigación científica desde la esfera pública?

EA: Creo que hay una especie de sentido común de la clase política, compartido por una parte de la comunidad científica, según el cual la investigación es “útil” si contribuye al crecimiento de la economía, genera puestos de trabajo, etc. Este gobierno profundizó esa visión, pero hay que decir que es una visión que compartía Cristina Kirchner también. No es casual que el Ministro de CyT haya continuado. Tiene razón Barañao cuando dice que lo que él está haciendo, su orientación, es la que Cristina Kirchner aprobaba entusiasta anteriormente. Me refiero a la orientación de la inversión, no al recorte presupuestario. Lamentablemente ese sentido común también es dominante en la población en general, me temo, incluso entre los que no son hostiles al CONICET o particularmente de derecha.

La idea  de que la ciencia debe orientarse al crecimiento económico y a las necesidades de las empresas es una visión evidentemente ideologizada y empobrecedora. La ciencia puede contribuir a eso, pero su misión no puede agotarse allí. Hay veces en que la ciencia debe plantarse claramente en oposición a los intereses empresariales. Doy un ejemplo conocido: aumentar el uso de transgénicos es del interés de los empresarios rurales, de Monsanto y de los políticos que quieren ampliar sus arcas. Desde la visión científica de la conducción del MINCyT (la de tiempos kirchneristas y la actual), la ciencia debe contribuir a eso. Pero las evidencias científicas hacen cada vez más claro que ese tipo de actividad económica, organizada de esa manera, es ruinosa para la mayoría de la población en el mediano plazo. El modelo sojero actual nos envenena con glifosato, está generando una crisis sanitaria alarmante, empobrece los suelos, los hace más impermeables generando inundaciones, produce un despoblamiento del campo y pérdida de fuentes de trabajo. Una política de CyT seria estaría hoy invirtiendo en generar alternativas viables a este modelo. En cambio, la que tenemos se pone a su servicio. Tanto, como para haber no sólo marginado sino incluso atacado a los científicos que advirtieron por primera vez sobre los efectos del glifosato sobre la salud. Todos recordamos a Andrés Carrasco, que estuvo entre los primeros científicos del mundo en demostrar, sobre base empírica, que el glifosato es una calamidad. Hoy es algo que dice hasta la OMS. Carrasco debería ser un héroe nacional. Pero en cambio, cuando dio a publicidad sus descubrimientos de laboratorio, la plana mayor del MINCyT –con Barañao a la cabeza—salió a atacarlo y a tratar de desacreditarlo. Incluso intentaron someterlo a un tribunal de ética. Un absurdo. Esa es la consecuencia de orientar el desarrollo científico a las necesidades de las empresas, en lugar de pensar de manera más amplia en las necesidades de la sociedad.

Otro ejemplo es el de la formación de investigadores en geología. Desde una visión como la actual, es bueno que los geólogos colaboren con las empresas mineras. Pero sucede que la minería a cielo abierto es otro desastre desde el punto de vista del bienestar de la población. Posiblemente genere divisas (ni siquiera eso está claro), pero a costa de un daño a mediano plazo, incluso estrictamente económico, que es tremendo. Hoy tenemos la situación, en nuestro país, que prácticamente no hay un solo geólogo que no esté trabajando para las empresas mineras transnacionales. Es decir: no hay profesionales que puedan hacer un estudio independiente del daño que están causando. Una política seria de CyT tendría que garantizar núcleos de investigación en geología que se mantengan independientes respecto de las empresas.

La inversión en CyT debería apuntar a la diversidad de necesidades que tiene una sociedad. Y puede que la ciencia esté llamada, por ejemplo, no a contribuir al crecimiento económico sino a advertir en contra del crecimiento económico. Es a esta altura evidente para cualquier persona honesta e informada que el planeta no tolera este ritmo de consumo de recursos naturales y de contaminación ambiental. La comunidad científica, en este escenario, debe colaborar en el diseño de otros modos de vida en común, que impliquen no aumentar sino disminuir el ritmo de crecimiento, incluso detenerlo o “decrecer”, si fuese necesario, como plantean hace tiempo muchas voces. La ciencia no puede seguir alentando y participando en este tipo de actividad económica inviable a mediano plazo.

Por otra parte, la sociedad tiene montones de necesidades que no son económicas. Es un error plantear que lo útil es lo que genera dinero, un error típico de esta sociedad unidimensional que es el capitalismo. Porque además, incluso pensando en una ciencia que sirva al crecimiento económico, es algo bien sabido que no existe investigación aplicada sin investigación de base. Y la investigación básica no orienta sus pesquisas pensando en alguna utilidad práctica. Buena parte de los descubrimientos y desarrollos de hecho se dan “por casualidad”, mientras uno busca entender o estudiar otra cosa. Se calcula que no menos del 30% de los descubrimientos científicos en las ciencias “duras” tienen ese origen. Quizás más.  Esas “casualidades” se vuelven más frecuentes a medida en que se acumulan más investigaciones, cuyos resultados permiten “atar cabos” y arribar a conocimiento nuevo. En ese sentido, no puede saberse de antemano qué investigación resultará “útil” (o dicho de otro modo, no existe indagación de la que pueda asegurarse que es “inútil”). La opción más razonable para la inversión en CyT es dejar que los investigadores orienten sus propias pesquisas (lo que no es obstáculo para que una porción menor del presupuesto se invierta en temas de demanda específica y orientados por el Estado, cosa que es legítima).

Lamentablemente, los políticos y periodistas que responden al gobierno actual no sólo no explican esto a la población, sino que se han dedicado a diseminar de manera artera e irresponsable la idea de que los investigadores derrochamos el dinero en investigaciones que no sirven para nada. Que lo hayan hecho marca la pobreza actual que tiene nuestra clase política.

FT: En el marco del debate sobre la utilidad de la investigación, las ciencias sociales y las humanidades han sido el blanco de los ataques más duros, llegando al punto de negarles de plano todo tipo de relevancia social. ¿Cuál es tu opinión, en tanto investigador en historia?

EA: Efectivamente las ciencias sociales, y las humanidades, fuimos víctimas de una campaña brutal de difamación.  Especialmente los que nos dedicamos a disciplinas humanísticas fuimos caricaturizados en los medios y en las redes sociales como personas incapaces, dedicadas a malgastar fondos públicos en indagaciones que no sirven para nada. Hoy sabemos que parte de ese ataque fue políticamente orquestado, con trolls pagos por alguien (evidentemente el gobierno). Pero no es algo que fuera del todo nuevo. El propio ministro Barañao acumula ya una cantidad de declaraciones, antes y después de la toma del MINCyT, contra las humanidades. Varias veces ha dicho que lo que hacemos no tiene ningún valor y, recientemente, llegó a afirmar que el sistema de CyT no debería financiar en absoluto, por caso, la investigación en historia medieval. Es una afirmación de un nivel de brutalidad pasmoso: todos los países desarrollados (y los menos desarrollados también) financian investigación en todo el abanico de las humanidades. Es evidente que Barañao no tiene la menor idea de cómo funciona la investigación en nuestra área a nivel internacional ni le interesa averiguarlo. Se mueve desde el más absoluto prejuicio.

Lamentablemente el CONICET, avalando esta orientación que propone el MINCyT, acaba de implementar un cambio brutal en la modalidad de financiamiento, al poner la mitad de los recursos en áreas supuestamente estratégicas, que serán evaluados por una comisión ad hoc. Esto supone no sólo niveles de posible arbitrariedad en las evaluaciones mucho mayores, sino que las humanidades van a ver de hecho recortados sus recursos de manera drástica. Es el mayor ataque a nuestras disciplinas que hemos visto desde que se reactivó el CONICET en los años ’90.

Hay que decir, sin embargo, que los ataques que venimos recibiendo no provienen sólo de la ignorancia o de la necesidad de justificar el recorte que este gobierno viene haciendo. Hay un motivo ideológico más profundo. Existe una relación intrínseca entre esa campaña de desprestigio y la ideología del emprendedorismo que profesan tanto el PRO como las máximas autoridades del Ministerio de Ciencia y Tecnología. El culto al optimismo emprendedor está estrechamente vinculado con los llamamientos que vienen haciendo figuras del gobierno a olvidar el pasado para orientarse (supuestamente) hacia el futuro y también con la insólita arremetida contra el “pensamiento crítico” que ensayaron algunas figuras del PRO, como Alejandro Rozitchner o Marcos Peña, que dijeron directamente que “el pensamiento crítico es un valor negativo”, por lo que las escuelas públicas deberían evitar estimularlo. Rozitchner propuso a cambio que a los estudiantes se les enseñe “el entusiasmo” y “las ganas de avanzar y de crecer”. Desde su visión, los adolescentes deben ser “felices, capaces y productivos”, para lo cual es mejor erradicar “el hábito de la queja, el descontento y la insatisfacción”. El “conformismo” debería reivindicarse como expresión de un verdadero “amor por lo real”. Parece broma pero son afirmaciones textuales de Rozitchner.

La sospecha frente a la capacidad de cuestionamiento de la realidad es la marca de nacimiento de todo autoritarismo. Esta vez no se manifiesta como en tiempos pasados, con bastones largos para los académicos o prisión para los intelectuales. Pero se lo reconoce tras la campaña de desprestigio a la que los voceros oficiosos del PRO han sometido a los investigadores y también a las universidades públicas, a las que se buscó asociar con la corrupción kirchnerista, al punto tal de promoverse una denuncia judicial colectiva contra 52 de ellas, basada en la nada misma, que sin embargo motivó los oportunos titulares en los diarios y en la TV. El Consejo Interuniversitario Nacional, debe recordarse, debió salir a advertir que se trataba de “una agresión a la identidad misma de la universidad pública”. Y los rectores no se equivocaban: los valores que encarnan las universidades –su pluralidad, su vocación crítica, su meritocracia real asociada al compromiso con la igualdad y con las necesidades de la sociedad– son ciertamente un obstáculo frente al “cambio cultural” al que aspira el macrismo. Nuestras universidades públicas no se contentan con ser incubadoras de optimismo emprendedor y de planes de negocios. Obviamente los que hacemos humanidades tampoco: no podríamos ser emprendedores ni aunque quisiésemos. Pero me atrevo a imaginar que la mayor parte de los científicos de las ciencias duras tampoco se sienten a gusto con esta especie de optimismo de Estado compulsivo que se quiere imponer como alternativa al pensamiento crítico. Sin pensamiento crítico no hay ciencia: hay Lyssenkoísmo, sólo que esta vez liberal en vez de soviético.

FT: Ezequiel, muchas gracias por tu tiempo.

“La utilidad no es una política del sentido”, por Alexandre Roig y Catalina Arango

Por Alexandre Roig[1] y Catalina Arango[2]

Y si un día nos despertáramos sin libros, sin artículos ni opiniones en los medios, sin las circulaciones contradictorias y cacofónicas de voces públicas que denuncian, enuncian o provocan, sin las palabras de todos aquellos que conservan o desmiembran los cuerpos de los poderes. Y si un día nos despertáramos con una sociedad dónde las formas de las escrituras se pensaran transparentes, neutras, abrazadas a sus axiomáticas de mármol, dónde la Historia escaparía a los grafismos para tener la intemporalidad de los dominantes. Si un día solo pensáramos lo que sirve sin margen a lo imprevisto, si todo fuera un control sobre la interpretación, si no fuera necesario indagar apasionadamente en lo desconocido. Si todo esto viniera a ocurrir, no habría ni experimento ni experiencia posible. No habría, entonces, Ciencia.

Alcanzaríamos la quietud utilitarista, la inmovilidad de los que respiran la atmósfera de lo ya sabido de un mundo que ya iluminó una caverna oscura sin humedad ni recovecos. En ese mundo ya se sabe lo que es ser feliz, ya se sabe cómo hay que comprar, representar, intercambiar, hablar, votar, producir, pensar, actuar. Ya se sabe lo que son un individuo y una sociedad. No tienen pliegues, son lisos y llanos como la pastilla que pueden tomar para no angustiarse en lo estrecho de lo ya resuelto. La utilidad tiene la gramática del status quo, propone un sin sentido. Hace de los medios un fin conocido, confunde la etapa del viaje con su devenir, ignora así lo propio de la modernidad: su carácter inmanentemente paradojal. Chateaubriand, unos de los primeros autores en caracterizar los cambios de era, en los albores de la revolución francesa, describía así nuestra vivencia en sus Memorias de ultra-tumba: “me encontré entre dos siglos, como en el confluente de dos ríos; me tiré en sus aguas perturbadas, alejándome con pesar de la vieja orilla dónde nací, nadando con esperanza hacia una orilla desconocida”. Para la inquietud del observador de esos tiempos modernos, nunca alcanzará el otro lado. Para los que vivimos la contemporaneidad tampoco llegaremos a vencer lo desconocido. Su frontera se desplaza en cada roce, cada vez que pensamos alcanzarla. Es lo propio del saber: un flujo constante.

Entonces qué hacer con la pregunta de la utilidad de la ciencia y en particular de las ciencias sociales a la que tantas veces como ahora se nos invita a responder, como si tuviéramos que justificar nuestra existencia. Proponemos una respuesta simple: no contestarla. Encierra en sí misma una acusación que nos aleja de todo lo que hace a la producción de saber en su forma científica, plantea una dialéctica incomunicable, nos obliga a defender lo “inútil” en una sociedad que lo fustiga, aunque lo practique cotidianamente. Preferiríamos proponer la pregunta siguiente: ¿cómo las ciencias sociales producen sentidos?

Esta pregunta no es una forma de escabullirse a las interpelaciones sociales sobre el para qué de las ciencias sociales. Es deseable que un saber no esté exento de cuestionamientos. Evita el riesgo inherente a toda comunidad científica de aislarse o peor aún de sustituirse al debate público y a la decisión política. Es una manera de plantear un verdadero diálogo y no forzar a científicos a iniciar sus tránsitos ni con un pie culposo, ni con alas soberbias. Es también una manera de invitar al lector que no proviene de las ciencias sociales a asumir que hay siglos acumulados en los anaqueles de nuestras bibliotecas sobre cuestiones que el debate cotidiano dirime en una simplicidad tan arrolladora como efímera. La complejidad tiene sus tiempos y tiene sus lógicas y en general se encuentran lejos del sentido común y cerca de la coherencia teórica y de la densidad empírica.

Al contrario, defenderemos aquí la posición de que la principal función (y no utilidad) de las ciencias sociales es ampliar los posibles, multiplicar los sentidos y no cerrarlos. Tal vez sea difícil entender esta posición para aquellos que piensan que el saber va hacía lo único, que viene a suturar lo que no cuadra. Tal vez se decepcionen los que piensa que atrás del desvelamiento del misterio esta la verdad y no un misterio más profundo. Es que a nuestros contemporáneos, como a nuestros antepasados, les gusta estabilizar las respuestas, encontrar soluciones definitivas, manuales de acción y de pensamiento.

Pero por el momento el planteo está siendo muy abstracto. Vamos a tratar de sostener nuestro argumento haciendo los que hacemos los cientistas sociales, pensar desde nuestras experiencias de investigación. Seguramente tomemos algunos atajos y simplificaciones que el lector erudito sabrá criticar. Pero la gravedad de la situación amerita que seamos lo más sistemáticos posibles para que, por lo menos entendamos nuestros propios debates.

1. Las ciencias sociales amplían los sentidos…

Como bien lo recuerda Bruno Karsenti, las ciencias sociales nacen con la democracia moderna (Karsenti, 2013) cuando en el siglo XIX estallan los lazos religiosos y las formas tradicionales de organizar el poder. Cuando los pueblos, las naciones, las partes de la sociedad que no tenían parte en la representación política (Rancière, 1996) exigen que el poder no este fundado en la pura transcendencia. Cuando dios ya no alcanza, o simplemente no está, para justificar el sentido de la dominación es cuando los poderes hacen visibles sus inmanencias, muestran y organizan sus fuentes. Crean constituciones, organizan elecciones, a veces partidos, gobiernan desde las leyes aunque sean – y lo son – contradictorias. Reprimen los conflictos con el monopolio de la violencia legítima dirá Weber, con el gasto y la captación fiscal ampliará Elias. Organizan las nuevas moralidades, que a veces siguen pareciéndose tanto a las viejas, con la coerción y la incorporación de las reglas subrayará Durkheim. No olvidan ahondar en las formas laicas de lo sagrado proseguirá Mauss, aunque más no sea para disimular las formas de explotación que ya había analizado Marx unas décadas antes.

En la red de relaciones sociales, en la trama de las instituciones, o en el tejido de las fuerzas estructurales, la sociedad fue teniendo sus teorías, los dominados sus críticas y los dominantes las claves para sus gobiernos. Para decirlo de alguna manera no puede haber democracia sin ciencias sociales, y no puede haber ciencias sociales sin democracia. No vamos a entrar en las múltiples definiciones de lo que son las democracias, nos limitaremos a decir que implica la co-existencia conflictiva de varios sentidos posibles del devenir común de una sociedad. Cuando hablamos de conflicto es en el sentido más neutro de la palabra. La democracia se funda sobre el desacuerdo, la disidencia, la diferencia. Eso es justamente lo que está cuestionado en lo que se llamaba en los años 90 el “pensamiento único” tan caro a los defensores del fin de la historia, justamente grandes profesores del utilitarismo (Fukuyama, 1992). Por eso el neo-liberalismo es anti-democrático porqué justamente piensa que todo ya está “resuelto”. No habría conflictos sobre cómo ordenar la economía y después de ella la sociedad. Es por eso que el neo-liberalismo está en contra de las ciencias sociales en particular si son críticas.

Como lo decía Estanislao Zuleta en su elogio a la dificultad (2007), “Deseamos mal. En lugar de desear una relación humana inquietante, compleja y perdible, que estimule nuestra capacidad de luchar y nos obligue a cambiar, deseamos un idilio sin sombras y sin peligros, un nido de amor y por lo tanto, en última instancia un retorno al huevo. En vez de desear una sociedad en la que sea realizable y necesario trabajar arduamente para hacer efectivas nuestras posibilidades, deseamos un mundo de satisfacción, una monstruosa salacuna de abundancia pasivamente recibida. En lugar de desear una filosofía llena de incógnitas y preguntas abiertas, queremos poseer una doctrina global, capaz de dar cuenta de todo, revelada por espíritus que nunca han existido o por caudillos que desgraciadamente sí han existido”. Así la cosas y las ciencias sociales son justamente este saber que elogia permanentemente la dificultad, no para hacer la realidad más opaca, sino para aclarar que la opacidad implica la prudencia de una discusión colectiva en el seno y entre las comunidades de saber.

Las ciencias sociales contribuyen así a la ampliación de los sentidos en contra de todo proceso de reducción de posibles. Esto es visible cuando nos interesamos por investigar procesos sociales como la puja de poder entre las organizaciones de mujeres con la Iglesia para defender la soberanía sobre sus cuerpos y hacer de la ley un mecanismo de lucha por la defensa de sus derechos sexuales (Arango, 2016). Este mismo proceso se ve en lo monetario cuando ya en plena crisis del 2001 nos sorprendíamos escuchar que era “imposible” salir de la convertibilidad cuando todos los datos indicaban su fin. Fue un largo proceso de construcción de esta opción única en los cuáles se enfrentaron saberes amasados con intereses durante todo el siglo XX (Roig, 2016).  Como se puede apreciar, las disputadas por los sentidos no son solamente una discusión de academia. De ellas depende que una mujer pueda o no abortar, que una sociedad pueda o no salir de un régimen monetario que lo asfixia.

Ahora bien, ¿cómo se organiza la diferencia en sociedades complejas? ¿ Cómo se define quién está en condición de pugnar por un sentido o por el otro? El proceso de democratización estuvo siempre acompañado por un proceso de autorización de la palabra lo que justamente pareciera criticar cierto fervor por la post-verdad o presidentes electos como Donald Trump que hacen, ellos, un “elogio de la ignorancia” (Raquel de San Martin, 2017).

2. … autorizando los saberes …

Cuando hablamos de comunidades de cientistas sociales asumimos un punto de vista pragmatista sobre la ciencia. Parafraseando a la perspectiva pragmatista de Charles Peirce “ es científico lo que dicen los científico que es científico”. La auto-organización de los saberes académicos permitió y permite entre otras cosas que la dinámica de los objetos y de las agendas investigativas no sean definidas burocráticamente justamente en nombre de la utilidad. Sabemos que todos los grandes descubrimientos y desarrollos de las ciencias han sido posible confiando en las propias dinámicas de colectivos de científicos relativamente autónomos. La definición desde el Estado de supuestas prioridades de investigación constituye en este sentido un proceso de esterilización. Distinto sería si el Estado dialogara con las comunidades académicas (y vice-versa) para saber cuáles son las prioridades posibles y deseables y no substituirse autoritariamente a este encuentro. La definición de los objetos, sus diversidades y los procesos de elaboración de la investigación requieren de esta autonomía. Es desde esta misma autonomía que se producen lógicas de autorización de saberes es decir la definición de la reglas que permiten saber quién puede y que se puede decir sobre una realidad particular.

Ahora bien, hoy en día en la Argentina hay una crisis de las lógicas de autorización de los saberes provenientes de las ciencias sociales.  La pregunta sobre la utilidad es su principal síntoma y su autonomía está claramente cuestionada. Podemos esgrimir algunas hipótesis para explicar este proceso, seguramente insuficientes pero que nos permitan ahondar en el diagnóstico. Una posible explicación de esta crisis de autorización se encuentra en el confluente de tres procesos. El primero abreva en la crisis de la aceptación de los números públicos en particular desde el descreimiento en los datos del INDEC y con ellos de los “números públicos” en general (Daniel, 2013). El segundo proceso proviene de las críticas desde la política al periodismo. No porqué no pensemos que haya claramente opiniones “interesadas” en la mayoría de los medios y que sería necesario refundar la ética periodística, sino porqué nos parece necesario atender a los efectos del slogan “Clarín miente” que tuvo la capacidad, creemos, de ampliar la desconfianza a los medios en general. Reforzaron estas sospechas la multiplicación de casos de periodistas que efectivamente han promulgado afirmaciones infundadas sin que la comunidad periodística los sancionara, por lo menos no en los principales medios. Las disfunciones de los sistemas de autoregulación de la prensa no permitió contrarrestar una desconfianza producida desde los aparatos estatales. A lo sumo se “respeta” y lee tal o cual autor pero lejos de los procesos colectivos que garantizaban cierta autoridad de los medios. Es importante para entender la crisis del concepto de tribuna, interfase fundamental entre las ciencias sociales y los ciudadanos. Un tercer afluente se suma a los dos anteriores: un proceso de individualización de la opinión expresada en redes sociales o como comentario a artículo en los medios.  Esta modalidad de libre expresión permite una manifestación inmediata e irresponsable que potencia el sentido común como bien lo sostienen muchos estudios recientes sobre lo que se ha nombrado post-verdad (Quattrociocchi, 2017). Crisis de las referencialidades públicas, descreimiento en las tribunas públicas, y creencia cada vez más fuerte en el sentido común, son algunos de los elementos que contribuyen a la puesta en crisis de la autorización académica.

Frente a este estado de cosas que no puede ser revertido con una voluntad nostálgica que propicie el regreso al intelectual incuestionado, implica asumir que la autonomía de las comunidades científicas solo puede ser productiva (es decir que puede producir sentidos) si es relacional. Los saberes académicos, por lo menos en ciencias sociales deben asumir el carácter incompleto de su propio proceso de construcción de conocimiento. Se constituyen sobre una autonomía relacional el diálogo con otra disciplina, otros actores sociales, otras lógicas cognitivas. Es justamente en esta incompletud que las ciencias sociales encuentran el punto de diálogo con los otros en la academia y de la academia pero que a su vez pueden hallar los ejes de una legitimación más amplia y de una efectividad más profunda. Es decir que el proceso de autorización no pareciera ser exclusivamente asunto de una evaluación por pares. Los científicos que alertaron sobre el calentamiento global advirtieron tempranamente de la necesidad de hacer converger disputas en el plano científico con actores concretos de la economía y de la política.

Vinculada a este necesidad de repensar la relación de las ciencias sociales con sus alteridades para construir su autorización es importante que el campo intelectual pueda explicitar sus propias reglas de autorización para que las mismas no sean naturalizadas o sacralizadas, olvidando su origen convencional. Es lo que Bourdieu llamaba la “ilusio”, fenómeno contra el que justamente se erigen los que promueven unas ciencias sociales reflexivas. Desde esta reflexividad se pueden desplegar las formas múltiples de producción de saber sobre lo social que participan entonces de regímenes de autorización más hibridos que permitan pensar múltiples criterios de evaluación y valorización

Casi siempre la jerarquización de los científicos desborda las fronteras del mundo académico, aunque no siempre haya cabal conciencia de ello. En las ciencias sociales, la relación con el Estado, con los medios de comunicación, con la circulación internacional en otros campos u organismos, en algunas disciplinas un paso por el sector privado, intervendrán en la jerarquización entre las personas (Arango, 2016; Roig, 2016).  Estos espacios sociales articulados entre sí no son homogéneos. Componen un mundo plural y agonístico, donde conviven hoy las evaluaciones hechas por los pares, el prestigio intra o extra-académico, las disputas entre los disciplinariamente puros y los inter-disciplinariamente impuros, las formas y los modos de producción de saberes y sus circulaciones. En fin, un crisol de modos de autorización que de manera muy situacional producen autorizaciones variables, lectores y escuchas a veces antagónicos. Un economista de Harvard podrá lucir credenciales en un banco central con políticas monetaristas. Se verá cuestionado si defiende la centralización y la unicidad monetaria en un club del trueque.

Dicho en otros términos, si las ciencias sociales quieren hacer sentidos, si quieren tener una política del sentido, deben ser reflexivas sobre sus propias lógicas de autorización y a su vez construir una autonomía relacional que pone el diálogo con los otros en el centro de su práctica. Es justamente lo que supo proponer en su momento el sociólogo colombiano, Orlando Fals Borda cuando invitaba al “compromiso”, es decir a tener una promesa compartida.

3. …y con el compromiso.

Orlando Fals Borda se convirtió en un referente de lo que se llama la Investigación Acción Participativa a raíz de su vocación por ampliar los ámbitos de investigación de la sociología de su tiempo acercándose a aquellas dinámicas populares que estuvieron por fuera de los intereses académicos de la Colombia de aquel entonces. Su modo de pensamiento nos permite pensar un modelo de compromiso; si bien aborda la cuestión de la relación entre el campo académico y los saberes populares se trata de un modelo de relación comprometida que podría perfectamente ampliarse metodológicamente a la relación con cualquier alteridad a la academia. Y como tal lo tomaremos a continuación, focalizándonos en la relación entre ciencias sociales y saberes populares pero con el convencimiento que esta propuesta tiene un estatus que permita su generalización a otras relaciones.

Desde su mirada, la historia escrita en Colombia hasta los años 60´s fue la historia sobre las elites que dejaba de lado la de los pueblos marginados por desinterés de parte de la academia o porque estos se habrían negado a darles información a raíz de la desconfianza hacia el ámbito académico. Las luchas campesinas, indígenas y sindicales fueron observadas con interés por Fals Borda y su equipo de académicos quienes se acercaron a las regiones menos estudiadas del país con el fin de visibilizar procesos históricos no narrados que lograsen poner en jaque los poderes hegemónicos: “El propósito de casi todos mis trabajos ha sido claramente político en el buen sentido del concepto: quería informar y enseñar sobre las realidades encontradas a través de investigaciones interdisciplinarias en el terreno, con el fin de llevar a los lectores, a las masas y a sus dirigentes a actitudes y actividades capaces de cambiar la injusta estructura social existente, especialmente en los campos”. (Fals Borda, 2013: 19)

Su definición de la ciencia como un conocimiento que resuelve necesidades concretas y que se declina en un conocimiento práctico, táctico y estratégico, nos permite comprender que más allá de la necesidad que el autor veía en dar a conocer los relatos y las vivencias de los pueblos con los cuales intercambió, existía en él un interés profundo en la transformación social en el que la noción de compromiso trataba justamente de producir sentido. Fals Borda entendía el compromiso como una acción o actitud del intelectual a partir de su pertenencia a la sociedad y al mundo de su tiempo caracterizada por la renuncia a una posición de simple espectador poniendo su conocimiento a disposición de los sectores populares. Para ello se inspiró en el aporte de Jean Paul Sartre y su reflexión sobre la noción de compromiso “La idea sartriana de “engagement”, como se sabe, es la que más se acerca al concepto de “compromiso” que queremos definir para la sociología de la crisis: es la acción o la actitud del intelectual que, al tomar conciencia de su pertenencia a la sociedad y al mundo de su tiempo, renuncia a una posición de simple espectador y coloca su pensamiento o su arte al servicio de una causa”. (Fals Borda, 2013:188)

Recordar la fuerza social y académica que despertó esta perspectiva de trabajo a partir de la década de los años 60´s es importante ya que muchos intelectuales se sintieron convocados por esta premisa al sentir que tenían una función activa en la sociedad. Esta forma de entender la ciencia contrasta con la neutralidad axiológica que pareciera ser el único camino a la objetividad científica.

Queda claro en su obra el interés por rescatar los relatos de los conocimientos ancestrales en expresiones como el folclor, la historia, la narración oral, los mitos y la música. A su vez Fals Borda reconocía la importancia de la creatividad del investigador puesta en escena a la hora de realizar la devolución a las comunidades a través de diferentes métodos como los comics diseñados por campesinos para aquellos que no sabían leer. Se escribieron textos en los cuales se presentaba la investigación científica sociológica en la mitad de las páginas del texto y en la otra mitad materiales gráficos para las personas que no hacían parte de la academia o no sabían leer. En su parte más descriptiva y literaria los textos estaban compuestos por poemas, fotografías, mapas, dibujos, pinturas y canciones populares y del otro lado se desplegaba toda la complejidad teórica. Se trató de una apuesta por tender un puente entre la investigación y la sociedad.

El trabajo popular se realizó mediante audiovisuales, filminas, transparencias, grabaciones, conjuntos musicales y dramáticos y a la par la transmisión del conocimiento científico se generó con la formación de cuadros políticos partiendo de aquellos que tenían más experiencia y habilidades para este tipo de trabajo para que a su vez se encargaran de terminar el proceso de formación en el resto de la población.

Para Fals Borda el quehacer científico y cultural debía contener animación, creación e innovación para alcanzar una conexión con el lenguaje popular. Ante la pregunta que alguna vez le hicieran sobre el mayor hallazgo en su propuesta investigativa Fals Borda respondió: “La insistencia en que teoría y práctica debían ser juntas, no separadas como etapas o dos momentos separados, distintos, sino que se hicieran en un ritmo interpretativo, pero de un proceso común, un proceso único. Que ese ritmo fue lo que llamamos ritmo reflexión y acción. Fue como un semillero que después se desarrolló en la práctica y en los efectos concretos, en la aplicación del conocimiento. Fue la diferencia radical con la academia. Porque la pregunta básica era: ¿Para qué el conocimiento y para quiénes va el conocimiento? Esas preguntas no se las hacía la academia”. (Fals Borda, 2013: 38

Las ciencias sociales ganarían en legitimidad si abandonase fines y métodos extractivistas en que la sociedad se siente usada y abandonada cuando el investigador consigue sus objetivos. La noción de compromiso y de escucha debe primar y orientar el trabajo con comunidades sin ser vista como filantropía o solidaridad ya que se trata de una relación de reciprocidad en que la academia renuncia a su cómoda representación de lugar autorizado por sobre los demás y produce respeto en esa relación.

Las ciencias sociales tienen todos los elementos en potencia para tener una política del sentido, no caer en las trampas utilitaristas y relegitimar su rol en la vida social. Tener una postura reflexiva sobre sus propias lógicas de autorización, articulando con otras comunidades de saber. Pensar el compromiso desde una autonomía relacional que produzca sentido en la ampliación de los posibles que circulan en la vida social, permitiría, creemos, reforzar este vínculo profundo entre las ciencias sociales y la democracia en tiempos dónde pareciera prevalecer el desasosiego.

Referencias bibliográficas

Arango, Catalina (2016), Régimen de saber-poder en el cuerpo de las mujeres: discursos y agenda política en torno a la vida reproductiva en Colombia 1960-2015, Tesis Maestría en Sociología Económica, IDAES-UNSAM.

Daniel, Claudia (2013), Números públicos. Las estadísticas en la Argentina (1990-2010), Fondo de Cutura Económica, Buenos Aires.

De San Martin, Raquel, (2017), “ Elogio de la ignorancia. Los riesgos del antiintelectualismo” en diario La Nación, domingo 28 de mayo de 2017 http://www.lanacion.com.ar/2027176-elogio-de-la-ignorancialos-riesgos-del-antiintelectualismo

Fukuyama, Francis (1992), The end of History and the Last Man, New York Free Press, New York.

Karsenti, Bruno (2013), D’une philosophie à l’autre. Les sciences sociales et la politique des modernes, NRF, Gallimard, Paris.

Quattrociocchi, Walter, (2017) “Désinformation sur les réseaux sociaux”, en Pour la Science, nº472, Paris.

Rancière, Jacques (1996), El desacuerdo. Política y filosofía, Buenos Aires, Ediciones Nueva Visión

Roig, Alexandre (2016), La moneda imposible. La convertibilidad argentina de 1991, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires.

Zuleta, Estanislao (2007), Elogio de la dificultad y otros ensayos, Hombre Nuevo Editores, Medellín

 

[1] Investigador del Centro de Estudios Sociales de la Economía IDAES-UNSAM / CONICET

[2] Doctoranda en sociología IDAES-UNSAM

“Misoginia y sexismo en el ataque a las ciencias sociales”, por Silvia Elizalde

 Por Silvia Elizalde[1]

Una campaña artera

Cuando se habla sin fundamento o información básica sobre temas de incumbencia pública suelen reinar, en esos comentarios, la trivialidad, el chamuyo y la tilinguería, sin más efecto que el del ridículo de quien enuncia la vacuidad misma. Pero cuando lo que se quiere es instalar concertadamente un clima de desestabilización, desprestigio y banalización malintencionada queda claro que los resortes que mueven dicha estrategia son más complejos que la mera constatación de la ignorancia ajena.

La campaña de difamación proyectada en las redes sociales a fines de 2016 sobre ciertos/as investigadores/as del CONICET y sobre ciertos temas de indagación del campo de las ciencias  sociales y humanas por parte de provocadores anónimos o con identidades falsas –los llamados trolls, en la jerga generalizada- se inscribe en el tipo de acciones que responden a una específica política de ataque y/o persecución con fines político-ideológicos bien concretos. De manera notable, la “justificación” del desguace del plan de inversión preexistente, y del prometido en la campaña electoral, para el campo de la ciencia, la técnica y la universidad pública, por parte del actual gobierno. Desguace que ya fue efectivamente puesto en marcha, con una disminución “inicial” del presupuesto para este sector, de tres millones de pesos. Pero además, y como parte de un subtexto transversal al conjunto de los argumentos intrigantes, estas agresiones buscan aleccionar respecto de la “futilidad”, la “irrelevancia” y la “ilegitimidad” de producir evidencia empírica y reflexión teórica sobre ciertas prácticas culturales. Justamente sobre aquéllas que dejan al desnudo las múltiples formas en las que el poder genera y profundiza la desigualdad social mediante la elaboración de tramas específicas de articulación de las diferencias culturales –de clase, género, edad, orientación sexual, nacionalidad, etc., previamente montadas sobre presupuestos clasistas, sexistas, homo/lesbo/transfóbicos, racistas. Es, en efecto, a partir de la creación de cadenas restrictivas de sentido sobre éstas y otras distinciones culturales que el poder construye las bases morales de su meritocracia y procura naturalizar el acceso segmentado a las oportunidades y recursos sociales, así como reforzar ciertos reclamos de orden y autoridad, tan en boga en estos aciagos tiempos.

En este sentido, queda claro que la investigación social que deconstruya estas tramas no gozará de la simpatía de un gobierno cuyas políticas se basan en el desmantelamiento del tejido de derechos costosamente conquistados, en su impostación como gobierno de la calma y la armonía mientras acrecienta la lógica represiva y el desprecio por el otro, y en un profundo desconocimiento de las bases populares que informan parte fundamental del tejido cultural del país. Y no porque antes otros gobiernos aplaudieran necesariamente los resultados y denuncias que arroja con frecuencia la ciencia social y humanística, ni la promovieran especialmente, sino porque se partía de un consenso básico e históricamente acuñado sobre la importancia, para un país que valore su soberanía, de invertir en la formación de científicos -del mismo modo que en el incentivo a artistas y deportistas, entre otras vocaciones-, garantizándoles al mismo tiempo libertad y autonomía para explorar, ensayar y tomar riesgos. Y porque, en la medida en que la investigación científica produce datos y los analiza con rigurosidad y criticidad, siempre es interpeladora de las versiones simplificadas, unívocas y/o aplanadoras de la realidad social.

En este marco, de los muchos aspectos preocupantes que presenta esta andanada contra la investigación social propongo detenerme aquí en uno extremadamente significativo: el sustrato elíptica o abiertamente misógino, sexista y violento en términos de género de los comentarios lanzados arteramente por los trolls a distintas mujeres investigadoras en sus muros de Facebook o Twitter, así como, puntualmente, a quienes se dedican a temas de género y sexualidad desde disciplinas sociales.

Cabe aquí recordar que las mujeres representan el 53% de los/as investigadores/as de carrera del CONICET, sobre un total actual de 9.668 integrantes. Esta mayor participación femenina en la estructura del organismo –si bien aún extremadamente concentrada en las categorías iniciales de Asistente y Adjunta, en desmedro de las más altas, donde el techo de cristal las mantiene en un 25% de los/as investigadores/as de la máxima categoría- se debió a una clara política de desarrollo nacional con inclusión de género, desarrollada entre 2003 y 2014. En ese periodo la cantidad de investigadoras se incrementó en un 171% (Las 12, 4/11/2017). Por su parte, el mapa del Conicet previo al drástico recorte actual señalaba que 6 de cada 10 becarios/as eran mujeres. La consideración de las licencias de maternidad desde esta condición (antes sólo estaba contemplado para las investigadoras de carrera) indicó también una apuesta a la ampliación de la participación de muchas jóvenes en el camino de la formación doctoral y la iniciación a la investigación científica, situación que el nuevo panorama de ajuste indiscriminado amenaza con afectar. Al respecto, muchas de estas conquistas fueron resultado del empeño personal y el respaldo institucional puesto en ello por parte de las pocas mujeres que llegan a los cargos de mayor decisión en el organismo. De modo especial, la Dra. Dora Barrancos, representante electa del Gran Área de Ciencias Sociales y Humanidades en el Directorio del CONICET, reconocida académica y militante feminista, que también fue objeto de críticas por esos oscuros meses de fines del 2016.

“Feminazis”. La impunidad de la violencia sexista  

Mientras cientos de becarios/as, investigadores/as y defensores/as del trabajo científico en condiciones dignas y no arbitrarias nos congregábamos frente al edificio del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva, donde tiene sede el CONICET, para protestar contra el ajuste y reclamar la incorporación de los/as 500 afectados/as por el cercenamiento presupuestario impuesto, los trolls inundaban los muros públicos de distintas colegas con comentarios violentos y una redacción indisimuladamente berreta pero personal y colectivamente dañina. Antes y después de esa Navidad de 2016, el desprecio a las mujeres, la descalificación de su condición de cientistas y la deslegitimación de sus investigaciones en clave sexo-genérica puso en escena una maquinaria mucho más extensa (pero siempre adaptable a la forma del “caso”), que todos/as ya bien conocemos y repudiamos, pero que las mujeres padecemos de modo ubicuo y cotidiano: la sistemática erosión de nuestra legalidad humana, de nuestro estar en el mundo en tanto mujeres, condición a la que adscribimos y no –como aún quieren ver muchos- que llevamos puesta como una etiqueta inexorable.

“Feminazi boluditah” (sic), escribió una tal Muticia Ayelén Huenchupan en el muro de una compañera que investigó las dinámicas de apropiación de la música romántica y, antes, de la cumbia, por parte de sus fans femeninas. “Cuándo fue que te convencieron de que lo que hacías era algo groso?”, puso la nochebuena del 24 de diciembre un/a troll logueado/a como Völva Seid. “Por qué las mujeres son tan Tontas? (sic) Atrasan la ciencia con algo que no impacta ni modifica en nada, creen que esto es ciencia? Esto parece lo que yo hacía a mis 7 años jugando a ser investigadora de hojas de árboles”, arremetió impunemente una vez más, por esos días, la tal Muticia.

La autorización patriarcal a vulnerar la integridad y la dignidad de las mujeres es tan vieja como su connivencia con el sistema capitalista como dispositivo basado en la explotación de unos/as sobre otros/as y en la injusta división sexual del trabajo en tanto reaseguros de un modelo pluriacentuado de dominación. Tal como señaló agudamente la historiadora marxista Sheila Rowbotham el patriarcado representa, de hecho, el poder del padre continuado en la distribución de roles sociales en el matrimonio y en la sociedad a partir de la desigualdad de géneros, con una raíz económica que naturaliza formas específicas de explotación y opresión (Rowbotham  1984 [1979]: 248-256). Sabido es que, en las condiciones del presente, esta connivencia ha sofisticado aún más sus modos de funcionamiento bajo dictados de claro orden sexista, así como extendido sus recursos, metáforas y zonas naturalizadas de inscripción y circulación de sentidos, manteniendo incuestionado el conjunto de sus fundamentos.

“Vos tenes un pedo en la cabeza, flaca… dejen de estar promoviendo financiamientos para estudiar la reacción de las canciones de maluma en la mujer despechada, ponganse a hacer estas pavadas para las fracasadas del barrio con financiacion privada”, violentó un autodenominado Pablo Pusich en el mismo muro, el 25 de diciembre pasado. Entre las muchas voces de apoyo y solidaridad que terciaron por esa época en defensa de las investigadoras atacadas, hubo también quienes vieron en esta situación algún costado interesante de oportunidad para la difusión de los trabajos vapuleados. Una, por caso, planteó: “Lo único positivo en toda esa mierda, es que estoy conociendo a muchos investigadores y sus valiosos trabajos!!!! Bien por uds!!!”, a lo que un troll contestó instantáneamente: “Valioso para las boludas”.

La asociación y/o intercambiabilidad entre “mujer despechada”, “pavadas” y “fracasadas del barrio”, del primer ejemplo, con la adjetivación descalificante de “boludas”, del último, adjudicada ambiguamente tanto a las hacedoras de estas investigaciones sobre consumos culturales de mujeres como a sus lectores/as, señala una de las tantas formas de despliegue del sexismo, que descarta por default la posibilidad de pensar a las mujeres como sujetos con agencia, reflexividad y deseo propio (Elizalde, 2015).

“¡Señorita… (…) ¿no podria considerar devolver lo malcobrado al estado para un hogar de mujeres golpeadas?”,  “Dejate de joder, en otros países están investigando sobre universos paralelos, y vos investigas (…) [esa pelotudez]. Anda a laburar de verdad, ñoqui. Y además, no necesitas fondos públicos para investigar eso, lo podes hacer sin ser mantenida por Papá Estado, por eso, estamos como estamos en este país, le sacan la guita a los que laburan y fomentan muchos parásitos estatales” (sic).

Como queda expuesto de modo patente en este extracto de agravios públicos –doblemente ultrajantes, si consideramos que se realizaron en los muros abiertos de las colegas agredidas, burlando el mínimo respeto esperable cuando se está en “territorio” ajeno– la operatoria del sexismo presupone la segregación y la justificación de la violencia contra las mujeres. Violencia que luego se hace extensible, de hecho, a todo grupo que no responda a los patrones biológicos de diferenciación sexual, como también se constató en una parte de los comentarios y notas de desprestigio contra colegas. Se advierte, asimismo, que el argumento rector de las críticas ofensivas es disolver toda legitimidad de los temas de investigación de estas cientistas, levantar sobre ellas sospechas de falta de idoneidad, profesionalismo y honestidad, y sentar, así, las bases de un “necesario” y “justificado” ajuste, bajo la forma de una “mejor distribución” de los dineros públicos destinados a la ciencia y a la técnica entre quienes sí hacen trabajos “serios” es pos del avance del país.  En todos los casos, la arteridad consiste en agraviar impunemente a personas cuyos datos fueron extraídos de Internet de modo arbitrario, con total desconocimiento de los recorridos formativos de las atacadas, de sus esfuerzos y dedicación al quehacer científico, de sus actuaciones públicas como investigadoras y de sus producciones concretas que, demás está señalar, ningún intrigante leyó.

Dime lo que investigas y te diré cuán poco vales

La preocupación, pues, por dar cuenta de las condiciones no sólo históricas sino actualizadas de funcionamiento del sexismo y de la misoginia (entendida como desprecio u odio hacia las mujeres, lo femenino y/o la culturalmente feminizado) encuentra renovadas razones ante las afrentas acometidas contra las investigadoras mujeres y, con especial saña, contra quienes trabajan temas asociados a los géneros y las sexualidades.

En lo personal, no fui por azar blanco del hostigamiento de los trolls que están dispersos en las redes, pero bien podría haberlo sido dado que también formo parte de una nueva generación de investigadoras interesadas en echar luz sobre los cambios culturales que se están produciendo en el campo de las identidades, expresiones y prácticas de género y sexualidad, con foco en las mujeres, desde miradas profundamente transdisciplinarias e, incluso, poco ortodoxas para los criterios externos a este campo de estudio.

“[La tuya] es una investigación claramente feminista. Yo soy una persona antifeminista y antimachista. Trato de ser justo. Basta de estas cosas que no llevan a ningun lugar. No tengo la menor idea de los beneficios que intentas sacar de esta investigación”, sentenció con ostensible ignorancia un troll autodenominado Kamilo Camino en el muro de Facebook de una colega que investiga las lógicas de construcción del erotismo femenino y su relación con las ofertas de este orden de la industria cultural.

“Estoy de acuerdo con algunas cosas que dejas ver en tu texto, pero ¿’rigor cientifico’? Me parece que se te fue la mano”, acotó socarronamente otro provocador anónimo.

“Si vas a estudiar sobre el sangrado menstrual, mejor dedicate a otra cosa”, apuntó otro instigador a propósito del trabajo de otra colega, “Hay gente que hace investigaciones sobre temas posta, que salva vidas, que les sirve a la humanidad, lo tuyo es de terror”. “¿A quién crees que le importan tus análisis sobre esas boludeces de la sexualidad que decis hacer? ¿Por qué no se las contás a los chicos con desnutrición o a los que perdieron familiares por el Chagas, por ejemplo, enfermedad en que podríamos haber avanzado mas, pero estamos ocupados ‘entendiendo la cultura’, por favor!”.

La selección de comentarios descalificadores y agresivos podría extenderse, pero a esta altura alcanza y sobra para dejar señalado su nivel de lesividad. Y su artero propósito, en un juego mayor donde este mecanismo ideológico de franco terrorismo sexista conecta con un campo más amplio de significaciones compartidas por otros grupos en los que impera un notorio conservadurismo moral y cultural, y un marcado desprecio por el quehacer intelectual. Todo lo cual redunda en embates a la educación pública y a los saberes que de ella se desprenden, así como en posiciones de desdén hacia ciertos/as intelectuales, temas de indagación y modos de producción de conocimiento como excusas para justificar el ajuste y la desinversión.

En la situación aquí analizada, las aseveraciones peyorativas y sexistas contra investigadoras del campo de los estudios de género y sexualidad funcionan habilitando y reforzando el control, la estigmatización y la sanción pública sobre ellas, en tanto medidas “aleccionadoras” ante sus “desvíos” o atrevimientos investigativos.

En efecto, dar voz a ciertos testimonios sobre la intimidad sexual de las mujeres, demostrar la expansión de experiencias eróticas reñidas con la moral y las “buenas costumbres” del heterosexismo y el patriarcado, o etnografiar –como hago desde hace varios años- un universo de prácticas femeninas que combinan una dimensión desafiante a los modelos hegemónicos de corporalidad, belleza y erotismo con una creciente conciencia empoderadora, anti violencia y anti sexismo, puede resultar insoportable para las ideologías políticas centradas en el refuerzo de una imagen de sociedad ordenada (de manera elitista), armónica (es decir, con conflictos negados o apaciguados con represión) y moralmente “irreprochable”, de acuerdo con parámetros conservadores de indisimulable doble standard.

Es por todo ello que el problema es ideológico en un sentido complejo. Porque se trata de un proceso social fluido, y no –simplemente- de un problema de distorsión de la verdad. De la mano de Stuart Hall (2010) y, mucho antes, de Antonio Gramsci, sabemos desde hace tiempo, y diáfanamente, que los mecanismos ideológicos operan de forma dinámica en tanto fuerzas que trabajan continuamente a través de la movilización del sentido común. Por lo tanto, el análisis del asunto no puede reducirse a su carácter de evento puntual ni tiene una única y determinante matriz. Claramente los instigadores de estas acciones no fueron (solo) un grupo de mensajeros virtuales de pacotilla –los trolls– sino discursos de mayor alcance y responsabilidad pública en la formación de opinión, que replicaron los agravios con regodeo, como los medios, o los alentaron en las sombras, como ciertos sectores del poder.

Por tanto, resulta crucial comprender que estas formas de burla, menosprecio e injuria contra mujeres investigadoras, así como los reclamos de estabilidad y orden que fogonean, lejos están de constituirse en resultado exclusivo de la producción ideológica de individuos o grupos aislados. Por el contrario, participan de una red mayor de construcción de significados, transversal a un conjunto vasto de la sociedad, que encuentra en el sentido común del comentarismo virtual una privilegiada superficie de expresión y actualización, tanto del sexismo y de las bases ideológicas que informan al patriarcado, como de un antintelectualismo que produce normatividades más o menos definitorias sobre las maneras “apropiadas” y “útiles” de hacer ciencia, elabora consensos sobre la relevancia social de cierta agenda de temas de investigación social y humanística e impulsa distintos reclamos de  orden,  vigilancia y/o sanción alrededor de algunos perfiles de investigador/a. Todo, recordemos, en el marco más amplio de una feroz política de ajuste y legitimación de la desigualdad social extendida.

Marcas y prospectivas

En síntesis, lo que estos ataques y formas de amedrentamiento contra científicas del CONICET permiten leer es un doble y concatenado proceso. Por un lado, la actuación extendida del sexismo como umbral de subjetivación no reflexivo, presente tanto en el lenguaje del sentido común y en sus recursos más invocados al momento de formular una burla (el humor, la ironía, el sarcasmo) como en su lamentable automatización en el discurso social más amplio, en tiempos en los que, en la Argentina, la construcción ideológica de las mujeres como seres a disposición material y simbólica de la rapacidad masculina se patentiza en un femicidio cada 18 horas y en infinitos abusos diarios. Por el otro, se observa la estratégica articulación del sexismo con un discurso organizado que descarga su desprecio por el saber social y humanístico por considerarlo “inútil” y poco práctico en comparación con las ciencias “de verdad” que sí harían girar los engranajes productivos mediante la transferencia inmediata y tangible a bienes o servicios. Criterios todos ellos –nunca está de más volver a aclararlo- no necesariamente aplicables al campo de las indagaciones que bucean en las tramas de sentido que mueven a los/as sujetos a desplegar ciertas acciones, a adoptar ciertas creencias, o a crear ciertos mundos de representación, identidad y pertenencia en el marco de sus particulares condiciones de existencia, las cuales son siempre sociales, políticas y económicas y están determinadas por múltiples elementos, nunca del todo previsibles, ni “mensurables”. Ni siquiera escalables al conjunto de la sociedad.

Así, elípticamente feminizadas en términos ideológicos y en clave sexista –esto es, expropiadas de legalidad y de legitimidad-, las ciencias sociales y humanas están siendo, pues, vilipendiadas, reinstaladas en aquella vieja etiqueta de “ciencias blandas” (pero sin reposición alguna de cierta densidad epistemológica que le dé calado a la discusión), e impunemente priorizadas en los proyectos de recorte presupuestario.

La situación, desde ya, duele e indigna sobremanera al conjunto de investigadores/as de las ciencias sociales y humanas, y nos afecta personal y colectivamente a quienes militamos por hacer conciente las relaciones nunca del todo resueltas entre conocimiento académico y conocimiento cívico. Pero leída como oportunidad, la tormenta desatada contra nuestra  producción intelectual permite recordar(nos) en voz alta que la investigación social es y debe ser pensada y desplegada como un modo de crítica cultural, para cuestionar las condiciones bajo las cuales son formulados los saberes científicos, así como la construida la relación entre cultura y poder, conocimiento y autoridad, ciencia y Estado. Finalmente, nos abre también, por qué no, a la posibilidad de crear nuevas instancias de propuestas que se articulen en términos de cultura pública y transformación política.-

Bibliografía

-Elizalde, Silvia (2015). Tiempo de chicas. Identidad, cultura y poder. Buenos Aires: Grupo Editor Universitario (GEU).

-Hall, Stuart (2010). Sin garantías: Trayectorias y problemáticas en estudios culturales, editado por Eduardo Restrepo, Catherine Walsh y Víctor Vich. Instituto de Estudios Sociales y Culturales Pensar, Universidad Javeriana, Instituto de Estudios Peruanos, Universidad Andina Simón Bolívar, sede Ecuador, y Envión Editores.

-Peker, Luciana (2016): “Platos sucios”, Suplemento Las 12, Página 12, 4 de noviembre de 2016. Disponible en: https://www.pagina12.com.ar/1470-platos-sucios

-Rowbotham, Sheila (1979): “Lo malo del ‘patriarcado’”, en R. Samuel (ed.) (1984) [1980]: Historia popular y teoría socialista. Barcelona: Grijalbo.

 

[1] Doctora en Antropología e Investigadora Adjunta del CONICET con sede en Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género (IIEGE), Facultad de Filosofía y Letras, UBA. Docente regular de la UBA y la UNLP. Su campo de especialización son  los estudios culturales y de comunicación, la teoría de género y feminista, y los estudios de juventud. Autora de libros y de numerosos artículos en revistas nacionales e internacionales. Dirige el Programa de Actualización en Comunicación, Géneros y Sexualidades de la Facultad de Ciencias Sociales, UBA. silvitaelizalde@gmail.com

* Se agradece a Constanza Niscovolos por la fotografía de la autora.