Alina Ríos – Gobierno de la (in)seguridad y nuevas tecnologías

Resulta incuestionable la relevancia que ha adquirido en las últimas décadas  el desarrollo de nuevas tecnologías de la información y comunicación. Incluso, las TICs se han convertido en un objeto validado por las agencias de promoción científica. Así, por ejemplo, de la mano del tan evocado “Argentina Innovadora 2020” constituyó ésta una de las líneas de temas estratégicos en la convocatoria 2015 de la Carrera de Investigador Científico del CONICET.

Hay consenso en torno a que ‘hay que estudiar las TICs’. Y no vamos a discutir aquí la validez de esta ‘necesidad detectada’, pero sí vamos a dejar sentadas algunas observaciones que fundamentan la relevancia que tiene el abordaje de este objeto desde las ciencias sociales.

En primer lugar, hay que estudiar las TICs, sí, pero no sólo los aspectos técnicos que los nuevos dispositivos involucran. Es necesario comprender los cambios que afectan la vida social y que resultan en transformaciones respecto de la estructuración de relaciones sociales. Y en relación a ello, las maquinas en sí mismas, por más novedosas que sean las tencologías que encierran, no explican nada. Frente a estas transformaciones el esfuerzo de las ciencias sociales debe estar puesto en descifrar las sintaxis sociales que dan sentido, que ponen a jugar esas máquinas en formas específicas de producción de relaciones sociales. En definitiva, es preciso reparar en el estudio de los usos y las prácticas sociales que comprometen la aplicación de esas tecnologías.

Los cambios técnicos son relevantes en la medida en que están asociados a transformaciones de las formaciones sociales, sea respecto de las formas de sociabilidad o de las prácticas de gobierno. Y nuestro país no ha sido ajeno a la masificación de la utilización de tecnologías de control y vigilancia que puede caracterizarse como un fenómeno global. Analizar las lógicas implicadas en la gestión de estos dispositivos se vuelve imperativo para comprender cambios relativos a la configuración de las relaciones de gobierno. Y aunque las transformaciones abordadas no constituyen meramente un cambio tecnológico, no obstante, la incorporación de nuevas tecnologías se nos presenta como un analizador de las nuevas prácticas y relaciones que se articulan en el campo de la seguridad. La observación, descripción y análisis de los usos mencionados permitirá abordar las nuevas lógicas de acción de los distintos actores, sus relaciones y las racionalidades que promueven. En este sentido, el estudio de estas tecnologías aplicadas al gobierno de la seguridad constituye para nosotros una herramienta para el análisis de la reconfiguración de este campo de prácticas.

En segundo lugar, es preciso revisar críticamente sobre cuáles supuestos se construye ese consenso acerca de la importancia de estudiar las TICs. En general, este interés por la técnica se asienta en una creencia muy poco fundada, que liga de manera lineal desarrollo técnico y desarrollo social. Para el sentido común el progreso técnico se presenta como un proceso continuo orientado a mejorar la condición humana. La aceptación acrítica de las utopías tecnológicas parece ser la regla. Y en lo que respecta al problema de la seguridad no parece haber una excepción, también a su cuenta se invocan las “nuevas tecnologías” como si fueran portadoras de un poder mágico. Así, los vecinos demandando la instalación de más y más cámaras de seguridad. En efecto, la confianza ciega en la tecnología como respuesta a los temores hace que la cuestión del cómo (resuelta técnicamente) reemplace toda interrogación acerca de por qué (por qué responder de determinado modo a las incertidumbres, por qué multiplicar instancias de control y vigilancia, por qué poner en riesgo libertades y derechos…, estas preguntas quedan eclipsadas).

Frente a esta situación, las ciencias sociales tienen mucho que aportar en vistas a  generar condiciones que posibiliten una conciencia crítica sobre ciertos usos tecnológicos. Máxime en un país como Argentina que, como lo han mostrado numerosos estudios sociales, tiene una importante tradición histórica que lo ubica entre los países de más temprano desarrollo de sistemas de individuación e identificación policial del conjunto de la población. Desde los inicios de la implementación del método de identificación dactiloscópica ideado por Juan Vucetich hasta la implementación del “nuevo DNI” que universaliza el registro de datos de identificación biométrica hemos recorrido un largo camino. Y aunque al principio suscitó importantes resistencias, hoy las prácticas de individualización e identificación generalizadas son casi absolutamente naturalizadas por la opinión pública. Encontramos que en nuestro país el umbral de problematización social del control es muy bajo. Por esto es preciso que las ciencias sociales aporten a un conocimiento crítico del funcionamiento de estas tecnologías, fundamentalmente en su relación con la estructuración de un campo de prácticas de gobierno que se despliega en torno al problema de la seguridad. El tema “gobierno de la seguridad y nuevas tecnologías” apunta desnaturalizar una serie de prácticas por las que pasa la producción y reproducción del orden social.

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