Ana Teresa Martínez – Identidad, cultura y política santiagueña

En un contexto en que parecen volver a aparecer viejos fantasmas positivistas que parecían superados, la pregunta sobre la “utilidad” ha reaparecido, y para quienes hacemos ciencias humanas y sociales dejarla pasar es conceder demasiado. Algunos preguntan con la mala intención de quien cree tener una respuesta evidente para una pregunta que desnudará al otro frente a quienes no se lo preguntaron. Otros preguntan honestamente, porque no tuvieron la oportunidad de saberlo, y éstos –que son muchos y son sorprendidos en su buena fe por el debate mediático, en el contexto de discusiones sobre proyectos de ciencia y técnica cuyos vericuetos ignoran- son los que merecen una respuesta. Pero además, para los propios investigadores, toda reflexión honrada sobre el sentido de la propia tarea puede constituirse en revisión de potencialidades de análisis no vistas hasta el momento. En las ciencias sociales, volver sobre las razones por las que hacemos nuestro trabajo, elegimos nuestros temas, seleccionamos problemas y construimos objetos forma parte del mismo trabajo de investigación.

Los análisis de sociología de la cultura a primera vista parecen, de todo lo que en sociología se puede hacer, tal vez los más intrascendentes y especialmente si refieren a obras literarias, artísticas, científicas o autores del pasado. ¿Qué hay más allá de la curiosidad personal o de la construcción de un prestigio para el investigador, edificado alrededor de un saber raro? Y si además esos autores y obras no son los consagrados por la gran crítica literaria o artística, sino casi desconocidos escritores o científicos que tuvieron relevancia local en algún momento en una provincia de lo que el sentido común argentino llama “el interior”, la intrascendencia parece multiplicada. Pues hace unos diez años que con un grupo formado por investigadores de distintas edades y experiencia, venimos trabajando en perspectiva sociológica los discursos sobre la identidad santiagueña en la provincia a lo largo del siglo XX y también en la actualidad.

Llegamos al tema por un primer movimiento de curiosidad cargada de la sospecha de que allí había algo importante para entender ciertas dinámicas de la política provincia: la imponente edición financiada por el gobierno local en 1934 de un lujosísimo libro de arqueología, sobre el cual se proyectaba en aquel momento hacer una reedición y que ya en su momento había sido objeto de debates muy duros entre arqueólogos y antropólogos argentinos. El olfato científico nos decía que el interés que veíamos puesto en la reedición del libro no era un dato sociológico menor. El resultado de esa primera etapa de investigación lo publicamos en un libro que se titula Los hermanos Wagner, entre ciencia, mito y poesía. Campo arqueológico nacional y construcción de identidad en Santiago del Estero. No me voy a detener en contar la trama, pero lo cierto es que el análisis del proceso histórico de las investigaciones arqueológicas de los hermanos Wagner, cuando lo enfocamos en perspectiva sociológica y tratamos de desentrañar cómo, quiénes y por qué hicieron posible esa empresa, que parecía desmedida para una provincia que por los años 30 atravesaba una de sus crisis económicas, demográficas y sociales más profundas, encontramos claves de largo plazo para entender la vida cotidiana, la construcción de las diferenciaciones sociales y algunos modos de la política en Santiago. Aquella empresa arqueológica en la que la elite santiagueña había invertido recursos de todo tipo, sin que nadie se lo propusiera explícitamente, había contribuido a realizar una doble operación: por un lado, construir un blasón de nobleza para la provincia, que de pronto aparecía como heredera de una supuesta Civilización Chaco-santiagueña, que en tiempos en que aún no había técnica del carbono 14 se consideró “multimilenaria” y de gran desarrollo artístico a causa de la finura de su cerámica. Pero por otro, la tal civilización según sus descubridores, habría desaparecido misteriosamente cientos de años antes de que llegaran los conquistadores españoles. Para entonces, habrían sido otros grupos étnicos, primitivos y “sin historia”, los que habrían habitado el territorio provincial. Eso decía el monumental libro, que hasta hoy ocupa lugares simbólicos centrales en despachos y oficinas de gobernantes.

Pase de magia simbólico, esta doble operación permitía a las elites construirse un pasado prestigioso del cual heredar un acerbo artístico y una simbología identitaria, pero a la vez diferenciarse de los descendientes contemporáneos de las importantes poblaciones indígenas sometidas por los españoles, trabajadores organizados en pueblos de indios para producir frazadas y otros tejidos, esos mismos que en 1587 se exportaron por primera vez al Brasil desde el puerto de Buenos Aires y se conmemoran hoy en el Día de la Industria. En la década del 30 esas poblaciones que para entonces ya ignoraban su ascendencia indígena aunque en muchos casos hablaran quichua, eran en gran medida la mano de obra sobreexplotada en los obrajes madereros: no podían tener nada en común con aquella prestigiosa civilización de artistas.

Esta primera investigación nos llevó a otras: tratar de comprender cómo funcionaban y cuál era el sentido sociológico de las construcciones de “santiagueñidad” que veíamos surgir en varias situaciones de conflicto social o político del pasado y del presente. Y desde allí hemos llegado ahora a preguntarnos por qué lo chaqueño no forma casi parte de la idea de lo santiagueño en el discurso general, cuando se trata de una porción importantísima de territorio que fue anexado a la provincia a principios del siglo XX cuando la “conquista del desierto verde” incorporó de manera violenta también a la población indígena sobreviviente de esa campaña despiadada.

A partir de estas investigaciones estamos empezando a producir en tarea conjunta con docentes de institutos terciarios algunos materiales didácticos para las escuelas, elaboramos programas de TV y videos, intervinimos en programas de radio. Pero no sólo para ilustrar a las audiencias o a los estudiantes sobre su pasado, sino porque las ciencias sociales, como instrumentos de des-naturalización del sentido común, especialmente cuando de desentrañar tramas culturales se trata, nos devuelve un conocimiento sobre lo que somos como sociedad, sobre cómo nos relacionamos entre nosotros, sobre los mecanismos que usamos para construir ideas que nos ayudan a construir sociedades más igualitarias o a edificar las distancias sociales culturalmente “fundadas” que permiten a unos mantener una desigualdad que los favorece y enseñan a otros a mantenerse a distancia aceptando un destino. Estas estrategias no planificadas que generan desigualdades no son exclusivas del pasado ni de una u otra provincia. Descubrir cómo se repiten y funcionaron ayer y hoy es la tarea incómoda que realiza la sociología de la cultura.

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