Ideólogo guerrillero, académico e intelectual-funcionario. Notas para una trayectoria intelectual de Álvaro García Linera

Por Adrián Pulleiro[1]

Álvaro García Linera es vicepresidente de Bolivia desde 2006. Su actividad intelectual se ha desarrollado en diversos espacios y circunstancias históricas. Encarcelado por ser parte de una organización guerrillera en los años ’90, académico reconocido y teórico de los movimientos sociales, ha construido un itinerario que merece ser reconstruido y analizado.

I

Las trayectorias intelectuales son un instrumento útil para destacar los aspectos que explican el papel diferenciado de determinada figura y al mismo tiempo permiten construir una vía de entrada a los procesos políticos y sociales a través de sus dimensiones culturales. Desde una perspectiva materialista, elaborar una trayectoria es un ejercicio de comprensión de las prácticas intelectuales en base a la reconstrucción de sus condiciones históricas de emergencia; una búsqueda por explicar las acciones y los discursos de determinados agentes individuales o colectivos en función de los contextos de producción y circulación específicos de la vida cultural. De manera tal, hablar de una trayectoria intelectual nos lleva a hacer foco en experiencias formativas, recorridos institucionales y disciplinarios, disputas político-ideológicas y estrategias para ocupar posiciones legítimas, pertenencias a grupos y formaciones que tienen siempre un nivel de especificidad y una autonomía relativa con respecto a otras estructuras sociales.

El caso que nos convoca ha despertado un fuerte interés en el último tiempo a raíz de la función desempeñada por Álvaro García Linera en el gobierno boliviano hace casi una década. Sin embargo, también genera una atracción extra debido a las múltiples aristas que contiene su trayectoria intelectual y al proceso histórico en el que se ha desenvuelto.

II

Hay algunos datos históricos de la biografía de García Linera que son bastante conocidos, aunque es inevitable retomarlos porque aportan elementos importantes. Nació en una familia de clase media en Cochabamba en 1962. Entre 1981 y 1985 estudió en la Universidad Autónoma de México (UNAM), donde se recibió de Licenciado en Matemáticas.

Los años previos a su estadía en ese país, significaron una etapa de acercamiento a la vida política y el momento de los primeros pasos en su formación ideológica. Se trató de un marco caracterizado por una creciente movilización de masas, por la debilidad de los gobiernos de facto que se sucedieron hasta la apertura democrática de 1982 y por la emergencia de fenómenos que daban cuenta de una sociedad que estaba procesando cambios profundos. Son los años de ascenso del indianismo, y del “katarismo”[2] en particular, y de la crisis del esquema social y político inaugurado por la Revolución Nacional de 1952, centrado en la economía minera y en el sujeto obrero-campesino como referencia de la política popular.

Retrospectivamente, García Linera relataría en diversas instancias el impacto que le generó el gran bloqueo a La Paz efectuado en 1979 por comunidades aymaras nucleadas en la recientemente creada Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB), fuertemente influenciada por el movimiento katarista, para respaldar un paro general convocado por la COB. Con ese hecho quedaba abierto un proceso que iría visibilizando cada vez más la heterogeneidad del mundo popular y la importancia de la cuestión étnica en los procesos de movilización[3].

El “momento mexicano” reforzó en García Linera esa primera identificación con el indianismo y lo involucró de primera mano con las experiencias revolucionarias que estaban en marcha en el continente[4]. Además esa experiencia fue crucial para forjar un grupo político-intelectual que actuaría como una instancia colectiva clave en el recorrido de nuestro autor. Durante sus estudios en la UNAM, García Linera participó de las campañas de solidaridad con los movimientos armados en Centroamérica y se sintió atraído por el debate acerca de la cuestión étnica y multicultural, que era promovido por la guerrilla guatemalteca. En paralelo, fue en ese momento cuando comenzó a trabajar sistemáticamente en una lectura productiva de textos clásicos del marxismo.

El otro dato reiterado pero crucial en la trayectoria de García Linera es que nunca militó en organizaciones de la izquierda tradicional boliviana (el trotskista Partido Obrero Revolucionario, el Partido Comunista de Bolivia o las agrupaciones que heredaron la línea del guevarismo expresada en su momento por el Movimiento de izquierda Revolucionaria). Esto, que sería una marca que se puede extender a las otras figuras de su generación intelectual, debe tenerse en cuenta para evaluar el blanco polémico que García Linera construye para debatir con esa “vieja izquierda”, sobre todo en sus lecturas y reinterpretaciones de los clásicos de la tradición marxista.

III

El regreso de García Linera a Bolivia coincidió con el desenlace de la experiencia del gobierno de la Unidad Democrática Popular (UDP), una coalición creada a fines de la década anterior e integrada por el Movimiento Nacionalista Revolucionario de Izquierda, el Partido Comunista, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria y el Partido Revolucionario de la Izquierda Nacionalista. Hernán Siles Suazo había arribado a la presidencia en 1982 y en los tres años en los que la UDP estuvo en el gobierno tuvo que enfrentarse a la crisis de la deuda externa y a un ciclo de hiperinflación que terminó colocando a la COB del lado de la oposición. Presionado además por el empresariado y sin encontrar respuestas a la profunda crisis económica, Siles renunció y convocó a elecciones anticipadas que darían el triunfo al MNR encabezado por el viejo líder de ese partido, Víctor Paz Estensoro. Consumado el fracaso de la UDP, el nuevo gobierno aplicó una serie de reformas neoliberales –que incluyeron la privatización de la minería del estaño y el despido de 23 mil mineros– que demostraron a la postre un retroceso inédito de la fuerza social y política de la izquierda tradicional boliviana.

En ese marco, García Linera emprendió una acción intelectual que tuvo como eje principal la teorización (y el debate) sobre la manera de comprender y desarrollar la relación entre la cuestión nacional, étnica y de clase, tratando de compatibilizar los horizontes ideológicos provenientes del marxismo y del indianismo[5]. Al tiempo que, junto con otros intelectuales que habían estudiado con él en México, como su hermano Raúl y su compañera Raquel Gutiérrez, realizaron un trabajo político-ideológico con grupos mineros de base y se vincularon con Felipe Quispe y otros campesinos kataristas. De ese proceso, en 1986 emergió el proyecto de construcción de una estructura política indinista: el movimiento de los Ayllus Rojos y, cuatro años más tarde, su brazo armado el Ejército Guerrillero Tupac Katari (EGTK). Una formación que afirmaba el lugar central de los sectores indígena-campesinos en un proceso de transformación radical de la sociedad boliviana, planteaba la lucha armada como vía de acceder al poder político y postulaba la insurrección indígena como estrategia política.

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Dicha empresa intelectual se materializó en varios libros propios y en sendas publicaciones que formaron parte del sello editorial impulsado por esa organización llamado Ediciones Ofensiva Roja.     Resumiendo, podemos decir que en sus producciones más teóricas[6] de esa etapa (firmados con el seudónimo “Qananchiri”), García Linera desarrolló dos grandes líneas de trabajo. Por un lado, una perspectiva de interpretación de la historia, que estaba vinculada de hecho con los cambios estructurales en curso y con la cuestión del sujeto central de la política popular, que ubicaba en las comunidades campesino-indígenas. Por otro lado, la historia de ese sujeto, o sea las condiciones históricas de su conformación como realidad social, cultural y política. Una preocupación ligada a su vez a la necesidad de desarrollar ciertos rasgos del campesinado indígena en el plano de la organización y la acción política. Se trató, en suma, de un diálogo polémico y productivo con la obra de Marx y con textos clásicos de la tradición marxista que le permitió enfrentar la crisis de los pilares conceptuales de esa tradición, ofreciendo una postura audaz para dar el debate con los diversos grupos de la izquierda boliviana que conformaban sus rivales políticos.

En uno de esos textos, en los que comenta las potencialidades de la obra de Marx (y también de Lenin)[7], García Linera aseguraba que Marx ha demostrado “el contenido ´multilineal´ de la historia que precede al capitalismo” y ha rechazado cualquier versión lineal y evolucionista. Lo que equivale a rechazar toda versión del marxismo que suponga que los caminos de las sociedades occidentales desarrolladas son inevitables para el resto del mundo y, sobre todo, asumir que la historia del capitalismo es la lucha de su imposición y de las resistencias a esa imposición. En esa clave, García Linera enunciaba la tesis que atraviesa todo este período y que se esfuerza por argumentar teóricamente: “mientras se mantenga esta lucha contra la imposición capitalista, aún no realizada plenamente (existencia de trabajadores comunitarios del campo), y por las propias tendencias de su realización consumada (existencia del proletariado), se abre la posibilidad de continuidad, en condiciones nuevas, de los cursos históricos comunitarios no capitalistas, pero ahora como integrantes impulsores de un nuevo camino histórico: el comunismo” (García Linera, 2009: 35). En un segundo nivel, basándose en esa concepción y retomando parte del legado leninista, nuestro autor sostenía que el debate histórico sobre la condición capitalista o feudal de la sociedad boliviana (tal como planteaba la izquierda tradicional) no implicaba un mero problema teórico, sino esencialmente “un problema de lucha revolucionaria”. Una caracterización de ese tipo, según García Linera, no sólo determinaba una anulación del “potencial revolucionario de las masas ´comunarias´”, sino que privaba al proletariado de “la fuerza esencial que es el campesino comunitario” (García Linera, 2009: 50). En el fondo, lo que estaba en cuestión era la tesis de una proletarización total de la sociedad para aspirar al socialismo y la apuesta por pensar de un modo novedoso –en una sociedad con un peso evidente del mundo agrario– el papel de las clases y las alianzas del lado de los sectores populares.

En este punto tenemos que remarcar algo que suele subestimarse en los análisis de la trayectoria intelectual de García Linera. Este momento de su producción teórica es inescindible de las condiciones históricas que implicaba el proceso de desintegración del sujeto obrero minero y el debilitamiento de su papel hegemónico entre los sectores subalternos urbanos y rurales. Sin embargo, a esto hay que sumarle como un factor determinante la pertenencia de García Linera al núcleo que dirigía por entonces la Ofensiva Roja de los Ayllus Tupakataristas y el EGTK, organización que –como hemos mencionado– encontraba en el campesinado indígena al factor determinante de su política y estaba embarcada en una disputa con otros sectores indianistas y con la izquierda tradicional. Asimismo, esa producción teórica pretendía no sólo ser una herramienta para la acción de esa formación político-militar, sino que también era un instrumento para potenciar el peso de los intelectuales blancos en su grupo de dirección, constituido mayoritariamente por dirigentes indígenas y campesinos. La iniciativa editorial, en tanto, también consistía en un aporte diferencial de esa fracción intelectual, por más que existiera un acuerdo generalizado sobre su importancia, cosa que queda claro en el esfuerzo puesto en la edición de una diversidad de documentos y otros materiales gráficos (Escárzaga, 2012).

IV

Apenas siete meses después de iniciadas sus acciones armadas, se produjeron las primeras detenciones que terminarían con toda la dirección del EGTK en la cárcel[8]. García Linera fue detenido el 10 de abril de 1992, en la ciudad de El Alto. Fue torturado por la policía y luego trasladado al penal de máxima seguridad del Chonchocoro, ubicado en esa misma ciudad, donde permaneció cinco años. Este hecho terminó siendo un golpe letal para la organización, que en los hechos terminaría disolviéndose. En el caso de García Linera significó el último momento de militancia orgánica en una estructura política hasta su arribo al gobierno.

En esos cinco años García Linera pudo llevar a cabo una rigurosa actividad formativa. Es el momento, por ejemplo, de su incursión sistemática en la teoría sociológica y en particular en la obra de Bourdieu, que sería muy importante para producciones posteriores. A su vez, en esas condiciones de encierro comenzó a trabajar sistemáticamente en la re-lectura de El Capital y en materiales históricos que le permitieron elaborar su obra teórica de mayor abstracción y complejidad, como es Forma valor y forma comunidad. Se las arregló para sacar de la cárcel los manuscritos que en 1995 compusieron la versión que salió a la luz pública. Una obra que combinó el desarrollo de planteos previos y un riguroso análisis de materiales que analizan la vida de las comunidades campesinas en el período previo a la conquista y durante la colonia. Tiempo después García Linera diría que aquel proceso “fue un curso acelerado de antropología y etnohistoria andina y de economía agraria” (Ramírez y Stefanoni, 2006: 97).

La tesis central del libro es el contrapunto existente entre la expansión de la forma valor como la lógica de la modernidad capitalista y la forma comunidad como lógica organizativa del mundo andino. Esto es, “el capital como el reverso de la comunidad o, si se prefiere, la comunidad como lo no-capital, como el reverso del capitalismo” (Ramírez y Stefanoni, 2006: 97). La principal conclusión política de ese planteo, basado en la concepción del capitalismo como dinámica de expropiación de la capacidad productiva de las comunidades, consiste en identificar el potencial emancipatorio de las sociedades andinas en esa forma comunidad. No obstante, según el propio García Linera sólo se puede comprender ese potencial en la medida en que se comprenda la lógica interna del capital. Por esa razón, la estructura del libro está dividida en dos partes. La primera, dedicada a analizar la dinámica histórico-lógica del capitalismo, desde su desarrollo inicial de apropiación de otras formas de trabajo para generar valores de cambio (subsunción formal del trabajo) hasta el modo en que se produce expansivamente como un proceso totalizante de enajenación del trabajo (subsunción real) en todas sus modalidades (material, inmaterial, emotivo, etc.) y, por tanto, como un hecho civilizatorio. Y la segunda parte, dedicada a estudiar la comunidad del trabajo, también como hecho totalizante, esto es, como civilización.

En paralelo a la elaboración del libro, García Linera pudo realizar algunos trabajos remunerados como la traducción y corrección de estilo de textos que les encargaron algunos amigos. Además, junto a otros miembros del EGTK, participó de la edición de la revista Cuadernos de Discusión, publicada entre 1993 y 1996 (Escárzaga, 2012).

V

Al salir de la cárcel, García Linera pudo insertarse rápidamente en el mundo académico como profesor e investigador en el Departamento de Sociología de la Universidad Mayor de San Andrés de La Paz[9], donde se desempeñaba todavía al asumir la vicepresidencia en 2006.

En ese marco, desarrolló dos líneas de investigación que se desprenden de sus reflexiones previas sobre la formación económica y social de Bolivia, a las que sumaría la indagación de las consecuencias de las transformaciones que se venían imponiendo en el capitalismo a escala global y local desde los años ´80. Una vez más esas preocupaciones teóricas estaban unidas al interés por describir las condiciones de la acción política desde la perspectiva de las clases oprimidas. El propio García Linera cuenta que al mes de salir de la cárcel fue convocado por dicha casa de estudios y trazó un plan de investigaciones sobre “el mundo obrero contemporáneo” (Ramírez y Stefanoni, 2006: 97). Un proyecto se enfocó en el ámbito fabril, donde analizó los cambios organizativos y tecnológicos. Ese trabajo se plasmó en su libro Reproletarización. Nueva clase obrera y desarrollo del capital industrial en Bolivia (1952-1998), (La Paz, Comuna y Muela del Diablo, 1999). La otra línea de investigación estuvo centrada en el sistema minero, es decir lo que era la “nueva minería” que se había desarrollado en Bolivia en la última década. Esa tarea tomó cuerpo en otro libro: Procesos de trabajo y subjetividad en la formación de la nueva condición obrera en Bolivia (La Paz, Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, 2000).

Con esas elaboraciones García Linera se constituía como un académico interesado en intervenir en las discusiones teóricas que por entonces estaban en auge respecto de la condición obrera y la supuesta desaparición de la clase trabajadora. Al mismo tiempo, no dejaba de ser una voz que confrontaba con la izquierda tradicional boliviana que mantenía un discurso obrerista, que remitía al movimiento sindical y al proletariado minero como vanguardia del pueblo boliviano. En definitiva, García Linera concluía en esos trabajos que los obreros no habían desaparecido, sino que se había producido un proceso de diversificación y expansión del proletariado: un nuevo proletariado se correspondía con la proliferación de microempresas y la tercerización de actividades. Así llamaba la atención sobre las consecuencias políticas que se derivaban de la modificación de la estructura material de la condición obrera, de su identidad como tal y de la nueva composición política y cultural de una clase conformada por mujeres y hombres muy jóvenes, sin experiencia sindical y sin los derechos sociales de la etapa anterior.

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La prisión y la derrota del EGTK habían coincidido con el primer gobierno de Gonzálo Sánchez de Lozada (1993-1997), que generó una situación muy particular para los sectores indianistas ya que se dio una política de seducción hacia referentes y organizaciones indígenas, que sería exitosa. De hecho, fue un gobierno de coalición encabezado por el MNR y el Movimiento Revolucionario Tupac Katari de Liberación, cuyo dirigente, el intelectual aimara, Víctor Hugo Cárdenas ocupó la vicepresidencia, en lo que fue un hecho inédito. La consolidación del neoliberalismo en Bolivia se combinó de este modo con el reconocimiento constitucional del carácter “multicultural y pluricultural” del país. El peso creciente de las ONGs que amplificaron su trabajo de investigación y de promoción de políticas públicas, fue el otro elemento que explicó el proceso de moderación de una franja significativa del indianismo (Fornillo, 2010).

VI

El año 2000 sería un verdadero parteaguas para la sociedad boliviana. También para la actividad intelectual de García Linera y una franja de intelectuales con los que venía compartiendo desde hacía un tiempo posiciones politico-culturales y preocupaciones teóricas, con los cuales conformará el grupo Comuna.

Como es sabido, entre 2000 y 2005 se vivió en Bolivia la combinación de un auge de la movilización popular y una profunda crisis de legitimidad que atravesó a los partidos políticos que venían gobernando desde la vuelta a la democracia y a las instituciones representativas en general. Con la llamada “Guerra del Agua”, se abrió un ciclo de protestas que en cinco años provocó la renuncia de toda la linea sucesoria presidencial y culminó con el ascenso al gobierno del MAS encabezado por Evo Morales, que logró encarnar buena parte de las reivindicaciones de los sectores campesinos e indígenas que habían encabezado las movilizaciones y que se pueden sintetizar en la nacionalización de los recursos naturales y la convocatoria a una Asamblea Constituyente (Svampa, 2000).

A partir de ese momento, García Linera comenzó a dividir su tiempo entre la universidad, el “asesoramiento” a sindicatos campesinos y los medios de comunicación, en donde empezó a tener una presencia regular, llegando a desempeñarse como panelista en un programa televisivo y participando de diversas experiencias en el periodismo político y cultural gráfico[10]. Si bien se trató de una tarea que compartió con otros intelectuales, en especial los del grupo Comuna (Raquel Gutiérrez, Luis Tapia, Raúl Prada), la figura de García Linera se caracterizaría por poner en juego un capital simbólico construido en distintos ámbitos. Nuestro autor combinaría de modo singular su creciente legitimidad académica con la trascendencia pública que logró a partir de su rol como intelectual-interprete en los medios masivos, a lo que le sumó el respeto que despertaba su condición de preso polítco y ex guerrillero katarista entre los movimientos sociales.

El grupo Comuna amerita una atención detallada por el papel que desempeñó en el proceso de movilización y porque en este período es imprescindible para comprender las prácticas intelectuales de García Linera. Para sintetizar, el carácter diferencial de esa formación intelectual está vinculado con la capacidad que demostró para desarrollar un “pensamiento estratégico” que se materializó en una teoría surgida a partir de la lucha social y política (Sader, 2010: 6). Demostró una gran capacidad de elaboración y de articulación con los movimientos sociales para poner en circulación ciertas “ideas-fuerza” referidas al tipo de movilización en marcha, a sus sujetos más dinámicos y a la manera en que las propias acciones contenían nuevas concepciones de la democracia, la política y el Estado[11]. Esa producción fue parte de un tipo de intervención intelectual que incluyó la elaboración teórica, las actividades formativas (como la Escuela Libre de Pensamiento Crítico de Comuna) y la iniciativa editorial[12], con una participación activa en el movimiento de protesta.

Volviendo la lupa sobre García Linera, podemos decir que la irrupción del movimiento de protesta en la Guerra del Agua coincidió con –y reforzó– el período de mayor influencia del autonomismo en su producción[13]. Si bien ese paradigma está presente en sus trabajos sobre la condición obrera y no deja de combinarlo con otras vertientes del pensamiento social –sobre todo Bourdieu[14] en quien se basa para explicar la dinámica de la dominación y la reproducción de ciertas legitimidades y los aportes de Zavaleta para comprender las particularidades históricas de la sociedad boliviana– la necesidad de comprender la dinámica emergente de ese proceso de movilización llevará a García Linera a proponer una apropiación parcial de la perspectiva ofrecida por Tony Negri como forma de superar otras concepciones de los movimientos sociales que consideraba inadecuadas. En este sentido, la noción de “movimientos sociales” condensaba las conceptualizaciones que venía desarrollando en los años previos en función de los cambios en el capitalismo y aparecía como una herramienta válida para caracterizar la particular coyuntura que se estaba viviendo, que no se condecía ni con las lecturas más clásicas de los movimientos sociales (de mujeres, ecologismo, etc.) ni con la mirada que proponían los intelectuales conservadores (acción irracional). Para García Linera había entrado en escena una acción colectiva que no remitía a un proyecto de país definido, pero tampoco se generaba de manera irracional y esporádica. Por un lado, la noción de movimientos sociales permitía distinguir esas movilizaciones de las protestas encabezadas por actores clásicos caracterizados por identidades fuertes y estructuras estables. Por otro, era necesaria una tipología más precisa de los componentes y las formas que asumía dicho proceso. De ahí que nuestro autor pusiera el acento en un tipo de “asociación de asociaciones de varias clases e identidades sociales sin una hegemonía única en su interior”, en la cual “subsiste, sin embargo, una voluntad de acción conjunta en torno a un tema y a liderazgos móviles y temporales”.  (Stefanoni, 2009: 19). Lo que distinguía, en suma, a esas acciones de protesta “plebeya” desplegadas en todo el país en el ciclo 2000-2005 era una “forma-multitud” y una “forma-muchedumbre” que se combinaban y apoyaban en maneras de accionar más clásicas como la forma-sindicato, la forma-vencinal y la forma-comunidad. Por eso, en ese marco, era necesario, para García Linera, interpretar qué elementos de lucha política se estaban gestando al calor de ese movimiento para construir las herramientas que permitieran darle desarrollo.

Así las cosas, la labor intelectual desplegada en este período por García Linera –y sus compañeros de Comuna– no remite sencillamente a modelos identificables en la cultura de izquierda latinoamericana, como los modelos clásicos del intelectual orgánico o el comprometido. Es más útil hablar de un quehacer intelectual enmarcado en una “organicidad comunitaria” y un “pensamiento colectivo” que se ofrece a las organizaciones desde “un adentro” que no llega a ser la pertenencia estricta a una u otra estructura, sino que se realiza en el acompañamiento a una constelación de movimientos que tienen un papel significativo en el proceso de lucha (Fornillo y Canavese, 2013: 169).

VII

En 2005 García Linera aceptó la convocatoria del MAS para acompañar en la fórmula presidencial a Evo Morales. En diciembre de ese año el binomio obtuvo el 53% de los votos, el mayor porcentaje logrado por una fórmula presidencial desde 1982. La candidatura de García Linera implicó, por un lado, la ruptura definitiva con los sectores indianistas que seguían referenciándose en la figura de Felipe Quispe, quien había fundado unos años antes el Movimiento Indígena Pachatkutik y se mantuvo enfrentado con Morales desde su época de dirigentes campesinos. A su vez, implicaría un distanciamiento entre los miembros de Comuna, que años después se cristalizaría en posturas enfrentadas[15].

No obstante, el de García Linera no era un caso aislado. Intelectuales de distintas procedencias –incluyendo varias ONGs vinculadas históricamente al MAS y a las organizaciones campesinas– ocuparían cargos de diversa índole en el nuevo gobierno. En este sentido, una fracción intelectual vinculada a las tradiciones de izquierda y que había participado con más o menos organicidad del ciclo de luchas abierto en 2000, formó parte de a un nuevo bloque político –con hegemonía indígena-campesina– que se consolidaba al llegar al gobierno.

Desde un comienzo, el papel de esos sectores “letrados” no fue para nada menor. El propio García Linera aparecía como el núcleo de una red de intelectuales que compartían su pertenencia a tradiciones de izquierda y eran portadores de un saber específico necesario para hacerse cargo del aparato estatal. Su presencia no se limitó a ciertos cargos técnicos, sino que ocuparon lugares importantes en la Asamblea Constituyente y en varios ministerios y secretarías.

Vale agregar que esos intelectuales no actuaron como un bloque sino que se posicionaron en base a las tendencias políticas y agrupamientos laxos que se expresaron al interior del gobierno (Formillo, 2010: 80-81). En resumidas cuentas, podemos hablar de una línea referenciada en el movimiento katarista, que reforzó un discurso descolonizador y pugnó por consolidar la revolución democrática y cultural, cuya cara más visible fue el canciller David Choquehuanca. En segundo lugar, existiría una corriente más minoritaria, que expresaría a la tradición de izquierda local y estaría más cercana a las experiencias radicales de Latinoamérica. Su horizonte remite a la construcción de un “socialismo comunitario” y sus representantes son básicamente antiguos comunistas y guevaristas. Un tercer sector, tendría mayor peso. Su énfasis estaría puesto en la necesidad de recuperar la soberanía estatal sobre los recursos naturales como base para llevar adelante un proceso de industrialización. Una vertiente que buscaría incrementar y ampliar la participación del Estado en la economía para controlar al capital y que colocó el factor del crecimiento económico como elemento fundamental para concretar mayores niveles de bienestar. Es una zona del gobierno que se alimentó de militantes de cuño nacionalista-estatista y abarcó desde marxistas hasta antiguos funcionarios públicos. Un último espacio, sería el representado por el propio Evo Morales y los dirigentes provenientes del sindicalismo campesino, que funcionó además como vehículo de comunicación con el resto de las organizaciones sociales.

BOL223. LA PAZ (BOLIVIA), 01/05/2012.- El presidente de Bolivia, Evo Morales (2d), su vicepresidente, Álvaro García Linera (2i) y el ministro de Trabajo, Daniel Santalla (d), participan hoy, martes 1 de mayo de 2012, en un acto oficial sobre el Día del Trabajo en el Palacio de Gobierno de La Paz (Bolivia). En la ceremonia Morales dispuso la expropiación de las acciones de Red Eléctrica Española en una empresa transportadora de energía en Bolivia. EFE/STR

Aunque las figuras del presidente y su vice actuaron como instancias de integración de todas esas tendencias, Garcia Linera expresaría progresivamente las orientaciones que surgen del tercer espacio mencionado. Al mismo tiempo, hay que decir que su tarea política nunca dejó de abarcar una función eminentemente intelectual que se plasmó en el papel central que ocupó a la hora de justificar y conceptualizar las políticas principales del gobierno y en el debate público con referentes políticos e intelectuales que sostuvieron otras posiciones. De esta forma, García Linera asumió una figura particular que podemos llamar “intelectual-funcionario”. Pero además no dejó de circular por algunos espacios institucionales específicamente intelectuales, entre los que se destaca su vinculación con CLACSO, ya sea como conferencista en varios eventos importantes como también en virtud de la edición de varios de sus trabajos previos y de la época[16], vinculación que además contribuyó a darle un alcance continental a su figura.

En estas circunstancias, la producción intelectual de García Linera se desarrollaría en un contexto productivo muy distinto al del período anterior y asumiría una serie de preocupaciones específicas, en las que se destaca la cuestión del Estado, que abordará a su vez desde una perspectiva teórica en la que la influencia autonomista dejaría lugar a una línea de interpretación en la que vuelven a destacarse los aportes de Lenin y Gramsci.

En un nivel, la ruptura con el resto del grupo Comuna es un hecho que ayuda a percibir el nuevo contexto de producción intelectual. El escenario que quedó planteado luego de los enfrentamientos con los sectores de la oposición movilizados en el oriente del país en 2008 y el proceso de fortalecimiento posterior del oficialismo a partir de su victoria en el referndum revocatorio y la aprobación de la Nueva Constitución del Estado Plurinacional plasmaría un distanciamiento creciente entre los miembros del colectivo que tendrá su desenlace en el año 2011. Ese fue un momento bisagra ya que un grupo de intelectuales (entre los que se encontraba Alejandro Almaraz, ex viceministro de tierras encargado de la reforma agraria y Raúl Prada, integrante de Comuna), lanzó un manifiesto titulado “Por la recuperación del proceso de cambio para el pueblo y con el pueblo”, en el que se cuestionaba directamente al Gobierno por la forma de llevar a cabo las nacionalizaciones, por sostener un modelo “extractivista” y no poner en práctica las medidas democratizadoras fijadas en la nueva Constitución[17]. El propio García Linera asumió la respuesta a esas críticas a través de dos libros publicados en Bolivia por la Vicepresidencia de la Nación. El “oenegismo”, enfermedad infantil del derechismo (O cómo la “reconducción” del Proceso de Cambio es la restauración neoliberal) y Las Tensiones creativas de la Revolución. La quinta fase del proceso de cambio. En el primero, con un tono más polémico, criticaba con dureza a muchos de sus antiguos compañeros calificándolos de “resentidos” o “clasemedieros”. En el el segundo, por medio de una retórica argumentativa, aseguraba que el proceso de cambio no estaba sumido en “contradicciones” sino que vivía las tensiones creativas propias de todo proceso revolucionario, que representan incluso sus “fuerzas productivas”.  (Fornillo y Canavese, 2013: 178-179).

Llegados a este punto, podemos señalar que las preocupaciones intelectuales de García Linera vinculadas con la construcción de un nuevo Estado y un nuevo bloque de poder partían de una visión que denominaba “objetiva” respecto de las relaciones de fuerza y de las características del movimiento de masas que había precedido el triunfo electoral del MAS. Tomamos la siguiente reflexión del propio García Linera porque es muy ilustrativa al respecto:

El horizonte general de la época es comunista (…) Pero en este momento está claro que no es un horizonte inmediato, el cual se centra en conquista de igualdad, redistribución de riqueza, ampliación de derechos. La igualdad es fundamental porque quiebra una cadena de cinco siglos de desigualdad estructural, ése es el objetivo de la época, hasta dónde puede llegar la fuerza social (…) Cuando entro al gobierno lo que hago es validar y comenzar a operar estatalmente en función de esa lectura del momento actual. ¿Dónde queda el comunismo?, ¿qué puede hacerse desde el Estado en función de ese horizonte comunista? Apoyar lo más que se pueda el despliegue de las capacidades organizativas autónomas de la sociedad. Hasta ahí llega la posibilidad de lo que puede hacer un Estado de izquierda, un Estado revolucionario. Ampliar la base obrera y la autonomía del mundo obrero, potenciar formas de economía comunitaria allá donde haya redes, articulaciones y proyectos más comunitaristas. (Svampa y Stefanoni, 2007: 153).

Entre muchos otros materiales, sus clases magistrales en la UBA (2010 y 2012), junto con Las tensiones creativas de la revolución conforman un esfuerzo sistemático por abordar los problemas que deja planteados aquella caracterización formulada en el período inicial del gobierno. Las reflexiones de García Linera sobre la evolución de la movilización plebeya y su conceptualización de la crisis del Estado, se acoplarían en una nueva etapa de teorización que pondrá el foco en las funciones integradoras –y también coercitivas– de un nuevo Estado. Que además es percibido como factor clave para –y resultado de– la conformación de un nuevo bloque hegemónico, capaz de incorporar crecientemente diversos sectores sociales bajo la conducción “índigena, campesina, obrera y popular”, para consolidar la igualdad, la democracia y garantizar el proceso de industrialización de una economía plural (García Linera, 2012: 43-44). Ahí residen los núcleos principales de sus elaboraciones y debates de los últimos años, compresibles en el marco de las marchas y contramarchas del proceso histórico en curso, del cual García Linera ha demostrado ser un actor politico-intelectual relevante en el seno del heterogéneo espacio que comanda las riendas del gobierno boliviano.

Referencias bibliográficas

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Stefanoni, P. (2009); “Álvaro García Linera: pensando Bolivia entre dos siglos”, García Linera, Á. La potencia plebeya. Acción colectiva e identidades indígenas, obreras y populares en Bolivia, (Pablo Stefanoni Comp.), Bogotá, Siglo del Hombre Editores y CLACSO.

Svampa, M. y Stefanoni, P. (2007); “Evo simboliza el quiebre de un imaginario restringido a la subalternidad de los indígenas”, entrevista con Álvaro García Linera, en Observatorio Social de América Latina, N° 22, septiembre de 2007.

Svampa, M. (2010). “El ‘laboratorio boliviano’: cambios, tensiones y ambivalencias del gobierno de Evo Morales”, en Svampa, M.; Stefanoni, P. y Fornillo, B. (Eds.); Debatir Bolivia. Perspectivas de un proyecto de descolonización. Buenos Aires, Taurus.

[1] Adrián Pulleiro es Licenciado en Ciencias de la Comunicación (UBA) y se desempeña como docente en dicha carrera y en la Universidad Nacional de La Pampa (UNLPam). Es Doctor en Ciencias Sociales (UBA) y becario posdoctoral del CONICET. Investiga sobre formaciones intelectuales en la Argentina contemporánea e historia de los estudios en comunicación.

[2]     Reivindicando la figura de Tupac Katari, el katarismo surgió a principios de los años setenta ligado a sectores aimaras urbanos que habían accedido a la universidad. Uno de sus elementos ideológicos centrales es la lectura de la historia de Bolivia en función del colonialismo interno, explicado por el papel dominante de las elites republicanas blancas y el rol subordinado de las mayorías indígenas. En su seno convivieron dos corrientes, una indianista-autodeterminista y una sindicalista-clasista (Escárzaga, 2012).

[3]     Asimismo, fue un episodio que evidenció la fractura de lo que había sido el “pacto militar-campesino”, concretado en los años sesenta entre el movimiento campesino y el dictador René Barrientos. Ese acuerdo había significado algunas ventajas para los campesinos vinculadas al acceso a la tierra y al mismo tiempo había contribuido a aislar al sector más dinámico de la clase obrera boliviana que era el de los mineros (que fue el blanco fundamental de la represión). Esa fractura comenzó a revertirse en los años ´80 con el crecimiento del katarismo y la dilución del papel central que había desempeñado hasta allí el proletariado minero (Stefanoni, 2009: 12).

[4]     La presencia de combatientes salvadoreños en la Ciudad de México era algo normal por esos años y más aún en la UNAM. Ese fue un ambiente clave para una formación política radical. De hecho, en 1983 García Linera participó junto a otros estudiantes bolivianos, salvadoreños y argentinos de un círculo de estudios marxista. Su actividad consistió en la lectura de Marx y Lenin, el estudio de la historia boliviana y el seguimiento de los acontecimientos de su país en la prensa (Escárzaga, 2012).

[5]     El propio García Linera recuerda así aquel momento: “Comenzamos entonces a escudriñar los cuadernos, los textos de Marx sobre los ´pueblos sin historia´ del año ‘48 y los trabajos de Engels, pero también empezamos a revisar la lectura de los Grundrisse, así como también los textos sobre la India, sobre China, luego las cartas a Vera Zasúlich, y luego los manuscritos etnológicos (…) Comienza una obsesión, con distintas variantes, a fin de encontrar el hilo conductor sobre esa temática indígena desde el marxismo, y creyendo que era posible que el marxismo pudiera dar cuenta de la fuerza de tal dimensión, del contenido y del potencial de la demanda étnico-nacional de los pueblos indígenas. Ello implicaba múltiples peleas, en textos menos académicos y más polémicos, con la izquierda boliviana, para la cual no había indios sino obreros, campesinos o clase media”. García Linera admitía que en un primer momento se trataba de una acción marginal: “éramos un grupo de personas que no influíamos en ninguna parte, nos dedicábamos a repartir nuestros panfletos, nuestros textitos, nuestros policopiados de cincuenta páginas, en las marchas, en las minas. Pero ahí se inicia una polémica” (Ramírez y Stefanoni, 2006: 94).

[6]     Las condiciones de la revolución socialista en Bolivia (A propósito obreros, aymaras y Lenin), La Paz, Ediciones Ofensiva Roja, 1988. Introducción a Karl Marx, Cuaderno Kovalevsky, La Paz, Ediciones Ofensiva Roja, 1989. De demonios escondidos y momentos de revolución. Marx y la Revolución Social en las extremidades del cuerpo capitalista, La Paz, Ediciones Ofensiva Roja, 1991.

[7]     Introducción a Karl Marx, Cuaderno Kovalevsky (1989) (Integra la compilación La potencia plebeya publicada en 2009).

[8]     En total los miembros del EGTK que fueron juzgados fueron doce, diez hombres y dos mujeres. Les imputaron, entre otros cargos, alzamiento armado, terrorismo y destrucción de bienes del Estado.

[9]     A partir de ese momento trabajaría como docente en las Carreras de Sociología, Ciencias de la Comunicación y Ciencias Políticas en la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), en la Maestría en Sociología de esa universidad, y en otros cursos de posgrado en la Universidad La Cordillera y en la Universidad Nuestra Señora de la Paz, entre otras. Además sería invitado a dar conferencias en varias universidades de Francia, España, México y Argentina. En 2004 recibió el premio en Ciencias Sociales “Agustín Cueva” por la Escuela de Sociología y Ciencias Políticas de la Universidad Central del Ecuador.

[10]   García Linera se convirtió en un analista consultado frecuentemente por los medios periodísticos. Incluso, entre 2002 y 2005, fue panelista de El Pentágono, uno de los programas políticos con más audiencia en la TV local. A su vez, tuvo una participación activa en el quincenario El Juguete Rabioso y formó parte del Consejo de Redacción de la revista Barataria., en la que compartió tareas con intelectuales bolivianos y latinoamericanos como Pablo Stefanoni y Maristella Svampa.

[11]   En conjunto, estos intelectuales plantearán una expansión del sujeto trabajador y, nutriéndose de las categorías provistas dos décadas atrás por René Zavaleta denominarán al sujeto político que estaba en construcción, a saber: de la “forma comunidad” a la “multitud”, del “ayllu en acción” a la “movilización societal”. A su vez, producirían una teoría sobre la capacidad de “universalización” de los movimientos sociales que protagonizaron las jornadas de protesta. Su propia obra, recuperó la raíz comunitaria y multicultural de la democracia; relegitimó la acción política más allá de los ámbitos institucionalizados y la recolocó en el ámbito del gobierno de la vida en sentido amplio; al tiempo que conceptualizó la crisis de un Estado al que seguían considerando como “colonial” (Fornillo y Canavese, 2013: 169).

[12]   El primer libro colectivo editado por el grupo fue El fantasma insomne. Pensando el presente desde el Manifiesto Comunista, (1999). Luego, durante este preríodo, aparecieron: El retorno de la Bolivia plebeya (2000), Tiempos de rebelión (2001),  Pluriverso, Teoría Política boliviana (2001), Democratizaciones plebeyas (2002), Memorias de octubre (2004),  Horizonte y límites del Estado y el poder (2005).

[13]   Ver “Sindicato, multitud y comunidad. Movimientos sociales y autonomía política en Bolivia”, en Álvaro García Linera, Felipe Quispe, Raquel Gutiérrez, Raúl Prada y Luis Tapia, Tiempos de rebelión, La Paz, Comuna y Muela del Diablo, 2001. “Forma multitud y forma comunidad”, en Chiapas. Revista de Estudios Sociales, No. 11, 2001.

[14]   Ver, por ejemplo, “Espacio social y estructuras simbólicas. Clase, dominación simbólica y etnicidad en la obra de Pierre Bourdieu”, en Suárez, J. H.; Bourdieu leído desde el sur, La Paz, Embajada de Francia, Plural y Alianza Francesa, 2000.

[15]   Aunque en 2009 apareció un último libro grupal (El Estado. Campo de lucha), para 2006 la actividad del núcleo inicial se había extinguido. Mientras que Prada fue constituyente y Vice-ministro de Planificación Estratégica hasta 2011, Tapia no participó en ninguna instancia gubernamental y Gutiérrez se mantuvo crítica con el gobierno desde un comienzo.

[16]   En 2009 CLACSO co-editó con La Muela del Diablo Ediciones y Siglo del Hombre Editores, La potencia plebeya y Forma valor y forma comunidad, respectivamente. También publicó el libro colectivo de Comuna, El Estado. Campo de lucha. En otro orden, García Linera, tuvo a su cargo la conferencia de cierre de de la XXIII Asamblea General de esa entidad académica celebrada en Cochabamba en octubre de ese año.

[17]   Unos años antes, Raquel Gutiérrez ya había criticado desde México al Gobierno boliviano por razones similares (se refería sobre todo a una “peligrosa estatización de la política”). Por su parte, para el año 2012, Luis Tapia también criticaba frontalmente al oficialismo, asegurando que Evo Morales había abandonado cualquier clase de proyecto indigenista y que “el MAS ni siquiera es un partido nacionalista porque su plan de gobierno son hidroeléctricas, presas y carreteras son parte de un plan para conectar el Pacífico con el Atlántico, y que favorece fundamentalmente al capital brasileño”. (Fornillo y Canavese, 2013: 179).